Bolivia: Un planeta de sensaciones
Por Italo Sifuentes Alemán
30 de mayo de 2002

Bolivia, 30 mayo 2002.- Allí, en la plenitud del silencio, alcanzo a escuchar la sonrisa milenaria del viento andino, esa que cosquilleaba las orejas de los antiguos aymaras. Es un soplido frío y seco que deambula errante por los 12.000 kms de extensión que tiene este fenómeno de la naturaleza conocido como el Salar de Uyuni.

Cuando el sol lanza su luz continua sobre esta alucinante explanada de sal -ubicada a siete horas de La Paz- la luminosa energía rebota sobre millones de granos de sal y desde ahí a los ojos, que se ciegan de tanta belleza. Si alguien cree haberlo visto todo, aquí descubrirá que el todo es la nada y que la nada lo es todo. Que ninguna cosa está definida.

Aprenderá que hay un mundo por conocer a 4 000 metros sobre el nivel del mar. Que la vida sin una pizca de sal nunca sabrá bien.

El Salar de Uyuni parece un paisaje de otro planeta, un planeta de sensaciones que se extiende en territorio boliviano. Para llegar a esta esquina de la galaxia es necesario tomar a las 15:00 p.m. el tren que va de la ciudad de Oruro a Potosí. Es un tramo que demora seis horas y media. El camino regala un atardecer tornasolado y unas pequeñas lagunas donde se contornea una banda de flamencos.

Un ambiente de magia se impregna en el vagón-comedor mientras saboreo una taza de mate de coca, charlo con viajeros de todas partes del mundo y, por la ventana, veo pasar colosales montañas como si fueran conos de nieve.

Pienso: qué irreverencia para con estos pretéritos dioses del Altiplano. Hola y adiós macizos sagrados, todavía hay gente que los adoran.

El "tour" a dicho salar empieza a las 9:00 a.m. y tras dormir en una cómoda habitación del hotel Jardines de Uyuni -ubicado en el pueblo del mismo nombre- ahora voy a bordo de un autobús con terraza incorporada que permite obtener inmejorables vistas del blanquecino paisaje. En unos minutos aparece la comunidad de Colchani, ubicada a 22 kms. de Uyuni. Ahí estaba Claudina Chambi, una de las cien socias de la cooperativa bautizada con el mismo nombre de la comuna. Mientras une con fuego las orillas de una bolsa de sal, explica que con su familia embolsa cerca de 4.000 kilos diarios de este vital condimento. Intempestivamente alza la mirada, la llamarada alumbra sus negros iris y me dice: "Antes este trabajo alcanzaba para vivir, hoy apenas sirve para comer". Silencio. Se acerca el joven Erick Comata y añade: "Trabajo todo el día y solo gano 12 bolivianos" (cerca de un dólar y medio).

Más silencio. ¿Quieres un chocolate? Gracias. No, gracias a ti por tu sinceridad. Escucha: las cosas cambian y un día cuando regrese encontraré que toda esta sal al fin será tuya, como en una época lo fue del mar.

¿Antes fue del mar? En realidad, en tiempos de la prehistoria el Salar de Uyuni era parte de un mar menor (conocido como el lago Minchín) que cuando se secó se convirtió en una cuarteada pero hermosa planicie de cristal desde donde se puede apreciar, mirando el horizonte, la circunferencia de la Tierra. Al igual que la Muralla China, es uno de los pocos lugares que a decir de los astronautas se logra divisar desde la Luna. Localizado en el sudeste de Bolivia, el resplandor del salar alcanza niveles extraterrestres.

La ruta también lleva al Palacio de Sal, un establecimiento construido a base de este ingrediente culinario donde funciona un hotel, un spa y un campo de golf. Dentro se observan muebles (mesas, sillas y camas) y unas esculturas que intentan ornamentar dicho espacio salino. Si en la puerta colgara un letrero que dijera "Hogar, dulce hogar" cualquiera pensaría que se encuentra en una casa. Pero no, se trata de un singular alojamiento dispuesto para los que buscan, aparte de dormir y retozar con sus ocurrencias, un lugar donde recibir una litio-terapia en camas de sal. Se afirma que esta es buena contra el estrés.

Muy cerca se encuentra Artesanía Palacio Salar, un local donde comprar unas pequeñas esculturas hechas por los artesanos Rodencia y Damián Chambi.

Ellos, esposos que parecen hechos de un granito del color de la tierra, desde hace tres años atienden y cuentan leyendas locales a los viajeros. Sin embargo, de algo se sienten más orgullosos: que Damián y otras tres personas levantaron en seis meses el Palacio de Sal y que felizmente lo hicieron porque si no, ¿dónde dormirían los cientos de turistas que quieren quedarse en medio del Salar de Uyuni?

