Quiero
empezar señalando que el Diseño
Estratégico para la Comunidad Andina que
propuse al inicio de mi labor como
Secretario General, y que recibió el
respaldo de los Presidentes Andinos en
la Cumbre de San Francisco de Quito
(julio 2004), reconoce la vital
importancia del desarrollo fronterizo en
el proceso de integración andina, y en
ese sentido, incorpora y da continuidad
a la labor emprendida en esta área por
los Países Miembros y la Secretaría
General desde el año 1999.
El Diseño
Estratégico propuesto, presenta a la
integración andina como el eje
articulador entre la agenda externa, que
enfrentan nuestros países frente a la
globalización, y la agenda interna que
tiene como desafíos el desarrollo, la
lucha contra la pobreza y la cohesión
social. En este marco, se definen tres
ejes centrales de acción: la
profundización de la integración
comercial, la reincorporación de la
dimensión del desarrollo con un enfoque
de competitividad e inclusión social; y
la cooperación política y la agenda
social.
El
desarrollo de nuestras fronteras se
presenta como un tema transversal a
estos tres ejes de la integración. Así,
para promover el flujo comercial entre
nuestros países, es necesario facilitar
el movimiento de las mercancías,
personas y servicios en las fronteras,
implementando en la práctica las
acciones que promueve al respecto la
normativa andina. Asimismo, el objetivo
de incrementar la competitividad de la
subregión no podría lograrse sin un
proyecto de desarrollo integral en las
fronteras, las cuales paradójicamente se
caracterizan por ser zonas marginadas en
su mayor parte. Por último, las
fronteras constituyen un espacio
primordial para el desarrollo
descentralizado de la cooperación
política en temas como la gobernabilidad
y la seguridad, así como en la
implementación de proyectos que
promuevan la cohesión social.
Durante
los años iniciales del proceso de
Integración Andina, las fronteras
terrestres fueron vistas con interés y
empezaron a cobrar importancia. Sin
embargo, pronto se descubrió que las
fronteras no funcionaban como esas
“puertas abiertas”, como esas “bisagras”
dispuestas a articular eficientemente
los flujo de mercancías, sino que, por
el contrario, operaban como verdaderos
“tapones” al tráfico comercial. Las
dificultades aparecieron una tras otra,
bajo la forma del transbordo obligado de
la carga en los pasos de frontera;
trámites excesivos y hasta reiterativos;
carencia de servicios eficientes a la
carga, los medios de transporte y los
tripulantes; comercio informal o no
registrado; demoras de varios días para
obtener la nacionalización o las
autorizaciones de tránsito de mercancías
de un país al otro, todo lo cual se
constituyó en un factor de desestímulo
al comercio intra-andino.
El modelo
de desarrollo centralista vigente con
más o menos énfasis en todos nuestros
países, hizo que las fronteras nunca
merecieran una atención prioritaria como
parte de las iniciativas de desarrollo,
lo cual las convirtió, en la práctica,
en espacios marginales, en regiones
débilmente integradas a la sociedad y
economía de cada país. Por esta razón,
los actores locales reforzaron sus
vínculos sociales, culturales y
económicos, tratando de obtener algún
beneficio de las diferencias existentes
entre las normativas nacionales en
materias aduanera, monetaria,
tributaria, laboral, y otras, que se
confrontan cotidianamente aquí, en la
frontera.
La década
de 1990 fue particularmente intensa como
etapa demostrativa de la situación de
crisis a la que habían llegado las
economías fronterizas, no sólo como
resultado del cuadro que acabamos de
describir, sino porque empezaron a
manifestarse otros problemas vinculados
a la seguridad interna de los países o a
los impactos cada vez más marcados de la
globalización.
La
integración andina, como estrategia de
desarrollo compartido de los cinco
países, no logró profundizarse lo
necesario para encontrar salidas
correctas a esa crisis. Por ejemplo, se
enfatizó mucho en la búsqueda de
soluciones al problema del transporte
internacional en los pasos de frontera
terrestres, ahondando en propuestas de
solución “dentro del transporte”, sin
entender que la solución a la
problemática fronteriza no es una de
corte sectorial, sino de carácter
integral, vinculada a todos los
componentes de la realidad fronteriza.
Para
nosotros, la frontera, en una
perspectiva de integración y desarrollo,
más que un recorte territorial preciso
en una línea imaginaria, es un proceso,
una vivencia, caracterizada por la
intensa relación y hasta la
interdependencia en las diversas
manifestaciones de la vida en sociedad
que establecen entre sí grupos humanos
que habitan próximamente unos de otros,
aunque pertenecen a dos soberanías
nacionales. En el marco de esta
definición, la frontera siempre es un
espacio de actuación compartida
caracterizado fundamentalmente por la
cotidianidad de la relación entre
los actores sociales y económicos.
