“El Proceso de
Integración Andina: Resultados y
Perspectivas”
Exposición del Secretario General de la
Comunidad Andina, Guillermo Fernández de
Soto, efectuada durante la Conferencia
Internacional “Brasil: Una Estructura
Comercial Global”
Río de
Janeiro, 28 de noviembre de 2002
Hace unos
quince años, un famoso corresponsal del
New York Times, Alan Riding,
tituló un libro sobre las relaciones
entre los Estados Unidos y México como
Vecinos distantes.
¿No
podríamos decir otro tanto de lo que les
ocurre a Brasil y a los países andinos?
Somos
copropietarios del inmenso y magnífico
espacio sudamericano; vivimos juntos,
pero somos dos mundos aparte.
Nuestro
intercambio comercial lo demuestra: les
vendemos menos del 3% de todo lo que
exportamos. ¿No es increíble?
Podría
poner otros ejemplos de desconocimiento,
de distancia. Tenemos dos de las
literaturas más ricas del mundo, que se
traducen y deslumbran en el resto del
mundo, pero para cada uno de nosotros
son mundos remotos y, otra vez,
distantes.
Uno de mis
propósitos como Secretario General de la
Comunidad Andina, es contribuir a
cambiar este escenario.
La
construcción del Pacto Andino
El Pacto
Andino se fundó en 1969, el año en que
el hombre llegó a la Luna. Apenas tres
décadas atrás, pero entre una época y
otra la distancia es sideral.
Uno de los
propósitos del Acuerdo de Cartagena era
reducir la vulnerabilidad externa de
nuestros países y aumentar nuestra
participación en la renta mundial.
En ese
lapso, la población de nuestros países
se duplicó. Los países andinos crecieron
diez veces, aunque su ingreso per cápita
sólo cinco.
Nuestra
tasa de analfabetismo pasó de 26% a
8.7%. La tasa de mortalidad infantil
cayó de 85 por mil en 1970, a 34 por mil
el último año.
Las
exportaciones al mundo crecieron 9
veces. Hoy exportamos más de 50 mil
millones de dólares por año: seis veces
lo que exportábamos en 1970. Aunque
comerciamos un porcentaje pequeño entre
nosotros, un 11% de todos nuestros
intercambios, esas exportaciones
intracomunitarias crecieron más de 50
veces.
Acaso más
revelador es que de esas exportaciones,
un 91% es alguna forma de manufactura,
que crecieron 94 veces. En otras
palabras, exportamos cada día más valor
agregado entre nosotros.
Esa
exportación es una fuente decisiva de
empleo. Sólo entre 1992 y 1997, un
período de crecimiento importante de
nuestro comercio exterior, las
exportaciones comunitarias generaron 323
mil nuevos puestos de trabajo.
Como es
normal, el tamaño de las economías
andinas no les permite alcanzar el nivel
de intercambios comunitarios de Europa
pero, vista en conjunto, ha sido una
integración históricamente exitosa. Hoy
nos encontramos a las puertas de un
mercado común. El sistema andino cuenta,
además, con algunas instituciones de
calidad mundial, como su brazo
financiero, la Corporación Andina de
Fomento.
Debo ser
sincero señalando que estos números que
he dado, son producto sobre todo de la
última década.
Cuando se
creó el Pacto Andino en 1969,
transformado en Comunidad Andina de
Naciones en 1997, las teorías en boga en
América Latina eran proteccionistas.
Eran los tiempos de la CEPAL. Se pensaba
que la industrialización procedería por
“sustitución de importaciones”, y que
había que dar el tiempo a que ésta
ocurriera, protegiendo los mercados
nacionales. El gran gurú económico de
aquellos tiempos, don Raúl Prebisch,
dijo incluso que el Pacto Andino era un
mercado nacional “alargado”.
En 1989
los tiempos ya eran otros. Aquel año no
sólo cayó el muro de Berlín. También
John Williamson acuñó la etiqueta
“Consenso de Washington”. La
globalización comenzaba a trastornar
todo. A fines de aquel año, los
Presidentes de los países andinos
emitieron la Declaración de Galápagos,
que adaptó el Pacto Andino a la nueva
realidad, y apuntó a la liberalización
del comercio.
