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Intervención del
Secretario General de la Comunidad
Andina, Guillermo Fernández de Soto, en
el acto de clausura del Foro “Estado,
Sociedad Civil y Democracia en las
Américas. A un año de la Carta
Democrática Interamericana”
Lima, 27
de setiembre de 2002
Debo
agradecer a la organización
Transparencia y a los auspiciadores de
este Foro el que hayan escogido a la
sede de la Comunidad Andina para su
ceremonia de clausura. Con su gesto, han
querido reconocer que el proceso de
integración regional no sólo se da en un
contexto democrático, sino que se afirma
en él. No podemos imaginar la
integración andina sin la vigencia de la
democracia y del estado del derecho.
El tema,
por lo demás, me es personalmente muy
cercano. Como Canciller de Colombia
apoyé activamente la iniciativa de
Javier Pérez de Cuellar. Instruimos a
nuestro embajador ante la Organización
de Estados Americanos, Humberto de la
Calle, a que promoviera un consenso
interamericano para adoptar
definitivamente esta Carta Democrática.
Recuerdo las Sesiones del Consejo
Permanente de la OEA, del Grupo de
Trabajo que presidió Colombia, las
difíciles sesiones en la Asamblea de
Costa Rica, y finalmente su aprobación
en el fatídico 11 de septiembre.
A partir
de ese día, casi han desaparecido las
distinciones y fronteras en que reposaba
nuestra visión del mundo. Hasta hace
poco, ningún país se habría imaginado
que su seguridad interna debía
resolverse en los lugares más recónditos
del planeta.
Pero los
atentados de septiembre han tendido
varias trampas. Una de ellas es la de
pensar que los fundamentos de la
civilización moderna y de la economía
global se pueden desestabilizar ante la
creencia colectiva de la amenaza
terrorista. Si esa es la percepción,
todos quedaríamos incapacitados para
actuar.
También es
una trampa aquella que busca provocar
una dicotomía entre las demandas por
seguridad y el disfrute de la democracia
y las libertades. Uno de los mayores
desafíos será lograr que las acciones a
favor de la seguridad no pongan en
peligro las libertades individuales y
los derechos fundamentales. Los medios
para enfrentar la barbarie deben ser
consecuentes con los principios en que
se fundamentan nuestras instituciones y
nuestras relaciones como Estados
civilizados. En ello reside el
fundamento ético que nos separa de los
agresores, nos aleja del terrorismo de
Estado y propicia la posibilidad de
aprender a vivir juntos.
En 1998 se
firma en Bogotá, justamente en la Toma
de Posesión del Presidente Pastrana, una
Declaración de Compromiso de la
Comunidad Andina por la Democracia y en
1999, sobre la base de dicha
Declaración, se elabora y suscribe el
Protocolo Adicional al Acuerdo de
Cartagena, por el cual se incorpora una
suerte de Cláusula Democrática a nuestro
ordenamiento jurídico. Estos son
nuestros antecedentes más recientes.
En 1979,
los Cancilleres Andinos empiezan a
reunirse y crean un mecanismo informal
que más tarde se convertiría en el
Consejo Andino de Ministros de
Relaciones Exteriores. Con él, inician
un rico proceso de concertación política
cuyas más notables actividades tuvieron
que ver justamente con la recuperación
de la democracia. Tomaron, por ejemplo,
la iniciativa en el seno de la OEA que
permitió la liquidación de la dictadura
somocista y el tránsito a la democracia
en Nicaragua. También ese año, actuaron
exitosamente para frustrar el golpe de
estado en Bolivia, propiciando un
aislamiento internacional, pauta seguida
por otros países de la región y
extraregionales .
Un año
después, los Presidentes andinos
suscribieron la Carta de Conducta de
Riobamba, que estableció como objetivo
del proceso “procurar un ordenamiento
político subregional y generar una
democracia de extracción popular y
definido carácter participativo”, así
como el “compromiso solemne de que el
respeto a los derechos humanos,
políticos y sociales constituyen norma
fundamental de conducta interna de los
Estados del Grupo Andino”.
