Más allá de la unificación de los mercados: una comunidad universal de conocimientos compartidos y cooperación en pro de la seguridad y el desarrollo

Reflexiones personales del Secretario General de la UNCTAD,
Emb. Rubens Ricupero, en la Academia Diplomática del Perú
Lima, 25 de noviembre de 1999

Existen formas mejores de terminar un siglo, de hecho un milenio, que una guerra superimpuesta a una profunda crisis económica en medio de brotes recurrentes de pánico alimentario. Contrariamente a la predicción poética, nuestro mundo termina con un estampido, no un quejido.

Las guerras, las crisis y los pánicos alimentarios tienen un efecto en común: producen miedo, ansiedad, inseguridad. Lo hacen no sólo infligiendo sufrimientos reales, sino también amenazando con quitarnos la posibilidad de tener cualquier tipo de futuro. Además, como vivimos casi tanto para el futuro como para el presente, planeando constantemente lo que vamos a hacer a continuación, es difícil contemplar la vida si no hay la perspectiva de un futuro mejor.

Pero la vida sólo tiene sentido si tanto en el presente como en el futuro podemos satisfacer las dos necesidades más fundamentales del ser humano: seguridad y cariño.

Los Estados, los gobiernos y las organizaciones internacionales fueron creados en un principio con el objetivo esencial de proporcionar seguridad, y cabe preguntarse si siguen cumpliendo su cometido en este mundo en revolución.

Hasta hace unos años la mayor amenaza a la seguridad provenía de la agresión exterior, de la guerra entre los Estados. Gracias a una serie de factores, entre ellas la buena suerte, y en una pequeña medida con la ayuda de organizaciones internacionales como las Naciones Unidas, pudimos a duras penas evitar la destrucción recíproca segura. Pero logramos dejar atrás la guerra fría, el "equilibrio del terror", la división en dos bloques del mundo, de Europa, Alemania, Berlín y Viet Nam, el enfrentamiento ideológico y el comunismo totalitario. No fue poca cosa lo que se logró, y debemos agradecerlo.

Sin embargo, cuando acabábamos prácticamente de enterrar la amenaza de la aniquilación nuclear tuvimos que afrontar otras formas brutales de destrucción y crueldad: la guerra civil, la limpieza étnica y el genocidio, en Camboya, en África, en Bosnia, y ahora en Kosovo. Ni las Naciones Unidas ni las organizaciones regionales o las alianzas militares tales como la OTAN habían sido concebidas para hacer frente a la proliferación de guerras en el seno de un Estado. ¿Debe, pues, extrañarnos que hayamos sido incapaces de impedir el comienzo de esos conflictos y que nuestra reacción ante ellos, una vez que estalló la violencia, haya sido muy dispar?

La trágica paradoja de la guerra de Kosovo -una guerra en la cual las bajas civiles fueron la regla, no la excepción, y prácticamente las únicas víctimas fueron civiles- pone de manifiesto algo que está en la raíz del estado actual de perplejidad y desconcierto. Dicho brevemente, cada vez resulta más difícil decidirse claramente por afirmar o negar un valor. Las opciones que se nos ofrecen se asemejan más a transacciones problemáticas entre valores que tienen la misma importancia.

El debate público que hubo en los países de la OTAN sobre Kosovo se centró no en los fines buscados -después de todo el mundo estaba de acuerdo en que había que parar la limpieza étnica- sino en los medios empleados. ¿Se habría podido conciliar el valor sagrado de las vidas de nuestros propios soldados con las vidas igualmente preciosas de civiles extranjeros? ¿Se habría podido poner término dentro del ámbito de las Naciones Unidas, y no al margen de ellas, a las violaciones masivas de los derechos humanos que se estaban produciendo? Y por último, ¿deberían las razones invocadas para intervenir en Kosovo aplicarse también a situaciones similares en otros países, fuera de los límites de Europa y lejos del destello de las luces de la televisión?

Con estos interrogantes no pretendemos objetar decisiones recientes: lo que pretendemos simplemente es mostrar que incluso en los países que participaron en la campaña de Kosovo el margen de decisión fue a veces estrecho, imperfecto, selectivo. Plantear esos interrogantes tampoco debe servir de excusa para la inacción y la parálisis: en situaciones extremas como la que se dio en Kosovo debe darse preferencia siempre al ser humano. El ejemplo que hay que evitar es el de Rwanda, donde fueron asesinados alrededor de 1 millón de personas mientras el mundo entero miraba para otro lado.

