“El Perú incaico –ha
dicho Raúl Porras Barrenechea– llevó su
lengua, su organización social, los
adelantos de su técnica a las más
remotas regiones; civilizó Quito,
Charcas y el norte argentino. El Perú
hispánico del siglo XVI –añade el
historiador– asumió esa misma tarea
coordinadora del espíritu y es acaso por
eso que las grandes expediciones del
siglo XVI de esta parte del continente
–la de Chile, las del Río de la Plata,
la del Amazonas– partieron del Cusco, la
más vieja urbe del continente
sudamericano”. Del Cusco también partía
el Qhapacñan –el gran camino del Inca–
que, a través de una gigantesca red de
23 mil kilómetros, articulaba y vincula
aún físicamente ahora a Ecuador, al
Perú, Bolivia y el norte de Chile y
Argentina, y que cuando lo rehabilitemos
será, como en el pasado, el camino de la
solidaridad y de la unión fraterna entre
nuestros pueblos.
Cuando, en 1966, el
presidente Fernando Belaunde Terry
comprometió en Bogotá la participación
del Perú en el proceso integrador que
vivimos, honró esa vieja vocación y
reanudó una ya larga tradición
diplomática de la República, que se
expresó en los Congresos Americanos de
1847 y 1868. Confirmó así, también, su
decisión temprana, expresada en 1826 en
el Congreso Anfictiónico de Panamá –que
Bolívar convocó desde Lima– con el
concurso del Tribuno de la República,
José Faustino Sánchez Carrión, a la
sazón secretario del Libertador. Y esta
vieja ilusión integradora fue seguida en
el curso de la República por diferentes
líderes y caudillos populares del Perú,
que sintieron la necesidad de estrechar
lazos con los demás pueblos de la
América para vencer el subdesarrollo.
En 1966, un nuevo
signo, sin embargo, animaba el
renaciente empeño. No se trataba ya de
preservar la hegemonía de una cultura
ancestral o la independencia republicana
frente a la amenaza de las potencias
imperiales y europeas, sino de asegurar
el desarrollo integral de nuestros
pueblos, de preservar su identidad
histórica y cultural y, naturalmente, su
presencia en el concierto universal de
las naciones.
La
transnacionalización de las economías,
la revolución científica y tecnológica
nos enfrentan ahora a la globalización
que implica una enorme posibilidad, pero
entraña asimismo un enorme riesgo.
Constituye, por ello mismo, un nuevo y
diferente desafío para nuestros pueblos,
en el plano económico, y también en la
esfera de nuestras culturas e
identidades nacionales y regionales.
Hay, pues, un reto que es preciso
enfrentar y que el Perú jamás rehuirá.
Por ello mismo, contribuirá a consolidar
y profundizar todos los empeños, hasta
aquí llevados a cabo, sin perder de
vista el nuevo horizonte que la
coyuntura impone al proceso.
El sueño del mercado
común exige el logro de la libre
circulación de servicios, capitales y
personas, siguiendo la huella de la
libre circulación de bienes que ahora ya
se logró. Consecuente con esa
convicción, el Gobierno de transición ha
introducido un nuevo nivel arancelario
para insumos, partes y piezas que
aproxima el arancel peruano a la
estructura del arancel comunitario
existente, lo que facilitará alcanzar la
unión aduanera andina a corto plazo.
Está decidido, desde luego, a convenir
las normas y medidas para lograr los
otros objetivos en los plazos
convenidos.
La integración –como
lo ha recordado muy bien usted, señor
secretario general– no es sólo una
empresa económica. Es preciso fortalecer
la presencia y la proyección externa de
la Comunidad Andina como reflejo y
expresión de la unión y solidaridad del
destino de nuestros pueblos. El diseño
de una política exterior común, como
fruto del Consejo Andino de Ministros de
Relaciones Exteriores, puede y debe ser
el instrumento eficaz para ese
fundamental propósito. Naturalmente,
sobre la base de estados de derecho que
garanticen siempre la estabilidad y
continuidad de las políticas de Estado y
de gobiernos irrevocablemente
comprometidos con el respeto de la
libertad y de los derechos de sus
pueblos, según lo establece precisamente
el Compromiso de la Comunidad Andina por
la democracia. En ese contexto, una
Carta Democrática que, a iniciativa del
Perú, probablemente sea adoptada en la
próxima asamblea de la OEA, dará a la
comunidad hemisférica y, por cierto, a
la Comunidad Andina, un solo rostro y un
nuevo soporte jurídico y político para
proseguir en el empeño seguido hasta el
día de hoy. En ese clima, lograremos
algunos de los propósitos que
comprometieron el esfuerzo de nuestros
pueblos, en estrategias específicas
como, por ejemplo, las de la lucha
contra la droga y los delitos comunes,
y, ciertamente, en otras esferas y
actividades, puesto que la defensa de
los derechos humanos implica
necesariamente la lucha contra quienes
agreden el desarrollo integral de la
persona humana.