En
consecuencia, las fronteras funcionan,
en sentido práctico, como otro
territorio, como una suerte de “tercer
país”, en donde la rigidez representada
por la normativa y la institucionalidad
de cada Estado, más allá del legítimo
derecho soberano de cada uno de ellos,
es rebasada por una cultura común, por
lazos familiares ancestrales, por
vínculos económicos reales compartidos
desde siempre.
Por tanto,
en una perspectiva de integración y
desarrollo, la frontera sólo puede ser
entendida de manera binacional y sus
problemas y potencialidades pueden ser
mejor abordados en el marco de un
esfuerzo compartido entre los Estados
limítrofes y de un acompañamiento activo
de la Integración Andina, allí donde sea
posible y deseable su intervención.
Permítanme, por lo tanto, proponerles
tres dimensiones de la importancia de
las fronteras para nuestro proceso de
integración.
En primer
lugar, creo que las fronteras son
importantes para la Integración Andina
porque, finalmente, nuestro proceso
constituye una estrategia para alcanzar
conjuntamente metas de desarrollo
integral y compartido. El propio Acuerdo
de Cartagena establece en su artículo
primero, como su objetivo “…promover el
desarrollo equilibrado y armónico de los
Países Miembros”. Pregunto: ¿a qué
desarrollo equilibrado y armónico
podemos aspirar, como bloque de
integración, si no abordamos, en el
marco de un esfuerzo comunitario, los
graves desequilibrios regionales que
tienen lugar dentro de nuestros países,
con una marcada diferencia entre las
regiones fronterizas que aparecen como
perdedoras netas de la integración en
relación con aquellas que se destacan,
la mayoría de las veces en las regiones
interiores industrializadas, como las
más activas en los flujos del comercio
intracomunitario?.
En segundo
lugar, las fronteras son vitales para el
afianzamiento del proceso de Integración
Andina porque constituyen las verdaderas
“bisagras” en nuestro propósito de
incrementar los flujos comerciales,
turísticos y de servicios entre nuestros
países. Sin embargo, es mucho más lo que
les hemos venido exigiendo a las
fronteras en favor de la integración de
lo que hemos hecho en beneficio de
ellas. Les hemos pedimos que se
transformen cualitativamente, que dejen
de generar obstáculos al comercio, que
fortalezcan la dotación de servicios
eficientes a los flujos de comercio y
turismo con origen y destino fuera de
ella, pero, simultáneamente, desde los
niveles políticos y económicos
centrales, no hemos puesto a disposición
de las fronteras las herramientas
necesarias para que ello ocurra.
En tercer
lugar, creo que es igualmente importante
identificar un papel para las fronteras,
que suponga su participación activa en
los esfuerzos por expandir y
diversificar la oferta exportable, de
bienes y servicios, de los Países
Andinos, de modo de mejorar los términos
de la participación de la región, en su
conjunto, en la economía global. En esta
necesaria integración con el mundo,
algunos ejes de desarrollo que articulan
regiones interiores con nuestros puertos
sobre los océanos Pacífico y Atlántico a
través de las fronteras comunes, deben
permitir que estas últimas se consoliden
como verdaderos “espacios de
desarrollo descentralizado”,
proyección en la cual su posición
geográfica privilegiada constituye un
activo del todo destacable.
Es con
esta visión y en esta perspectiva, que
la Secretaría General ha promovido, a
partir de 1999, la generación de un
conjunto de medidas para reconocer a las
fronteras la importancia y el lugar que
les corresponde dentro del proceso de
integración comunitario y les provean,
desde la Integración Andina, algunos
instrumentos útiles para lograrlo. Así,
en mayo de 1999, los Cancilleres Andinos
aprobaron la Decisión 459 “Política
Comunitaria para la Integración y el
Desarrollo Fronterizo”, que establece
los fines y objetivos de la misma y crea
una institucionalidad básica,
representada por el Consejo Andino de
Ministros de Relaciones Exteriores, que
dirige dicha política; el Grupo de
Trabajo de Alto Nivel para la
Integración y Desarrollo Fronterizo, que
coordina y propone al Consejo Andino los
programas y planes de acción necesarios,
y la Secretaría General de la Comunidad
Andina, que propicia y supervisa la
ejecución de esta política.
Resultado
del trabajo del Grupo de Alto Nivel y de
la decisión política del Consejo Andino,
ha sido la aprobación, en junio de 2001,
de la Decisión 501, “Zonas de
Integración Fronteriza (ZIF) en la
Comunidad Andina”, norma central en el
desarrollo de este proceso, en la medida
en que compromete a nuestros países a
crear, por pares de países, unos ámbitos
territoriales, comprendidos por
segmentos de sus fronteras comunes, para
los que, conforme establece el artículo
primero de este Decisión “…se adoptarán
políticas y ejecutarán planes, programas
y proyectos para impulsar el desarrollo
sostenible y la integración fronteriza
de manera conjunta, compartida,
coordinada y orientada a obtener
beneficios mutuos, en correspondencia
con las características de cada uno de
ellos”.
