Ecuador, 15 mayo
2002.- De Colombia llegamos a Quito con las valijas llenas de
emociones, pero con espacio para la realización de nuevos
descubrimientos. Del breve paso por esa ciudad andina llevamos en
la mente la silueta de una urbe que serpentea por los lugares
conquistados.
Abandonamos Quito por la carretera Panamericana, donde nos
sorprendió la mezcla de azul y verde en sus montañas. La visita
al lago San Pablo, nos permitió tener una idea de la vida en esa
región en época de la Colonia. Además a ese lugar de frías
aguas, mujeres del pueblo cercano se aproximan para lavar sus
cuerpos, sus enseres domésticos y sus ropas.
Y es que la naturalidad es propia de los habitantes de la
sierra ecuatoriana, quienes nos llevaron de la mano a conocer
parte de su cultura. A media hora de camino llegamos a Otavalo,
pueblo indígena que es vivo ejemplo del desarrollo de una cultura
que se resiste a desaparecer. Allí se encuentra el Mercado
artesanal, lugar donde más allá de la compra de artesanía, el
viajero puede entrar en contacto con los nativos, quienes luego de
un tímido intercambio inicial, se prestan para una amena
conversación.
Dejamos Otavalo para encontrarnos con San Antonio de Ibarra,
lugar donde la talla de madera es el orgullo de los lugareños. La
escultura del artista Luis Potosí destaca con sus figuras
clásicas y abstractas, que evocan la fecundidad, la familia y el
amor de pareja.
Hasta ese momento, sentíamos que la travesía había sido
valiosa, pero el clímax de esta historia nos esperaba en
Cotacachi, donde nos despojamos de nuestras costumbres citadinas
para ponernos en contacto directo con las comunidades de la zona.
En la sierra de Cotacachi funciona una suerte de turismo
comunitario, que integra al visitante con el ambiente natural y
social de la región. Según Rodrigo Flores, líder indígena, el
Turismo ha fortalecido la identidad de su pueblo, pues ha motivado
la conservación de las tradiciones y la generación de recursos a
la vez.
Las comunidades que nos atendieron en Cotacachi, nos ofrecieron
un recibimiento de honor: canciones, danzas y rituales nos
transportaron a un mundo ideal, donde no existe diferencias de
razas y todos nos unimos en un mismo sentimiento. Esa noche
celebramos las bondades de la Madre Tierra (Pacha Mama) y, por
qué no decirlo, nos reconciliamos con nuestra esencia. Eso, al
menos, era lo que reflejaban los rostros de propios y extraños.
El baile nos dejó agotados y al terminar las representaciones
culturales, compartimos una cena típica de la región, en la cual
probamos la rica carne de cuy, un animalito de la zona, conocido
popularmente como "conejillo de indias".
La experiencia para algunos de los comensales fue calificada
como exótica pero igualmente placentera. La densidad de la noche,
el clima gélido y la promesa de partir temprano, nos hizo dejar
la fiesta y regresar a nuestros alojamientos en las casas de la
comunidad.
Al siguiente día recorrimos nuevamente la carretera
Panamericana, a fin de volver a Quito y de allí partimos para
Guayaquil, ciudad costera, la más grande del Ecuador. El
contraste fue inmediato. A sólo cuarenta y cinco minutos, por
vía aérea, nos encontramos en una tierra caliente, llena de
historias y leyendas.
El Parque Histórico de Guayaquil y el Museo de la ciudad,
donde recientemente un grupo de subversivos robaron el acta de
independencia de Guayaquil, son sitios de interés para el viajero
que desea conocer la esencia de la ciudad y sus habitantes.
Caminar por el malecón Simón Bolívar, en la ribera del río
Guayas, es una agradable experiencia que refleja los sueños de
modernidad de Guayaquil en el nuevo milenio. A dos horas de esta
ciudad de bellos atardeceres, llegamos a la población de Salinas,
donde el Océano Pacífico se brinda generosamente al visitante.
A 15 kilómetros de la orilla se puede observar de julio a
septiembre el apareamiento de las ballenas que se acercan a la
costa ecuatoriana.
Así es Ecuador, una tierra hermosa de gente noble donde el
turista nunca es extraño.