Sudamérica: El desafío de la inclusión
social
Presentación del
Ministro de Relaciones Exteriores de
Chile Alejandro Foxley en la Reunión de
Cancilleres de la Comunidad Sudamericana
de Naciones
Santiago, 24 de noviembre de 2006
I. UNA
REGIÓN DE PROMESAS POR CUMPLIR
Sudamérica
ocupa una superficie de 18 millones de
kilómetros cuadrados, que albergan una
población de 370 millones de personas.
Tanto en superficie como en población,
Sudamérica es muy similar a la suma de
Estados Unidos y Canadá.
Los doce
países que integramos esta región
compartimos una historia común. Varios
de nosotros alcanzamos nuestra
independencia con el liderazgo de
hombres visionarios que soñaron con una
región unida, autónoma y respetada. La
constitución de nuestras identidades
nacionales fue un proceso complejo, que
generó tensiones y enfrentamientos.
Adicionalmente, la gran mayoría de
nosotros quedamos atrapados entre los
fuegos de la guerra fría y conocimos la
oscuridad de la violencia política, los
golpes militares y las dictaduras.
Aquella dolorosa experiencia forjó en
nuestros actuales líderes una especial
valoración de la democracia.
Varios de
nuestros actuales presidentes eran hace
25 años luchadores sociales, algunos
conocieron la persecución política y el
exilio. Hace 25 años la mayor parte de
los países de la región estaban
gobernados por regímenes de facto. Hoy
todos contamos con autoridades elegidas
por la ciudadanía.
La
democracia y la paz son los grandes
logros de Sudamérica. Estos son logros
que debemos valorar y preservar. Pero es
mucho aún lo que queda por hacer.
Hace 100
años Sudamérica era una región de
grandes promesas, avaladas por
incalculables riquezas naturales y una
población joven y vital. Pero esa
riqueza natural y humana no fue
suficiente para compensar las trabas que
encontró el proceso de desarrollo.
Como bien
afirma Amartya Sen, el crecimiento
material de la sociedad es una dimensión
necesaria de la libertad y el desarrollo
de las personas.
En nuestra
región hemos heredado un pesado fardo de
actitudes hostiles al crecimiento y el
desarrollo material. También la
proclividad a adoptar modelos, políticas
y decisiones atendiendo a oportunismos
políticos coyunturales, o simplemente de
manera irresponsable y demagógica. Ello
explica que hoy sigamos siendo una
región de promesas, y que con el correr
del tiempo nuestra gente haya ido, con
razón, perdiendo la disposición a
esperar para verlas realizadas.
También es
cierto que parte de las trabas al
desarrollo de Sudamérica fueron
externas. Muchas veces nos hemos
enfrentado a reglas injustas, a
exigencias y condiciones que quienes nos
las imponían no habían sido capaces de
cumplirlas en su momento. Pero
igualmente cierto es que como región no
fuimos capaces de unir nuestras fuerzas
y nuestras voces para defender nuestros
intereses en los foros internacionales.
La formación de la Comunidad
Sudamericana de Naciones representa un
esfuerzo por revertir nuestras
tradicionales divisiones.
Hoy no
queremos encerrarnos en nuestra región.
Queremos competir en igualdad de
condiciones con el resto del mundo, bajo
reglas justas y transparentes. Ello no
sólo implica cambios importantes en
nuestras mentalidades y en la adopción
de modelos y políticas adecuadas,
funcionales al crecimiento y a una
efectiva superación de la exclusión
social. También exige la progresiva
unidad de nuestra región. Esa unidad es
imprescindible, pues los fuertes
desequilibrios actuales en el poderío
económico de los países hace casi
imposible competir en forma aislada.
Pero para
competir y desarrollarse hoy no basta
con la unidad de intereses. Parte
importante de los obstáculos al
desarrollo están en nosotros mismos.
Somos una región rica en recursos
naturales, pero carecemos de la
infraestructura y la capacidad para
explotarlos racionalmente.
Contamos
también con 370 millones de
sudamericanos con esperanzas, energías e
ideas, pero excluimos a una
significativa parte de ellos de los
frutos del crecimiento.
II. UNA
REGIÓN SIGNADA POR LA INEQUIDAD
Sudamérica
presenta un producto per capita promedio
de casi 7.000 dólares, con una
diferencia de cinco veces entre el país
más rico y el más pobre. Estas
diferencias se reflejan en diferencias
en el grado de desarrollo humano de cada
uno de los países de la región.

