Intervención del Embajador Allan Wagner, Secretario General de la Comunidad Andina, sobre "la integración fronteriza y competitividad territorial en la Comunidad Andina”

San Cristóbal, Venezuela, 14 de abril de 2005

Señoras, señores:

Valoro profundamente la oportunidad de encontrarme hoy en la frontera Colombo-Venezolana, reconocida como la más activa entre países de la Comunidad Andina, para tratar sobre la Integración Fronteriza y la Competitividad Territorial entre los Países Miembros.

Quiero empezar señalando que el Diseño Estratégico para la Comunidad Andina que propuse al inicio de mi labor como Secretario General, y que recibió el respaldo de los Presidentes Andinos en la Cumbre de San Francisco de Quito (julio 2004), reconoce la vital importancia del desarrollo fronterizo en el proceso de integración andina, y en ese sentido, incorpora y da continuidad a la labor emprendida en esta área por los Países Miembros y la Secretaría General desde el año 1999.

El Diseño Estratégico propuesto, presenta a la integración andina como el eje articulador entre la agenda externa, que enfrentan nuestros países frente a la globalización, y la agenda interna que tiene como desafíos el desarrollo, la lucha contra la pobreza y la cohesión social. En este marco, se definen tres ejes centrales de acción: la profundización de la integración comercial, la reincorporación de la dimensión del desarrollo con un enfoque de competitividad e inclusión social; y la cooperación política y la agenda social.

El desarrollo de nuestras fronteras se presenta como un tema transversal a estos tres ejes de la integración. Así, para promover el flujo comercial entre nuestros países, es necesario facilitar el movimiento de las mercancías, personas y servicios en las fronteras, implementando en la práctica las acciones que promueve al respecto la normativa andina. Asimismo, el objetivo de incrementar la competitividad de la subregión no podría lograrse sin un proyecto de desarrollo integral en las fronteras, las cuales paradójicamente se caracterizan por ser zonas marginadas en su mayor parte. Por último, las fronteras constituyen un espacio primordial para el desarrollo descentralizado de la cooperación política en temas como la gobernabilidad y la seguridad, así como en la implementación de proyectos que promuevan la cohesión social.

Durante los años iniciales del proceso de Integración Andina, las fronteras terrestres fueron vistas con interés y empezaron a cobrar importancia. Sin embargo, pronto se descubrió que las fronteras no funcionaban como esas “puertas abiertas”, como esas “bisagras” dispuestas a articular eficientemente los flujo de mercancías, sino que, por el contrario, operaban como verdaderos “tapones” al tráfico comercial. Las dificultades aparecieron una tras otra, bajo la forma del transbordo obligado de la carga en los pasos de frontera; trámites excesivos y hasta reiterativos; carencia de servicios eficientes a la carga, los medios de transporte y los tripulantes; comercio informal o no registrado; demoras de varios días para obtener la nacionalización o las autorizaciones de tránsito de mercancías de un país al otro, todo lo cual se constituyó en un factor de desestímulo al comercio intra-andino.

El modelo de desarrollo centralista vigente con más o menos énfasis en todos nuestros países, hizo que las fronteras nunca merecieran una atención prioritaria como parte de las iniciativas de desarrollo, lo cual las convirtió, en la práctica, en espacios marginales, en regiones débilmente integradas a la sociedad y economía de cada país. Por esta razón, los actores locales reforzaron sus vínculos sociales, culturales y económicos, tratando de obtener algún beneficio de las diferencias existentes entre las normativas nacionales en materias aduanera, monetaria, tributaria, laboral, y otras, que se confrontan cotidianamente aquí, en la frontera.

La década de 1990 fue particularmente intensa como etapa demostrativa de la situación de crisis a la que habían llegado las economías fronterizas, no sólo como resultado del cuadro que acabamos de describir, sino porque empezaron a manifestarse otros problemas vinculados a la seguridad interna de los países o a los impactos cada vez más marcados de la globalización.

La integración andina, como estrategia de desarrollo compartido de los cinco países, no logró profundizarse lo necesario para encontrar salidas correctas a esa crisis. Por ejemplo, se enfatizó mucho en la búsqueda de soluciones al problema del transporte internacional en los pasos de frontera terrestres, ahondando en propuestas de solución “dentro del transporte”, sin entender que la solución a la problemática fronteriza no es una de corte sectorial, sino de carácter integral, vinculada a todos los componentes de la realidad fronteriza.

Para nosotros, la frontera, en una perspectiva de integración y desarrollo, más que un recorte territorial preciso en una línea imaginaria, es un proceso, una vivencia, caracterizada por la intensa relación y hasta la interdependencia en las diversas manifestaciones de la vida en sociedad que establecen entre sí grupos humanos que habitan próximamente unos de otros, aunque pertenecen a dos soberanías nacionales. En el marco de esta definición, la frontera siempre es un espacio de actuación compartida caracterizado fundamentalmente por la cotidianidad de la relación entre los actores sociales y económicos.

