Perspectivas de la integración andina en
el actual contexto internacional
Exposición del canciller de Bolivia y
Presidente del Consejo Andino de
Ministros de Relaciones Exteriores,
doctor Gustavo Fernández
Lima, 6 de noviembre del 2001
(Versión no oficial, transcripción del
discurso)
Quiero saludar primero a Felipe Salazar,
a Germánico Salgado y a Guillermo
Maldonado. Sé que están aquí y se
mantuvieron siempre en esta casa de la
integración. No puedo decir que vuelvo a
la Junta - perdón que use este viejo
apelativo de la institución- porque no
la dejé nunca.
América Latina vive un momento complejo
y difícil; lo ha descrito Sebastián
Alegrett en la introducción tan
afectuosa que acaba de hacer, y nuestro
mundo andino, desde luego, es una parte
de esa realidad compleja y agobiante.
Este es un cuadro turbulento, hecho de
paradojas y contrastes, en que, por un
lado se muestran los logros importantes
de la región en la construcción
democrática, en la modernización de sus
economías, en la paz que hemos logrado
construir en las relaciones entre
nuestros Estados. Hay pocas regiones en
el mundo que puedan exhibir un escenario
de paz como el que América Latina y los
países andinos fueron capaces de armar a
lo largo de su historia republicana.
La
vitalidad cultural del mundo andino es
inmensa y se expresa todos los días en
la realidad mundial. Pero ese cuadro
positivo de construcción democrática, de
apertura económica, de modernización
tecnológica, de vitalidad cultural,
contrasta todos los días con una
realidad en la que todavía persisten
formas de exclusión social, de
discriminación, de atraso, de
concentración de la riqueza, de
dependencia y de vulnerabilidad.
Ciertamente, esta no es hora de
estabilidad. Este es un momento de
transformación y cambio. Es casi un
momento de mutación genética; un punto
en el que una forma de vida se
transforma en algo diferente. Pero lo
terrible es que no sabemos cómo es ni
cómo será, la realidad que está
emergiendo en medio de este cuadro de
turbulencia y contraste. Estamos en un
momento de transición inestable a una
nueva forma de equilibrio, un equilibrio
todavía desconocido en sus
manifestaciones económicas y políticas.
Al
finalizar el año 89 y comenzar el 90,
cuando terminó la Guerra Fría y cayó el
Muro de Berlín, muchos se adelantaron a
afirmar que habíamos entrado a un mundo
diferente, con un equilibrio casi
perfecto. Nadie se animó a anticipar lo
que estamos viviendo hoy día. Casi
podríamos decir que si el Siglo XX
terminó con la caída del Muro de Berlín,
el Siglo XXI comenzó el 11 de setiembre
del 2001, con el desplome de las torres
de Nueva York.
En
este cuadro yo entiendo que se
encuentran y chocan tendencias que
vienen de distintos puntos de la
historia. Hay uno que viene de atrás y
que no debemos olvidar, que está en el
trasfondo de todo lo que está
ocurriendo. Y otro que viene del futuro
y cuya dirección tampoco podemos prever
con claridad suficiente.
En
América Latina, en el mundo andino, en
el mundo en general, existen formas,
manifestaciones de exclusión social y
política, que están en las capas
tectónicas de la sociedad contemporánea.
Es en el choque de esas tendencias que
vienen del pasado donde se tienen que
encontrar las raíces de los cataclismos
sociales que estamos viviendo. En el
mundo andino esas formas de exclusión
tienen que ver con las manifestaciones
de exclusión indígena y campesina.
Indígena e indigencia siguen siendo
todavía sinónimos, aún hoy al comenzar
el Siglo XXI, en buena parte de los
países andinos.
En su
momento se señaló que los conflictos
derivados de esa raíz de confrontación
eran un producto de la Guerra Fría.
Concluida la Guerra Fría quedan sin
embargo esas formas de exclusión, lo
cual prueba que la relación de
causalidad que se estableció antes no
era la correcta.
Los
movimientos campesinos de hoy día tienen
poco que ver, en sus demandas y en sus
planteamientos, con los que sustentaron
los movimientos campesinos de hace 50
años o de hace 200 años, cuando el
objetivo era el de la tierra. Hoy día se
habla más bien de la autonomía cultural
o de la autonomía étnica como bandera.
Si hace 50 años los planteamientos de
los movimientos campesinos eran los de
la integración en la sociedad nacional,
los de hoy día parecen acentuar el
énfasis en el predominio de lo
excluyente y en la necesidad de
diferenciarse.
