Más
allá de la unificación de los mercados:
una comunidad universal de conocimientos
compartidos y cooperación en pro de la
seguridad y el desarrollo
Reflexiones personales del Secretario
General de la UNCTAD,
Emb. Rubens Ricupero, en la Academia
Diplomática del Perú
Lima, 25 de noviembre de 1999
Existen formas
mejores de terminar un siglo, de hecho
un milenio, que una guerra superimpuesta
a una profunda crisis económica en medio
de brotes recurrentes de pánico
alimentario. Contrariamente a la
predicción poética, nuestro mundo
termina con un estampido, no un quejido.
Las guerras, las
crisis y los pánicos alimentarios tienen
un efecto en común: producen miedo,
ansiedad, inseguridad. Lo hacen no sólo
infligiendo sufrimientos reales, sino
también amenazando con quitarnos la
posibilidad de tener cualquier tipo de
futuro. Además, como vivimos casi tanto
para el futuro como para el presente,
planeando constantemente lo que vamos a
hacer a continuación, es difícil
contemplar la vida si no hay la
perspectiva de un futuro mejor.
Pero la vida sólo
tiene sentido si tanto en el presente
como en el futuro podemos satisfacer las
dos necesidades más fundamentales del
ser humano: seguridad y cariño.
Los Estados, los
gobiernos y las organizaciones
internacionales fueron creados en un
principio con el objetivo esencial de
proporcionar seguridad, y cabe
preguntarse si siguen cumpliendo su
cometido en este mundo en revolución.
Hasta hace unos años
la mayor amenaza a la seguridad provenía
de la agresión exterior, de la guerra
entre los Estados. Gracias a una serie
de factores, entre ellas la buena
suerte, y en una pequeña medida con la
ayuda de organizaciones internacionales
como las Naciones Unidas, pudimos a
duras penas evitar la destrucción
recíproca segura. Pero logramos dejar
atrás la guerra fría, el "equilibrio del
terror", la división en dos bloques del
mundo, de Europa, Alemania, Berlín y
Viet Nam, el enfrentamiento ideológico y
el comunismo totalitario. No fue poca
cosa lo que se logró, y debemos
agradecerlo.
Sin embargo, cuando
acabábamos prácticamente de enterrar la
amenaza de la aniquilación nuclear
tuvimos que afrontar otras formas
brutales de destrucción y crueldad: la
guerra civil, la limpieza étnica y el
genocidio, en Camboya, en África, en
Bosnia, y ahora en Kosovo. Ni las
Naciones Unidas ni las organizaciones
regionales o las alianzas militares
tales como la OTAN habían sido
concebidas para hacer frente a la
proliferación de guerras en el seno de
un Estado. ¿Debe, pues, extrañarnos que
hayamos sido incapaces de impedir el
comienzo de esos conflictos y que
nuestra reacción ante ellos, una vez que
estalló la violencia, haya sido muy
dispar?
La trágica paradoja
de la guerra de Kosovo -una guerra en la
cual las bajas civiles fueron la regla,
no la excepción, y prácticamente las
únicas víctimas fueron civiles- pone de
manifiesto algo que está en la raíz del
estado actual de perplejidad y
desconcierto. Dicho brevemente, cada vez
resulta más difícil decidirse claramente
por afirmar o negar un valor. Las
opciones que se nos ofrecen se asemejan
más a transacciones problemáticas entre
valores que tienen la misma importancia.
El debate público que
hubo en los países de la OTAN sobre
Kosovo se centró no en los fines
buscados -después de todo el mundo
estaba de acuerdo en que había que parar
la limpieza étnica- sino en los medios
empleados. ¿Se habría podido conciliar
el valor sagrado de las vidas de
nuestros propios soldados con las vidas
igualmente preciosas de civiles
extranjeros? ¿Se habría podido poner
término dentro del ámbito de las
Naciones Unidas, y no al margen de
ellas, a las violaciones masivas de los
derechos humanos que se estaban
produciendo? Y por último, ¿deberían las
razones invocadas para intervenir en
Kosovo aplicarse también a situaciones
similares en otros países, fuera de los
límites de Europa y lejos del destello
de las luces de la televisión?
