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ANTECEDENTES
La Comunidad
Sudamericana de Naciones se conformó con la
decisión de los Presidentes de la región
reunidos en Cuzco, Perú, el 8 de diciembre de
2004, y tiene en las
Declaraciones de Cuzco y
Ayacucho sus documentos fundacionales.
Refleja un intenso proceso de aproximación de
los dirigentes políticos de la región en los
últimos años.
En la reunión
Cumbre de Brasilia, del 30 de septiembre de
2005, una Declaración Presidencial definió la
Agenda Prioritaria y el
Programa de Acción de la Comunidad, al
mismo tiempo en que aprobó las
Declaraciones sobre la Convergencia de los
Procesos de Integración de América del Sur
y sobre la
Integración en el Área de Infraestructura,
entre otras.
A pesar de los
avances obtenidos, se ponderó la necesidad de
dar mayor profundidad a los contenidos de la
integración y a las formas institucionales de
que deberían revestirse. Esas preocupaciones
estuvieron presentes en la carta dirigida a
los líderes sudamericanos por los Presidentes
Hugo Chávez y Tabaré Vázquez. Se hizo
necesario definir sus alcances a los fines de
garantizar la construcción de un nuevo modelo
de integración, que aproveche efectivamente
las experiencias positivas de los mecanismos
de integración subregional existentes, como el
CARICOM, la CAN y el Mercosur.
En la reunión
extraordinaria de Montevideo, en diciembre de
2005, surgió la decisión de crear esta
Comisión de Reflexión, constituida por
representantes personales de los Presidentes,
con la tarea de producir un
Documento de Reflexión para ser sometido a
la II Reunión de Jefes de Estado de la
Comunidad Sudamericana de Naciones, en fines
de 2006.
La integración de América del Sur:
oportunidades
América del Sur
es una región que presenta un enorme
potencial. Posee una extensión de 17.6
millones de km2. La diversidad de su
territorio abriga ecosistemas diversos, como
el Caribe, la Amazonia, la Cordillera andina,
el Pantanal, la Pampa, el Cerrado o las
regiones heladas del sur del continente. Su
población es de 377 millones de habitantes y
su producto bruto interno es de US$ 1,5
billón.
Los países de la
región se encuentran, hoy, en proceso de
expansión económica, habiendo registrado en
conjunto, en 2005, un crecimiento del 4.7%,
con bajos índices de inflación, tasas de
interés en descenso y disminución de la
vulnerabilidad externa, en función del
crecimiento de sus exportaciones. Las
estimativas preliminares apuntan que, en 2006,
el crecimiento del Producto Bruto Interno será
del orden de 5,4% en promedio.
La región
dispone de elementos fundamentales para el
futuro de la humanidad: (a) abundantes
recursos energéticos renovables y no
renovables; (b) grandes reservas minerales;
(c) significativos manantiales de agua; (d)
enorme potencial de producción de alimentos y
(d) riquísima biodiversidad. Dispone además de
un importante y diversificado parque
industrial, Universidades y centros de
investigación científica y tecnológica de
excelencia.
A diferencia de
otras regiones, hay pocos litigios
territoriales entre las naciones
sudamericanas, todos ellos con grandes
posibilidades de que sean resueltos por la vía
de la negociación diplomática. América del Sur
es una zona de paz, libre de manifestaciones
de intolerancia política, ideológica o
religiosa.
El continente
presenta hoy día una enorme vitalidad
democrática, que se expresa en la sucesión de
elecciones libres y justas, en las reformas
políticas que dan solidez institucional a los
Estados, en la creciente promoción y defensa
de los derechos humanos y, sobre todo, en la
ampliación de la participación popular,
especialmente de sectores social y étnicamente
marginados a lo largo de nuestra historia.
Mas allá de las
lenguas de los pueblos originarios, que
constituyen un rico patrimonio, existe en
América del Sur una considerable homogeneidad
lingüística, lo que facilita el diálogo
cultural.