Mitos y
realidades de la globalización
La
globalización se ha convertido en un
paradigma que ata a todos. Esta nueva
fase histórica está determinada por el
portentoso impacto de las revoluciones
tecnológicas y de la revolución del
conocimiento. Esa es la característica
más importante de nuestro tiempo, cuya
clave se encuentra en el hecho de que la
riqueza ya no se origina, como en el
pasado, en los factores clásicos de
producción - tierra, capital, trabajo –
sino en tecnología, conocimiento e
información.
El recurso
productivo fundamental de la
globalización es ahora el conocimiento,
dentro de una red de información que
adquiere proporciones colosales.
El
historiador Paul Kennedy estima que,
después de la Segunda Guerra Mundial, el
valor de los bienes y servicios
producidos por la humanidad equivale al
valor de todos los bienes y servicios
producidos durante el medio millón de
años anteriores. Esto significa que una
sola generación ha construido una
riqueza igual a la de todas las
generaciones anteriores sumadas.
Me gustaría examinar algunos mitos en
torno a la globalización.
El primer mito se encuentra asociado a
la “ideología” aún imperante en muchos
de nuestros países, según la cual el
libre mercado maximiza el crecimiento y
la riqueza en el mundo y, al mismo
tiempo, optimiza la distribución
proveniente de este incremento.
Comparto la
opinión de quienes piensan que la
economía de mercado es el sistema más
eficiente que ha existido para producir
mayores tasas de crecimiento, pero la
evidencia global no nos permite ser muy
optimistas sobre la distribución de los
beneficios del crecimiento. Un estudio
revelado por las Naciones Unidas, sobre
77 países que representan el 82% de la
población mundial, señala que entre los
decenios de 1950 y 1990 la desigualdad
aumentó en 45 de ellos y disminuyó sólo
en 16.
Los países de
América Latina y el Caribe se sitúan
entre los de mayor desigualdad de
ingreso en el mundo. En 13 de los 20
países de América Latina, con datos
correspondientes al decenio de 1990, el
10% más pobre tiene menos del 5% del
ingreso del 10% más rico.
El segundo mito que ha hecho carrera
entre las naciones del mundo, es aquel
según el cual la globalización ha traído
consigo una liberación sin precedentes
del mercado mundial y del sistema
financiero internacional, que haría
posible un acceso amplio y equitativo de
todos los países y todas las personas a
los bienes y servicios producidos a lo
largo y ancho de la geografía mundial.
A mi juicio, este mito se desvanece en
el aire por sencillas pero contundentes
razones.
La primera, tiene que ver con el
problema de los subsidios, las barreras
arancelarias y las no arancelarias que
aún imponen los países desarrollados y
que hacen imposible que se cumpla el
criterio de “acceso amplio” a sus
mercados de muchos de los productos de
la agricultura y de la manufactura
tradicional provenientes de los países
en desarrollo.
Los subsidios agrícolas siguen
aumentando en la Unión Europea y en los
Estados Unidos. En el caso del azúcar,
por ejemplo, Estados Unidos le ha
reconocido desde 1985 a los productores
nacionales un valor que resulta ser 260%
por encima del precio internacional, lo
cual le representa una pérdida anual a
los países en desarrollo del orden de
los 1.500 millones de dólares, según
estimados del Banco Mundial.
En esta perspectiva, la IV Conferencia
Ministerial de la OMC en Doha, Qatar,
realizada en noviembre de 2001, no
permite que seamos muy optimistas sobre
las tendencias proteccionistas de los
países desarrollados en el mediano
plazo. El resultado de las negociaciones
está abierto y no se acordó ninguna
"cláusula de desarrollo" que diera
cuenta de las condiciones particulares
de las agriculturas en los países en
desarrollo.
La segunda razón tiene que ver con la
enorme capacidad de contagio que
presenta la inestabilidad actual de la
economía global sobre el conjunto de
países.
El
tercer mito tiene que ver con una
actitud extrema de la que participan
muchos actores de la globalización,
quienes han llegado a la conclusión,
también prematura, de que, en esencia,
estamos frente a un sistema
incontrolable.