Midiendo
la desigualdad a través del Índice de
Gini se ha establecido que entre los
años setenta y noventa Sudamérica
presentó una desigualdad en la
distribución de los ingresos y el
consumo casi 10 puntos superior a la de
Asia, 17,5 puntos mayor que la de los 30
países de la OCDE.
Si bien
esta comparación es ingrata, a la vez es
necesaria por dos razones. Primero, nos
plantea crudamente la magnitud del
problema que enfrentamos. Segundo, nos
indica con claridad hacia donde debemos
mirar en términos de experiencias
paradigmáticas, de modelos y
trayectorias históricas dignos de
imitación. Claramente, no son nuestras
propias realidades las fuentes de donde
extraer lecciones de la experiencia. Hay
que dirigir la vista hacia el universo
de las historias de éxito, y
considerar el propio fracaso a lo más
como ejemplo de como no hacer las cosas.
Como
resultado del lento crecimiento y las
fuertes desigualdades en los países de
la región, Sudamérica alberga hoy a
alrededor de 150 millones de pobres,
equivalentes a más de 40% de su
población total.
El ingreso
total acumulado de los 150 millones de
pobres sudamericanos, llega apenas a
88.000 millones de dólares, similar al
PIB con que Singapur o Nueva Zelanda
cuentan para distribuir entre 5 millones
de habitantes, respectivamente. Como es
bien sabido, los dos países mencionados
son casos ejemplares de economías
pequeñas, que parten de condiciones
iniciales adversas. Lo que explica la
diferencia contemporánea entre ellas y
nosotros es en gran medida la adopción
de acertadas decisiones en cuanto a
modelos de desarrollo, y de un diseño e
implementación de políticas eficaces en
la superación del atraso material y de
la exclusión social.
III. DE LA
POBREZA Y LA DESIGUALDAD A LA EXCLUSIÓN
Un estudio
del Banco Mundial concluyó, hace un par
de años atrás, que la desigualdad en
América Latina está vinculada a nuestro
pasado colonial y a economías basadas
primordialmente en la explotación de
recursos naturales. A ello hay que
añadir un siglo XX plagado de
experiencias de gestión gubernamental
significativamente disfuncionales
respecto del crecimiento y la superación
de la exclusión social.
Por
consiguiente, reducir la desigualdad
requiere en buena medida de un gran
esfuerzo por generar nuevas ventajas
comparativas, apoyadas en los talentos,
competencias y capacidad de innovar de
nuestra gente. Ese gran esfuerzo es una
condición necesaria para transitar
progresivamente hacia una auténtica
economía del conocimiento, que
privilegie y descanse en un recurso
humano cualitativamente superior. En el
mundo existen varios ejemplos de países
que han logrado dar un salto importante
en el desarrollo, transformando
economías basadas en recursos naturales
en economías basadas en la innovación.
Ese salto
exige también no sólo invertir
fuertemente en las personas. A la vez,
demanda identificar modelos, políticas y
conjuntos de buenas prácticas que logren
soldar alianzas sólidas y permanentes
entre el sector público y el privado,
entre el Estado y la sociedad civil,
entre empresarios y sociedad civil.
Una
segunda característica importante de la
realidad de la desigualdad y la pobreza
en Sudamérica es que éstas se
manifiestan en la forma de exclusión.
Los pobres de nuestra región no sólo
deben soportar peores condiciones de
vida, sino que la economía y la sociedad
a menudo les cierran las puertas a las
oportunidades para superar esa
condición.
Los siete
millones de niños y niñas que nacen
anualmente en Sudamérica llegan al mundo
con un mismo potencial. No existen
factores genéticos que determinen su
futuro. No obstante, al poco andar, los
caminos comienzan a separarse. Una niña
o un niño que nace en un hogar acomodado
probablemente recibirá alimentación y
estímulos adecuados para su desarrollo
desde su nacimiento. Posteriormente
asistirá a una sala cuna o jardín
infantil, lo que le permitirá ir
ampliando sus experiencias y estímulos.
Posiblemente continuará en una escuela
privada, con recursos pedagógicos y
profesores calificados y motivados. En
su hogar contará con los apoyos y
recursos para reforzar su aprendizaje.
Dispondrá de posibilidades ciertas de
asistir a la universidad, a veces
incluso con apoyo del propio estado, y
la situación familiar permitirá que
continúe sus estudios hasta alcanzar el
nivel de calificación que le permita
acceder a un empleo bien remunerado.