Los grandes
flagelos que afectan a la región, como
conjunto, son la pobreza, la exclusión y la
desigualdad social persistentes, que se han
transformado en los últimos años en una
preocupación central de todos los gobiernos
nacionales, los cuales han reconocido la
impostergable necesidad de atender al déficit
social.
La percepción
del difícil cuadro internacional, por un lado,
y de las potencialidades que la región posee,
por otro, reforzaron en los gobiernos, pero
también en los movimientos sociales y la
sociedad civil como conjunto, la conciencia
sobre la necesidad de la integración. Sin
embargo, este reforzamiento no se hace sin
contradicciones. Al mismo tiempo en que el
Mercosur se expandió, con la integración de
Venezuela como miembro pleno y de muchos otros
países como miembros asociados, además de la
asociación del bloque con la CAN, cobra
importancia el problema de las asimetrías
entre los países miembros, incluso las de
naturaleza geográfica que afectan los países
mediterráneos de la región, todas las cuales
exigen la máxima atención y soluciones
adecuadas.
La construcción
de un nuevo modelo de integración no puede
estar basada únicamente en las relaciones
comerciales, sobre todo cuando es bien sabido
que la región admite regímenes distintos:
Mercosur, CAN, CARICOM y Chile. Con miras a la
construcción de una integración equilibrada y
la consolidación de una Agenda de Integración
Social y Productiva, los países de América del
Sur, dando énfasis a la convergencia
comercial, deben buscar una articulación
económica y productiva más amplia, así como
formas de cooperación política, social y
cultural. Ella debe favorecer un desarrollo
más equitativo, armónico e integral de América
del Sur.
En un período de
reafirmación del Estado Nacional, la
integración regional surge como un elemento
indispensable de realización de nuestros
proyectos nacionales de desarrollo. Se abren
fuertes posibilidades de cooperación en
materia de infraestructura, energía,
complementación industrial y agrícola, medio
ambiente, combate a la pobreza y a la
exclusión social, fuentes de financiamiento
para el desarrollo, seguridad, educación,
cultura, ciencia y tecnología. Estas distintas
formas de cooperación exigirán soluciones
institucionales integradas.
No fueron pocas
las diferencias entre las naciones
sudamericanas en estos últimos meses.
Paradójicamente, éstas se dieron cuando
parecían haberse reunido condiciones
excepcionales, objetivas y subjetivas, para la
integración regional. Sin desconocer estas
cuestiones, ni dejar de buscar soluciones
inmediatas para ellas, es fundamental pensar
la integración como un proyecto estratégico y
con sentido de política de Estado, superior a
las contingencias adversas que puedan surgir
puntualmente.
Sin perder nunca
su dimensión “utópica” – un legado valioso de
nuestros próceres – es evidente que la
integración sudamericana tiene sus fundamentos
en la realidad más apremiante de nuestro
continente. Así como también es cierto, que es
y será pluralista, porque abriga distintas
concepciones políticas e ideológicas, que
corresponden a la diversidad democrática
interna de nuestros países.
En este sentido, la construcción integral de
la Comunidad Sudamericana de Naciones debe
buscar el desarrollo de un espacio integrado
en lo político, social, cultural, económico,
financiero, ambiental y en la infraestructura.
Ese proceso debe fortalecer la identidad
propia de América del Sur, basada en el
carácter multiétnico, multicultural y
plurilingüe de nuestros pueblos. Debe
reconocer el papel de los pueblos originarios,
de los afro descendentes y de los inmigrantes
que tuvieran rol importante en la formación y
e las luchas sociales del continente. Desde
esa perspectiva, debe contribuir, en
articulación con otras experiencias de
integración regional, al fortalecimiento de
América Latina y el Caribe, otorgándole una
mayor gravitación y representación en los
foros internacionales.
* Esta
información forma parte del documento
Documento final de la Comisión Estratégica de
Reflexión. Un Nuevo Modelo de Integración de
América del Sur. Hacia la Unión Sudamericana
de Naciones
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