Cada vez que se defienden ciertos valores sacrificando otros, lo cierto es que se haga lo que se haga, aunque sea urgente y necesario, no se podrá evitar que se produzca un debate desgarrador. Este debate deja tras suya un sentimiento de ambigüedad y confusión que es en sí mismo el origen de buena parte del malestar actual.

La tecnología, esto es, el conocimiento aplicado, parece acercarnos a la realización del viejo sueño humano de la invulnerabilidad, la capacidad para hacer la guerra sin sufrir pérdidas. Quizá suene contradictorio que este hecho aparentemente bienvenido pueda terminar por crear un desequilibrio, real o aparente, en la ecuación costo-beneficio de la guerra que puede llegar a inclinarse en favor del segundo elemento. Es ésta una situación en que el conocimiento refuerza claramente el poder. ¿Pero qué efecto tendrá ese hecho en cómo perciben su seguridad los que no poseen la tecnología pertinente? La mejor garantía contra un aumento de la inseguridad de estos últimos sería que estos avances en los medios de hacer la guerra sirvieran para fortalecer el concepto de seguridad colectiva, no para socavarlo, lo que quiere decir que dichos adelantos habría que ponerlos claramente al servicio de la seguridad y legalidad internacionales. Para ello se necesitará un sistema mejor de adopción de decisiones, un sistema que esté menos expuesto a la parálisis que caracterizó el período de la guerra fría y que permita superar el dilema tan frecuente entre actuar con decisión, incluso sacrificando algunos valores, o defender ciertos valores al precio de cruzarse de brazos ante la violación de valores superiores.

Solamente un sistema democrático y eficaz de ese tipo podría ganarse el apoyo de los que tienen los medios para actuar y el libre consentimiento de la mayoría, con lo cual se daría una legitimidad indiscutida a un poder que representaría una convergencia de aspiraciones y valores mucho mayor que la que hay efectivamente. Por esto mismo, el mundo no puede pasarse sin las Naciones Unidas, la fuente principal de legitimidad en el sistema internacional y el único foro verdaderamente universal en el que se puede buscar ese indispensable consenso.

En la relación del hombre con el medio ambiente se aprecia también el mismo nexo causal por el cual los conocimientos tecnológicos dan poder (en este caso sobre la naturaleza), pero ese poder paradójicamente crea menos seguridad y no más. Las fuerzas que dieron nacimiento a dos siglos de expansión industrial y aumentos sin precedentes de la riqueza y el bienestar son las mismas que hoy día ponen en peligro la atmósfera, el clima, los océanos, los bosques y, últimamente, los secretos íntimos de la vida misma.

Cuando Emmanuel Mounier escribió su libro La grande peur du vingtième siècle, pensaba en la destrucción nuclear. Los grandes temores hoy día son los accidentes nucleares, como el de Chernobyl, los derrames de petróleo, el envenenamiento de los océanos, la destrucción del ozono, el calentamiento de la tierra, la desaparición de bosques y la extinción de especies. Nuestra vieja, y algo ingenua, creencia en las virtudes de la ciencia y la tecnología ha quedado destruida. En cambio, se ha extendido la opinión de que los científicos y los altos cargos públicos son directamente responsables de una serie de problemas actuales, tales como la "enfermedad de las vacas locas", la controversia transatlántica sobre la carne de vacuno alimentado con hormonas, los temores que suscitan los alimentos modificados genéticamente o el fracaso en encontrar un método de curar el SIDA, o se han mostrado, conchabados con las grandes empresas, incapaces de impedir tales problemas.

El hilo que une muchas de estas cuestiones aparentemente dispares es el temor por lo general incipiente, pero sin embargo palpable, que sienten un gran número de personas serias, tanto en países en desarrollo como en países desarrollados, de que fuerzas impersonales que escapan a su control y que no responden ante nadie -burocracias lejanas, empresas transnacionales gigantescas, organizaciones internacionales que se reúnen a puerta cerrada- se estén apoderando de sus vidas. Esta reacción es humana y comprensible. Pero entender, e incluso compartir, las inquietudes de quienes desean restablecer el vínculo roto entre la humanidad y la naturaleza no ayuda a garantizar que se van a tomar las decisiones difíciles que haya que tomar. ¿Debemos reclamar un freno al crecimiento económico, incluso al de aquellos que se han quedado rezagados en su desarrollo y que padecen todavía una escasez de producción, con el fin de salvar un medio ambiente mundial que el exceso de producción y consumo de otros ponen en peligro? ¿Debe el principio de precaución ser motivo suficiente para renunciar a las posibilidades que ofrece la ingeniería genética de curar enfermedades o revolucionar la agricultura?