Con estos
interrogantes no pretendemos objetar
decisiones recientes: lo que pretendemos
simplemente es mostrar que incluso en
los países que participaron en la
campaña de Kosovo el margen de decisión
fue a veces estrecho, imperfecto,
selectivo. Plantear esos interrogantes
tampoco debe servir de excusa para la
inacción y la parálisis: en situaciones
extremas como la que se dio en Kosovo
debe darse preferencia siempre al ser
humano. El ejemplo que hay que evitar es
el de Rwanda, donde fueron asesinados
alrededor de 1 millón de personas
mientras el mundo entero miraba para
otro lado.
Cada vez que se
defienden ciertos valores sacrificando
otros, lo cierto es que se haga lo que
se haga, aunque sea urgente y necesario,
no se podrá evitar que se produzca un
debate desgarrador. Este debate deja
tras suya un sentimiento de ambigüedad y
confusión que es en sí mismo el origen
de buena parte del malestar actual.
La tecnología, esto
es, el conocimiento aplicado, parece
acercarnos a la realización del viejo
sueño humano de la invulnerabilidad, la
capacidad para hacer la guerra sin
sufrir pérdidas. Quizá suene
contradictorio que este hecho
aparentemente bienvenido pueda terminar
por crear un desequilibrio, real o
aparente, en la ecuación costo-beneficio
de la guerra que puede llegar a
inclinarse en favor del segundo
elemento. Es ésta una situación en que
el conocimiento refuerza claramente el
poder. ¿Pero qué efecto tendrá ese hecho
en cómo perciben su seguridad los que no
poseen la tecnología pertinente? La
mejor garantía contra un aumento de la
inseguridad de estos últimos sería que
estos avances en los medios de hacer la
guerra sirvieran para fortalecer el
concepto de seguridad colectiva, no para
socavarlo, lo que quiere decir que
dichos adelantos habría que ponerlos
claramente al servicio de la seguridad y
legalidad internacionales. Para ello se
necesitará un sistema mejor de adopción
de decisiones, un sistema que esté menos
expuesto a la parálisis que caracterizó
el período de la guerra fría y que
permita superar el dilema tan frecuente
entre actuar con decisión, incluso
sacrificando algunos valores, o defender
ciertos valores al precio de cruzarse de
brazos ante la violación de valores
superiores.
Solamente un sistema
democrático y eficaz de ese tipo podría
ganarse el apoyo de los que tienen los
medios para actuar y el libre
consentimiento de la mayoría, con lo
cual se daría una legitimidad
indiscutida a un poder que representaría
una convergencia de aspiraciones y
valores mucho mayor que la que hay
efectivamente. Por esto mismo, el mundo
no puede pasarse sin las Naciones
Unidas, la fuente principal de
legitimidad en el sistema internacional
y el único foro verdaderamente universal
en el que se puede buscar ese
indispensable consenso.
En la relación del
hombre con el medio ambiente se aprecia
también el mismo nexo causal por el cual
los conocimientos tecnológicos dan poder
(en este caso sobre la naturaleza), pero
ese poder paradójicamente crea menos
seguridad y no más. Las fuerzas que
dieron nacimiento a dos siglos de
expansión industrial y aumentos sin
precedentes de la riqueza y el bienestar
son las mismas que hoy día ponen en
peligro la atmósfera, el clima, los
océanos, los bosques y, últimamente, los
secretos íntimos de la vida misma.
Cuando Emmanuel
Mounier escribió su libro La grande peur
du vingtième siècle, pensaba en la
destrucción nuclear. Los grandes temores
hoy día son los accidentes nucleares,
como el de Chernobyl, los derrames de
petróleo, el envenenamiento de los
océanos, la destrucción del ozono, el
calentamiento de la tierra, la
desaparición de bosques y la extinción
de especies. Nuestra vieja, y algo
ingenua, creencia en las virtudes de la
ciencia y la tecnología ha quedado
destruida. En cambio, se ha extendido la
opinión de que los científicos y los
altos cargos públicos son directamente
responsables de una serie de problemas
actuales, tales como la "enfermedad de
las vacas locas", la controversia
transatlántica sobre la carne de vacuno
alimentado con hormonas, los temores que
suscitan los alimentos modificados
genéticamente o el fracaso en encontrar
un método de curar el SIDA, o se han
mostrado, conchabados con las grandes
empresas, incapaces de impedir tales
problemas.