Tengo la
plena convicción, como la tiene la
mayoría de los líderes latinoamericanos,
que estamos frente a un proceso
irreversible, que es independiente de la
capacidad de maniobra de nuestros
Estados nacionales, y que tiene efectos
visibles en la calidad de vida de
nuestra gente. Pero no considero que
estamos frente a un “mecanismo” con una
dinámica propia e irreversible, ante el
cual deberían cederse todas las
tentaciones de regulación y control. En
esa abdicación, se encuentra gran parte
de los problemas de legitimidad que hoy
enfrenta la globalización en muchos de
nuestros países.
En las
sociedades desarrolladas, los
compromisos políticos y sociales
permitieron, a principios del siglo XX,
salvar y fortalecer el capitalismo
mediante la expansión de la autoridad
del Estado. Para nosotros, sin embargo,
la propia autoridad del Estado en
nuestros países viene siendo cuestionada
en diversos campos y muchas de sus
atribuciones soberanas están siendo
limitadas. Es decir, el Estado en
nuestros países está bajo presión desde
dos lados: como resultado de las
tendencias de la economía global, de una
parte; y, como resultado de las
presiones políticas internas, de otro.
Todo ello afecta su autoridad y, como
resulta evidente, en un Estado débil,
la política puede ser tan volátil como
ya lo es la economía.
El asunto que
estamos reclamando es regular y
humanizar la globalización y de esa
tarea no podemos estar ausentes.
Un Estado que
deja a su población exclusivamente a
merced de las fuerzas del mercado,
incumplirá sus funciones y es casi
seguro que no gozará de reconocimiento
en determinados sectores de su sociedad.
América
Latina en los 90
Quisiera
examinar ahora el panorama específico de
América Latina. La década de 1990 ha
sido una década ambigua en América
Latina. Nos hemos “abierto”, pero no nos
hemos “desarrollado”.
Como se
sabe, la década de 1980 fue llamada la
“década perdida”. El furioso remezón de
la deuda –un fantasma que tal vez vuelve
a rondarnos--, frenó el crecimiento de
las economías latinoamericanas. Así,
hubo una expectativa muy fuerte, a fines
de los 80 y comienzos de los 90, que la
globalización, la apertura comercial,
las privatizaciones, el control de la
inflación, los ajustes fiscales,
traerían a la región crecimiento,
prosperidad; en una palabra, modernidad.
Al cabo de
una década, el resultado está lejos de
ser brillante. Las economías
latinoamericanas crecieron apenas un
promedio de 3% en esta década,
completamente insuficiente para reducir
la pobreza. De hecho, hay 214
millones de pobres en América Latina, 93
millones de los cuales se encuentran en
indigencia.
Los cálculos de la CEPAL indican que la
economía de América Latina y el Caribe
registró una caída del 0.8% del producto
regional en 2002, luego de estancarse en
2001 con un crecimiento que apenas fue
del 0.3%.
En varios
países, la privatización no dejó
resultados claros. Las privatizaciones,
y la austeridad fiscal despojó a muchos
latinoamericanos de servicios
esenciales, que acaso estaban
subsidiados y deficitarios, pero que hoy
simplemente han desaparecido para
grandes segmentos de nuestras
sociedades. Al respecto, se señala poco
la tragedia particular de las clases
medias de América Latina, “licuadas” en
este proceso.
Entre
tanto, América Latina transfirió
recursos financieros netos al exterior.
¿Qué falló? ¿Hubo verdaderamente
mercado? ¿Faltó precisamente Estado,
aquello que se quería corregir?
¿Repetimos los pasos de Rusia, de
reformas de mercado sin instituciones
que lo “enmarcaran”, que lo sostuvieran,
que lo regulara?
Estamos en
un momento de tránsito, en que la
historia oscila. Por eso, antes de
hablar del futuro, de las perspectivas
de la comunidad que represento, creo
necesario hablar de ciertos peligros que
veo en la esfera internacional.
Me
gustaría dejar claro, sin embargo, que
la vuelta al pasado es imposible. Sería
una ilusión creer que podemos “cerrar”
los mercados, reconvertirlos en huertos
cerrados, en conventos de clausura donde
no entre la pecaminosa realidad del
mediodía. Intercambiar sólo entre
nosotros, o imponer aranceles
desorbitados a los terceros países es
una opción que no tenemos. No puede
taparse con una mano el sol de la
globalización. Nuestro problema es cómo
“manejarla” --suponiendo que algo así
sea posible.