Si dirigimos nuestra mirada hacia la economía, el panorama de inseguridad que se presenta no es diferente del que existe en otros campos. El siglo presente se acaba sin que se haya logrado solucionar dos grandes problemas: el desempleo masivo y la desigualdad creciente. Ningún sistema de organización de la producción ha sido capaz hasta ahora de proporcionar un empleo productivo a todo hombre o mujer que buscaba trabajo. Las disparidades en la distribución de la riqueza y la renta aumentan, tanto dentro de las naciones como entre ellas. Según un estudio reciente de Raymond W. Baker y Jennifer Nordin, "... debemos esperarnos a que el siglo próximo comience con una disparidad de renta entre el quintil más alto y el quintil más bajo de quizá 150 a 1, si es que no estamos ya ahí" 1/. Invirtiendo una tendencia que se consolidó después de la revolución industrial, el empleo garantizado a vida se ha convertido en algo del pasado. Los puestos de trabajo son cada vez más escasos y precarios, y la precariedad es lo opuesto a la seguridad. Como ha dicho recientemente un delegado en la Organización Internacional del Trabajo, el mundo está al revés: mientras que hombres adultos no pueden conseguir un trabajo y deben volver a la escuela para intentar que se les vuelva a contratar, se está poniendo a trabajar a niños que deberían estar en la escuela.

En las regiones pobres del mundo, esto es, en una gran parte del planeta, la crisis económica que comenzó en Asia hace dos años ha puesto en entredicho la posibilidad misma de un desarrollo sostenible. Esta crisis, la quinta seria crisis financiera y monetaria de los últimos 20 años, merece verdaderamente que se la catalogue como una "crisis de desarrollo", por tres razones principalmente. La primera es que golpeó casi exclusivamente a la mayoría de los países en desarrollo, al tiempo que no tocó e incluso benefició a las economías industriales como consecuencia de la caída de los precios de los productos básicos, la fuga de capitales y las importaciones baratas de manufacturas, esto último por las devaluaciones monetarias. La segunda razón, paradójicamente, es que tuvo efectos destructivos mucho mayores en las naciones en desarrollo más avanzadas, lo que suscita serias dudas de si el desarrollo es, como se ha supuesto durante mucho tiempo, un proceso que reduce la vulnerabilidad de las economías a los choques externos. La tercera y última razón es que ha creado incertidumbres e interrogantes acerca de si será posible, una vez concluida la crisis, recuperar los niveles de crecimiento económico que constituyeron la única prueba convincente que existía hasta entonces de la posibilidad de un desarrollo continuo durante varias décadas: la experiencia de ese grupo de países a los que se dio en un tiempo el apodo de "los tigres asiáticos".

Millones de personas perdieron sus empleos en los países afectados por la crisis; 30 años de progreso en la lucha contra la pobreza se esfumaron en cuestión de semanas; y la angustia, la desesperación, la inseguridad y, en algunos casos, la desintegración política y la violencia volvieron con fuerza. Por primera vez en muchos años, en 1998 y 1999 el crecimiento económico en los países ricos ha sido muy superior al de las naciones pobres, ensanchando la brecha entre los dos grupos en vez de reducirla.

En la economía, lo mismo que en el terreno de la seguridad política o el de la seguridad ambiental, han reaparecido las diferencias en el impacto de la crisis como consecuencia de las diferencias de poder y de conocimientos. Las devaluaciones de la moneda decididas en el Reino Unido o Italia a comienzos de la década de 1990 no desencadenaron un colapso financiero ni una estampida de inversores como ocurrió en Tailandia o la República de Corea en 1997. ¿Obedeció esto a que las dos economías industriales europeas tenían más poder económico, mejores "indicadores fundamentales", o más pericia y conocimientos acerca de cómo regular y supervisar los mercados financieros?

