Señoras y señores:
Hace 175 años, a las
tres de la tarde del 1º de setiembre de
1823, hizo su entrada en Lima el general
Simón Bolívar. La ciudad de los Virreyes
lo recibió con entusiasmo y pompa:
salvas, cañonazos, colgaduras, repique
de campanas. Tal parecía que se estaba
recibiendo ya al triunfador de la
campaña final contra la dominación
española, y no al general que venía a
luchar para lograr una difícil victoria.
Ese mismo 1º de
setiembre empezaron a contarse los tres
años casi exactos de la vida peruana de
Bolívar. El Perú le ratificó el singular
título de Libertador, que
antes le habían otorgado, en su país
natal, las ciudades de Mérida y Caracas.
Bolívar agradeció al Congreso peruano la
confianza en él depositada y prometió,
en nombre de los soldados del ejército
patriota, luchar, vencer y dejar libre
el territorio del Perú, o morir en esa
empresa.
En efecto, la empresa
que tenía ante sí era gigantesca. Otros,
la habrían juzgado imposible.
Después del desastre
del ejército de San Martín en la primera
campaña a puertos intermedios, la
situación militar era crítica. El
poderoso ejército realista, con el
Virrey La Serna y los generales Canterac,
Valdés y Monet a la cabeza, dominaba la
sierra y el sur del país. Y el gobierno
del Perú era disputado por dos
Presidentes: el marqués de Torre Tagle,
respaldado por el Congreso, y Riva
Agüero.
Bolívar decidió que
la campaña patriota debía tener como
escenario las alturas de los Andes.
Consideraba que esta inmensa cordillera
era la zona clave para el dominio de
todo el territorio del Perú. Creía
firmemente que los soldados del ejército
patriota - muchos de ellos provenientes
de tierras bajas y cálidas - tenían que
aclimatarse a las alturas, a fin de
estar preparados cuando llegara el
tiempo de las batallas decisivas.
En una carta de
diciembre de 1823, dirigida al
Presidente Torre Tagle, le dice Bolívar:
"Estoy experimentando
por mí mismo que la sierra en invierno
es intransitable; además, sin aclimatar
nuestras tropas, no se puede contar con
ellas. Debemos hacer marchar mucho a
nuestros soldados por las punas
para enseñarles a respirar el
soroche y a saltar por entre las
peñas como los guanacos,
en cuyo país vamos a hacer la guerra".
(Bolívar usa en este
texto la palabra soroche
con el sentido de `aire enrarecido´, y
no con el significado general de `mal de
altura´ producido por la escasez de
oxígeno).
La obra del
Libertador en el Perú como estadista y
creador de instituciones es conocida. Al
mismo tiempo que preparaba la campaña
emancipadora, se daba tiempo para crear
universidades, escuelas normales y
liceos; Cortes Superiores y Corte
Suprema; juntas de sanidad, servicio de
correos y cárceles modelo. También se
dieron entonces normas para organizar el
Estado peruano y José Gregorio Paredes
creó la bandera y el escudo que hoy son
símbolos de nuestra patria.
La amplia visión de
estadista de Bolívar implicaba, sin duda
alguna, la concepción de un claro
esquema de organización futura para las
naciones sudamericanas en formación.
Había que legislar sobre la obtención y
utilización de recursos del erario; la
tarea, competencia e integridad de los
funcionarios; la justicia en la
administración de justicia; la
rehabilitación y la dignificación de los
oprimidos seculares: indígenas y
esclavos. Ese esquema abarcaba también
la democratización de la educación; el
fomento de la industria; el desarrollo
de las vías de comunicación; el
incremento del comercio interno y
externo. Todo fue objeto no sólo de la
preocupación, sino también del actuar
directo del Libertador.
Y si de su obra en
estos amplios campos sólo quedó una
débil huella, ello puede explicarse
porque más que su labor innovadora
pesaron los tres siglos de dominio de la
metrópoli y su negativo resultado: la
América hispana estaba incapacitada para
el gobierno autónomo y para una
administración ordenada y eficiente.