Algunos
peligros en el nuevo orden internacional
El primer
peligro que enfrentamos es que la
globalización es asimétrica. No funciona
igual para los países ya desarrollados
que para los subdesarrollados. La
globalización crea desigualdad
internacional.
El segundo
peligro es que la globalización crea, al
interior de cada sociedad, una suerte de
dualismo, dos esferas de ciudadanos, una
de las cuales se conecta exitosamente a
la globalización, y otra que no, que
pierde el tren. Crea desigualdad
nacional.
El tercer
peligro es que carecemos de los recursos
para hacer frente a esa escisión.
América Latina, y menos la Comunidad
Andina, no tienen los recursos para
“fondos de cohesión”, como los que pone
en marcha Europa.
Un cuarto
peligro es la presión hacia el
bilateralismo. Hasta cierto punto esto
es inevitable, ya que cada país quiere
tener las mejores oportunidades de
comercio, y sus políticos quieren
mostrar que son ellos los que generan
esas oportunidades.
Tenemos
que aceptar esta realidad, a sabiendas
que se está creando, sin embargo, una
maraña de acuerdos, compleja e
imperfecta.
Una red
densa, limitada – como ya lo señalé -
por los subsidios masivos de los países
desarrollados, principalmente en
agricultura, un sector clave para
América Latina. Y me pregunto cómo
firmar acuerdos globales de comercio,
sea ALCA u otro, dejando en suspenso
sectores tan amplios a la espera de
Doha.
El quinto
peligro es el descontento, en amplios
sectores de las sociedades
latinoamericanas, de los resultados del
modelo puesto en boga por el “Consenso
de Washington”. Esto crea una
divergencia, no sólo de “velocidades”,
sino de dirección, entre muchos
gobiernos de la región.
Quizá deba
incluir un sexto peligro. Cuando Jean
Monnet comenzó a soñar con la idea de
una Europa unida, tuvo la intuición
genial que debía construirse “de a
pocos”, a través de una suma de pequeños
pasos, de avances incrementales. De la
institución inicial para manejar entre
Francia y Alemania una comunidad del
carbón y el acero, los europeos, luego
de haberse dotado de un mercado común, y
luego una moneda única, se dirigen a
dotarse pronto de una constitución
federal. El peligro al que aludo es si
la globalización, que ha impuesto una
velocidad de vértigo, permite ese largo
proceso de pequeños pasos, la única
manera, al fin y al cabo, de llevar
adelante un proceso de integración, que
siempre tiene retrasos, imperfecciones,
incumplimientos, y diferentes
velocidades y ánimos entre los países.
La
nueva orientación estratégica de la
Comunidad Andina
En la
Comunidad Andina me propongo reivindicar
el multilateralismo como pieza clave de
nuestra política exterior y como
herramienta de los países en vía de
desarrollo para el logro de un orden
internacional más justo. Creo que es
una conquista del sistema internacional.
Ofrece los espacios para coordinar
políticas y tratar de aportar un poco de
razón al caos desenfrenado de los
eventos.
Dentro de
él, defendemos un regionalismo abierto.
Es decir, no una integración cerrada,
excluyente, sino una integración que
sirva como un “piso” para integraciones
más amplias y complejas. Por tanto, que
acepte lo que los europeos denominaron
“geometría variable”, que los países
puedan integrarse a ritmos distintos, de
acuerdo a sus propias circunstancias, y
a las presiones sociales internas que
tengan.
En este
contexto, existe una gran convergencia
entre nuestros países en el sentido de
que la integración en un mundo
crecientemente globalizado y
problemático debe hacerse a través de
bloques regionales. Pero es cada vez más
generalizado el consenso de que no se
trata de un proyecto integrador
aislacionista, sino de una integración
abierta, que contempla espacios para las
relaciones con otros bloques regionales
y que estructura un sistema
internacional que busca el
fortalecimiento del multilateralismo.