Una niña o
niño que nace en un hogar pobre muchas
veces lo hará en condiciones familiares
adversas. Su madre puede ser una
adolescente, sin la experiencia, la
preparación o el apoyo para responder a
sus necesidades. Algunos sufrirán
hambre, otros el abandono al que obliga
la búsqueda de sustento por los mayores.
Su sistema neurológico se desarrollará
con retraso si no cuenta con los
estímulos oportunos. Lo más probable es
que no tenga la posibilidad de asistir a
un jardín infantil, donde se generan las
primeras experiencias de socialización.
Esto lo volverá un niño con menos
habilidades psicomotoras y sociales para
enfrentar el mundo de la escuela. En la
escuela pública, agobiada por la falta
de recursos y la escasez de maestros, no
podrá recibir un trato personalizado y
sus oportunidades de aprender se verán
mermadas. En el hogar no habrá espacios,
libros o adultos con tiempo y
conocimientos que lo ayuden a hacer sus
tareas e ir más allá de lo aprendido en
la escuela. Al llegar a la adolescencia
se intensificarán las presiones para
abandonar la escuela y aportar al
ingreso familiar, presiones que se harán
insoportables al completar el ciclo
escolar.
La pobreza
en Sudamérica responde plenamente a la
definición de Amartya Sen. Los pobres de
nuestra región no tienen la posibilidad
de asumir el control de sus vidas. Esto
no ocurre, sin embargo, sólo por la
falta de oportunidades: también
intervienen las discriminaciones. La
pobreza en Sudamérica está fuertemente
correlacionada con el origen étnico y
racial. Las posibilidades de obtener un
empleo para personas con similar
calificación depende muchas veces de su
apariencia, su acento, dónde vive o
dónde se educó. Los contactos
personales, las redes de apoyo y el
acceso a la información están más
desigualmente distribuidas que el
capital humano.
Los
estudios muestran que la movilidad
social en los países de Sudamérica es
considerablemente menor a la de otros
países del mundo. La baja movilidad
afecta fuertemente las expectativas y
las actitudes de las personas.
La otra
contrapartida de la exclusión de los
pobres es la vulnerabilidad de los
sectores medios. Muchas familias que han
logrado superar la miseria enfrentan el
riesgo de retroceder como producto de
alguna contingencia. En efecto, debido a
la debilidad de los sistemas
institucionales e informales de
protección, la pérdida del empleo, una
enfermedad grave, un quiebre familiar,
la vejez o un acto delictivo puede
constituir una verdadera catástrofe
familiar. Por eso los sectores medios de
los países de Sudamérica pueden
disfrutar poco de sus logros: en muchos
casos están dominados por la
inseguridad.
IV. LOS
COSTOS DE LA EXCLUSIÓN
La
exclusión no es un fenómeno aislado.
Está estrechamente relacionado con la
insuficiencia del crecimiento, de la
innovación y de la participación
democrática.
Desde hace
ya bastante tiempo los economistas y los
organismos internacionales han ido
desechando la hipótesis de que la
desigualdad es necesaria para impulsar
el crecimiento en etapas tempranas del
desarrollo de los países. Igualmente
desacreditada ha ido quedando la idea de
que el rebalse del crecimiento es la
única forma de lograr mayor bienestar
para los más pobres. Al mismo tiempo,
hay hoy también un claro consenso sobre
el crecimiento como condición necesaria
de la superación de la exclusión social.
Progresivamente, los estudios y la
evidencia empírica han ido demostrando
que la la exclusión social debilita la
fuerza, la estabilidad y la
sustentabilidad del crecimiento de los
países. Sudamérica es una expresión
palpable de esa realidad.
Para
crecer, los países no sólo necesitan
capital físico o financiero. El
potencial productivo de los países
también depende de su capital humano. Un
país que excluye a parte importante de
su gente y que le impide desarrollar sus
capacidades en las etapas más propicias
de su desarrollo, tiene un techo de
crecimiento más bajo.
La propia
inversión requiere de un ambiente
propicio para materializarse. Los países
marcados por las desigualdades, la
exclusión y los conflictos son menos
atractivos para las inversiones de largo
plazo, alentando en cambio
comportamientos especulativos y
rentistas de parte de los
inversionistas, que, privados de un
horizonte de largo plazo, privilegiarán
alternativas que les ofrezcan una
ganancia fácil y rápida. La exclusión
debilita el emprendimiento.
