Colombia, país con realismo mágico
Por Andrea Bernal
13 de mayo de 2002

Boyacá (Colombia), 13 mayo 2002.- Quizá nuestro recorrido por Colombia, específicamente por el Departamento de Boyacá, pueda definirse con un estilo muy propio de Gabriel García Márquez: realismo mágico. Nuestro viaje estuvo lleno de realidad y aventura. Fue así como, en el camino, nos encontramos con una laguna a 3 400 metros sobre el nivel del mar, una playa blanca en pleno páramo a 3 030 m. y una industria de balones de fútbol entre un pueblo llamado Monguí y el Páramo de Oceta.

Para entender un poco más del realismo mágico que llevan consigo todos estos lugares, empezaré por contarles cómo iniciamos nuestro recorrido de cuatro días. A las 6 de la mañana del 9 de Mayo salimos de Bogotá rumbo al Parque de Iguaque, pero antes tendríamos que pasar por Villa de Leyva. Luego de dos horas de camino, llegamos a nuestro destino.

Ricardo Cifuentes, nuestro entusiasta guía, quien además de experto en historia y cultura Colombiana, nos hizo experimentar flashbacks. Con una facilidad impresionante, nos trasladaba del presente al pasado en una suerte de máquina del tiempo, que hizo nuestro viaje aún más interesante y fue transformándolo en una aventura, la aventura de descubrir.

No sólo fuimos capaces de conocer una realidad de los colombianos, por momentos también fuimos testigos de su pasado.

No estoy segura si sólo fui yo, pero en Villa de Leyva, el primer pueblo que visitamos, experimenté una sensación de magia. Al cerrar los ojos, me sentía en el Macondo de García Márquez, veía en la plaza principal a sus personajes; y cuando de repente levantaba los párpados aparecía ante mí, la iglesia, la plaza empedrada, los balcones elegantes y el vendedor de artesanías.

Es así como Villa de Leyva queda ante nuestros ojos como una mezcla de historia, leyenda, de gente amable, trabajadora y pródiga en sonrisas. Eso es lo que hace especial a un país, una ciudad, un pueblo. Y en ese lugar, en su gente hay alegría por vivir, a pesar de las adversidades y contratiempos que puedan existir a su alrededor. Así es la población de Villa de Leyva.

Ricardo, para este momento ya es parte del grupo. No sólo es el guía, el historiador, el experto, es también el amigo, el que está constantemente velando por nosotros. Una de sus grandes preocupaciones fue nuestro estado físico. Algunos de nosotros procedíamos de lugares ubicados a nivel del mar y eso era de gran inquietud para Ricardo, por el esfuerzo que tendríamos que hacer para subir al páramo. A todos nos empezó a alarmar sus recomendaciones, en cuanto a comprar chocolate, panela, bocadillos y mucha agua. ¿Qué nos esperaba?.

Recorrimos en carro veinte minutos más y llegamos al Parque de Iguaque. Este lugar es una reserva ecológica protegida de senderos de bosque primario que llevan a uno de los más hermosos espectáculos de la naturaleza.

Caminé alrededor de tres horas, ya que muchos guías insistieron en que éste era un espectáculo que no me podía perder. A medida que caminaba incesantemente, recordé la insistencia de Ricardo por el estado físico.

Algunos compañeros desistieron en el camino, otros seguimos, y es que estoy segura que lo que nos lleva a continuar es el hecho de pensar "si me embarqué en esta aventura, no voy a abandonarla ahora". De repente se convirtió en una "cuestión de honor".

La mejor decisión que pude tomar fue la de no abandonar la caminata, ya que a medida que iba avanzando, el paisaje hablaba por sí solo, y me dio la bienvenida.

Mis ojos fueron testigos de un cambio de paisaje que iba desde montes espinosos, bosques floridos, senderos arcillosos, hasta una espesa neblina. Lo fascinante es el sonido del viento que habla con la vegetación de la zona.

Luego, bordeando la montaña, después de caminar tres horas me encontré con una laguna rodeada de este paisaje espectacular. Con esa bienvenida estaba pagado todo el cansancio que sentía. No importaba nada, sólo mantenerme en silencio y encontrarme con la naturaleza.

A partir de ese momento, el recorrido se convierte en una constante búsqueda por descubrir todas las maravillas que ofrece esa región. El cansancio estaba presente pero pudimos dormir tranquilos y cargamos las baterías para el siguiente día. La mañana del viernes nos esperaba la Laguna del Tota, que se encuentra a 3015 msnm, y goza de la fama de ser la segunda laguna más grande de toda Latinoamérica. Todos los habitantes lo decían con orgullo.

