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Hasta
comienzos del siglo XX, el jueves santo decenas de indígenas
vestidos a la usanza de los judíos de hace dos mil años buscaban por
todo el poblado a Jesucristo.
Por
la noche, otras personas escenificaban la última cena. Y a la
medianoche un varón, algo mayor, era entregado a la guardia.
El
fanatismo religioso de los moxos fue explicado de esta manera por el
padre Diego de Eguiluz: antes de la evangelización, los indígenas se
consagraban a la castidad y al ayuno más riguroso para optar al
sacerdocio del tigre (komokoi);
otras,
permitían hasta la inmolación de sus familias. Bajo el régimen de un
catolicismo ciego tenían que volverse fanáticos.
El
viernes santo, una multitudinaria procesión acompañaba al Cristo,
que era flagelado; mientras sus seguidores se proferían heridas con
látigos acerados, espinas, cadenas o maderos rústicos.
Incluso
muchos se ofrecían para ser colgados de postes, árboles o sogas. Con
la expulsión de los jesuitas en 1769, el fervor religioso fue
alimentado por otras órdenes, aunque paulatinamente creó la
inclinación por el castigo físico; distorsión que para mediados del
siglo XX había declinado considerablemente.
Los
moxos son un pueblo apacible, dado a la artesanía, la caza y la
agricultura, en menor grado.
Por
semana santa los feligreses son convocados con el sonido de las
matracas, pues el tañido de las campañas conlleva cierta alegría.
Toda señal festiva es anulada. Y las poblaciones se sumen en una
tristeza que no condice con el paisaje llanero. El órgano también es
silenciado. Sólo el domingo de gloria la vida vuelve cargada de
música y de una discreta alegría.
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