En materia
de crecimiento económico, tan importante
como la velocidad de éste es su grado de
volatilidad. Estudios del Banco
Interamericano de Desarrollo demostraron
hace alrededor de una década, que
América Latina era una región
caracterizada por su volatilidad
macroeconómica. Más aún, los mismos
estudios concluyeron que aunque parte
importante de esta volatilidad provenía
de cambios en las condiciones externas,
otra parte significativa era producto de
las propias políticas económicas. En
otras palabras, en América Latina las
políticas públicas, particularmente la
política fiscal y monetaria, habían
contribuido a profundizar los ciclos en
lugar de amortiguarlos. Esta volatilidad
resulta fatal para la equidad, pues,
como ya se ha comentado, los hogares de
menores recursos no cuentan con los
mecanismos suficientes para protegerse
de la inestabilidad económica y la
pérdida de empleos.
La
estabilidad es una componente
fundamental de una sociedad inclusiva,
pero una sociedad inclusiva también
puede contribuir a la estabilidad, al
permitir ajustes más equilibrados y
sostenibles frente a los cambios
inevitables en el entorno internacional.
Para
crecer en el mundo globalizado de hoy
los países necesitan ser capaces de
competir. Pero éstos ya no compiten
internacionalmente en base a cuán
radical es su versión del capitalismo,
ni a la cantidad de franquicias que se
ofrecen al sector privado, sino sobre la
base de su capacidad de adaptarse a
circunstancias cambiantes, a la
fortaleza de sus instituciones y a su
capacidad de innovar.
Una
sociedad más igualitaria y cohesionada
tiene mayor capacidad de adaptarse a los
cambios que una sociedad dividida y
envuelta en conflictos. Las
instituciones son fuertes cuando están
legitimadas frente a la población porque
garantizan un campo de juego nivelado.
Por estas razones, los índices
internacionales de competitividad están
fuertemente correlacionados con el
desarrollo humano.
Lamentablemente, varios países de la
región se encuentran en la parte baja de
ambas escalas. Sin embargo, el hecho de
que países como Uruguay y Chile se hayan
ido acercando al bloque de los países
más avanzados indica que existe un
espacio importante para la acción de las
políticas públicas en ambas dimensiones.

Una
sociedad dividida y excluyente tampoco
tiene grandes capacidades de innovar y
desarrollar capacidad emprendedora. Ello
ocurre porque la exclusión debilita los
incentivos y las posibilidades de
innovar. En efecto, la falta de
movilidad social, mercados altamente
concentrados y la existencia de
discriminaciones y prejuicios limita el
principal incentivo a innovar, cual es
la posibilidad de que las ideas y los
proyectos reciban una retribución justa.
Para
innovar y emprender también se requiere
una disposición a arriesgar, pero en una
sociedad excluyente, la inseguridad
proveniente de la falta de protección
frente a eventualidades como la pérdida
del empleo, una enfermedad o la vejez,
copa la tolerancia de las personas
frente al riesgo. Cualquier tipo de
inseguridad paraliza. Y la inseguridad
derivada de la ausencia de sistemas de
protección frente a riesgos sociales en
Sudamérica, así como la baja tolerancia
institucional al fracaso de quienes no
pertenecen al mundo de los privilegiados
es una barrera invisible para que
millones de personas apliquen su
creatividad y sus energías a nuevos
emprendimientos.
Finalmente, la exclusión es también un
obstáculo a la profundización de la
democracia en Sudamérica. Si la
institucionalidad democrática se
alimenta de libertades y crea derechos,
los pobres de la región aún han
experimentado poco de ambos. El mundo de
la política es aún visto como un espacio
reservado a las elites, donde muchas
veces se privilegian los intereses
particulares por sobre el interés
general.
La
democracia requiere de pesos y
contrapesos, así como de diversidad de
voces. Por eso la exclusión es
disfuncional a la democracia.
V.
DESAFÍOS PARA SUDAMÉRICA
Hasta hace
algún tiempo las desigualdades en
Sudamérica podían apoyarse en la
invisibilidad de los pobres y
marginados. La globalización y la
democratización, sin embargo, han
modificado esta situación. Estos dos
procesos han hecho casi imposible cerrar
los ojos ante realidades que antes
podían ser ignoradas, consciente o
inconscientemente por la prensa y por
las elites.