Fue, precisamente, en
los tres años y dos días de su agitada
vida peruana - especialmente, en el
intenso año y medio que va desde
diciembre de 1823 hasta julio de 1825 --
cuando Bolívar desplegó sus condiciones
de estadista brillante y eficaz
administrador.
Antes de su llegada a
este país, el Libertador se había
referido muchas veces a su incapacidad
para las tareas administrativas, así
como al disgusto y aversión que ellas le
causaban. A pesar de eso, en el Perú las
circunstancias lo obligaron, no sólo a
la administración menuda referente a la
campaña, sino aun a crear los organismos
encargados de producir y distribuir
distintos recursos en las más difíciles
circunstancias.
Bolívar asumió el
reto con decisión, tenacidad, formidable
energía y un cuidado del detalle que
fue, sin duda, uno de los secretos de su
triunfo. Para su propia sorpresa, el
Libertador dio claras y contundentes
muestras de sus, hasta entonces,
desconocidas aptitudes para crear y
administrar recursos. Bolívar fue,
también en ese campo, un intuitivo
genial y un concienzudo autodidacto, al
mismo tiempo que un jefe vehemente,
insistente e implacable que predicaba
con el ejemplo una dedicación absoluta
al logro de los fines de la campaña
libertadora.
Bolívar, ante todo,
exigía probidad y eficiencia en el
manejo de la cosa pública. Un severo
decreto suyo sanciona no sólo a los
prevaricadores, sino también a los
ineficientes y a los negligentes, y
llega a responsabilizar a los
funcionarios por las faltas de sus
subalternos.
En julio de 1825 el
Libertador escribe a don Hipólito Unanue,
entonces Presidente del Consejo de
Gobierno, desde el Cuzco:
"... hay mucho robo
todavía y este robo se debe denunciar al
Congreso, al público, y perseguir más
que a los godos. La mayor
parte de los agentes del gobierno le
roban su sangre, y esto debe gritarse en
los papeles públicos [la prensa] y en
todas partes".
Entonces, como
durante el virreinato y en todos los
tiempos, la corrupción era el principal
enemigo del Estado
Bolívar, como
Napoléon, no acató nunca la conocida
máxima latina De minimis non curat
praetor, es decir, El jefe
no se ocupa de los detalles. El
Libertador, nacido millonario y
aristócrata, no desdeñaba descender,
cuando era necesario, a los niveles más
prosaicos de la logística.
Como antes en sus
campañas de Venezuela y de la Nueva
Granada, el general Bolívar se ocupó en
el Perú de todo lo concerniente a sus
soldados: alimentación, vestido,
alojamiento, descanso, moral de combate.
Como en esa época la caballería cumplía
las funciones de las divisiones
motorizadas de hoy, Bolívar concedía
especial atención a los caballos:
forraje, agua, abrigo, descanso,
monturas, herraduras.
Las herraduras, sobre
todo, le quitaron el sueño muchas
noches. Dictó páginas y páginas
recomendando que los clavos de las
herraduras se hicieran del mejor hierro,
el de Vizcaya; que se economizaran,
cuando eran escasas, herrando sólo las
patas delanteras de las cabalgaduras;
que se enterraran los malos clavos para
que no hubiera peligro de que se usaran
y causaran daños en los cascos de los
caballos.
El Libertador se
ocupó con igual minuciosidad de las
bestias de carga, del correo, del
combustible (muchas veces improvisado o
distinto de lo usual), del transporte y
de las maestranzas. Se informó
detalladamente, y decidió
minuciosamente, sobre todo aquello que,
si hubiera sido descuidado, habría
puesto en peligro la obra cumbre de su
vida dedicada a la emancipación de medio
continente.