El
objetivo básico de la Comunidad es
convertirse en un mercado único, sin
fronteras ni barreras aduaneras. Es
decir, constituir un espacio donde
exista la libre circulación de
capitales, bienes, personas y
tecnología.
Nuestro
propósito, hoy, es ayudar a que los
países andinos sean competitivos. La
competitividad no se reduce a tener unos
aranceles más bajos que en el pasado.
Tiene que ver con recursos, con
financiamiento, con acceso a mercados,
con adecuadas regulaciones, con
seguridad jurídica, con estabilidad
política, con educación, con creación de
tecnología. También con desarrollar una
inclusión social, un tema generalmente
silenciado en los debates económicos o
comerciales.
La
Comunidad Andina ha logrado establecer
una agenda amplia que parte de un
enfoque multidimensional de la
integración. Esta no se limita
únicamente a los temas económicos, sino
que ha ampliado su visión al desarrollo
de una agenda social, a la puesta en
marcha de una política exterior común,
al desarrollo fronterizo, al
mejoramiento de la infraestructura
física, y al fortalecimiento de la
institucionalidad andina. En ese
sentido, la multidimensionalidad del
proceso parte inexorablemente del
respeto a los valores democráticos, que
se ha convertido en la guía de nuestras
acciones tal y como se ha consignado en
el “Compromiso de la Comunidad Andina
por la Democracia”.
Al
enfatizar la idea de la competitividad,
pretendo que “des-arancelicemos” esos
debates, y que en su lugar pongamos esa
agenda multidimensional de la
competitividad.
En
particular, propongo una segunda
generación de políticas.
La primera
generación fue la de las políticas de
protección, vigentes, como ya dije,
aproximadamente hasta fines de los 80.
El tramo siguiente, de principios de los
90 a la actualidad, correspondió a una
integración que llamaría “en tránsito”.
El foco de
esta segunda generación de políticas
deberá ser la competitividad y la
creación de tecnología. Esta es un
“hueco negro” enorme en América Latina.
Analizando el último Informe de
Desarrollo Humano de las Naciones
Unidas, un mapamundi nos muestra los 47
nodos de creatividad tecnológica en el
mundo. Excepto dos, en Sao Paulo y
Melbourne. Al sur del Ecuador no hay
nada.
Bajo estas
premisas, el gran desafío andino es el
ALCA. Ya tenemos una concesión
unilateral, y temporal, de los Estados
Unidos, que es la ley de preferencias
comerciales andinas (ATPADEA). Tenemos
que convertir esa concesión unilateral
en un acuerdo. Acaso este acuerdo pueda
ser, de pronto, una suerte asimismo de
pre-ALCA.
Para ello,
he sugerido un acuerdo marco, general,
que podría suscribirse incluso antes del
2005, que es la fecha fijada para el
ALCA, y que sería una “plataforma” para
que los países andinos “desembarquen”
cada uno a su tiempo, a la velocidad que
su proceso interno le permita. Hay un
acuerdo en marcha con Chile, que algunos
van a tratar de usar como modelo, pero
hay también otro, que es el de Estados
Unidos con Jordania.
El otro
gran desafío es MERCOSUR.
Una
alianza con MERCOSUR haría tangible la
fuerza del espacio sudamericano. En los
próximos dos años, junto a la promoción
agresiva del proyecto IIRSA, debemos
promover toda la regulación que lo
acompañe. Cuando este proyecto esté
avanzado en un porcentaje significativo,
la historia sudamericana no será nunca
más la misma. Generará no sólo comercio
sino joint-ventures, intercambios
masivos de bienes y personas, y hará que
los vecinos distantes sean socios de la
gran aventura del siglo XXI. Y que sean
socios autónomos, con capacidad de
negociación con el mundo. Pese a que hay
cantos de sirena que empujan al
bilateralismo, a la relación uno-a-uno
con los Estados Unidos, solos, somos
poca cosa.
Imaginemos
proyectos concretos, que hagan avanzar,
a la manera de Monnet, la integración
entre Brasil y la Comunidad Andina.
Esa es
nuestra disposición. Por eso hemos
venido a este diálogo, a ratificar
nuestra decisión de construir una gran
unión sudamericana.
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