Tras los muros de un antiguo penal, yacen
las huellas de una gran Nación. Un recorrido histórico y cultural
por la República, que muestra desde sus albores, hasta sus más
contemporáneas expresiones, las esencias políticas artísticas y
literarias de esta esquina americana
Este museo nació en el año de 1823 por
iniciativa del Congreso Constitucional de La Gran Colombia,
cumpliendo su misión pedagógica durante muchos años como dependencia
de la Universidad Nacional de Colombia, hasta que fue emplazado en
el “Panóptico”, antigua instalación carcelaria, que una vez
remodelada, abrió al público en el año de 1948.
Sus colecciones son una amplia recopilación
de testimonios que van desde la gestación de las culturas primitivas
y las expresiones de los actuales grupos tribales, pasando por las
diferentes etapas de la historia colombiana como son el
descubrimiento y la conquista, la independencia, y la república,
hasta las más diversas manifestaciones de la plástica contemporánea.
Así, la complejidad de sus fondos (piezas de colección) ha permitido
al visitante orientar sus intereses a temas como el arqueológico y
etnográfico, o al histórico y desde luego al plano artístico en sus
diversas etapas. Es como tener cuatro museos en uno, dado que además
de los diversos temas hay que contar con que se exhiben alrededor de
20.000 piezas de un número todavía mayor en existencia.
La experiencia comienza, innegablemente, con
la admiración que despierta el edificio, ya que su conservación y la
estricta restauración adelantada desde 1989 hasta el 2001, revelan
el encanto de una compleja construcción, fortificada, de factura
severa, dada su función original, que es conocida como “panóptico”
ya que la observación y vigilancia de sus alas, corredores, celdas y
demás dependencias es posible desde el centro de cada uno de sus
tres pisos, sobre una planta cruciforme, bajo el concepto de
panorama óptico, de ahí su nombre.
Este penal que fue construido con los planos
del ingeniero danés Thomas Reed, contaba con celdas para hombres y
mujeres así como con la oficina y dormitorio del director, salas de
guardia y talleres de manualidades para los reclusos. Podía albergar
una población carcelaria de hasta 214 reos. El edificio desempeño su
función original hasta el año de 1946. Su arquitectura en piedra y
ladrillo, de influencia románica en el arco de la fachada, se repite
en numerosos arcos y bóvedas en el interior, por lo que ha merecido
su reconocimiento como monumento nacional.
Las exhibiciones del museo son la otra gran
razón del visitante, ya que allí pueden admirarse numerosos
elementos revestidos de gran importancia histórica, política y
artística.
Las colecciones de arqueología por ejemplo,
permiten entender la evolución de los pueblos prehispánicos del
territorio colombiano, sus avanzadas sociedades complejas y el
desarrollo ideológico a través de piezas rituales y utilitarias de
cerámica, hueso, piedra y oro, así como tejidos y formas rituales de
enterramiento funerario.
La colección etnográfica aporta referencias
de los grupos indígenas actuales, sus usos y costumbres a través de
herramientas y utensilios de uso doméstico, para apoyar faenas de
pesca y agricultura, complementan la exhibición instrumentos
musicales, tejidos e indumentaria.
Las diferentes etapas de la historia
nacional se pueden conocer por medio de los numerosos objetos que
yacen en las salas del segundo piso, mostrando en cuadros y
blasones, uniformes, monedas, armas y medallas, la transición de la
colonia, a través de las luchas libertarias, hacia la consolidación
de la República colombiana. Oleos sobre lienzo, retratos en
miniatura, numeroso mobiliario entre el que se cuenta con escaños,
secreteros y bargueños, hablan de las tradiciones ibéricas
enraizadas en la cultura nacional y de la influencia francesa (de
ideología emancipadora) tanto el lo artístico como en lo de uso
diario.
La planta alta, está constituida por la
colección de “bellas artes” que lleva al público por experiencias
pictóricas y escultóricas. Allí se pueden apreciar retratos en
miniatura, caricaturas de clara intención política, pintura
primitivista y académica y esculturas de estilo neoclásico y otras
de corte romántico al estilo “Art Nouveau”.
Entre los emblemas que puedan motivar la
visita al Museo Nacional de Colombia, se pueden mencionar las obras
de los connotados maestros colombianos Pedro Nel Gómez, Luis Alberto
Acuña, Fernando Botero, Omar Rayo y Enrique Grau, entre otros. Las
pinturas de José María Espinosa, que muestran los sucesos de las
batallas de independencia, los uniformes de Antonio José de Sucre y
Francisco de Paula Santander, un óleo anónimo de José Antonio Páez,
retratos de Simón Bolívar, de Anzoáteguí, de virreyes y de próceres.
Además la prensa en la que Antonio Nariño imprimió su traducción de
Los Derechos del Hombre y del Ciudadano (1793), una colección de
medallas en bronce con los rostros de los reyes de España y el
escudo de armas de la Real Audiencia de Santa Fe de Bogotá.
Otros objetos como la cota de malla de
Gonzalo Jiménez de Quesada, fundador de Bogotá, numerosas piezas
cerámicas, momias y hasta el manto de la mujer de Atahualpa, donado
al Museo Nacional en el año de 1825 por el Mariscal Sucre, harán de
su visita a esta “prisión” una cautivante experiencia.
El Museo ofrece otros servicios como el de
venta de reproducciones, galería de arte y exposiciones itinerantes,
programas educativos, sala de música, auditorio y publicaciones.
Abre sus puertas de martes a sábado, de 10:00 a.m. a 5:30 p.m. ,
domingos hasta las 4:00 p.m.
Y aún falta lo mejor: el Museo, ubicado en
la carrera séptima, entre las calles 28 y 29 del Centro
Internacional de Bogotá, está rodeado de una hermosa ciudad, llena
de atractivos lugares, dotada con los mejores servicios de hoteles,
restaurantes y transporte tanto local, como nacional e
internacional; galerías de arte, joyerías, centros comerciales y
artesanales y excelentes anfitriones, los bogotanos, parte misma de
la historia viva de este país.
Por: Ricardo Cifuentes Cuadros
Dirección de Turismo
Ministerio de Comercio, Industria y Turismo