En virtud
de esta Decisión, me complace, como
parte de esta visita, entregar
oficialmente a los gobiernos de Colombia
y Venezuela una propuesta de definición
y delimitación de lo que constituiría la
primera Zona de Integración Fronteriza
Colombo-Venezolana. Esta iniciativa ha
sido formulada con el soporte técnico y
financiero de la Secretaría General de
la Comunidad Andina y de las
Gobernaciones del Norte de Santander y
de Táchira y el esfuerzo académico, así
como el apoyo profesional, de los
docentes e investigadores de tres
universidades de esta zona de frontera:
la Universidad Francisco de Paula
Santander y Libre de Colombia –
Seccional Cúcuta, por Colombia, y la
Universidad de los Andes de Venezuela, a
través de su Centro de Estudios de
Fronteras e Integración (CEFI-ULA).
Por otra parte, para que la integración
fronteriza pase a constituir, en una
dimensión práctica, un instrumento de
apoyo al desarrollo regional-fronterizo
y un mecanismo importante del proceso de
integración andino como de las
relaciones bilaterales entre nuestros
países, debemos propiciar la creación de
un régimen promocional de inversiones
que haga viable crear y operar
formalmente empresas de integración
fronteriza, así como ejecutar proyectos
públicos que, como unidad de concepción
y ejecución, tengan un carácter
binacional-fronterizo.
En ese sentido, la Secretaría General y
el Grupo de Trabajo de Alto Nivel para
la Integración y Desarrollo Fronterizo,
han elaborado recientemente dos
proyectos de Decisión denominados,
respectiva y transitoriamente, “Régimen
Uniforme de Corporaciones
Multinacionales Andinas de Integración y
Desarrollo Fronterizo (COMAF)” y
“Proyectos Públicos de Integración y
Desarrollo Fronterizo” que esperamos
puedan ser aprobados próximamente.
El eje urbano Cúcuta – San Cristóbal
constituye un punto nodal del Eje
Andino, parte de ese formidable proyecto
de infraestructura física continental
constituido por la Iniciativa para la
Integración de la Infraestructura
Regional Sudamericana (IIRSA), programa
fundamental para la construcción de la
Comunidad Sudamericana de Naciones y su
consolidación como una gran estrategia
de desarrollo descentralizado. Es la
misma frontera por donde se canalizan
las dos terceras partes del intercambio
comercial colombo-venezolano que, dicho
sea de paso, representa cerca de la
mitad del comercio total entre los
países de la Comunidad Andina. Son miles
los ciudadanos de ambos países los que
hoy se movilizan cotidianamente de un
lado al otro de la frontera para laborar
en empresas dedicadas a los más diversos
rubros de la economía, demostrando el
empuje y la importancia de esa
integración “de hecho”.
Debo
recordar que fue para su aplicación en
esta región que se aprobó en agosto de
1942 el Estatuto de Régimen Fronterizo
Colombo-Venezolano, perfeccionado en
1959 por el Tratado de Tonchalá, modelos
de avanzada en materia de regímenes
fronterizos para los países de la región
sudamericana. De otro lado, fue para su
vigencia en esta región que el
Parlamento Andino creó, en marzo de
1987, la Asamblea Regional Fronteriza.
Asimismo, fue aquí, en el Norte de
Santander y Táchira, en donde durante la
década de 1980 la intelectualidad y la
Academia regional empezaron a proponer
el establecimiento de un régimen de Zona
de Integración Fronteriza como un
instrumento promotor del desarrollo bajo
una visión compartida.
Por todo
eso, estamos convencidos que esta
frontera constituye no sólo un espejo en
el cual se miran todas las demás
fronteras de la región Andina, sino que
también –por eso mismo- debe convertirse
en una suerte de laboratorio de avanzada
en el cual, mediante la suma de aportes
y capacidades de actores locales,
gobiernos nacionales y regionales,
organismos de integración, y agencias
financieras y cooperantes, podamos
superar todos los factores de freno a la
integración y desarrollo fronterizo aún
presentes y consolidar su
competitividad territorial.
Y cuando
me refiero a la competitividad
territorial hablo, en un sentido amplio,
de una situación en la que esta región
binacional, se prepare para ser capaz de
afrontar la competencia del mercado
garantizando, al mismo tiempo, la
viabilidad medioambiental, económica,
social y cultural. Ello exige tomar en
cuenta los recursos del territorio en la
búsqueda de la coherencia global; la
implicación activa de los agentes e
instituciones; la integración de los
sectores de actividad en una lógica de
conocimiento e innovación; y la
cooperación con otras regiones teniendo
como mira final la articulación de la
región con el contexto global.
En toda
esta labor, que constituye, sin duda, un
enorme reto, la Secretaría General de la
Comunidad Andina está dispuesta a
ofrecer su más amplio concurso y espero
que los diálogos que sostengamos a
partir de este momento estén dirigidos
sustancialmente a ir consolidando esas
redes que nos permitan aproximarnos,
gradualmente, a esa gran meta, que no
sólo será un logro de la integración
binacional colombo-venezolana, sino
también una de las metas más importantes
de la Integración Andina.
Muchas
gracias.