En consecuencia, las fronteras funcionan, en sentido práctico, como otro territorio, como una suerte de “tercer país”, en donde la rigidez representada por la normativa y la institucionalidad de cada Estado, más allá del legítimo derecho soberano de cada uno de ellos, es rebasada por una cultura común, por lazos familiares ancestrales, por vínculos económicos reales compartidos desde siempre.

Por tanto, en una perspectiva de integración y desarrollo, la frontera sólo puede ser entendida de manera binacional y sus problemas y potencialidades pueden ser mejor abordados en el marco de un esfuerzo compartido entre los Estados limítrofes y de un acompañamiento activo de la Integración Andina, allí donde sea posible y deseable su intervención.

Permítanme, por lo tanto, proponerles tres dimensiones de la importancia de las fronteras para nuestro proceso de integración.

En primer lugar, creo que las fronteras son importantes para la Integración Andina porque, finalmente, nuestro proceso constituye una estrategia para alcanzar conjuntamente metas de desarrollo integral y compartido. El propio Acuerdo de Cartagena establece en su artículo primero, como su objetivo “…promover el desarrollo equilibrado y armónico de los Países Miembros”. Pregunto: ¿a qué desarrollo equilibrado y armónico podemos aspirar, como bloque de integración, si no abordamos, en el marco de un esfuerzo comunitario, los graves desequilibrios regionales que tienen lugar dentro de nuestros países, con una marcada diferencia entre las regiones fronterizas que aparecen como perdedoras netas de la integración en relación con aquellas que se destacan, la mayoría de las veces en las regiones interiores industrializadas, como las más activas en los flujos del comercio intracomunitario?.

En segundo lugar, las fronteras son vitales para el afianzamiento del proceso de Integración Andina porque constituyen las verdaderas “bisagras” en nuestro propósito de incrementar los flujos comerciales, turísticos y de servicios entre nuestros países. Sin embargo, es mucho más lo que les hemos venido exigiendo a las fronteras en favor de la integración de lo que hemos hecho en beneficio de ellas. Les hemos pedimos que se transformen cualitativamente, que dejen de generar obstáculos al comercio, que fortalezcan la dotación de servicios eficientes a los flujos de comercio y turismo con origen y destino fuera de ella, pero, simultáneamente, desde los niveles políticos y económicos centrales, no hemos puesto a disposición de las fronteras las herramientas necesarias para que ello ocurra.

En tercer lugar, creo que es igualmente importante identificar un papel para las fronteras, que suponga su participación activa en los esfuerzos por expandir y diversificar la oferta exportable, de bienes y servicios, de los Países Andinos, de modo de mejorar los términos de la participación de la región, en su conjunto, en la economía global. En esta necesaria integración con el mundo, algunos ejes de desarrollo que articulan regiones interiores con nuestros puertos sobre los océanos Pacífico y Atlántico a través de las fronteras comunes, deben permitir que estas últimas se consoliden como verdaderos “espacios de desarrollo descentralizado”, proyección en la cual su posición geográfica privilegiada constituye un activo del todo destacable.

Es con esta visión y en esta perspectiva, que la Secretaría General ha promovido, a partir de 1999, la generación de un conjunto de medidas para reconocer a las fronteras la importancia y el lugar que les corresponde dentro del proceso de integración comunitario y les provean, desde la Integración Andina, algunos instrumentos útiles para lograrlo. Así, en mayo de 1999, los Cancilleres Andinos aprobaron la Decisión 459 “Política Comunitaria para la Integración y el Desarrollo Fronterizo”, que establece los fines y objetivos de la misma y crea una institucionalidad básica, representada por el Consejo Andino de Ministros de Relaciones Exteriores, que dirige dicha política; el Grupo de Trabajo de Alto Nivel para la Integración y Desarrollo Fronterizo, que coordina y propone al Consejo Andino los programas y planes de acción necesarios, y la Secretaría General de la Comunidad Andina, que propicia y supervisa la ejecución de esta política.

Resultado del trabajo del Grupo de Alto Nivel y de la decisión política del Consejo Andino, ha sido la aprobación, en junio de 2001, de la Decisión 501, “Zonas de Integración Fronteriza (ZIF) en la Comunidad Andina”, norma central en el desarrollo de este proceso, en la medida en que compromete a nuestros países a crear, por pares de países, unos ámbitos territoriales, comprendidos por segmentos de sus fronteras comunes, para los que, conforme establece el artículo primero de este Decisión “…se adoptarán políticas y ejecutarán planes, programas y proyectos para impulsar el desarrollo sostenible y la integración fronteriza de manera conjunta, compartida, coordinada y orientada a obtener beneficios mutuos, en correspondencia con las características de cada uno de ellos”.