En esa descomunal,
ímproba, agobiante tarea, el Libertador
se apoyó en el Perú en su Ministro
Universal, su único Ministro: José
Faustino Sánchez Carrión.
Durante siete
durísimos meses, Sánchez Carrión fue el
brazo derecho de Bolívar en todo lo
referente a la organización del ejército
y del país entero. Desde la retaguardia,
el Ministro Universal tenía que
conseguir y proveer los recursos
humanos, logísticos y económicos que
Bolívar exigía, a veces perentoriamente.
Y, al mismo tiempo, ejecutar las
importantes medidas administrativas
dispuestas, sobre la marcha, por el
Libertador.
Sánchez Carrión,
ideólogo y patriota de treinta y siete
años de edad y mala salud, a quien
quedaban entonces pocos meses de vida,
supo dejarla en el esfuerzo titánico de
proporcionar a Bolívar el apoyo material
e intelectual que permitió el triunfo de
Junín, y luego el de Ayacucho.
Si la causa patriota
tuvo éxito en el Perú, ello se debió,
por lo menos en parte, al realismo del
Libertador en cuanto a lo que podía y
debía exigirse al ejército patriota.
Bolívar no fue un teórico europeizante
como su ilustre compatriota don
Francisco de Miranda quien, esperando
encontrar en Venezuela cuerpos de
ejército semejantes a los napoleónicos
en los cuales había servido, se
desalentó cuando vio a los jinetes
llaneros de lanza y taparrabo, que luego
pelearon bravamente en la campaña del
Perú.
Bolívar supo luchar y
vencer con los soldados y las armas que
estaban a su alcance, y no pidió a la
América de entonces lo que ella no le
podría proveer. Porque fue un hombre de
genio, el Libertador supo adaptarse a su
circunstancia americana, y hacer
prevalecer - sobre sus naturales
exigencias -- un sentido práctico que le
hacía no tener a menos ocuparse de los
detalles más prosaicos si de ellos podía
depender el éxito de la campaña
libertadora.
De minimis
curat praetor: El jefe sí se ocupa de
los detalles. Esa es la gran
lección que nos deja Bolívar como
administrador en el Perú.
La estatua del
Libertador que tenemos ante nuestros
ojos, y que hoy, precisamente en el
aniversario número 175 de su entrada a
Lima, se inaugura en la sede de la
Comunidad Andina, ¿qué Bolívar
representa?, ¿qué etapa de su vida?,
¿qué actitud de su espíritu?
Esta estatua sedente
parece trasmitirnos una sensación de
reposo, de serena tristeza, de honda
reflexión.
Podemos pensar que
corresponde, precisamente, a su morada
en Lima, a la seguridad de la misión
cumplida: la libertad de la América del
Sur, ganada por el triunfo definitivo de
Ayacucho.
El Libertador, en la
figura de general-tribuno, tiene la mano
izquierda sobre el pomo de la espada. La
derecha descansa, abierta, sobre un
pliegue del capote
Es un Bolívar triste.
Es un Bolívar solo. Es un Bolívar que
parece avizorar los duros años que le
esperan en el tiempo que falta antes de
emprender el último viaje por el
Magdalena...
El Libertador parece
hacer un recuento minucioso de toda su
existencia. Una vida signada por
extremos: extremos de luz, extremos de
sombra.
Simón José Antonio de
la Trinidad Bolívar y Palacios nació en
cuna de oro el 24 de julio de 1783. Era
el cuarto hijo de una familia
mantuana, es decir aristocrática
y rica, de Caracas.
Pero su joven madre,
ya infectada por la tuberculosis, no lo
pudo amamantar ni estar muy cerca de él
en sus primeros meses de vida. Una amiga
de ella fue la primera nodriza del
recién nacido: el Libertador nunca la
olvidó.
