Discurso de la Congresista Doctora Martha Hildebrandt
en ocasión de la Inauguración del Monumento al Libertador
Simón Bolívar en la sede de la Comunidad Andina

Lima, 1 de setiembre de 1998

Señoras y señores:

Hace 175 años, a las tres de la tarde del 1º de setiembre de 1823, hizo su entrada en Lima el general Simón Bolívar. La ciudad de los Virreyes lo recibió con entusiasmo y pompa: salvas, cañonazos, colgaduras, repique de campanas. Tal parecía que se estaba recibiendo ya al triunfador de la campaña final contra la dominación española, y no al general que venía a luchar para lograr una difícil victoria.

Ese mismo 1º de setiembre empezaron a contarse los tres años casi exactos de la vida peruana de Bolívar. El Perú le ratificó el singular título de Libertador, que antes le habían otorgado, en su país natal, las ciudades de Mérida y Caracas. Bolívar agradeció al Congreso peruano la confianza en él depositada y prometió, en nombre de los soldados del ejército patriota, luchar, vencer y dejar libre el territorio del Perú, o morir en esa empresa.

En efecto, la empresa que tenía ante sí era gigantesca. Otros, la habrían juzgado imposible.

Después del desastre del ejército de San Martín en la primera campaña a puertos intermedios, la situación militar era crítica. El poderoso ejército realista, con el Virrey La Serna y los generales Canterac, Valdés y Monet a la cabeza, dominaba la sierra y el sur del país. Y el gobierno del Perú era disputado por dos Presidentes: el marqués de Torre Tagle, respaldado por el Congreso, y Riva Agüero.

Bolívar decidió que la campaña patriota debía tener como escenario las alturas de los Andes. Consideraba que esta inmensa cordillera era la zona clave para el dominio de todo el territorio del Perú. Creía firmemente que los soldados del ejército patriota - muchos de ellos provenientes de tierras bajas y cálidas - tenían que aclimatarse a las alturas, a fin de estar preparados cuando llegara el tiempo de las batallas decisivas.

En una carta de diciembre de 1823, dirigida al Presidente Torre Tagle, le dice Bolívar:

"Estoy experimentando por mí mismo que la sierra en invierno es intransitable; además, sin aclimatar nuestras tropas, no se puede contar con ellas. Debemos hacer marchar mucho a nuestros soldados por las punas para enseñarles a respirar el soroche y a saltar por entre las peñas como los guanacos, en cuyo país vamos a hacer la guerra".

(Bolívar usa en este texto la palabra soroche con el sentido de `aire enrarecido´, y no con el significado general de `mal de altura´ producido por la escasez de oxígeno).


La obra del Libertador en el Perú como estadista y creador de instituciones es conocida. Al mismo tiempo que preparaba la campaña emancipadora, se daba tiempo para crear universidades, escuelas normales y liceos; Cortes Superiores y Corte Suprema; juntas de sanidad, servicio de correos y cárceles modelo. También se dieron entonces normas para organizar el Estado peruano y José Gregorio Paredes creó la bandera y el escudo que hoy son símbolos de nuestra patria.

La amplia visión de estadista de Bolívar implicaba, sin duda alguna, la concepción de un claro esquema de organización futura para las naciones sudamericanas en formación. Había que legislar sobre la obtención y utilización de recursos del erario; la tarea, competencia e integridad de los funcionarios; la justicia en la administración de justicia; la rehabilitación y la dignificación de los oprimidos seculares: indígenas y esclavos. Ese esquema abarcaba también la democratización de la educación; el fomento de la industria; el desarrollo de las vías de comunicación; el incremento del comercio interno y externo. Todo fue objeto no sólo de la preocupación, sino también del actuar directo del Libertador.

Y si de su obra en estos amplios campos sólo quedó una débil huella, ello puede explicarse porque más que su labor innovadora pesaron los tres siglos de dominio de la metrópoli y su negativo resultado: la América hispana estaba incapacitada para el gobierno autónomo y para una administración ordenada y eficiente.


Fue, precisamente, en los tres años y dos días de su agitada vida peruana - especialmente, en el intenso año y medio que va desde diciembre de 1823 hasta julio de 1825 -- cuando Bolívar desplegó sus condiciones de estadista brillante y eficaz administrador.

Antes de su llegada a este país, el Libertador se había referido muchas veces a su incapacidad para las tareas administrativas, así como al disgusto y aversión que ellas le causaban. A pesar de eso, en el Perú las circunstancias lo obligaron, no sólo a la administración menuda referente a la campaña, sino aun a crear los organismos encargados de producir y distribuir distintos recursos en las más difíciles circunstancias.

Bolívar asumió el reto con decisión, tenacidad, formidable energía y un cuidado del detalle que fue, sin duda, uno de los secretos de su triunfo. Para su propia sorpresa, el Libertador dio claras y contundentes muestras de sus, hasta entonces, desconocidas aptitudes para crear y administrar recursos. Bolívar fue, también en ese campo, un intuitivo genial y un concienzudo autodidacto, al mismo tiempo que un jefe vehemente, insistente e implacable que predicaba con el ejemplo una dedicación absoluta al logro de los fines de la campaña libertadora.