Lastimosamente, el clima no estuvo a nuestro favor y durante la navegación (íbamos a 40 km. por hora) empezó a llover torrencialmente, ¡cuando todavía nos faltaba hora y media por llegar! El frío era intenso, y casi se podía sentir en los huesos, a pesar que el conductor de la lancha me había prestado una ruana de oveja. Las esperanzas volvieron cuando divisamos tierra, Playa Blanca y sus aguas turquesas estaban ante nuestros ojos.

Bajamos corriendo, muertos de frío pero el espectáculo era impresionante. Difícil de creer que existiera una playa bajo estas condiciones climáticas en pleno páramo. El regreso fue silencioso, ya que estábamos mojados y un poco desanimados de no haber podido quedarnos más tiempo.

El almuerzo en Aquitania fue de mil maravillas. El banquete nos revivió a todos. Nos dieron la mejor trucha arco iris de la Laguna del Tota en una especie de cazuela con una sazón secreta, según nos dijo Angela, la dueña del restaurante Pueblito Viejo. En ese momento, recobramos fuerzas y, por un momento, ya no importó la ropa mojada ni el posible resfriado que podríamos pescar.

La tarde nos deparaba aún muchas sorpresas. Ingresamos al museo de las afueras de Sogamoso, donde nos encontraríamos con el pasado. La cultura Muisca nos recibió con sus leyendas y su historia. La visita al museo fue muy enriquecedora. Luego de esto fuimos testigos de lo más bello del ser humano y que especialmente poseen los niños: la ingenuidad y la alegría de vivir, a pesar de todas las circunstancias adversas.

Llegamos a una casita muy pintoresca, donde nos recibió un pequeño impactado por las cámaras de televisión. Era toda una novedad para ellos. Era el taller de artesanías de carbón donde trabajan los menores, que antes lo hacían en las minas.

Las historias son conmovedoras. Cada una es distinta, pero también cada una parte de lo mismo: la pobreza. Así, conocí a Miguel (de seis años) que tallaba un hermoso delfín, a Juan Carlos (de diecisiete años) que hacia un carro de carreras y sueña con estudiar Artes Plásticas, a Juan, Alberto y Pablo, todos ellos aún niños pero con el encargo llevar dinero a sus casas para la familia.

La visita fue corta pero nos dejó marcados a todos. No pudimos parar de hablar de esa experiencia en los días siguientes. Así termina el día 10 de mayo, donde el agotamiento ya no era tan notorio pero igual pesaba. Para ese momento ya no era sólo un recorrido, era una aventura. Era compartir emociones, risas y cansancio.

Monguí es una población que encierra un toque especial. Su gente, sus tradiciones, y la industria de los balones son parte de esa sazón que tiene esta población. Por eso no pudimos dejar de visitar la fábrica de balones más importante de Monguí, aunque en la actualidad hay 15 microempresas que se dedican a esto. Tuvimos la oportunidad de coser algunos balones, pero muchos terminamos por preferir el trabajo de periodistas, pues no fue nada fácil.

El realismo mágico se apoderó de nuestro recorrido por esa ciudad. Estábamos fascinados al ver esta producción tan importante y, aparte, conocer al Señor Ladino de 92 años, quien fue el que ingresó la idea por primera vez trayéndola del Perú. Una experiencia para recordar siempre: cuando se quiere realizar un sueño, sólo hay que llevarlo siempre en la mente, al final se cumple.

Aquí terminaba nuestro recorrido por este maravilloso lugar de encanto. Nos despedimos del Departamento de Boyacá, pero todos sentíamos que algo faltaba y cuando supimos que haríamos un pequeño tour por Bogotá, nos dimos cuenta que ese sí sería el final de nuestro recorrido.

Una ciudad de encuentros nos esperaba. La Plaza de Bolívar encierra todos esos elementos de una ciudad cosmopolita. Niños, mendigos, mimos, turistas, familias enteras, vendedores ambulantes, parejas de novios, hacen parte de este compendio de personajes en este lugar simbólico.

El Palacio de Nariño, la casa del Presidente, se muestra imponente ante todos y, de repente, a las cinco de la tarde suena por la calle principal una banda de guerra, hora del cambio de guardia.

La seguridad del sector aumenta. Ya nadie puede caminar por la acera que da al Palacio. Entonces, la gente se congrega en la del frente para cantar el Himno Nacional y observar este espectáculo de tambores, liras y trompetas.

Los niños se emocionan y también nosotros. Es imposible dejar de grabar. De pronto, un helicóptero desciende en el techo del Palacio y la gente murmura: "ahí llegó Doña Nora, la esposa del Presidente". Termina la música y con ella el cambio de guardia.

En el camino del Palacio de Nariño hasta el auto que nos esperaba, pensé que las trompetas en ese momento no eran señal de guerra, más bien nos despedían haciéndonos saber que pese a los enfrentamientos bélicos en este país, están el amor de la gente por su pueblo y una esperanza de paz que no se pierde un ningún rincón de Colombia.


Fuente: Programa "La Televisión"- Ecuador

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