En la esfera de las decisiones económicas, las opciones posibles en términos de valores humanos no son más satisfactorias que las opciones prácticas que existen en otros campos. ¿Debemos renunciar definitivamente a la seguridad de empleo y pedir a la gente que acepte la precariedad como una situación "normal", como el precio que hay que pagar por la flexibilidad del mercado de trabajo para así, esperemos, crear más empleo? ¿Es necesario, para alcanzar esta meta, reducir el costo del trabajo hasta el punto de multiplicar el número de trabajadores pobres, con los consiguientes aumentos de la miseria y la desigualdad extrema? ¿Están los países en desarrollo condenados a supeditar la prioridad de su crecimiento a los caprichos de unos mercados financieros inestables?

En su artículo, Baker y Nordin escriben lo siguiente: "Un mundo unido por comunicaciones y transportes baratos, sobre todo la televisión, los teléfonos celulares y la Internet, no puede seguir siendo compatible con una disparidad de renta de 150 a 1 entre los principales grupos. Un millardo de personas viviendo en una pobreza insoportable al lado de otro millardo nadando en un esplendor cada vez mayor sobre un planeta que se está volviendo cada vez más pequeño y más integrado no es una situación sostenible... Una disparidad mundial entre quintiles de 150 a 1 está preñada de riesgos para ricos y pobres indistintamente".

En términos dramáticos, Sadako Ogata, que en su calidad de Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Refugiados es de los que más saben de tragedias humanas, nos ha recordado en un discurso que pronunció en el Museo del Holocausto que "no puede haber mundialización mientras no acabemos con el genocidio".

El mensaje es clarísimo: primero, que no existen fronteras rígidas que separen las dimensiones interrelacionadas de la seguridad, sean de tipo político, económico o ambiental; y, segundo, que la mundialización no puede circunscribirse al ámbito de la economía.

Esto es lo que el Presidente Franklin D. Roosevelt quiso decir cuando hace más de 50 años afirmaba que todos los seres humanos debían poder librarse del miedo y la miseria. También es la base de la integridad fundamental de los derechos humanos: los derechos políticos, sociales, económicos y culturales y el derecho al desarrollo.

Al mismo tiempo, la universalidad de algunos valores básicos exige e impone a todos nosotros, ricos y pobres, una responsabilidad común. Esto se aplica desde luego a los derechos humanos y al medio ambiente mundial, pero ¿cómo vamos a esperar que los pobres compartan la responsabilidad en esas esferas si los ricos no dan pruebas de la misma solidaridad en la lucha contra la pobreza y el subdesarrollo? La fortísima e indefendible disminución de la ayuda oficial al desarrollo es un signo profundamente inquietante de una tendencia que podría socavar el fundamento moral de la validez universal de ciertos valores esenciales. Ese fundamento sólo puede ser uno: la unidad básica de la humanidad. Ahora bien, la creencia en este concepto debe plasmarse tanto en hechos como en palabras.

Cuando Sadako Ogata afirma que la mundialización no puede coexistir con el genocidio, está diciendo simplemente que para justificar su nombre la mundialización debe incluir, no excluir, integrar, no marginar, y crear vida que sea rica en toda su diversidad, y no provocar la uniformidad de la pobreza y la muerte.

Sus palabras tienen también otra dimensión que merece ser resaltada. Lo que Ogata quiere decir, y estoy de acuerdo con ella, es que la mundialización no es un producto histórico acabado, un hecho consumado que nos imponen fuerzas que escapan a nuestro control, inmutable como los sistemas celestiales. Es más bien una "labor continua", una opera aperta, un proceso en el que somos a la vez actores y sujetos. La mundialización en sus distintas manifestaciones se encuentra en sus primeras etapas. No hace ni diez años que el muro de Berlín se derrumbó, seguido de la desintegración de la Unión Soviética y del comunismo en Europa, un terremoto político y social que puso fin a la heterogeneidad ideológica y creó las condiciones para la convergencia de ideas y valores que caracteriza hoy día la mundialización.