El hilo que une
muchas de estas cuestiones aparentemente
dispares es el temor por lo general
incipiente, pero sin embargo palpable,
que sienten un gran número de personas
serias, tanto en países en desarrollo
como en países desarrollados, de que
fuerzas impersonales que escapan a su
control y que no responden ante nadie
-burocracias lejanas, empresas
transnacionales gigantescas,
organizaciones internacionales que se
reúnen a puerta cerrada- se estén
apoderando de sus vidas. Esta reacción
es humana y comprensible. Pero entender,
e incluso compartir, las inquietudes de
quienes desean restablecer el vínculo
roto entre la humanidad y la naturaleza
no ayuda a garantizar que se van a tomar
las decisiones difíciles que haya que
tomar. ¿Debemos reclamar un freno al
crecimiento económico, incluso al de
aquellos que se han quedado rezagados en
su desarrollo y que padecen todavía una
escasez de producción, con el fin de
salvar un medio ambiente mundial que el
exceso de producción y consumo de otros
ponen en peligro? ¿Debe el principio de
precaución ser motivo suficiente para
renunciar a las posibilidades que ofrece
la ingeniería genética de curar
enfermedades o revolucionar la
agricultura?
Si dirigimos nuestra
mirada hacia la economía, el panorama de
inseguridad que se presenta no es
diferente del que existe en otros
campos. El siglo presente se acaba sin
que se haya logrado solucionar dos
grandes problemas: el desempleo masivo y
la desigualdad creciente. Ningún sistema
de organización de la producción ha sido
capaz hasta ahora de proporcionar un
empleo productivo a todo hombre o mujer
que buscaba trabajo. Las disparidades en
la distribución de la riqueza y la renta
aumentan, tanto dentro de las naciones
como entre ellas. Según un estudio
reciente de Raymond W. Baker y Jennifer
Nordin, "... debemos esperarnos a que el
siglo próximo comience con una
disparidad de renta entre el quintil más
alto y el quintil más bajo de quizá 150
a 1, si es que no estamos ya ahí"
1/. Invirtiendo
una tendencia que se consolidó después
de la revolución industrial, el empleo
garantizado a vida se ha convertido en
algo del pasado. Los puestos de trabajo
son cada vez más escasos y precarios, y
la precariedad es lo opuesto a la
seguridad. Como ha dicho recientemente
un delegado en la Organización
Internacional del Trabajo, el mundo está
al revés: mientras que hombres adultos
no pueden conseguir un trabajo y deben
volver a la escuela para intentar que se
les vuelva a contratar, se está poniendo
a trabajar a niños que deberían estar en
la escuela.
En las regiones
pobres del mundo, esto es, en una gran
parte del planeta, la crisis económica
que comenzó en Asia hace dos años ha
puesto en entredicho la posibilidad
misma de un desarrollo sostenible. Esta
crisis, la quinta seria crisis
financiera y monetaria de los últimos 20
años, merece verdaderamente que se la
catalogue como una "crisis de
desarrollo", por tres razones
principalmente. La primera es que golpeó
casi exclusivamente a la mayoría de los
países en desarrollo, al tiempo que no
tocó e incluso benefició a las economías
industriales como consecuencia de la
caída de los precios de los productos
básicos, la fuga de capitales y las
importaciones baratas de manufacturas,
esto último por las devaluaciones
monetarias. La segunda razón,
paradójicamente, es que tuvo efectos
destructivos mucho mayores en las
naciones en desarrollo más avanzadas, lo
que suscita serias dudas de si el
desarrollo es, como se ha supuesto
durante mucho tiempo, un proceso que
reduce la vulnerabilidad de las
economías a los choques externos. La
tercera y última razón es que ha creado
incertidumbres e interrogantes acerca de
si será posible, una vez concluida la
crisis, recuperar los niveles de
crecimiento económico que constituyeron
la única prueba convincente que existía
hasta entonces de la posibilidad de un
desarrollo continuo durante varias
décadas: la experiencia de ese grupo de
países a los que se dio en un tiempo el
apodo de "los tigres asiáticos".