Y ese
movimiento contradictorio del entorno ha
pasado en el mundo de la globalización
contemporánea. No se puede explicar, por
lo menos para mí, sino en el hecho de
que el temor del presente, la
imposibilidad de mirar el futuro, lleva
a la gente a fugar hacia el pasado, a
mitificar el pasado y a encontrar en él
virtudes que en realidad no existieron.
Pero
esta realidad de confrontación, este
afán de diferenciación, en el momento en
el que las tendencias hablan de la
interculturización global, muestra la
gravedad y profundidad de ese conflicto.
Y es por eso que, a diferencia de otros
analistas, yo creo que en lugar de vivir
el "fin de la historia" estamos, por lo
menos en este terreno, viviendo el
"retorno de la historia", de una
historia que no se ha ido, que está allí
y que debemos tener el coraje de
enfrentar, llegado el momento.
Pero
junto con esta tendencia que, como
repito, viene desde atrás, encuentro que
hay otra: la de la globalización que
ustedes conocen y de la cual tanto se ha
escrito y hablado. No voy a describir
qué es la globalización, pero lo que
puedo decir, porque resulta de la
comprobación de los hechos diarios, es
que la globalización no trajo ni
estabilidad ni paz. Es, en realidad, un
agente subvertor del orden establecido.
Ha
cambiado la economía. Ha cambiado la
base del sistema productivo y la manera
de producir. Se dice que ya no se
producen y distribuyen bienes, que la
sociedad del futuro está en la
producción y distribución de
conocimiento. Pero también ha cambiado
el Estado. Se rompió la vieja estructura
de poder, por lo menos en América
Latina, y la base del poder político ya
no corresponde a la base del poder
económico en el que la acción de fuerzas
transnacionales ha reemplazado hace
mucho tiempo la acción de los agentes
económicos nacionales. No existe esa
correspondencia. El Estado ya no
corresponde a la naturaleza de las
fuerzas que se mueven en su territorio,
y como suelo decir en las conversaciones
con los amigos, el temor es que no sólo
el Estado se convierta en espectador de
fenómenos que ocurren en su territorio,
sino que en su debilidad, si es que no
actuamos a tiempo, llegue a convertirse
sólo en escenario de acontecimientos que
están absolutamente fuera de su control
e, inclusive, de su misión.
Pero
también ha cambiado la sociedad, desde
la base primera, desde la familia, desde
la participación de la mujer en la
actividad productiva y la relación con
los hijos. Todo ha cambiado. Pero tal
vez deba decir, para ser más preciso,
que no ha cambiado, que está cambiando,
y en una dimensión y con unas
consecuencias que no logramos entender
bien. Estamos, en buena medida, en un
vuelo a ciegas en medio de la bruma.
El 11
de setiembre, el paroxismo de la
globalización agregó el flujo
desordenado y caótico del terror, a los
otros flujos que ya dominaban el mundo
sin control conocido. En el mundo se
mueven hoy día, sin orden ni concierto,
flujos financieros, servicios,
corporaciones transnacionales, ONG’s,
mafias, narcotraficantes, terroristas.
Desde
luego que eso no puede seguir así y si
alguna consecuencia ha producido el 11
de setiembre en estos pocos y largos
días que transcurrieron desde los
atentados, es la reafirmación del valor
del Estado, de la sociedad civilmente
organizada en un territorio para
controlar esos fenómenos que se están
saliendo de sus manos. En las guerras y
en las crisis, el Estado es más
importante que el mercado y creo que esa
es una de las primeras conclusiones que
uno puede extraer de la observación de
los procesos actuales.
La
reciente declaración de APEC, que
reafirma el papel del Estado en el
control de los flujos financieros, de
los movimientos de aduanas y de la
relación de seguridad, confirma ese
dato. Y se refleja en otro elemento que
nadie se hubiera atrevido a predecir
hace apenas dos meses: en la
convergencia de los grandes Estados,
hasta hoy confrontados, en la tarea de
organizar un poco el caos del mundo. La
convergencia de Estados Unidos, de Rusia
y de China se explica en la necesidad de
volver a reconstruir un sistema
internacional que parecía salirse de las
manos.