Bolívar, ante todo, exigía probidad y eficiencia en el manejo de la cosa pública. Un severo decreto suyo sanciona no sólo a los prevaricadores, sino también a los ineficientes y a los negligentes, y llega a responsabilizar a los funcionarios por las faltas de sus subalternos.

En julio de 1825 el Libertador escribe a don Hipólito Unanue, entonces Presidente del Consejo de Gobierno, desde el Cuzco:

"... hay mucho robo todavía y este robo se debe denunciar al Congreso, al público, y perseguir más que a los godos. La mayor parte de los agentes del gobierno le roban su sangre, y esto debe gritarse en los papeles públicos [la prensa] y en todas partes".

Entonces, como durante el virreinato y en todos los tiempos, la corrupción era el principal enemigo del Estado


Bolívar, como Napoléon, no acató nunca la conocida máxima latina De minimis non curat praetor, es decir, El jefe no se ocupa de los detalles. El Libertador, nacido millonario y aristócrata, no desdeñaba descender, cuando era necesario, a los niveles más prosaicos de la logística.

Como antes en sus campañas de Venezuela y de la Nueva Granada, el general Bolívar se ocupó en el Perú de todo lo concerniente a sus soldados: alimentación, vestido, alojamiento, descanso, moral de combate. Como en esa época la caballería cumplía las funciones de las divisiones motorizadas de hoy, Bolívar concedía especial atención a los caballos: forraje, agua, abrigo, descanso, monturas, herraduras.

Las herraduras, sobre todo, le quitaron el sueño muchas noches. Dictó páginas y páginas recomendando que los clavos de las herraduras se hicieran del mejor hierro, el de Vizcaya; que se economizaran, cuando eran escasas, herrando sólo las patas delanteras de las cabalgaduras; que se enterraran los malos clavos para que no hubiera peligro de que se usaran y causaran daños en los cascos de los caballos.

El Libertador se ocupó con igual minuciosidad de las bestias de carga, del correo, del combustible (muchas veces improvisado o distinto de lo usual), del transporte y de las maestranzas. Se informó detalladamente, y decidió minuciosamente, sobre todo aquello que, si hubiera sido descuidado, habría puesto en peligro la obra cumbre de su vida dedicada a la emancipación de medio continente.

En esa descomunal, ímproba, agobiante tarea, el Libertador se apoyó en el Perú en su Ministro Universal, su único Ministro: José Faustino Sánchez Carrión.

Durante siete durísimos meses, Sánchez Carrión fue el brazo derecho de Bolívar en todo lo referente a la organización del ejército y del país entero. Desde la retaguardia, el Ministro Universal tenía que conseguir y proveer los recursos humanos, logísticos y económicos que Bolívar exigía, a veces perentoriamente. Y, al mismo tiempo, ejecutar las importantes medidas administrativas dispuestas, sobre la marcha, por el Libertador.

Sánchez Carrión, ideólogo y patriota de treinta y siete años de edad y mala salud, a quien quedaban entonces pocos meses de vida, supo dejarla en el esfuerzo titánico de proporcionar a Bolívar el apoyo material e intelectual que permitió el triunfo de Junín, y luego el de Ayacucho.

Si la causa patriota tuvo éxito en el Perú, ello se debió, por lo menos en parte, al realismo del Libertador en cuanto a lo que podía y debía exigirse al ejército patriota. Bolívar no fue un teórico europeizante como su ilustre compatriota don Francisco de Miranda quien, esperando encontrar en Venezuela cuerpos de ejército semejantes a los napoleónicos en los cuales había servido, se desalentó cuando vio a los jinetes llaneros de lanza y taparrabo, que luego pelearon bravamente en la campaña del Perú.

Bolívar supo luchar y vencer con los soldados y las armas que estaban a su alcance, y no pidió a la América de entonces lo que ella no le podría proveer. Porque fue un hombre de genio, el Libertador supo adaptarse a su circunstancia americana, y hacer prevalecer - sobre sus naturales exigencias -- un sentido práctico que le hacía no tener a menos ocuparse de los detalles más prosaicos si de ellos podía depender el éxito de la campaña libertadora.

De minimis curat praetor: El jefe sí se ocupa de los detalles. Esa es la gran lección que nos deja Bolívar como administrador en el Perú.


La estatua del Libertador que tenemos ante nuestros ojos, y que hoy, precisamente en el aniversario número 175 de su entrada a Lima, se inaugura en la sede de la Comunidad Andina, ¿qué Bolívar representa?, ¿qué etapa de su vida?, ¿qué actitud de su espíritu?

Esta estatua sedente parece trasmitirnos una sensación de reposo, de serena tristeza, de honda reflexión.