Millones de personas
perdieron sus empleos en los países
afectados por la crisis; 30 años de
progreso en la lucha contra la pobreza
se esfumaron en cuestión de semanas; y
la angustia, la desesperación, la
inseguridad y, en algunos casos, la
desintegración política y la violencia
volvieron con fuerza. Por primera vez en
muchos años, en 1998 y 1999 el
crecimiento económico en los países
ricos ha sido muy superior al de las
naciones pobres, ensanchando la brecha
entre los dos grupos en vez de
reducirla.
En la economía, lo
mismo que en el terreno de la seguridad
política o el de la seguridad ambiental,
han reaparecido las diferencias en el
impacto de la crisis como consecuencia
de las diferencias de poder y de
conocimientos. Las devaluaciones de la
moneda decididas en el Reino Unido o
Italia a comienzos de la década de 1990
no desencadenaron un colapso financiero
ni una estampida de inversores como
ocurrió en Tailandia o la República de
Corea en 1997. ¿Obedeció esto a que las
dos economías industriales europeas
tenían más poder económico, mejores
"indicadores fundamentales", o más
pericia y conocimientos acerca de cómo
regular y supervisar los mercados
financieros?
En la esfera de las
decisiones económicas, las opciones
posibles en términos de valores humanos
no son más satisfactorias que las
opciones prácticas que existen en otros
campos. ¿Debemos renunciar
definitivamente a la seguridad de empleo
y pedir a la gente que acepte la
precariedad como una situación "normal",
como el precio que hay que pagar por la
flexibilidad del mercado de trabajo para
así, esperemos, crear más empleo? ¿Es
necesario, para alcanzar esta meta,
reducir el costo del trabajo hasta el
punto de multiplicar el número de
trabajadores pobres, con los
consiguientes aumentos de la miseria y
la desigualdad extrema? ¿Están los
países en desarrollo condenados a
supeditar la prioridad de su crecimiento
a los caprichos de unos mercados
financieros inestables?
En su artículo, Baker
y Nordin escriben lo siguiente: "Un
mundo unido por comunicaciones y
transportes baratos, sobre todo la
televisión, los teléfonos celulares y la
Internet, no puede seguir siendo
compatible con una disparidad de renta
de 150 a 1 entre los principales grupos.
Un millardo de personas viviendo en una
pobreza insoportable al lado de otro
millardo nadando en un esplendor cada
vez mayor sobre un planeta que se está
volviendo cada vez más pequeño y más
integrado no es una situación
sostenible... Una disparidad mundial
entre quintiles de 150 a 1 está preñada
de riesgos para ricos y pobres
indistintamente".
En términos
dramáticos, Sadako Ogata, que en su
calidad de Alta Comisionada de las
Naciones Unidas para los Refugiados es
de los que más saben de tragedias
humanas, nos ha recordado en un discurso
que pronunció en el Museo del Holocausto
que "no puede haber mundialización
mientras no acabemos con el genocidio".
El mensaje es
clarísimo: primero, que no existen
fronteras rígidas que separen las
dimensiones interrelacionadas de la
seguridad, sean de tipo político,
económico o ambiental; y, segundo, que
la mundialización no puede
circunscribirse al ámbito de la
economía.
Esto es lo que el
Presidente Franklin D. Roosevelt quiso
decir cuando hace más de 50 años
afirmaba que todos los seres humanos
debían poder librarse del miedo y la
miseria. También es la base de la
integridad fundamental de los derechos
humanos: los derechos políticos,
sociales, económicos y culturales y el
derecho al desarrollo.
