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Palabras del Embajador Allan Wagner
Tizón, Secretario General de la
Comunidad Andina, con ocasión de la
instalación del XXVIII Período Ordinario
de Sesiones de la Asamblea General del
Parlamento Andino
Bogotá,
18 de mayo de 2006
Coincide
la realización de este importante
Período Ordinario de Sesiones del
Parlamento Andino con la semana central
de los actos conmemorativos de los
treinta y siete años de existencia del
Acuerdo de Cartagena, que se cumplirán
el próximo 26 de mayo.
No es,
desde luego, un momento para grandes
celebraciones. Han resultado evidentes
en las últimas semanas los síntomas de
una crisis que se origina, a mi juicio,
en las marcadas discrepancias entre los
países miembros sobre el modelo de
desarrollo así como el tipo de inserción
internacional que consideran más
beneficioso para sus naciones.
En el
pasado también han ocurrido diferencias
políticas entre los miembros pero
pudieron resolverse mediante el diálogo
y la búsqueda conjunta de soluciones
constructivas y flexibles. Ese fue el
caso del Perú en la década de los años
90, donde fue posible acordar un régimen
transitorio que permitió a ese país
diferir algunas obligaciones bajo el
Acuerdo de Cartagena que, con el tiempo,
han quedado subsanadas.
Sólo en el
caso de Chile el año 1976, en los
inicios de nuestro proceso de
integración, se presentó una diferencia
política fundamental con los restantes
miembros, lo que condujo, luego de
intensas e infructuosas negociaciones, a
la denuncia por ese país del Acuerdo de
Cartagena, manteniéndose algunos escasos
vínculos. Es interesante señalar que esa
situación se produjo cuando el nuevo
régimen chileno, resultante de un
sangriento golpe de estado, implementó
una política económica que difería
sustancialmente de las aplicadas por los
restantes países miembros y del modelo
implícito en el Acuerdo de Cartagena y
en las decisiones de la Comisión. ¿Dónde
radicaban esas incompatibilidades?
Radicaban particularmente en lo relativo
al enfoque del desarrollo y de la
inserción internacional.
La
presente crisis ocurre en momentos en
los cuales se inicia en América Latina
lo que podríamos llamar un nuevo “tiempo
social”, en el que, ante los negativos
resultados obtenidos en materia de
bienestar por las recetas del “Consenso
de Washington”, las agendas políticas
nacionales colocan como preocupación
prioritaria la obtención, en lapsos
políticamente aceptables, de resultados
tangibles en materia de reducción de la
pobreza y la desigualdad que prevalecen
en nuestras sociedades. En suma, superar
la exclusión en que se encuentran vastos
sectores de nuestras poblaciones del
sistema político, de los beneficios del
crecimiento económico e, incluso, de los
cánones culturales prevalecientes.
En este
contexto, surgen diversas propuestas
sobre cómo mejorar o incluso cambiar el
modelo económico para alcanzar esas
metas sociales, pero también para lograr
un Estado y una sociedad más
incluyentes, todo ello con la velocidad
vertiginosa que imprime un año electoral
como el presente en toda la región. En
ese contexto, el modelo de integración
regional también se ve sometido a
cuestionamientos e interrogantes,
agravados por los desafíos que plantea
un proceso de globalización mundial en
el que los rezagados son rápidamente
excluidos de las corrientes mas
dinámicas de la economía y el comercio
internacionales.
Lo
paradójico en esa búsqueda de la equidad
es que, existiendo un amplio espacio
para conjugar los objetivos centrales
del desarrollo con justicia social, de
una inserción internacional competitiva
y socialmente incluyente y de una
integración al servicio de los pueblos,
hoy se hagan visibles los síntomas de un
desencuentro que erosiona nuestra unidad
y amenaza nuestro proyecto integrador.
Tengo la
certeza de que la crisis se profundiza
cuando, existiendo discrepancias, las
mismas no se procesan a través del
diálogo constructivo y fraterno para la
mutua comprensión de necesidades y
aspiraciones. En suma, cuando se
abandona el pluralismo como principio
necesario de la convivencia comunitaria.
Creo, por
lo tanto, que es urgente retornar al
camino de la construcción de consensos,
en todos los niveles del Sistema Andino
de Integración, reorientando el debate,
que es necesario y bienvenido, hacia lo
que se encuentra en el núcleo de la
crisis que estamos atravesando: es
decir, cual es el modelo de desarrollo e
inserción internacional que queremos
para nuestros países y el lugar que
ocupa la integración en función de esos
objetivos, a fin de asegurar la
inclusión social y el beneficio de los
pueblos.
Creo
necesario, asimismo, recordar que,
gracias a los consensos obtenidos por
los Presidentes en las Cumbres de
Quirama, Quito y Lima, la integración
andina cuenta hoy con una agenda
multidimensional, que va más allá de los
temas comerciales y que ha rescatado
para el proyecto comunitario los temas
del desarrollo con una perspectiva de
inclusión social, y para cuya ejecución
se cuenta con la creciente participación
de nuevos actores, entre los cuales
destacan las PYMES y los gobiernos
locales, hoy convertidos en importante
vanguardia de la integración subregional.