La integración, que
es, fundamentalmente, un proceso
político, según se ha recordado bien,
debe asociar activa y dinámicamente a
nuestros pueblos y no sólo a empresarios
y funcionarios. Acontece con ella lo que
ocurre con nuestras democracias.
Nuestros pueblos no quieren ya
democracias gobernadas, enfeudadas al
arbitrio y discreción de sus
representantes. Anhelan democracias
gobernantes, esto es, abiertas a la
participación permanente del pueblo por
la vía de la concertación, el diálogo y
el consenso. La integración, en ese
sentido, debe encarnar como el
sentimiento democrático, en la matriz
cultural de nuestras sociedades y
convertirse en necesidad y aspiración
profundamente sentida. Es perentoria,
pues, una activa prédica ideológica y
política que gane conciencias y
voluntades. Pero, como la democracia, la
integración puede implicar también una
forma de vida. Por ello, debe
materializarse en un proyecto sugestivo
de vida en común que enfrente
eficazmente los problemas que aquejan a
las grandes mayorías de nuestros
pueblos. Un proyecto que dé prioridad,
en efecto, y luche decididamente contra
la pobreza, que reconozca que la
verdadera igualdad en la era del
conocimiento no consiste ya sólo en una
justa distribución del tener, sino,
sobre todo, en una justa distribución
del saber, en una verdadera defensa de
la vida humana, que preserve la salud y
los derechos previsionales de todos; y,
desde luego, en la creación de
oportunidades de empleo que conviertan a
nuestras naciones en hogares, donde
todos sus hijos puedan realizarse
dignamente por obra de su trabajo.
El Perú acaba de
crear el Consejo Nacional de Desarrollo
Fronterizo, que pretende materializar la
aspiración de lograr políticas de
integración y desarrollo fronterizo
viables y eficaces en respuesta no sólo
al compromiso andino, sino al impulso de
instituciones como las universidades y
municipalidades fronterizas que,
adelantándose a la política oficial de
nuestros Estados, han puesto en marcha
acciones y programas que movilizan a las
poblaciones en torno de proyectos
comunes, sin hallar en todos los casos
la cooperación de los órganos a los que
compete su dirección y orientación. Allí
tenemos una tarea de búsqueda
imaginativa de mecanismos e instrumentos
para dar cauce a ese impulso autonómico
que ha sido el gran motor de la
integración económica y social de
Europa.
La globalización impone la necesidad de
reconocer que la integración es un
proceso abierto al viejo sueño de
integración sudamericano, que permite el
libre comercio entre el Mercosur y la
Comunidad Andina, la incorporación, en
términos justos y equilibrados, en el
Area de Libre Comercio de las Américas
y, eventualmente, establecer un acuerdo
de asociación con la Unión Europea que
signifique, también, libre comercio y un
mayor flujo de inversiones.
El cuadro
institucional de la Comunidad Andina
asegura, ciertamente, una apropiada
participación y conducción del proceso.
Sin embargo, ninguna garantía es más
sólida que el pleno imperio de la
democracia y del estado de derecho. Este
último brinda precisamente estabilidad y
seguridad a nuestras instituciones y
sociedades, y confianza en las reglas de
juego y en el proceso de integración a
sus socios comerciales y a los
inversionistas extranjeros. En ese
sentido, cobra la mayor importancia
garantizar el cumplimiento de las
decisiones de todos los órganos de la
Comunidad y, en especial, de los fallos
del Tribunal Andino, ya que sólo así se
fortalecerá la cooperación entre los
países con el pleno respaldo del
ordenamiento jurídico comunitario.
He aquí, pues, un
conjunto de tareas que implican una
suerte de mandatos incitantes y
sugestivos para el futuro, que ahora
podemos ver con optimismo y fe, si
contemplamos además el camino recorrido
y que nos ha descrito tan bien el señor
secretario general, en sus rasgos
fundamentales. En efecto, se ha creado
un espacio que empieza a tener
significado en la economía y en el
comercio de nuestros países, y que
ofrece condiciones e impone la necesidad
de proyectarse en todas las esferas de
la vida de nuestros pueblos. Por todo
esto, mirando el pasado reciente y
oteando las líneas del horizonte,
convencidos de nuestra voluntad y
decisión integracionistas, y como una
apuesta realista de porvenir, podemos
expresar nuestra fe y determinación de
proseguir con el empeño usando para ello
las palabras del historiador:
“Y a pesar de todos
los esfuerzos, una inmensa tarea por
realizar”.
“Y a pesar de todas
las realizaciones, una bella promesa aún
no cumplida”, y que tenemos que
alcanzar.