Pero
ese proceso de orden político que se da
en el escenario mundial, se expresa o se
manifiesta en una profunda crisis
económica. La crisis ya venía. En
América Latina la sufrimos hace tres
años. El 11 de setiembre agregó un
factor explosivo a una crisis que ya era
seria. Y en esta crisis - en la que
venía antes y en la que ha surgido ahora
con mayor claridad y brutalidad - han
quedado, mucho más evidente que antes,
las debilidades y la vulnerabilidad de
América Latina.
A
ninguno de nosotros se nos escapa la
magnitud de la crisis financiera que se
abate en la región y que se expresa en
la crisis argentina. Y tampoco se nos
escapan las consecuencias que tendrán
para la región la contracción brutal de
los flujos financieros, de los flujos de
turismo y de las remisiones de los
connacionales latinoamericanos desde
Estados Unidos. Y la caída de los
precios de las materias primas,
incluyendo el petróleo, están creando un
cuadro bastante más complicado del que
teníamos antes, si es que eso pudiera
ser.
Y en
este proceso están encontrándose
nuevamente dos tendencias. Una, que yo
llamaría la reacción política, en el
plano formal y en el plano jurídico,
sobre la necesidad de reafirmar las
corrientes de libre comercio; la
insistencia en llevar adelante la Ronda
de Negociaciones en el marco de la OMC,
en Qatar este mismo fin de semana; la
aprobación del Trade Promotion Affority
en el Congreso de los Estados Unidos
para entrar en negociaciones
comerciales; la ATPA, las relaciones con
Chile y el SGP Andino con la Unión
Europea. Todos corren a reafirmar la
validez de los principios jurídicos de
libre comercio y estimular eso como
respuesta a la contracción global.
Pero
esa realidad formal tropieza con otra
que se manifiesta en el plano operativo
empresarial concreto. Las empresas están
buscando garantizar la fluidez y
continuidad de sus fuentes de
abastecimiento porque no pueden depender
de flujos globales en los cuales no
tienen control. Los inventarios vuelven
a tener importancia. La lógica de la
producción contemporánea de atender el
servicio, de atender al consumidor,
descansando en una red de intermediarios
de insumos, cambia para volver a
subrayar la importancia del inventario
para garantizar los flujos de producción
local. El costo de la seguridad en las
empresas, en los flujos internacionales,
y el costo adicional del transporte
detenido en camiones en las fronteras
esperando que terminen los chequeos de
seguridad… Todo ese mundo crea, sin
ninguna duda, una tendencia a un mayor
grado de autonomía nacional y regional
en la producción, en un mundo en el cual
la visión de flujos globales va a ser,
por lo menos, reexaminado.
En un
mundo tan complicado, en el que por un
lado vienen las raíces de nuestra
historia antigua, de exclusión y de
discriminación, en ese mundo en el que
la globalización cambia el escenario sin
poner uno nuevo y en el que la crisis
pone de manifiesto nuestras
vulnerabilidades y limitaciones; en ese
escenario la pregunta es: ¿Y ahora qué
hacemos, dónde estamos? Yo no tengo
ninguna respuesta, pero desde luego, y
coincido con Sebastián, en que no es el
punto tratar de expresarlas de manera
tan simple.
Sólo
me quedan mis propias preguntas. Y tengo
tres órdenes de preguntas: Una,
relacionada con la raíz interna de
nuestra organización política. Yo creo
que la primera pregunta es la que tiene
que ver con el primer desafío, cómo
construimos unas sociedades más
democráticas y más libres. Cómo
respondemos al terror con la
reafirmación de la libertad. Cómo
construimos sociedades plurales,
participativas, fundadas en el respeto
de los derechos humanos, democráticas en
la expresión cabal de la palabra. Cómo
somos capaces de erradicar la pobreza y
acabar con la exclusión social. Cómo
podemos promover el desarrollo para
todos y por todos, con la acción de
todos. Cómo podemos transformar en
realidad el postulado de que el
verdadero nombre de la paz es el
desarrollo. Esa es una tarea política
interna. Esa es una tarea de cada una de
nuestras sociedades.
Hemos
hecho, y yo creo que mucho, en esa
dirección, pero claramente todos estamos
todavía lejos de la meta que nos permita
enfrentar bien el retorno y las demandas
de la historia del pasado.
Creo
que en materia de globalización
necesitamos afirmar nuestro propósito de
insertarnos efectivamente en el mundo.