Como dice Stephen Commins 1/, "... mientras algunos... escriben como si la mundialización fuera un conjunto completo casi acabado de relaciones y sistemas, en su forma actual es un sistema incipiente en un período de transición que llevará de 15 a 25 años como mínimo". Algunas de las relaciones incipientes pueden socavar la seguridad en vez de fortalecerla. Además, varios de los planteamientos simplistas de la mundialización esbozados por sus partidarios y sus críticos se saltan muchas de las sutilidades y matices que hay dentro de las distintas sociedades o entre ellas. "Con frecuencia falta -escribe Commins- un planteamiento más incluyente que comprenda las cuestiones demográficas y ambientales, la aparición de nuevas funciones para la mujer, de nuevas formas de violencia y de conflicto, y las lagunas más profundas de un enfoque basado en el mercado y concebido con criterios estrechos". Sin embargo, este autor afirma que "las primeras etapas de la transición que se está desarrollando significan que existe una ventana de oportunidad para dar forma a políticas y a instituciones universales que no estarán listas en 10 ó 15 años". Es esa oportunidad la que deben aprovechar con ambas manos todos los hombres y mujeres de buena voluntad que tienen fe en la promesa de un futuro mejor, que tienen fuerza y energía.

Para los países en desarrollo, que luchan por hacer frente a estas penosas tareas, el reto es claro aunque no sea fácil. En vez de limitarse a aceptar la necesidad de adaptarse a un sistema mundial supuestamente inmodificable, deben luchar por darle forma en función de sus propias necesidades de desarrollo al ritmo que ellos decidan y teniendo en cuenta sus propias fuerzas y debilidades. Forzosamente este proceso será paralelo a la lucha por integrarse con éxito en un sistema económico transformado y más abierto.

Lo que esto significa para la UNCTAD está claro. Su función no debe limitarse a entender e interpretar la mundialización, sino que debe contribuir a garantizar que el cambio no se produzca porque sí, sino que sea para mejor. La misión de la UNCTAD no estriba solamente en fomentar la integración sin condiciones ni reservas de los países en desarrollo en la economía mundial y el sistema comercial internacional. De hecho, contrariamente a lo que uno suele escuchar, lo que cuenta no es la cantidad y el ritmo de la integración internacional sino su calidad. En efecto, lo que está habiendo es una integración excesiva y demasiado rápida del género equivocado.

Tomemos como ejemplo a mi propio país, el Brasil. Durante unos 350 años, entre 1530 y 1890, estuvo perfectamente integrado en el sistema comercial y la economía mundiales. Durante ese tiempo exportó prácticamente todo el azúcar y el café que cultivaba. El comercio exterior representaba una proporción altísima de la economía. Pero esto fue el resultado de combinar el sistema de plantaciones (latifundios) con la esclavitud, esto es, de un sistema que concentraba poderosamente la riqueza (la tierra) y la renta en manos de unos pocos (por supuesto, los esclavos vivían en condiciones de mera subsistencia).

Esa combinación sólo se pudo crear y mantener durante tanto tiempo gracias al mecanismo perverso que la unía a los mercados exteriores (en cambio en los Estados septentrionales de los Estados Unidos de América la esclavitud nunca arraigó porque faltaban las condiciones ecológicas que requieren los cultivos de exportación basados en plantaciones). Eso hizo que en el caso brasileño la plena integración en los mercados internacionales provocara la desintegración social dentro del país. ¿Qué podía ser más perjudicial para la cohesión interna que una sociedad dividida en amos y esclavos? Es fácil encontrar en América Latina otros países que estaban mucho menos integrados internacionalmente y que por este motivo salieron de la era colonial en una situación económica más modesta, pero con un equilibrio social mejor.

Tampoco es difícil encontrar hoy países que padecen una excesiva dependencia del capital o la financiación exterior, o de la venta de unos pocos productos básicos, o de un volumen desproporcionado de inversión extranjera directa concentrada en un sector que funciona como "enclave".

Resumiendo, lo que debemos buscar es la integración virtuosa de los países en desarrollo en un sistema mundial más receptivo, un sistema que les ayude a crecer de forma constante y socialmente armoniosa, aumentando su ahorro interior y su productividad, diversificando su capacidad de suministro, conquistando una proporción cada vez mayor de la cadena de valor añadido e incorporando tecnologías.