Al mismo tiempo, la
universalidad de algunos valores básicos
exige e impone a todos nosotros, ricos y
pobres, una responsabilidad común. Esto
se aplica desde luego a los derechos
humanos y al medio ambiente mundial,
pero ¿cómo vamos a esperar que los
pobres compartan la responsabilidad en
esas esferas si los ricos no dan pruebas
de la misma solidaridad en la lucha
contra la pobreza y el subdesarrollo? La
fortísima e indefendible disminución de
la ayuda oficial al desarrollo es un
signo profundamente inquietante de una
tendencia que podría socavar el
fundamento moral de la validez universal
de ciertos valores esenciales. Ese
fundamento sólo puede ser uno: la unidad
básica de la humanidad. Ahora bien, la
creencia en este concepto debe plasmarse
tanto en hechos como en palabras.
Cuando Sadako Ogata
afirma que la mundialización no puede
coexistir con el genocidio, está
diciendo simplemente que para justificar
su nombre la mundialización debe
incluir, no excluir, integrar, no
marginar, y crear vida que sea rica en
toda su diversidad, y no provocar la
uniformidad de la pobreza y la muerte.
Sus palabras tienen
también otra dimensión que merece ser
resaltada. Lo que Ogata quiere decir, y
estoy de acuerdo con ella, es que la
mundialización no es un producto
histórico acabado, un hecho consumado
que nos imponen fuerzas que escapan a
nuestro control, inmutable como los
sistemas celestiales. Es más bien una
"labor continua", una opera aperta, un
proceso en el que somos a la vez actores
y sujetos. La mundialización en sus
distintas manifestaciones se encuentra
en sus primeras etapas. No hace ni diez
años que el muro de Berlín se derrumbó,
seguido de la desintegración de la Unión
Soviética y del comunismo en Europa, un
terremoto político y social que puso fin
a la heterogeneidad ideológica y creó
las condiciones para la convergencia de
ideas y valores que caracteriza hoy día
la mundialización.
Como dice Stephen
Commins 1/,
"... mientras algunos... escriben como
si la mundialización fuera un conjunto
completo casi acabado de relaciones y
sistemas, en su forma actual es un
sistema incipiente en un período de
transición que llevará de 15 a 25 años
como mínimo". Algunas de las relaciones
incipientes pueden socavar la seguridad
en vez de fortalecerla. Además, varios
de los planteamientos simplistas de la
mundialización esbozados por sus
partidarios y sus críticos se saltan
muchas de las sutilidades y matices que
hay dentro de las distintas sociedades o
entre ellas. "Con frecuencia falta
-escribe Commins- un planteamiento más
incluyente que comprenda las cuestiones
demográficas y ambientales, la aparición
de nuevas funciones para la mujer, de
nuevas formas de violencia y de
conflicto, y las lagunas más profundas
de un enfoque basado en el mercado y
concebido con criterios estrechos". Sin
embargo, este autor afirma que "las
primeras etapas de la transición que se
está desarrollando significan que existe
una ventana de oportunidad para dar
forma a políticas y a instituciones
universales que no estarán listas en 10
ó 15 años". Es esa oportunidad la que
deben aprovechar con ambas manos todos
los hombres y mujeres de buena voluntad
que tienen fe en la promesa de un futuro
mejor, que tienen fuerza y energía.
Para los países en
desarrollo, que luchan por hacer frente
a estas penosas tareas, el reto es claro
aunque no sea fácil. En vez de limitarse
a aceptar la necesidad de adaptarse a un
sistema mundial supuestamente
inmodificable, deben luchar por darle
forma en función de sus propias
necesidades de desarrollo al ritmo que
ellos decidan y teniendo en cuenta sus
propias fuerzas y debilidades.
Forzosamente este proceso será paralelo
a la lucha por integrarse con éxito en
un sistema económico transformado y más
abierto.
