Allí, en la plenitud
del silencio, alcanzo a escuchar la sonrisa milenaria del viento
andino, esa que cosquilleaba las orejas de los antiguos aymaras.
Es un soplido frío y seco que deambula errante por los 12.000 kms
de extensión que tiene este fenómeno de la naturaleza conocido
como el Salar de Uyuni.
Cuando el sol lanza su luz continua sobre esta alucinante
explanada de sal -ubicada a siete horas de La Paz- la luminosa
energía rebota sobre millones de granos de sal y desde ahí a los
ojos, que se ciegan de tanta belleza. Si alguien cree haberlo
visto todo, aquí descubrirá que el todo es la nada y que la nada
lo es todo. Que ninguna cosa está definida.
Aprenderá que hay un mundo por conocer a 4 000 metros sobre el
nivel del mar. Que la vida sin una pizca de sal nunca sabrá bien.
El Salar de Uyuni parece un paisaje de otro planeta, un planeta
de sensaciones que se extiende en territorio boliviano. Para
llegar a esta esquina de la galaxia es necesario tomar a las 15:00
p.m. el tren que va de la ciudad de Oruro a Potosí. Es un tramo
que demora seis horas y media. El camino regala un atardecer
tornasolado y unas pequeñas lagunas donde se contornea una banda
de flamencos.
Un ambiente de magia se impregna en el vagón-comedor mientras
saboreo una taza de mate de coca, charlo con viajeros de todas
partes del mundo y, por la ventana, veo pasar colosales montañas
como si fueran conos de nieve.
Pienso: qué irreverencia para con estos pretéritos dioses del
Altiplano. Hola y adiós macizos sagrados, todavía hay gente que
los adoran.
El "tour" a dicho salar empieza a las 9:00 a.m. y
tras dormir en una cómoda habitación del hotel Jardines de Uyuni
-ubicado en el pueblo del mismo nombre- ahora voy a bordo de un
autobús con terraza incorporada que permite obtener inmejorables
vistas del blanquecino paisaje. En unos minutos aparece la
comunidad de Colchani, ubicada a 22 kms. de Uyuni. Ahí estaba
Claudina Chambi, una de las cien socias de la cooperativa
bautizada con el mismo nombre de la comuna. Mientras une con fuego
las orillas de una bolsa de sal, explica que con su familia
embolsa cerca de 4.000 kilos diarios de este vital condimento.
Intempestivamente alza la mirada, la llamarada alumbra sus negros
iris y me dice: "Antes este trabajo alcanzaba para vivir, hoy
apenas sirve para comer". Silencio. Se acerca el joven Erick
Comata y añade: "Trabajo todo el día y solo gano 12
bolivianos" (cerca de un dólar y medio).
Más silencio. ¿Quieres un chocolate? Gracias. No, gracias a
ti por tu sinceridad. Escucha: las cosas cambian y un día cuando
regrese encontraré que toda esta sal al fin será tuya, como en
una época lo fue del mar.
¿Antes fue del mar? En realidad, en tiempos de la prehistoria
el Salar de Uyuni era parte de un mar menor (conocido como el lago
Minchín) que cuando se secó se convirtió en una cuarteada pero
hermosa planicie de cristal desde donde se puede apreciar, mirando
el horizonte, la circunferencia de la Tierra. Al igual que la
Muralla China, es uno de los pocos lugares que a decir de los
astronautas se logra divisar desde la Luna. Localizado en el
sudeste de Bolivia, el resplandor del salar alcanza niveles
extraterrestres.
La ruta también lleva al Palacio de Sal, un establecimiento
construido a base de este ingrediente culinario donde funciona un
hotel, un spa y un campo de golf. Dentro se observan muebles
(mesas, sillas y camas) y unas esculturas que intentan ornamentar
dicho espacio salino. Si en la puerta colgara un letrero que
dijera "Hogar, dulce hogar" cualquiera pensaría que se
encuentra en una casa. Pero no, se trata de un singular
alojamiento dispuesto para los que buscan, aparte de dormir y
retozar con sus ocurrencias, un lugar donde recibir una
litio-terapia en camas de sal. Se afirma que esta es buena contra
el estrés.
Muy cerca se encuentra Artesanía Palacio Salar, un local donde
comprar unas pequeñas esculturas hechas por los artesanos
Rodencia y Damián Chambi.
Ellos, esposos que parecen hechos de un granito del color de la
tierra, desde hace tres años atienden y cuentan leyendas locales
a los viajeros. Sin embargo, de algo se sienten más orgullosos:
que Damián y otras tres personas levantaron en seis meses el
Palacio de Sal y que felizmente lo hicieron porque si no, ¿dónde
dormirían los cientos de turistas que quieren quedarse en medio
del Salar de Uyuni?
