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Ecuador
y lo genuino
Por Rafo
León - Perú
16
de mayo de 2002 |
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Ecuador, 16 mayo
2002.- Escuchar a Rodrigo
Flores es también entender que el mundo no ha perdido la
capacidad de aprender de sus propios errores. "Nosotros no
queremos que los turistas vengan a mirarnos como objetos exóticos
ni a apreciar nuestra cultura como un fenómeno de folclore",
nos dice seriamente"; "los otavalo recibimos al
visitante para intercambiar con él, para mostrarle nuestra forma
de vivir y a la vez, conocer la suya".
Esta visión, que comporta un diálogo de identidades, está en
las antípodas de esos espectáculos patéticos a los que el
turismo convencional ha sometido a tantas culturas originales de
Africa, Asia y América, donde "tribus" de gente
disfrazada de sí misma vende sus costumbres bajo el empaque más
empobrecido del merchandising, a visitantes encantados de comprar
un pastiche que no les cuestione su posición en el mundo.
Rodrigo Flores pertenece al grupo indígena otavalo, asentado
al norte del Ecuador; tiene 27 años, está graduado en turismo y
lidera el proyecto Runa Tupari - Turismo Rural con Identidad
Indígena. Se trata de un producto encuadrado dentro del segmento
de viajes vivenciales, en el
cual el visitante puede entrar en contacto con la vida cotidiana
de un grupo indígena –inserta en un espectáculo natural
extremadamente rico- con la finalidad de constatar que el mundo
oficial no es el único y que existen fenómenos étnicos llenos
de sentido y perspectiva, situados hacia el futuro desde la
plataforma de un pasado cultural que se niega a morir.
Cotacachi es el cantón más extenso de la provincia de
Imbabura, zona cordillerana del noroeste ecuatoriano.
Sus zonas de vida van del Bosque Húmedo Montano al Bosque Muy
Húmedo Pre Montano. A una altitud de 2418 msnm, Cotacachi alberga
grupos indígenas, mestizos y afroecuatorianos.
Las lenguas dominantes entre su población son el Español y el
Quichua. En este contexto es que surge Runa Tupari, como parte de
una estrategia desarrollada entre la comunidad, organismos de
apoyo y el Estado, orientada a incrementar la participación
económica de la pequeña y mediana empresa, mediante el
desarrollo del turismo. Pero no de cualquier turismo, y por allí
va el quid de la cuestión.
Casas hospedaje
Cuando el viajero llega a la ciudad de Otavalo, es recibido en
la oficina de la empresa situada en la misma plaza donde se
despliega un vasto y "turisteado" mercado artesanal.
Desde allí será trasladado a alguna de las cuatro comunidades en
las que se ha habilitado cabañas
para hospedaje, dentro de los predios de los propios comuneros. A
nosotros nos recibió Pedro Lima (41 años, casado, siete hijos)
en su casa, en cuyo patio ha levantado una cabaña encantadora,
con material de construcción tradicional de la zona. El hospedaje
es para tres personas y cuenta con esa comodidad sencilla que
tanto se añora desde las ciudades llenas de vacío y agotadas de
aire falso.
Pedro Lima se sienta a conversar, nos cuenta que su hijo mayor
vive en Lisboa y trabaja allí vendiendo textiles otavalo (y es
cuando entendemos por qué esa retórica tan latinoamericana llama
a los otavalo "los fenicios del Ecuador"); también nos
interroga acerca de nuestro trabajo, familia, salud, edad, gustos
e ideas. Nos sentimos realmente como en casa.
Más tarde, luego de una siesta cruzada por el canto de miles
de aves al atardecer, nos juntamos con otros visitantes en el
local comunal que comparte funciones con la escuela primaria del
pueblo. Allí los comuneros cantan y danzan, pero no sólo para
nosotros sino para todo aquel que quiera sumarse a la fiesta.
Escuchamos a un grupo de música tradicional conformado por
jóvenes que ya están entrenados como guías de turismo; también
a otro conjunto con excelente violín deslizado entre zampoñas y
bombo andino.