Lo que esto significa
para la UNCTAD está claro. Su función no
debe limitarse a entender e interpretar
la mundialización, sino que debe
contribuir a garantizar que el cambio no
se produzca porque sí, sino que sea para
mejor. La misión de la UNCTAD no estriba
solamente en fomentar la integración sin
condiciones ni reservas de los países en
desarrollo en la economía mundial y el
sistema comercial internacional. De
hecho, contrariamente a lo que uno suele
escuchar, lo que cuenta no es la
cantidad y el ritmo de la integración
internacional sino su calidad. En
efecto, lo que está habiendo es una
integración excesiva y demasiado rápida
del género equivocado.
Tomemos como ejemplo
a mi propio país, el Brasil. Durante
unos 350 años, entre 1530 y 1890, estuvo
perfectamente integrado en el sistema
comercial y la economía mundiales.
Durante ese tiempo exportó prácticamente
todo el azúcar y el café que cultivaba.
El comercio exterior representaba una
proporción altísima de la economía. Pero
esto fue el resultado de combinar el
sistema de plantaciones (latifundios)
con la esclavitud, esto es, de un
sistema que concentraba poderosamente la
riqueza (la tierra) y la renta en manos
de unos pocos (por supuesto, los
esclavos vivían en condiciones de mera
subsistencia).
Esa combinación sólo
se pudo crear y mantener durante tanto
tiempo gracias al mecanismo perverso que
la unía a los mercados exteriores (en
cambio en los Estados septentrionales de
los Estados Unidos de América la
esclavitud nunca arraigó porque faltaban
las condiciones ecológicas que requieren
los cultivos de exportación basados en
plantaciones). Eso hizo que en el caso
brasileño la plena integración en los
mercados internacionales provocara la
desintegración social dentro del país.
¿Qué podía ser más perjudicial para la
cohesión interna que una sociedad
dividida en amos y esclavos? Es fácil
encontrar en América Latina otros países
que estaban mucho menos integrados
internacionalmente y que por este motivo
salieron de la era colonial en una
situación económica más modesta, pero
con un equilibrio social mejor.
Tampoco es difícil
encontrar hoy países que padecen una
excesiva dependencia del capital o la
financiación exterior, o de la venta de
unos pocos productos básicos, o de un
volumen desproporcionado de inversión
extranjera directa concentrada en un
sector que funciona como "enclave".
Resumiendo, lo que
debemos buscar es la integración
virtuosa de los países en desarrollo en
un sistema mundial más receptivo, un
sistema que les ayude a crecer de forma
constante y socialmente armoniosa,
aumentando su ahorro interior y su
productividad, diversificando su
capacidad de suministro, conquistando
una proporción cada vez mayor de la
cadena de valor añadido e incorporando
tecnologías.
Nadie puede negar que
poco a poco está cobrando forma un orden
nuevo de ese tipo. Todavía no se pueden
definir con exactitud sus contornos,
pero en algunos casos ese orden está
yendo claramente en la dirección
equivocada, pues está agravando la
desigualdad, creando precariedad e
inseguridad y reduciendo el margen de
flexibilidad o la capacidad de acción de
los países y los gobiernos. En vez de
resignarnos a contemplar pasivamente
estos acontecimientos, tenemos que
rectificar lo que está yendo mal, para
asegurarnos de que el cambio no
evolucione en una forma caótica o
injusta. De manera diferente, y en
tiempos que no son los mismos, este
esfuerzo es la continuación de la tarea
inacabada de intentar edificar un orden
internacional más equitativo en las
principales conferencias de las Naciones
Unidas y en otros foros.
Es algo similar a la
actitud -pero sin la vanidad- de Alfonso
X el Sabio, Rey de Castilla, cuando
decía que si hubiese estado presente en
la creación del universo habría hecho
algunas sugerencias útiles sobre cómo
ordenarlo mejor.
Como el sistema
internacional ya está cambiando, por lo
tanto la cuestión no radica en si puede
cambiar, sino en el sentido, dirección y
calidad que debe darse a esta
transformación. Para decirlo de forma
más directa, ¿en qué tipo de mundo
queremos vivir? Respondería a esto
diciendo que la verdadera mundialización
es mucho más que reducir las barreras y
unificar los mercados, el comercio, la
inversión y la financiación. No es
sinónimo de liberalización, aunque
recurra a este instrumento de política
en muchos casos.