Cuando tenía dos años
y medio, muere el padre. Cuando tenía
nueve, pierde a la madre. Pasa a ser
jefe de familia el abuelo materno, don
Feliciano Palacios. El anciano, al
parecer ansioso de librarse de incómodas
responsabilidades, casa en pocos meses a
las hermanitas del niño Simón: María
Antonia, de quince años, y Juana, de
trece.
Las dos jovencitas
salen del hogar paterno que pierde así,
súbitamente, la presencia femenina.
Quedan Simón y su hermano Juan Vicente,
con el abuelo. Los tíos maternos están
bastante cerca.
Simón es un niño
precoz, inteligente y caprichoso, mimado
y consentido sobre todo por la negra
Hipólita, su nodriza y ama de cría. Esta
esclava de la Hacienda San Mateo,
propiedad de los Bolívar, tenía treinta
años cuando nació el niño Simón. Y fue,
como veremos, madre y padre para él.
¿Madre y padre? ¿Es
eso cierto? Sí, hay pruebas claras de
esa peculiar situación. En 1825,
precisamente desde el Perú, escribe
Bolívar a su hermana María Antonia.
"Te mando una carta
de mi madre Hipólita para que le des lo
que ella quiere; para que hagas por ella
como si fuera tu madre: su leche ha
alimentado mi vida y no he conocido otro
padre que ella".
Según una anécdota de
la época, cuando el Libertador entró en
Caracas en triunfo en enero de
1827,divisó a Hipólita entre la
multitud. Apenas la vio abandonó su
lugar de honor en la comitiva y corrió a
echarse en sus brazos. La ya vieja
Hipólita lloraba de alegría.
Parece claro y
natural que una nodriza y ama de cría
sustituya con el tiempo la imagen de la
madre muerta. Pero es poco natural y
menos claro el hecho de que una figura
femenina asuma la imagen del padre no
recordado, habiendo en la familia otras
figuras masculinas (el abuelo, los tíos)
que podrían haber tomado ese lugar. Y
resulta insólito, por decir lo menos,
que el Libertador confiese, a sus
cuarenta y dos años, "no he conocido
otro padre que ella".
Simón Bolívar,
huérfano de padre a los dos años,
huérfano de madre a los nueve, y a esa
misma edad separado bruscamente de sus
dos hermanas, fue viudo antes de cumplir
los veinte años.
María Teresa Toro,
con quien se había casado en Madrid en
mayo de 1802, murió de fiebres en la
hacienda de los Bolívar en enero de
1803, a los veintiún años. El sino de
Bolívar parece haber sido el verse
privado sucesivamente de la ternura
femenina familiar: huérfano de madre y
privado prematuramente de hermanas y de
esposa.
Si bien es verdad que
su vida adulta está salpicada de
amoríos, cuando la muerte llega no está
cerca de él la mujer que lo amó y lo
acompañó por muchos años, la que en una
ocasión salvó su vida y a quien él llamó
la libertadora del Libertador.
No sólo no estuvo a
su lado en el lecho de muerte esa mujer
que compartió con él los años más
intensos de su vida. Tampoco tuvo, en
sus últimos días de desilusión y de
abandono, el consuelo de una mano
femenina sobre su afiebrada frente.
En Santa Marta, sus
leales pero rudos edecanes constituían
su única familia. Sin darse cuenta de lo
cruel de su conducta, jugaban cartas,
fumaban y hablaban en voz alta mientras
montaban guardia en una habitación
contigua a aquella en la que agonizaba
el Libertador.
Una pobre cocinera,
enternecida, pidió entrar a cuidarlo,
pero no se lo permitieron. El sino de
Bolívar se cumplía: carencia de ternura
materna, efímero amor conyugal, muerte
sin una presencia femenina a su
cabecera.
Volvamos a su efigie.
Tal vez esté pensando en todas esas
íntimas tristezas, este Libertador de
cinco repúblicas.
O, tal vez, esté
repitiendo mentalmente la frase suya que
hoy guía a los países de la Comunidad
Andina:
"Para nosotros, la
Patria es la América".
Muchas gracias.