A estas alturas del viaje, el apetito nos recuerda que también
forma parte de la aventura. Juan Quesada, uno de los anfitriones,
tiene preparado realizar, si cabe el término, un pic-nic en medio
del salar y nada menos que a 5ºC. A diferencia de la cena, en que
comí un guiso con carne de llama (sal bendita tú que a todo le
das sabor), a esa hora de la tarde un sabroso trozo de pollo y
unas papas cocidas, además de la cerveza local, supieron a
manjar.
Cubierto hasta los ojos con una prenda de lana de alpaca, fue
un placer echarse sobre la sal a mirar el celeste cielo. La
imponente presencia del cerro Tunupa, el clic de las fotos, el
murmullo de mis compañeros de viaje y el viento rozando sus ropas
me devolvían a la realidad, pero qué ganas tenía de quedarme en
ese planeta de emociones, en ese rincón del Ande donde también
existen islas como aquella llamada Incahuasi o Isla del Pescado,
la más impresionante de todas por su excéntrica vegetación.
Allí hay cactus que alcanzan los diez metros de altura y una que
otra avestruz andina recorriendo la agreste superficie. Una
simpática vizcacha sale a husmear, realiza una acrobacia y huye a
esconderse entre las piedras.
Es hora de empezar a despedirse. El tren de retorno parte de la
estación de Potosí a las 12:05 a.m. y luego de otras seis horas y
media de viaje llega a Oruro. De ahí a La Paz hay tres horas en
autobus. "Para los que tienen la suerte
de poder dormir mientras viajan, el trayecto es una delicia de
comodidad", comentó en plena madrugada nuestra compañera de
viaje, Catherine Valle. Respondí que a quien le cuesta pegar los
ojos le queda pasar la noche leyendo, pero cómo librarse de los
roncadores, de aquellos que convierten los vagones en aserraderos.
En un momento de insomne lucidez ocurren ideas para el olvido.
Esta es una de ellas: dividan el servicio del tren en Roncadores y
No roncadores. Si funciona con los fumadores, por qué no con los
indeseables osos de medianoche.
Pero esto no es todo. En un giro inesperado el territorio
boliviano se revela prolijo en contrastes y de casi estar cerca
del cielo, pasé a descender hasta los 1.000 metros sobre el nivel
del mar hasta llegar a la zona de los Yungas. El punto de partida
para alcanzar esta tropical región es la ciudad de La Paz. En
autobús uno se tarda en hacer el trayecto cerca de tres horas, a
través de este aparecen las más filudas montañas de todos los
colores. Una serpentina de impecable asfalto conduce a una serie
de precipicios cuyo fondo es difícil de divisar.
Antes de que empiece el descenso a los valles amazónicos, la
cordillera cuenta con una cumbre desde la cual se puede practicar
ciclismo de montaña (bike). Es el turno de los valientes y fueron
los ecuatorianos Andrea Bernal y Marcos Villamar quienes se
animaron a rodar cuesta abajo. Había que verlos bajar templados
pero eufóricos, como si quisieran agotar toda su carga de
adrenalina. El parecía viajar a su infancia y ella tras un
sueño. Las nubes, el aire enrarecido, la velocidad al límite,
las curvas cerradas, la emoción en sus caras... "El viento
se mete en el cuerpo. Es una sensación de absoluta
libertad", cuenta Andrea que ahora se encuentra -con los
demás compañeros de viaje- disfrutando de un recorrido en
catamarán a través del lago Titicaca, ubicado a 3 810 metros
sobre el nivel del mar y cuya extensión es de 8 300 km cuadrados.
A bordo de esta cómoda embarcación de Transturin se llega a
la Isla del Sol, una enigmática porción de tierra en medio del
mayor lago de Sudamérica. Ahí es posible encontrar pequeñas
construcciones que datan de tiempos prehispánicos, un biohuerto
al aire libre con plantas medicinales de todas partes del mundo y
un museo subterráneo en el que se explica el origen del imperio
del Tahuantinsuyo. Una muestra de diferentes variedades de papa me
hace recordar que no he dejado de comer este tubérculo en los
casi veinte días de viaje que llevo por diversas localidades de
los países andinos. Papa mía así quiero encontrarte en todos
mis viajes.
Faltan apenas unas horas para salir del territorio boliviano.
El catamarán me dejará en Copacabana, conoceré la ecléctica
arquitectura de su principal iglesia y la destreza de sus
habitantes con los textiles. Cruzaré la frontera y estaré en el
departamento de Puno, es decir ya en el Perú.
Mientras tanto, todavía permanezco en la Isla del Sol,
participando de una sesión del chamán Samuel Mamami (55). Él
está pidiendo a sus dioses que el resto del viaje sea sin
contratiempos, por eso ofrece al fuego una mezcla de grasa de
llama, pastillas de azúcar, mirra y hojas de coca. Clama en
aymará y se hace el silencio. De fondo está el azul del lago.
Las montañas, al Titicaca y la Pachamama reciben su bendición.
Más silencio. El espíritu parece reconfortarse. Surge una
sonrisa que ya quisiera me durara milenios, como aquella que sabe
lucir el Salar de Uyuni.