Nadie puede negar que poco a poco está cobrando forma un orden nuevo de ese tipo. Todavía no se pueden definir con exactitud sus contornos, pero en algunos casos ese orden está yendo claramente en la dirección equivocada, pues está agravando la desigualdad, creando precariedad e inseguridad y reduciendo el margen de flexibilidad o la capacidad de acción de los países y los gobiernos. En vez de resignarnos a contemplar pasivamente estos acontecimientos, tenemos que rectificar lo que está yendo mal, para asegurarnos de que el cambio no evolucione en una forma caótica o injusta. De manera diferente, y en tiempos que no son los mismos, este esfuerzo es la continuación de la tarea inacabada de intentar edificar un orden internacional más equitativo en las principales conferencias de las Naciones Unidas y en otros foros.

Es algo similar a la actitud -pero sin la vanidad- de Alfonso X el Sabio, Rey de Castilla, cuando decía que si hubiese estado presente en la creación del universo habría hecho algunas sugerencias útiles sobre cómo ordenarlo mejor.

Como el sistema internacional ya está cambiando, por lo tanto la cuestión no radica en si puede cambiar, sino en el sentido, dirección y calidad que debe darse a esta transformación. Para decirlo de forma más directa, ¿en qué tipo de mundo queremos vivir? Respondería a esto diciendo que la verdadera mundialización es mucho más que reducir las barreras y unificar los mercados, el comercio, la inversión y la financiación. No es sinónimo de liberalización, aunque recurra a este instrumento de política en muchos casos.

Merece la pena señalar que la mundialización ha sido un tanto selectiva en su forma de plantear la liberalización. Los países se han visto sometidos a presiones para liberalizar el comercio, las inversiones y las corrientes financieras. Pero ha faltado este celo liberalizador cuando se ha tratado de productos de interés para los países en desarrollo, de la movilidad laboral, de la inmigración en general o de promover el acceso sin restricciones a los conocimientos.

La verdadera mundialización debe aspirar a la unificación del espacio planetario para facilitar la comunicación, el intercambio y la cooperación entre los pueblos, las culturas y las civilizaciones, no de forma abstracta, sino a través de los seres humanos que encarnan y hacen realidad esos conceptos. Sólo de esta manera será posible aprovechar plenamente el potencial del fenómeno que otorga a la mundialización su singularidad: los avances en las telecomunicaciones y la electrónica, la transformación del tiempo y del espacio. Lo que tienen en común estas fuerzas es su poder para poner en contacto a unas personas con otras, para superar por fin el aislamiento y hacer mucho más fáciles, rápidos y baratos la conversación, la interacción, el comercio y otras relaciones. Hacer buen uso de las telecomunicaciones no significa solamente facilitar el intercambio de mercancías, sino que debe abarcar también el intercambio de ideas, valores, creencias y emociones. Las telecomunicaciones deben facilitar el diálogo y no el enfrentamiento entre las civilizaciones. Nada simboliza esto mejor que los millones y millones de personas de diferentes culturas y nacionalidades conectadas en todo el mundo gracias al conducto común de la Internet.

El proceso tecnológico que está impulsando la mundialización -la transmisión casi instantánea de masas crecientes de información a precios cada vez más bajos- ha sido comparado con el invento de Gutenberg, al que podemos llamar "la primera revolución de la información", por el profundo impacto que tiene en la vida de la gente.

Este impacto radica en parte en el impulso que la tecnología ha dado a la primacía ya alcanzada por el mercado, pues, a pesar de sus imperfecciones, los mercados suelen ser muy superiores a las burocracias en lo que se refiere a procesar grandes cantidades de información mediante el mecanismo del precio. Aunque no pueden ser el juez último de la seguridad, los derechos humanos, la calidad del medio ambiente, el grado de erradicación de la pobreza, ni por supuesto de la equidad o los muchos otros valores que trascienden las frías estadísticas y los precios, desde luego son más eficientes en estimular el crecimiento económico. En esta era de la información, la capacidad para utilizar mejor y con más eficacia la información, esto es, los conocimientos, se ha convertido por tanto en la clave del éxito en el mercado; de hecho, esta herramienta estratégica -una palanca para aumentar el radio de acción y la capacidad- puede ser aun más importante que el capital, la mano de obra barata o los recursos naturales.

En relación con esto existen dos categorías de conocimientos que tienen interés. La primera la forman los conocimientos técnicos y económicos que permiten controlar procesos complejos para producir mercancías y servicios y venderlos con un beneficio. La otra categoría, que hasta cierto punto sigue siendo un tanto elusiva, la componen los conocimientos políticos, sociales y culturales, esto es, la capacidad para manejar sistemas sociales cada vez más complejos en una forma tal que asegure la coherencia y la sinergia entre una multitud de elementos interrelacionados.