A estas alturas del viaje, el apetito nos recuerda que también forma parte de la aventura. Juan Quesada, uno de los anfitriones, tiene preparado realizar, si cabe el término, un pic-nic en medio del salar y nada menos que a 5ºC. A diferencia de la cena, en que comí un guiso con carne de llama (sal bendita tú que a todo le das sabor), a esa hora de la tarde un sabroso trozo de pollo y unas papas cocidas, además de la cerveza local, supieron a manjar.

Cubierto hasta los ojos con una prenda de lana de alpaca, fue un placer echarse sobre la sal a mirar el celeste cielo. La imponente presencia del cerro Tunupa, el clic de las fotos, el murmullo de mis compañeros de viaje y el viento rozando sus ropas me devolvían a la realidad, pero qué ganas tenía de quedarme en ese planeta de emociones, en ese rincón del Ande donde también existen islas como aquella llamada Incahuasi o Isla del Pescado, la más impresionante de todas por su excéntrica vegetación. Allí hay cactus que alcanzan los diez metros de altura y una que otra avestruz andina recorriendo la agreste superficie. Una simpática vizcacha sale a husmear, realiza una acrobacia y huye a esconderse entre las piedras.

Es hora de empezar a despedirse. El tren de retorno parte de la estación de Potosí a las 12:05 a.m. y luego de otras seis horas y media de viaje llega a Oruro. De ahí a La Paz hay tres horas en autobus. "Para los que tienen la suerte de poder dormir mientras viajan, el trayecto es una delicia de comodidad", comentó en plena madrugada nuestra compañera de viaje, Catherine Valle. Respondí que a quien le cuesta pegar los ojos le queda pasar la noche leyendo, pero cómo librarse de los roncadores, de aquellos que convierten los vagones en aserraderos. En un momento de insomne lucidez ocurren ideas para el olvido. Esta es una de ellas: dividan el servicio del tren en Roncadores y No roncadores. Si funciona con los fumadores, por qué no con los indeseables osos de medianoche.

Pero esto no es todo. En un giro inesperado el territorio boliviano se revela prolijo en contrastes y de casi estar cerca del cielo, pasé a descender hasta los 1.000 metros sobre el nivel del mar hasta llegar a la zona de los Yungas. El punto de partida para alcanzar esta tropical región es la ciudad de La Paz. En autobús uno se tarda en hacer el trayecto cerca de tres horas, a través de este aparecen las más filudas montañas de todos los colores. Una serpentina de impecable asfalto conduce a una serie de precipicios cuyo fondo es difícil de divisar.

Antes de que empiece el descenso a los valles amazónicos, la cordillera cuenta con una cumbre desde la cual se puede practicar ciclismo de montaña (bike). Es el turno de los valientes y fueron los ecuatorianos Andrea Bernal y Marcos Villamar quienes se animaron a rodar cuesta abajo. Había que verlos bajar templados pero eufóricos, como si quisieran agotar toda su carga de adrenalina. El parecía viajar a su infancia y ella tras un sueño. Las nubes, el aire enrarecido, la velocidad al límite, las curvas cerradas, la emoción en sus caras... "El viento se mete en el cuerpo. Es una sensación de absoluta libertad", cuenta Andrea que ahora se encuentra -con los demás compañeros de viaje- disfrutando de un recorrido en catamarán a través del lago Titicaca, ubicado a 3 810 metros sobre el nivel del mar y cuya extensión es de 8 300 km cuadrados.

A bordo de esta cómoda embarcación de Transturin se llega a la Isla del Sol, una enigmática porción de tierra en medio del mayor lago de Sudamérica. Ahí es posible encontrar pequeñas construcciones que datan de tiempos prehispánicos, un biohuerto al aire libre con plantas medicinales de todas partes del mundo y un museo subterráneo en el que se explica el origen del imperio del Tahuantinsuyo. Una muestra de diferentes variedades de papa me hace recordar que no he dejado de comer este tubérculo en los casi veinte días de viaje que llevo por diversas localidades de los países andinos. Papa mía así quiero encontrarte en todos mis viajes.

Faltan apenas unas horas para salir del territorio boliviano. El catamarán me dejará en Copacabana, conoceré la ecléctica arquitectura de su principal iglesia y la destreza de sus habitantes con los textiles. Cruzaré la frontera y estaré en el departamento de Puno, es decir ya en el Perú.

Mientras tanto, todavía permanezco en la Isla del Sol, participando de una sesión del chamán Samuel Mamami (55). Él está pidiendo a sus dioses que el resto del viaje sea sin contratiempos, por eso ofrece al fuego una mezcla de grasa de llama, pastillas de azúcar, mirra y hojas de coca. Clama en aymará y se hace el silencio. De fondo está el azul del lago. Las montañas, al Titicaca y la Pachamama reciben su bendición. Más silencio. El espíritu parece reconfortarse. Surge una sonrisa que ya quisiera me durara milenios, como aquella que sabe lucir el Salar de Uyuni.


Fuente: El Comercio de Lima

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