Merece la pena
señalar que la mundialización ha sido un
tanto selectiva en su forma de plantear
la liberalización. Los países se han
visto sometidos a presiones para
liberalizar el comercio, las inversiones
y las corrientes financieras. Pero ha
faltado este celo liberalizador cuando
se ha tratado de productos de interés
para los países en desarrollo, de la
movilidad laboral, de la inmigración en
general o de promover el acceso sin
restricciones a los conocimientos.
La verdadera
mundialización debe aspirar a la
unificación del espacio planetario para
facilitar la comunicación, el
intercambio y la cooperación entre los
pueblos, las culturas y las
civilizaciones, no de forma abstracta,
sino a través de los seres humanos que
encarnan y hacen realidad esos
conceptos. Sólo de esta manera será
posible aprovechar plenamente el
potencial del fenómeno que otorga a la
mundialización su singularidad: los
avances en las telecomunicaciones y la
electrónica, la transformación del
tiempo y del espacio. Lo que tienen en
común estas fuerzas es su poder para
poner en contacto a unas personas con
otras, para superar por fin el
aislamiento y hacer mucho más fáciles,
rápidos y baratos la conversación, la
interacción, el comercio y otras
relaciones. Hacer buen uso de las
telecomunicaciones no significa
solamente facilitar el intercambio de
mercancías, sino que debe abarcar
también el intercambio de ideas,
valores, creencias y emociones. Las
telecomunicaciones deben facilitar el
diálogo y no el enfrentamiento entre las
civilizaciones. Nada simboliza esto
mejor que los millones y millones de
personas de diferentes culturas y
nacionalidades conectadas en todo el
mundo gracias al conducto común de la
Internet.
El proceso
tecnológico que está impulsando la
mundialización -la transmisión casi
instantánea de masas crecientes de
información a precios cada vez más
bajos- ha sido comparado con el invento
de Gutenberg, al que podemos llamar "la
primera revolución de la información",
por el profundo impacto que tiene en la
vida de la gente.
Este impacto radica
en parte en el impulso que la tecnología
ha dado a la primacía ya alcanzada por
el mercado, pues, a pesar de sus
imperfecciones, los mercados suelen ser
muy superiores a las burocracias en lo
que se refiere a procesar grandes
cantidades de información mediante el
mecanismo del precio. Aunque no pueden
ser el juez último de la seguridad, los
derechos humanos, la calidad del medio
ambiente, el grado de erradicación de la
pobreza, ni por supuesto de la equidad o
los muchos otros valores que trascienden
las frías estadísticas y los precios,
desde luego son más eficientes en
estimular el crecimiento económico. En
esta era de la información, la capacidad
para utilizar mejor y con más eficacia
la información, esto es, los
conocimientos, se ha convertido por
tanto en la clave del éxito en el
mercado; de hecho, esta herramienta
estratégica -una palanca para aumentar
el radio de acción y la capacidad- puede
ser aun más importante que el capital,
la mano de obra barata o los recursos
naturales.
En relación con esto
existen dos categorías de conocimientos
que tienen interés. La primera la forman
los conocimientos técnicos y económicos
que permiten controlar procesos
complejos para producir mercancías y
servicios y venderlos con un beneficio.
La otra categoría, que hasta cierto
punto sigue siendo un tanto elusiva, la
componen los conocimientos políticos,
sociales y culturales, esto es, la
capacidad para manejar sistemas sociales
cada vez más complejos en una forma tal
que asegure la coherencia y la sinergia
entre una multitud de elementos
interrelacionados.
Es el primer tipo de
conocimientos en el que se suele pensar
cuando se debate sobre la economía
intensiva en conocimientos de hoy día. A
medida que los conocimientos se
convierten en un factor más decisivo, en
un bien más esencial, su adquisición
hace del desarrollo un proceso de
aprendizaje continuo e ininterrumpido.
