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LO MÁXIMO


Solo unos profundos ojos verdes, anegados en el llanto del amor y del dolor, pudieron ser la inspiración que los hiciera comparables con las mágicas gemas esmeraldas.

Fura, la princesa y Tena el guerrero, prometidos en matrimonio fueron separados por fuerza del destino. Él debía probar su valentía cazando las fieras de la selva y combatiendo a sus enemigos, ella, permanecería a la espera de su regreso triunfante para consumar su amor. Pero la espera se hizo larga y otro guerrero conquistó su corazón. Al regresar, Tena vio la traición de su amada y decidió quitarse la vida. Ella al verle muerto comprendió que todavía le amaba y lloró tanto y tan amargamente que los dioses se conmovieron al verla y compensaron su dolor convirtiendo sus lágrimas en esmeraldas; las lágrimas de amor de la princesa Fura.

Más tarde y a despecho de un amor truncado se convirtieron en los cerros, aquellos de Fura y Tena que flanquean el río Minero en su discurrir hacia el río Grande de la Magdalena.

De bien antiguo y según lo referenciado por varios cronistas de Indias, lo capitanes Luis Lancheros y Juan Penagos, aliados en su causa de la búsqueda de El Dorado, lucharon contra los fieros Muzos, la tribu de Fura y Tena, para descubrir lo que a la postre sería la mina de esmeraldas más grande del mundo; aquella en la que se encuentran las más preciadas gemas verdes y cristalinas que inspiraron una y mil leyendas.

En las poblaciones de los departamentos de Cundinamarca y especialmente de Boyacá, en los municipios de Coscuez, Somondoco, Almeida, Pauna, Macanal Maripí y Muzo, especialmente, se encuentran estos representativos enclaves mineros que han dado reputación a las esmeraldas colombianas no solo como las más abundantes, sino también como las de mayor finura y valor.

Por sus características de dureza y belleza estos cristales ocupan el segundo lugar en los mercados mundiales de piedras preciosas y están por encima del rubí y el zafiro y solo son superados en belleza y valor por los diamantes. Por esta razón resultan tan apreciadas entre los expertos coleccionistas y más aún entre los joyeros tradicionales, llegando a ser muy afamados y reconocidos, como un cristal tallado de 1.225 quilates de propiedad del Duque Devonshire, procedente de Muzo.

Las esmeraldas son silicatos con contenidos de berilio, aluminio y cromo, que dadas sus diferentes proporciones dan a las gemas matices que van desde un brillante verde claro, hasta un intenso, limpio y profundo color verde-negro al que los expertos llaman gota de aceite, la más valiosa en calidad, por supuesto.

Las esmeraldas pueden ser talladas en diversas formas dependiendo del tamaño, forma y consistencia de la piedra y dado el hecho de que presente pocas impurezas-o jardines- en su núcleo, razón por la cual se harían menos estimadas. Las tallas tradicionales son el cabuchón que es una talla redonda, tamboreada que permite matices y brillos sobre superficies curvas alcanzando gran calidad. Otra es la lapidación tradicional de múltiples facetas sobre una corona de forma redonda o cuadrada y un pabellón cónico lapidado en muchas caras que descienden desde la corona. Esta facetación corresponde a la misma que se hace con los diamantes y otras piedras preciosas. Una tercera forma de talla es, si se quiere, más natural ya que parte de los cristales en forma de prisma que se encuentran de manera natural asociados con cristales de cuarzo, a los que solo se tallan los remates para el montaje con piezas de oro, plata o platino generalmente. Estas piezas son consideradas de gran belleza como ya se ha dicho por su naturalidad.

Los expertos lapidadores y joyeros en Colombia montan las gemas especialmente en anillos, pendientes, zarcillos y prendedores que se convierten en alhajas de inestimable valor y que pueden ser vistas en exhibiciones comerciales principalmente en Bogotá y Cartagena y excepcionalmente buscadas en “la mata” es decir, directamente en la mina, ya que este comercio se realiza de manera muy especializada.

Lo que si es posible, es visitar alguno de estos pueblos mineros para conocer sus tradiciones, sus costumbres de minería y sus extraordinarias narraciones que hablan de suerte y de riqueza. Tal vez escuche la historia de una mula que, maltratada por su amo, por su constante cojera en un camino de arriería, hubo de ser liberada por fin de una molesta y voluminosa piedra verde que lastimaba su casco; esto desde luego, cambio el destino del arriero - no sé si el de la mula-. Se dice también de los ”guaqueros” que subyugados por la fortuna de un hallazgo que les haga millonarios de un golpe, entregan con todas sus fuerzas al trabajo minero, muchas veces, quizás las más, frustrante y agotador. No faltó sin embargo aquel que una noche, entregado al descanso y acompañado de una mortecina luz en una vieja casa de barro raspó inopinada y distraídamente sobre el muro, tal vez evadiendo el sueño, cuando un brillo que escapó de la tapia lo dejó perplejo; era una fina esmeralda que le prodigaría mejores noches y mejores días.

En Bogotá, es posible ver sobre la segunda calle real del comercio, carrera séptima con calle 12 y en las calles aledañas, muchos “esmeralderos comerciando con sus piedras” pero no es allí donde las puede adquirir. Las joyerías especializadas se las ofrecen certificadas, dando cuenta de su peso y procedencia, cortadas, talladas y montadas o en lotes de un mismo origen y calidad para que el comprador pueda diseñar sus propias joyas. Por sus precios y características solo podrá adquirirlas en Colombia, que se envanece de ser el primer productor mundial con cerca de un 70% de la producción.

Si quiere ver las mayores del mundo, algunas son exhibidas en el Museo del Oro, en la capital, para mostrar el valor y la riqueza de que se precia el país. No faltará quien le hable de “ La Emilia” fabulosa gema de más de cinco mil quilates en bruto (sin tallar) algo así como el tamaño de un puño cerrado, que es propiedad como otras grandes piedras, del Banco de la República.

Ricardo Cifuentes Cuadros
Dirección de Turismo
Colombia

 


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