En virtud de esta Decisión, me complace, como parte de esta visita, entregar oficialmente a los gobiernos de Colombia y Venezuela una propuesta de definición y delimitación de lo que constituiría la primera Zona de Integración Fronteriza Colombo-Venezolana. Esta iniciativa ha sido formulada con el soporte técnico y financiero de la Secretaría General de la Comunidad Andina y de las Gobernaciones del Norte de Santander y de Táchira y el esfuerzo académico, así como el apoyo profesional, de los docentes e investigadores de tres universidades de esta zona de frontera: la Universidad Francisco de Paula Santander y Libre de Colombia – Seccional Cúcuta, por Colombia, y la Universidad de los Andes de Venezuela, a través de su Centro de Estudios de Fronteras e Integración (CEFI-ULA).

Por otra parte, para que la integración fronteriza pase a constituir, en una dimensión práctica, un instrumento de apoyo al desarrollo regional-fronterizo y un mecanismo importante del proceso de integración andino como de las relaciones bilaterales entre nuestros países, debemos propiciar la creación de un régimen promocional de inversiones que haga viable crear y operar formalmente empresas de integración fronteriza, así como ejecutar proyectos públicos que, como unidad de concepción y ejecución, tengan un carácter binacional-fronterizo.

En ese sentido, la Secretaría General y el Grupo de Trabajo de Alto Nivel para la Integración y Desarrollo Fronterizo, han elaborado recientemente dos proyectos de Decisión denominados, respectiva y transitoriamente, “Régimen Uniforme de Corporaciones Multinacionales Andinas de Integración y Desarrollo Fronterizo (COMAF)” y “Proyectos Públicos de Integración y Desarrollo Fronterizo” que esperamos puedan ser aprobados próximamente.

El eje urbano Cúcuta – San Cristóbal constituye un punto nodal del Eje Andino, parte de ese formidable proyecto de infraestructura física continental constituido por la Iniciativa para la Integración de la Infraestructura Regional Sudamericana (IIRSA), programa fundamental para la construcción de la Comunidad Sudamericana de Naciones y su consolidación como una gran estrategia de desarrollo descentralizado. Es la misma frontera por donde se canalizan las dos terceras partes del intercambio comercial colombo-venezolano que, dicho sea de paso, representa cerca de la mitad del comercio total entre los países de la Comunidad Andina. Son miles los ciudadanos de ambos países los que hoy se movilizan cotidianamente de un lado al otro de la frontera para laborar en empresas dedicadas a los más diversos rubros de la economía, demostrando el empuje y la importancia de esa integración “de hecho”.

Debo recordar que fue para su aplicación en esta región que se aprobó en agosto de 1942 el Estatuto de Régimen Fronterizo Colombo-Venezolano, perfeccionado en 1959 por el Tratado de Tonchalá, modelos de avanzada en materia de regímenes fronterizos para los países de la región sudamericana. De otro lado, fue para su vigencia en esta región que el Parlamento Andino creó, en marzo de 1987, la Asamblea Regional Fronteriza. Asimismo, fue aquí, en el Norte de Santander y Táchira, en donde durante la década de 1980 la intelectualidad y la Academia regional empezaron a proponer el establecimiento de un régimen de Zona de Integración Fronteriza como un instrumento promotor del desarrollo bajo una visión compartida.

Por todo eso, estamos convencidos que esta frontera constituye no sólo un espejo en el cual se miran todas las demás fronteras de la región Andina, sino que también –por eso mismo- debe convertirse en una suerte de laboratorio de avanzada en el cual, mediante la suma de aportes y capacidades de actores locales, gobiernos nacionales y regionales, organismos de integración, y agencias financieras y cooperantes, podamos superar todos los factores de freno a la integración y desarrollo fronterizo aún presentes y consolidar su competitividad territorial.

Y cuando me refiero a la competitividad territorial hablo, en un sentido amplio, de una situación en la que esta región binacional, se prepare para ser capaz de afrontar la competencia del mercado garantizando, al mismo tiempo, la viabilidad medioambiental, económica, social y cultural. Ello exige tomar en cuenta los recursos del territorio en la búsqueda de la coherencia global; la implicación activa de los agentes e instituciones; la integración de los sectores de actividad en una lógica de conocimiento e innovación; y la cooperación con otras regiones teniendo como mira final la articulación de la región con el contexto global.

En toda esta labor, que constituye, sin duda, un enorme reto, la Secretaría General de la Comunidad Andina está dispuesta a ofrecer su más amplio concurso y espero que los diálogos que sostengamos a partir de este momento estén dirigidos sustancialmente a ir consolidando esas redes que nos permitan aproximarnos, gradualmente, a esa gran meta, que no sólo será un logro de la integración binacional colombo-venezolana, sino también una de las metas más importantes de la Integración Andina.

Muchas gracias.