Podemos pensar que corresponde, precisamente, a su morada en Lima, a la seguridad de la misión cumplida: la libertad de la América del Sur, ganada por el triunfo definitivo de Ayacucho.

El Libertador, en la figura de general-tribuno, tiene la mano izquierda sobre el pomo de la espada. La derecha descansa, abierta, sobre un pliegue del capote

Es un Bolívar triste. Es un Bolívar solo. Es un Bolívar que parece avizorar los duros años que le esperan en el tiempo que falta antes de emprender el último viaje por el Magdalena...

El Libertador parece hacer un recuento minucioso de toda su existencia. Una vida signada por extremos: extremos de luz, extremos de sombra.


Simón José Antonio de la Trinidad Bolívar y Palacios nació en cuna de oro el 24 de julio de 1783. Era el cuarto hijo de una familia mantuana, es decir aristocrática y rica, de Caracas.

Pero su joven madre, ya infectada por la tuberculosis, no lo pudo amamantar ni estar muy cerca de él en sus primeros meses de vida. Una amiga de ella fue la primera nodriza del recién nacido: el Libertador nunca la olvidó.

Cuando tenía dos años y medio, muere el padre. Cuando tenía nueve, pierde a la madre. Pasa a ser jefe de familia el abuelo materno, don Feliciano Palacios. El anciano, al parecer ansioso de librarse de incómodas responsabilidades, casa en pocos meses a las hermanitas del niño Simón: María Antonia, de quince años, y Juana, de trece.

Las dos jovencitas salen del hogar paterno que pierde así, súbitamente, la presencia femenina. Quedan Simón y su hermano Juan Vicente, con el abuelo. Los tíos maternos están bastante cerca.

Simón es un niño precoz, inteligente y caprichoso, mimado y consentido sobre todo por la negra Hipólita, su nodriza y ama de cría. Esta esclava de la Hacienda San Mateo, propiedad de los Bolívar, tenía treinta años cuando nació el niño Simón. Y fue, como veremos, madre y padre para él.

¿Madre y padre? ¿Es eso cierto? Sí, hay pruebas claras de esa peculiar situación. En 1825, precisamente desde el Perú, escribe Bolívar a su hermana María Antonia.

"Te mando una carta de mi madre Hipólita para que le des lo que ella quiere; para que hagas por ella como si fuera tu madre: su leche ha alimentado mi vida y no he conocido otro padre que ella".

Según una anécdota de la época, cuando el Libertador entró en Caracas en triunfo en enero de 1827,divisó a Hipólita entre la multitud. Apenas la vio abandonó su lugar de honor en la comitiva y corrió a echarse en sus brazos. La ya vieja Hipólita lloraba de alegría.

Parece claro y natural que una nodriza y ama de cría sustituya con el tiempo la imagen de la madre muerta. Pero es poco natural y menos claro el hecho de que una figura femenina asuma la imagen del padre no recordado, habiendo en la familia otras figuras masculinas (el abuelo, los tíos) que podrían haber tomado ese lugar. Y resulta insólito, por decir lo menos, que el Libertador confiese, a sus cuarenta y dos años, "no he conocido otro padre que ella".


Simón Bolívar, huérfano de padre a los dos años, huérfano de madre a los nueve, y a esa misma edad separado bruscamente de sus dos hermanas, fue viudo antes de cumplir los veinte años.

María Teresa Toro, con quien se había casado en Madrid en mayo de 1802, murió de fiebres en la hacienda de los Bolívar en enero de 1803, a los veintiún años. El sino de Bolívar parece haber sido el verse privado sucesivamente de la ternura femenina familiar: huérfano de madre y privado prematuramente de hermanas y de esposa.

Si bien es verdad que su vida adulta está salpicada de amoríos, cuando la muerte llega no está cerca de él la mujer que lo amó y lo acompañó por muchos años, la que en una ocasión salvó su vida y a quien él llamó la libertadora del Libertador.

No sólo no estuvo a su lado en el lecho de muerte esa mujer que compartió con él los años más intensos de su vida. Tampoco tuvo, en sus últimos días de desilusión y de abandono, el consuelo de una mano femenina sobre su afiebrada frente.

En Santa Marta, sus leales pero rudos edecanes constituían su única familia. Sin darse cuenta de lo cruel de su conducta, jugaban cartas, fumaban y hablaban en voz alta mientras montaban guardia en una habitación contigua a aquella en la que agonizaba el Libertador.

Una pobre cocinera, enternecida, pidió entrar a cuidarlo, pero no se lo permitieron. El sino de Bolívar se cumplía: carencia de ternura materna, efímero amor conyugal, muerte sin una presencia femenina a su cabecera.


Volvamos a su efigie. Tal vez esté pensando en todas esas íntimas tristezas, este Libertador de cinco repúblicas.

O, tal vez, esté repitiendo mentalmente la frase suya que hoy guía a los países de la Comunidad Andina:

"Para nosotros, la Patria es la América".

Muchas gracias.