En Nuquí, la Selva penetra en el mar formando
ensenadas y playas fantásticas donde casi todo
se conserva en estado natural
"Esto se parece mucho a
las maravillosas playas tailandesas que se ven
en las películas", exclamó un sorprendido
periodista venezolano. No exageraba. Ese idílico
lugar escondido en la costa noroccidental de
Colombia es realmente paradisíaco. Una
exuberante y vegetación selvática que se interna
en las cálidas aguas del Pacífico formando
hermosas bahías, ensenadas y playas que invitan
al relax. Ideal para los amantes del ecoturismo.
Algo de esa belleza
natural ya se vislumbraba desde el aire cuando
la avioneta que nos trasladaba desde Medellín
hacia ese destino estaba por aterrizar en el
pequeño aeropuerto del municipio de Nuquí, en el
departamento del Chocó, una región pobre, pero
que alberga una gran riqueza natural que ha
empezado a potenciarse. Desde la ventanilla se
veían algunos islotes tapizados de verde
alineados frente a un litoral poblado de playas
y manglares.
Ya
en tierra y tras verificar la hospitalidad y
alegría de los pobladores mayoritariamente
negros que se dedican a la pesca y la
agricultura, iniciamos un recorrido en lancha
por las numerosas playas y ensenadas de Nuquí.
Si algo caracteriza a esta zona es su gran
biodiversidad y su estado natural. Aquí salvo
algunas cabañas y bungalows para el hospedaje de
los turistas, el paisaje se mantiene intacto,
casi virgen. Un sitio perfecto para los que
buscan tranquilidad y comunión con la
naturaleza. Nada de multitudes y bulla, pero sí
mucho calor (28 ° C en promedio) y a veces el
asedio de los mosquitos.
Pero hay una razón más
para visitar este edén colombiano. Entre julio y
setiembre llegan grupos de ballenas, sobre todo
las jorobadas, para aparearse y tener sus crías.
Un espectáculo maravilloso que se puede observar
desde las playas o acercándose en bote. Uno de
los lugares preferidos por los cetáceos es la
ensenada de Utría considerada Parque Natural
Nacional.
Pero hay más, cascadas,
aguas termales, arrecifes, manglares, zonas para
pesca y obviamente los poblados donde se puede
conocer la forma de vida y la cultura de los
habitantes de este alejado, pero cautivador
lugar al que El Comercio llegó como parte de un
tour propiciado por la Comunidad Andina de
Naciones que también nos llevó por Venezuela,
Bolivia y Ecuador, destinos que presentaremos en
las próximas ediciones.
Montados en la veloz
lancha con motor fuera de borda vamos recalando
en cada una de las exóticas playas y ensenadas
de la localidad de Nuquí, perteneciente al
tropical y húmedo departamento del Chocó. Los
interminables tumbos que va dando la embarcación
durante la travesía sobre el mar picado y el
sofocante calor se olvidan rápidamente con los
singulares paisajes que nuestras retinas van
registrando en este apartado rincón colombiano.
Tal vez su lejanía de
las grandes ciudades y su poca accesibilidad
(solo se llega por vía aérea y no circulan autos
ni motos) han posibilitado que la naturaleza se
conserve casi intacta en esa zona, lo cual la
convierten en un destino muy apreciado por los
amantes del ecoturismo. Sin duda uno de los
lugares más atractivos es la Ensenada de Utría,
declarada Parque Natural Nacional en 1987, la
cual posee una tremenda variedad de animales y
plantas. Hasta allí llegan no solo ballenas a
tener sus crías sino también numerosas aves
migratorias.
También destaca Playa
Blanca donde hay gran presencia de arrecifes
coralinos y la arena es fina y muy clara. Parece
una enorme piscina rodeada de tupida vegetación.
Aquí también se puede hacer avistamientos de las
ballenas entre julio y setiembre. Otras playas
bellas y casi solitarias son Guachalito y
Olimica. Sus atardeceres son espectaculares por
la iluminación especial que se genera cuando el
sol se sumerge en el mar. Muy cerca de allí se
pueden encontrar cascadas y aguas termales.
Dada su amplia
biodiversidad la región ofrece también muchas
zonas de manglares como los de Tribugá que
ocupan más de 1.500 hectáreas y son muy ricos en
moluscos y aves. También sobresale el
archipiélago de Jurubidá formado por una
variedad de morros o islotes que otorgan una
misteriosa belleza al lugar. En muchos de esos
peñascos pelados en medio del mar increíblemente
han crecido grandes arbustos y hasta árboles.
¿Cómo se desarrollaron? Nadie lo sabe, pero
causan la admiración de todos.
A
diferencia de las caribeñas Cartagena y Santa
Marta donde existe una gran infraestructura
hotelera, en esta zona del Pacífico solo hay
pequeños hoteles rústicos y atractivas cabañas
desde donde se goza de inmejorables vistas y el
contacto con la naturaleza se torna más íntimo.
La afluencia de turistas todavía no es muy
importante, peor aún, se había reducido por el
problema de la violencia. La gente no iba por
miedo a la guerrilla. Pero el panorama ha
empezado a cambiar. Por lo pronto hoy existe
seguridad y tranquilidad en la zona. Además está
el compromiso del gobierno no solo de garantizar
la protección, sino de promover la región. La
idea es desarrollar el turismo, pues eso ayudará
también a mejorar la situación económica de la
población de la zona.
De hecho, este viaje, en
el que también participaron periodistas de
Venezuela, Bolivia, Ecuador y Colombia, fue
organizado por la Comunidad Andina de Naciones y
su objetivo fue tomar conciencia de que el
turismo es herramienta fundamental en la lucha
contra la pobreza. Y así lo entiende también el
Consejo Comunitario Los Riscales que representa
a la mayoritaria población negra de la zona, el
cual viene capacitando a los pobladores para
servicios turísticos.
Si bien priman los
negros, también una minoría nativa, formando
ambos grupos un conjunto cultural muy
interesante. Aprendiendo de su cultura y
costumbres, convivimos con ellos unos días,
probando el patacón (plátano machucado y frito)
con diversos platos en base de pescado y
marisco, brindando con el tradicional
Bichi(aguardiente de caña) y danzando música
tradicional colombiana amparados por esos
paisajes maravillosos que confirman que en ese
lugar el paraíso no es una leyenda.
Guía del viajero
Cómo llegar