Por eso
hoy en día la lucha contra la exclusión
comienza a ocupar un lugar central en
las agendas de política de nuestros
países. Uno de nuestros primeros logros
ha sido vencer la exclusión educativa.
Hoy podemos decir que prácticamente
todos los niños y niñas de esta región
tienen una buena oportunidad de
completar su educación primaria. Nuevos
conceptos, como el empoderamiento de los
pobres y la protección social, comienzan
a moldear las políticas sociales de los
países. Las mujeres y los pueblos
originarios ya no sólo reciben atención,
sino que logran protagonismo.
Finalmente, el Banco Mundial y la CEPAL,
los gobiernos y la ciudadanía están de
acuerdo: la exclusión debe ser superada
y las políticas públicas tienen un rol
fundamental que jugar. Pero para ello se
necesita más que voluntad; se necesitan
recursos, conjuntamente con la
identificación de políticas eficientes y
eficaces. Parte de nuestras
frustraciones tienen que ver tanto con
deficiencias en materia de recursos,
como con deficiencias en las decisiones
y en las políticas a que conducen.
Los países
de Sudamérica tienen por lo general
Estados considerablemente más reducidos
que los países desarrollados, teniendo
que atender un conjunto mayor de
necesidades, dado su atraso relativo en
todos los campos, incluido el social.
En
promedio, el gasto social en los países
de la región no supera el 15% del PIB.
En países desarrollados, éste puede
llegar al doble de esta cifra. Pero aún
lo que existe de gasto social en los
países de Sudamérica no siempre es
empleado con la eficiencia que reclama
la magnitud del desafío que involucra
vencer la exclusión. Demasiados recursos
se pierden en programas inefectivos. En
muchos países, el gasto social está
caracterizado por grandes rigideces,
productos de leyes que pretendieron
proteger a algún grupo a costa de la
indefensión de los demás. Por otra
parte, existe una excesiva rotación de
programas y administradores, a veces
alentada por la propia cooperación
internacional. Y a todo ello hay que
agregar el uso frecuente del gasto
social como recurso electoral, en el
contexto de iniciativas carentes de
sustento y continuidad, que persiguen
alimentar y sostener redes de
clientelas.
En
Sudamérica se aprecian grados
importantes de captura de las políticas
y de los programas sociales por parte de
grupos de presión, compuestos ya sea por
los propios prestadores de los servicios
sociales, o por sectores medios y altos
que han logrado beneficios estatales
sobre la base de políticas mal
concebidas, manipulaciones de precios o
producto de las presiones políticas.
La
ineficiencia del gasto público social
provee una buena justificación para
resistir aumentos de impuestos, mientras
que la proliferación de franquicias
justificadas en objetivos aparentemente
sociales es un buen ejemplo de captura
del gasto social por sectores medios y
altos.
Un punto
que hay que subrayar es el de la
participación privada en la lucha contra
la exclusión social. Ella es hoy no sólo
deseable sino también necesaria. Por una
parte, frente a los problemas de escasez
de recursos públicos para el
financiamiento de políticas y servicios
sociales, esa participación constituye
una fuente fresca, adicional, que al
menos complementa esos recursos. Por
otra parte, bajo ciertas condiciones,
esa participación genera aumentos
importantes en la cobertura de
determinados servicios, y puede también
estimular considerablemente la calidad
de las prestaciones en cuanto a acceso,
oportunidad y excelencia en su
contenido.
No
obstante, la participación privada
plantea ciertos riesgos y problemas, que
es necesario identificar y frente a los
cuales es también necesario adoptar
medidas de prevención.
La
implementación de modelos de
participación privada en la provisión de
servicios sociales necesariamente
implica que una fracción importante de
la población busque satisfacer sus
necesidades a través del sector privado,
alentando al desarrollo de sistemas
paralelos de educación y salud privada
con calidad, responsabilidad y
transparencia muy diversa. De este modo,
existe el riesgo de consolidarse
sistemas duales y excluyentes de
servicios sociales, en los que se
enfrentan, por el lado de los sistemas
públicos, regulaciones y estándares que
apuntan hacia la homogeneización
–generalmente hacia abajo-- y, por el
otro, a la libertad de elección y la
diferenciación. Esto genera una
recurrente tensión entre la lógica de
los derechos y la de la libertad de
elección en el diseño de políticas
sociales.