Por otra
parte, el acuerdo adoptado entre la
Comunidad Andina y la Unión Europea en
el marco de la Cumbre birregional
realizada la semana pasada en Viena, nos
ha abierto las puertas para concretar un
Acuerdo de Asociación que permitiría
fortalecer nuestra unidad, profundizar
nuestra propia integración y acercar a
nuestros países el modelo de desarrollo
e integración europeos, más centrados en
la persona humana que en el mero
funcionamiento del mercado, lo que sería
de mucha importancia en este nuevo
"tiempo social" que vive nuestra región.
A ese efecto, se ha establecido un plazo
hasta el 20 de julio próximo, en el que
la CAN y la UE se han comprometido a
realizar todas las reuniones que sean
necesarias para lograr ese cometido.
Para
alcanzar esa meta será necesario
culminar cuanto antes los trabajos que
se han venido realizando en los últimos
doce meses para evaluar las condiciones
necesarias para tener un acuerdo “bloque
a bloque” entre ambas agrupaciones. Esto
comportará de nuestra parte adoptar
ciertas decisiones necesarias para
profundizar nuestra propia integración y
perfeccionar nuestro mercado ampliado,
lo que brindará la oportunidad de hacer
una reflexión política sobre los retos
que enfrenta la Comunidad Andina en su
nuevo contexto y el tratamiento de temas
pendientes, en especial el impacto del
tratado de libre comercio concluido por
Colombia y Perú con los Estados Unidos
de América en la normativa y en el
comercio andinos a fin de adoptar las
medidas que permitan a todos los países
miembros mantener el balance de
beneficios derivados de su participación
en el proceso de integración y
fortalecer la cohesión interna de
nuestra Comunidad.
También
será necesario, antes de la fecha límite
del 20 de julio próximo, clarificar y
definir con la Unión Europea las bases
de la negociación del Acuerdo de
Asociación entre los dos bloques, que
incluye el diálogo político, la
cooperación y un acuerdo comercial. Aquí
el desafío que tenemos por delante es
obtener las condiciones que permitan a
todos los países miembros participar en
ese Acuerdo de Asociación con la Unión
Europea, incorporando las medidas de
flexibilidad –e incluso velocidades
diferenciales- que atiendan las
asimetrías existentes al interior de
nuestra subregión. Ello permitiría a
nuestra Comunidad derivar todos los
beneficios políticos, económicos y
sociales que resultarían de esa
asociación estratégica.
Finalmente, debemos construir junto con
Venezuela el escenario más favorable
posible ante su decisión de denunciar el
Acuerdo de Cartagena, en caso de que
esta decisión no pudiera ser revertida.
Son muchas y muy importantes las
relaciones desarrolladas a lo largo de
estas décadas y que se sustentan en
normas comunitarias andinas. Deberíamos
plantearnos, todos los órganos e
instituciones del Sistema Andino de
Integración, la tarea de preservar el
máximo posible de esas relaciones, que
en lo comercial representan un
intercambio de 4,700 millones de dólares
que da lugar cientos de miles de empleos
en la subregión, pero también en los
programas que tenemos en marcha en los
ámbitos del desarrollo y la
competitividad, la energía y el medio
ambiente, la cooperación política y la
cohesión social.
Estoy
seguro de que responderemos a las
expectativas de nuestros pueblos si
preservamos esas relaciones que se
hunden en los mas profundo de nuestra
común identidad andina, porque la
integración es un proceso histórico
ineluctable que trasciende
personalidades y coyunturas. Y también
porque si realmente deseamos construir
una Comunidad Sudamericana de Naciones,
seria necio destruir lo que ya tenemos
para rehacerlo después.
Tengo la
convicción de que esta encrucijada
requiere del concurso activo de todas
las fuerzas políticas y sociales para
revitalizar el consenso comunitario en
torno a la integración como eje
articulador de un desarrollo e inserción
internacional con inclusión social de
nuestros países y, al mismo tiempo, como
espacio de convergencia plural de los
diversos procesos nacionales.
Creo
también que en este momento de
trascendentales definiciones, tenemos
una oportunidad histórica para reducir
el déficit acumulado en materia de
participación ciudadana. Por tal razón,
considero muy propicio este foro de
reflexión que ha convocado el Parlamento
Andino, en su carácter de órgano
deliberante del Sistema Andino de
Integración, cada vez más fortalecido
por la decisión de los países miembros
de avanzar en la elección directa de sus
parlamentarios.
El
Parlamento Andino expresa una rica
pluralidad de posiciones y encuentra su
fuente de legitimidad en la expresión
popular y en el logro de consensos entre
muy diversos actores de la política de
nuestros países. Acaso este sea el mejor
ejemplo para confiar en que la
recuperación del diálogo y la confianza
es posible y, sobre todo, para
fortalecer la senda de la integración
andina y sudamericana como el
instrumento más poderoso en el propósito
indeclinable de lograr el bienestar de
nuestros pueblos.
Muchas
gracias.
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