Es el primer tipo de conocimientos en el que se suele pensar cuando se debate sobre la economía intensiva en conocimientos de hoy día. A medida que los conocimientos se convierten en un factor más decisivo, en un bien más esencial, su adquisición hace del desarrollo un proceso de aprendizaje continuo e ininterrumpido.

Esto tiene consecuencias importantes para la competencia, que ya no se puede considerar como un juego económico que exige solamente reglas claras y un árbitro imparcial. Un tercer elemento es indispensable: tener una preparación adecuada para aprender a competir. Nadie consideraría razonable o justo esperar que un alumno de primer curso pueda competir con éxito con un graduado de Harvard o la Sorbona, pero en la arena mundial del comercio eso es efectivamente lo que la gente espera de muchas naciones en desarrollo.

Como mínimo, será necesario proporcionar a cada principiante las mismas oportunidades para aprender las reglas del juego, dándole un tiempo para formarse durante el cual el bisoño no sea aplastado por los veteranos. Incluso unas reglas de juego relativamente uniformes quizás no basten cuando la desigualdad y la pobreza son tales que los países y los individuos parten de niveles tan dispares.

Como escribió R. H. Tawney, el historiador británico, "... las oportunidades de ascenso no son un sustitutivo de un grado elevado de igualdad práctica de renta y situación social. La existencia de esas oportunidades... depende no sólo de que el camino esté libre sino también de que al comienzo las condiciones sean iguales para todos". En el ensayo publicado por Roy Hattersley en la revista New Statesman 3/ en el que encontré la cita anterior, el autor comenta que, 130 años después de que William Gladstone suprimiera las barreras institucionales a los nombramientos para puestos en la administración pública y las fuerzas armadas en Gran Bretaña, ¡las mismas personas siguen acaparando la mayoría de los puestos!

Precisamente por reconocer que "en una sociedad desigual las familias situadas por debajo del umbral de pobreza están condenadas a seguir siendo pobres en términos tanto absolutos como relativos", algunos países han recurrido a la discriminación positiva, a leyes de igualdad de oportunidades y a otras medidas deliberadas para corregir las grandes disparidades en el punto de partida. Me atrevo a afirmar que esta misma consideración se aplica a la necesidad de seguir otorgando un "trato especial y diferenciado" a los países en desarrollo, aunque redefiniéndolo en una forma más concreta y actual con respecto a como era antes.

Un aspecto que suele estar ausente de este debate es la relación de retroalimentación recíproca entre los conocimientos y el poder, por la cual se alimentan y refuerzan mutuamente (hace cuatro siglos, Francis Bacon dijo que "el conocimiento mismo es poder"). Esto explica por qué los conocimientos están protegidos por el poder político y económico, tendencia que se ha acentuado considerablemente en las recientes negociaciones multilaterales.

Nadie niega que se deba recompensar debidamente a los inventores e innovadores. No obstante, uno se pregunta si el péndulo no ha ido demasiado lejos en esa dirección cuando las autoridades de defensa de la competencia de los principales países industrializados tienen que intervenir cada vez con más frecuencia para poner término a la formación de cárteles de productos farmacéuticos y a la adquisición de posiciones dominantes en el sector de los programas informáticos y la Internet, o cuando un respetado historiador del mundo de la empresa, el profesor John Galambos 4/, de la Johns Hopkins University, afirma como una cuestión de hecho que "los oligopolios mundiales son tan inevitables como la salida del sol". ¿Qué clase de protección efectiva se puede proporcionar a los consumidores en los países en desarrollo donde las leyes e instituciones de defensa de la competencia son inexistentes o padecen defectos estructurales?

Sería ingenuo pensar que el problema de la adquisición de conocimientos se puede resolver simplemente construyendo escuelas o instalando ordenadores en las aulas. Además es preciso garantizar que, a medida que van cayendo las barreras al comercio y otros obstáculos, no se levanten nuevas barreras desmedidas en campos tales como los bancos de datos o la modificación genética de organismos vivos. Desde que se inventó la agricultura en el Oriente Medio hace unos 12.000 años, las semillas y los animales domesticados siempre han circulado libremente de un país y de una civilización a otros, convirtiéndose en lo que en una exposición organizada por