Que debemos rechazar la exclusión en
nombre de la autonomía. Si la clave de
la pobreza es la exclusión de la
sociedad y del mercado en el plano
nacional; en el internacional, una de
las explicaciones básicas de nuestro
atraso, es nuestra inserción defectuosa,
débil y subordinada en la economía
mundial. En este momento, no podemos
hacer otra cosa que reafirmar nuestra
propuesta de entrar de verdad en la
economía mundia; en pelear por el acceso
a los mercados que hasta ahora se nos ha
negado; en luchar por el reordenamiento
y la democratización efectiva del
sistema económico internacional. Pero
para hacerlo y para plantearlo en escala
global tenemos que ser capaces de hacer
eso en nuestra escala regional. Tenemos
que ser capaces de armonizar nuestras
políticas económicas y monetarias. De
todas maneras somos un solo riesgo país,
ya no hay riesgos países nacionales.
Tenemos un solo riesgo país. Y si esa es
la realidad, la conclusión lógica es que
deberemos de ser capaces de enfrentar
ese riesgo país con una armonización
efectiva de nuestras políticas
económicas y monetarias y ser capaces de
construir un solo espacio económico que
esté bajo nuestro control o conocimiento
para la operación de los actores
económicos de este tiempo.Yo creo que no
tenemos la autoridad para pelear por una
inserción diferente en el sistema
económico internacional, si no somos
capaces de afirmar nuestra propia
identidad y nuestra propia coordinación.
Hemos
hecho mucho en el Grupo Andino, desde
los 30 años que median en el momento en
que entramos con Javier Silva Ruete en
este edificio hace muchos años. De los
ocho millones de capital de la CAF,
estamos actualmente en operaciones de
2,000 millones de dólares al año. Y esa
era la posibilidad que nadie soñaba y la
Corporación Andina de Fomento es hoy día
no sólo la institución financiera más
importante de la región andina, es en
realidad, la matriz de una organización
financiera latinoamericana, que ya
encontró su espacio en los mercados
mundiales de capital. Y esa es una obra
propiamente andina. El Tribunal de
Justicia del Acuerdo de Cartagena es
envidiado por los países del MERCOSUR,
por la solución de controversias. Y
nuestro comercio ha pasado de 100
millones a 6,000 millones de dólares
anuales, en estos 30 años.
Es
cierto que hemos hecho mucho, pero hemos
hecho muy poco, porque al lado de eso,
es evidente que en este momento se están
desarrollando en el seno de todos los
países del Grupo Andino, tendencias
proteccionistas que tratan de romper lo
que hemos hecho y que lamentablemente
pueden, efectivamente, romper lo que se
ha hecho. No debemos de manera alguna
subestimar el peligro de las fuerzas que
están moviéndose en este momento en las
sociedades andinas.
Tenemos que ser capaces de resolver
nuestras diferencias comerciales a
tiempo, dentro del Grupo Andino, si
queremos tener posibilidades efectivas
de hablar con el MERCOSUR. Hace un
momento, cuando conversaba con Sebastián
antes de venir acá, le decía que
nosotros mismos en el Grupo Andino
estuvimos muchas veces desahuciados y
que no deberíamos cometer el error de
desahuciar prematuramente el MERCOSUR.
El
MERCOSUR está encontrando dificultades
tan complicadas como la que nosotros
vivimos en la década de los 60 o de los
70, o de los 80, en cada una de las
décadas tuvimos nuestros propios
momentos de ruptura. Pero la necesidad
de la articulación y de la
complementación entre las economías
brasilera y argentina es tan grande,
como es tan grande la necesidad de la
interdependencia entre Colombia y
Venezuela. Y esas fuerzas finalmente se
van a terminar de imponer. Pero debemos
ser capaces de interpretarlas en su
momento y construir, sobre la base de
esa articulación, una América Latina más
integrada económicamente, capaz de
entrar en lo que ya es inevitable y, tal
vez sea inclusive deseable, después de
las cosas que han ocurrido, que es la de
insertarnos efectivamente en este
momento en un mercado hemisférico, que
tiene una importancia fundamental, no
sólo para nosotros, sino para el Norte,
después del 11 de setiembre. La
interpretación correcta de las
tendencias políticas en su influencia en
las relaciones comerciales y económicas
es una condición de nuestra inteligencia
operativa.
Yo
creo que debemos ser capaces de actuar
sin dogmas, sin prejuicios, con
responsabilidad y con claridad, porque
no tenemos, además, mucho tiempo. Y como
decía Vallejo: Hay todavía tanto por
hacer.
Muchas
gracias.
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