Más tarde danzan unas niñas y canta un solista muy a la
manera de la canción latinoamericana de los años setenta.
Finalmente, antes de cenar nuestros huéspedes nos invitan a
bailar y a conocer los juegos para adultos que tradicionalmente se
crearon para consolar, mediante el recurso imbatible de la risa, a
los deudos de quien se estuviera velando en la circunstancia de
una muerte en la comunidad. Juegos divertidos, relajantes e
intensos; capaces, en efecto, de recomponer el humor mediante el
ritual solidario.
La cena está basada en la dieta de los otavalo, con ciertos
cambios que garantizan una fácil digestión nocturna. Sopa de
harinas con papa, cuy asado con mote, jugo de tomate de árbol.
Volvemos a la cabaña para dormir y nuestro último recuerdo es en
la lejanía el canto de un
grupo de jóvenes que se prepara para la fiesta del Inti Raymi,
que se celebra el 24 de junio como un homenaje al Sol.
La oferta de Runa Tupari se amplía al día siguiente mediante
trekkings y visitas a sitios sagrados y a otras comunidades. Acá
el viajero puede caminar las orillas del lago Cotacachi, subir al
espléndido volcán del mismo nombre, ascender durante cuatro
días a las lagunas y el bosque nublado de Piñán, contactar el
páramo andino en Cuicocha y Mojanda, adentrarse en los cultos
ancestrales al Sol y la Pachamama que subsisten con toda la
vigencia del sincretismo y el mestizaje.
El salto a la costa
Luego de pasar un tiempo con nuestros huéspedes otavalo,
regresamos a Quito para desde allí abordar el vuelo que nos lleve
a Guayaquil. En menos de tres horas hemos pasado de la cordillera
al trópico inclemente. Un empresario guayaquileño nos explica
que su ciudad hace veinte años figuraba en el Almanaque Mundial
como la urbe más sucia del mundo, mientras nos señala con la
mano el impecable Malecón Simón Bolívar, arrancado
a la decadencia desde hace dos años mediante un inteligente
proyecto de rehabilitación urbana.
Guayaquil es hoy una ciudad no solamente progresista y
dinámica sino atractiva hasta el magnetismo. Su personalidad
está en el río Guayas, el recurso que históricamente la
sostiene como polo portuario, merced a lo cual exhibe los rasgos
de una arquitectura francesa
en gran parte diseñada por la empresa de Gustav Eiffel,
correspondiente a los años dorados de la bonanza del cacao.
Como tantos otros fenómenos económicos de esta parte del
mundo, el cacao decayó hacia los años veinte del siglo que
pasó, y Guayaquil hubo de pasar por una crisis, que en el caso de
los puertos implica siempre un matiz particular de anomia y
desestructuración. Sin embargo, lo que se respira ahora en
Guayaquil es vitalidad, progreso y una peculiar forma de cultura
moderna, marcada por la recuperación del malecón bajo un
concepto arquitectónico vanguardista que incorpora los iconos que
la historia fue dejando sobre su extensa rivera: monumentos,
glorietas, vagones de ferrocarril,
fuentes, que comparten espacio con esculturas modernas, ámbitos
para la recreación e imponentes establecimientos de comida
rápida.
La diversidad del territorio ecuatoriano se abre ante nuestros
ojos. De Guayaquil se puede ir a alguna de las hermosas playas
ecuatorianas, a la Amazonía, a otros puntos de la cordillera, a
Galápagos. Lo más interesante de cualquier recorrido que se
elija, será la constatación de que entre los otavalo y los
empresarios turísticos guayaquileños, las poblaciones urbanas y
rurales, pasando por funcionarios de gobierno y estamentos no
gubernamentales, los temas más intensos en la agenda ecuatoriana
de hoy son la identidad, la conservación, la opción – en
resumen- de transformar lo auténtico en una ventaja ante el
mundo.
Fuente:
Secretaría General de CAN
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