Esto tiene
consecuencias importantes para la
competencia, que ya no se puede
considerar como un juego económico que
exige solamente reglas claras y un
árbitro imparcial. Un tercer elemento es
indispensable: tener una preparación
adecuada para aprender a competir. Nadie
consideraría razonable o justo esperar
que un alumno de primer curso pueda
competir con éxito con un graduado de
Harvard o la Sorbona, pero en la arena
mundial del comercio eso es
efectivamente lo que la gente espera de
muchas naciones en desarrollo.
Como mínimo, será
necesario proporcionar a cada
principiante las mismas oportunidades
para aprender las reglas del juego,
dándole un tiempo para formarse durante
el cual el bisoño no sea aplastado por
los veteranos. Incluso unas reglas de
juego relativamente uniformes quizás no
basten cuando la desigualdad y la
pobreza son tales que los países y los
individuos parten de niveles tan
dispares.
Como escribió R. H.
Tawney, el historiador británico, "...
las oportunidades de ascenso no son un
sustitutivo de un grado elevado de
igualdad práctica de renta y situación
social. La existencia de esas
oportunidades... depende no sólo de que
el camino esté libre sino también de que
al comienzo las condiciones sean iguales
para todos". En el ensayo publicado por
Roy Hattersley en la revista New
Statesman 3/
en el que encontré la cita anterior, el
autor comenta que, 130 años después de
que William Gladstone suprimiera las
barreras institucionales a los
nombramientos para puestos en la
administración pública y las fuerzas
armadas en Gran Bretaña, ¡las mismas
personas siguen acaparando la mayoría de
los puestos!
Precisamente por
reconocer que "en una sociedad desigual
las familias situadas por debajo del
umbral de pobreza están condenadas a
seguir siendo pobres en términos tanto
absolutos como relativos", algunos
países han recurrido a la discriminación
positiva, a leyes de igualdad de
oportunidades y a otras medidas
deliberadas para corregir las grandes
disparidades en el punto de partida. Me
atrevo a afirmar que esta misma
consideración se aplica a la necesidad
de seguir otorgando un "trato especial y
diferenciado" a los países en
desarrollo, aunque redefiniéndolo en una
forma más concreta y actual con respecto
a como era antes.
Un aspecto que suele
estar ausente de este debate es la
relación de retroalimentación recíproca
entre los conocimientos y el poder, por
la cual se alimentan y refuerzan
mutuamente (hace cuatro siglos, Francis
Bacon dijo que "el conocimiento mismo es
poder"). Esto explica por qué los
conocimientos están protegidos por el
poder político y económico, tendencia
que se ha acentuado considerablemente en
las recientes negociaciones
multilaterales.
Nadie niega que se
deba recompensar debidamente a los
inventores e innovadores. No obstante,
uno se pregunta si el péndulo no ha ido
demasiado lejos en esa dirección cuando
las autoridades de defensa de la
competencia de los principales países
industrializados tienen que intervenir
cada vez con más frecuencia para poner
término a la formación de cárteles de
productos farmacéuticos y a la
adquisición de posiciones dominantes en
el sector de los programas informáticos
y la Internet, o cuando un respetado
historiador del mundo de la empresa, el
profesor John Galambos
4/, de la Johns
Hopkins University, afirma como una
cuestión de hecho que "los oligopolios
mundiales son tan inevitables como la
salida del sol". ¿Qué clase de
protección efectiva se puede
proporcionar a los consumidores en los
países en desarrollo donde las leyes e
instituciones de defensa de la
competencia son inexistentes o padecen
defectos estructurales?
Sería ingenuo pensar
que el problema de la adquisición de
conocimientos se puede resolver
simplemente construyendo escuelas o
instalando ordenadores en las aulas.
Además es preciso garantizar que, a
medida que van cayendo las barreras al
comercio y otros obstáculos, no se
levanten nuevas barreras desmedidas en
campos tales como los bancos de datos o
la modificación genética de organismos
vivos. Desde que se inventó la
agricultura en el Oriente Medio hace
unos 12.000 años, las semillas y los
animales domesticados siempre han
circulado libremente de un país y de una
civilización a otros, convirtiéndose en
lo que en una exposición organizada por