Por otro
lado, las limitaciones de recursos
públicos han llevado al propio Estado a
externalizar servicios sociales hacia el
sector privado, a través de esquemas de
subcontratación, concesión, cupones y el
desarrollo de esquemas de cuasi-mercados
bajo regulación o patrocinio del propio
Estado. Estos esquemas ofrecen la
ventaja de movilizar recursos privados
para satisfacer necesidades sociales,
sorteando las limitaciones impuestas por
las finanzas públicas, pero hacen
emerger los problemas, donde intervienen
actores con motivaciones distintas y en
consecuencia la operación de los
incentivos y los sistemas de regulación
pasan a ser claves.
Como se
dijo, en la lucha contra la exclusión
social la participación privada no sólo
es deseable, sino necesaria. Las
estrategias de supervivencia que generan
las políticas sociales basadas en la
participación privada, pueden resolver
las grandes limitaciones en materia de
acceso, eficiencia y capacidad de
innovación que se observan en este campo
en Sudamérica. Al mismo tiempo, generan
también importantes desafíos de
gobernabilidad derivados del objetivo de
equidad que buscan esas políticas.
VI. UNA
VENTANA DE OPORTUNIDAD
A pesar de
las evidentes dificultades que se
interponen entre la voluntad de las
grandes mayorías de Sudamérica para
superar la exclusión y la obtención de
logros concretos que reafirmen que dicho
objetivo es realizable, existe un factor
que permite ser optimista. La
demografía.
En efecto,
aunque los países de Sudamérica se
ubican en etapas distintas del proceso
de transición demográfica, en general
podemos decir que la región se encuentra
en un punto óptimo para emprender
grandes iniciativas, pues la relación
entre población pasiva (menores de 19
años y mayores de 65 años) y población
en edad de trabajar se encuentra en su
punto más bajo. Esto significa que los
ingresos de los trabajadores activos y
los impuestos que de ellos se derivan
podrán financiar una inversión más
intensiva en ambos grupos.
Este
fenómeno demográfico ocurre porque la
actual cohorte de población
económicamente activa corresponde a la
última antes de la importante reducción
en la natalidad de las décadas del 60,
70 y 80. Eso hace que en la mayoría de
los países de la región, la población en
edad escolar, por ejemplo, se esté
reduciendo ya sea en términos relativos
o absolutos.
La ventana
de oportunidad demográfica que se ha
abierto para Sudamérica permitirá
invertir más por alumno del sistema
escolar o ampliar la cobertura educativa
hacia el nivel preescolar, y los adultos
mayores podrían ver sus pensiones y
beneficios mejorados.
Pero esta
ventana de oportunidad no estará abierta
durante demasiado tiempo. En alrededor
de 10 años comenzará a incrementarse
significativamente el número de adultos
mayores y su peso en la población. En
este lapso de tiempo será necesario
tanto articular un salto fundamental en
la calidad y equidad de la educación
como adecuar el funcionamiento de los
sistemas de pensiones.
VII. PONER
LA INCLUSIÓN EN EL CENTRO DE LA AGENDA
DE LA COMUNIDAD SUDAMERICANA DE NACIONES
En el
proceso de construcción de la CSN ha
emergido un cierto consenso sobre la
existencia de tres áreas prioritarias:
(a) la infraestructura; (b) la energía,
y, (c) las políticas de desarrollo
social.
Esta
agenda busca sentar las bases para un
desarrollo sustentable y equilibrado,
Busca también proteger e impulsar el
desarrollo social de sus ciudadanos a
través de políticas que permitan
disminuir la pobreza y aumentar la
equidad, sobre la base de un adecuado
desarrollo económico.
Estas
definiciones generan un doble desafío en
las políticas públicas de los países de
la región. Por una parte, éstas deben
velar por el acceso a las oportunidades
de desarrollo humano básico y por otra,
el acceso a los beneficios que reporta
la transformación productiva de las
economías. La necesidad de “nivelar el
campo de juego”, tanto dentro como entre
países, es esencial para seguir
progresando en el diálogo que siga
permitiendo el desarrollo de todos los
individuos de la región.
Las
políticas de desarrollo social, como
área prioritaria de cooperación
regional, requieren de un contenido más
concreto y una agenda para
desarrollarse.
Postulamos
que la definición de una agenda para el
área de políticas sociales no sólo es
esencial para completar la estructura de
prioridades y estrategias de la CSN,
sino que debe ubicarse al centro de la
misma.
Si la CSN
surgió para unir a Sudamérica en la
búsqueda de su desarrollo, la mayor
apuesta que ésta puede hacer hoy es
apoyar a sus países miembros en |