Navegar sobre el
Titikaka es una experiencia doblemente grata. Es como deslizarse
por un gran espejo, donde el brillo del sol se funde en las
frías aguas del lago más alto del mundo; y es entrar en
contacto, sintiéndose atrapado en el tiempo y el espacio, con
dos culturas casi extinguidas en nuestro país: la quechua y la
aymara.
Textos y fotos: Julio
Flores Sevilla
A simple vista, desde el puerto de Puno,
el lago Titikaka, o "puma gris", parece una gran masa de agua
condenada a recibir las aguas contaminadas del río Coata. Sin
embargo, el panorama sombrío se matiza de a pocos, cuando
después de navegar por casi quince minutos la naturaleza se
muestra imponente, terminando por convertir las aguas frías en
un escenario que no sólo es el hábitat de diferentes especies de
aves, sino también de pobladores que conservan tradiciones de
hace varios siglos.
Visitando las Islas
El primer punto a visitar en nuestra
ruta de navegación fueron dos islas de Totora que forma parte
del archipiélago flotante donde viven los Uros, una comunidad
que desciende directamente de una de las culturas más antiguas
de América.
En este lugar el visitante puede encarar
a la miseria con la felicidad; pues en medio de la pobreza,
estos hombres y mujeres se sienten dichosos por ser "hijos del
lago". Visitar estas islas es entrar en contacto con un modo de
vida único. Aquí todo está construido en totora: las casas, las
escuelas y hasta el suelo mismo.
Nuestra llegada causó alboroto en los
pobladores. De pronto todos salen de sus chozas: Los niños,
mejillas quemadas por el frío, de inocente mirada y manitas
cayosas, corretean por la isla, posan para la foto y esperan su
propina. Las mujeres, trenzas largas, polleras y sombreros,
ofertan y rematan sus tejidos multicolores y artesanías de
recuerdo.
Los Uros son una raza que no sólo ha
aprendido a sobrevivir de lo que pueden pescar y recolectar del
lago. Ellos también han tenido que pactar con la naturaleza para
aplacar al viento entumecedor que agrieta, de manera cruel, sus
mejillas cobrizas y arrugadas. El mundo en estas islas de Totora
es muy reducido. No hay espacio para grandes caminatas, pues el
agua, que se filtra hasta el último rincón, lo rodea todo.
La perla del Titikaka
Amantani es quizá una de las islas más
bellas del lago. Es un pueblo pintoresco cuyas casas, de techos
a dos aguas, tiene un peculiar patio decorado con plantas
trepadoras y pequeñas bancas de piedra orientadas hacia un
desembarcadero de piedra.
Arribamos al puerto de Lampayuni luego
de un viaje de más de tres horas. Atrás habían quedado los Uros
y frente a nosotros aparecía otra comunidad cuyos pobladores
tampoco han variado sus costumbres en siglos. En Amantaní no hay
luz eléctrica, agua potable, ni autos y mucho menos motos y
bicicletas. Todo se hace a pie, bordeando los pequeños senderos
de piedras alineadas. Esta isla, la más poblada del Titikaka,
encierra también algunos vestigios arqueológicos en donde hasta
ahora los lugareños rinden culto a la "pachamama" y al "pachatata."
Ya en tierra nos recibe un grupo de
mujeres. De inmediato el guía reparte al grupo de visitantes
para que pase la noche en casa de alguna familia. A nosotros nos
recibe Francisca Juli, una mujer de rasgos andinos, que sonríe a
toda hora y nos dice "que está para servirnos". Es febrero y
después de instalarnos en su casa, que por suerte tiene una
vista panorámica privilegiada del lago, Francisca nos invita a
caminar por la isla y luego asistir a una fiesta del pueblo con
motivo de la Virgen Candelaria. A las 2 de la tarde todos los
isleños están concentrados en el parque de Amantaní.
No hay motivo para no perderse la
festividad. Los festejos se prolongan hasta pasadas
las 8 de la noche y la única luz que alumbra la isla es la de la
luna llena que cuelga del firmamento. Hasta esa hora se sigue
escuchando el contrapunto de las diferentes bandas de músicos
que amenizan esta gran fiesta.
Ya repuestos nos alistamos, a la mañana
siguiente, para partir a Taquile. Nos embarcamos, partimos y
conforme nos alejamos de Amantaní nuestra retina trata de grabar
todos los escenarios recorridos, mientras que la memoria guarda
los recuerdos vividos junto a nuestros anfitriones. Desde
Amantaní el mundo parece el mismo paraíso. Ojalá todo fuera como
acá.
Poco a poco nos alejados. Ya estamos
rumbo a Taquile, pero esa será otra historia.