En 1989, a
partir de la participación activa de
nuestros Jefes de Estado, el vínculo
entre integración, democracia y respeto
a los derechos humanos se instaló
nuevamente en nuestra agenda, hasta
convertirlo en un instrumento de
carácter obligatorio que supedita la
participación y membresía a la Comunidad
Andina a la prevalecía del estado de
derecho.
Quizás
sería pertinente preguntarse el por qué
de estos reiterados compromisos
internacionales para defender la
democracia y proteger los derechos
humanos. La primera respuesta es que
América Latina, y en nuestro caso la
Comunidad Andina, son tributarias, por
la ideología con que nacen a la vida
independiente, de la revolución francesa
y de la revolución de la independencia
americana. Ambas consagran el traslado
de la soberanía al pueblo y, por
consiguiente el Estado debe garantizar
los derechos de éste.
La segunda
razón, tiene que ver con la debilidad
institucional de nuestras sociedades,
que ha permitido una y otra vez que
florezcan fuerzas antidemocráticas a su
interior. Necesidades apremiantes de
nuestros pueblos han suscitado el falso
dilema entre democracia y eficiencia y
muchas veces eso ha llevado a la
aclamación de caudillos autodesignados
heraldos de un orden de paz y
prosperidad. El fracaso de todos los
tránsitos autoritarios no ha impedido
sin embargo que, como suerte de
patología social, se repitieran estas
experiencias. Frente a ello, los
gobiernos democráticos, con criterio de
prevención, han imaginado y creado estos
instrumentos en la convicción que serán
disuasivos frente a los intentos de
fractura democrática o de consolidación
de dictaduras.
Nada más
claro que ciertos valores de carácter
universal son asumidos en esa condición,
superando conceptos anquilosados como el
de la no intervención, que en el pasado
sirvió de refugio a la impunidad de los
autócratas. Hoy es claro que no hay
recursos en el que puedan ampararse las
dictaduras. Pero quizás más importante
que las medidas que se puedan tomar
frente a casos de ruptura de democracia,
sean el poder de desarrollar mecanismos
eficaces que puedan prevenir estas
situaciones.
Cuando se
habla de mecanismos, hay que imaginar no
sólo aquellos de carácter financiero o
asistencial, sino aquellas iniciativas
que puedan tomarse en el contexto de una
crisis que amenaza el sistema
democrático.
La
Comunidad Andina debe rescatar su
primigenia vocación política, que era
justamente la de actuar conjuntamente a
fin de asegurar la transición
democrática o preservar los regímenes de
derecho. El Consejo Andino de Ministros
de Relaciones Exteriores ha demostrado
capacidad para llevar adelante una
diplomacia comunitaria, pero estoy
seguro que podría enriquecer su agenda y
su presencia internacional si asume
iniciativas dirigidas a fortalecer la
vida democrática en la región.
Y en esto
es importante destacar los dos niveles
en que tenemos que actuar. El primero es
el de los grandes principios y valores
que nos son comunes y que deseamos
preservar. El segundo es el de las
realidades sociales de cada uno de
nuestros países. No puede haber
dicotomía ni contradicción entre ambos.
Por el contrario, el gran reto es
aceptar y defender la propia identidad
al mismo tiempo que se asume y defiende
los grandes valores universales.
Estos
valores son aquellos que fomentan la
paz, que permiten la convivencia
pacífica, que afirman la tolerancia y
que aseguran la legitimidad de los
gobiernos. A partir de ello, es posible
imaginar un horizonte sin violencia y
con desarrollo. Como bien lo recuerda
Norberto Bobbio, no han existido grandes
guerras entre democracias y éstas han
permitido las grandes y silenciosas
revoluciones de los últimos dos siglos.
Ha sido el
ejercicio permanente de la democracia el
que ha llevado progreso y calidad de
vida a las sociedades. Y contrariamente,
ha sido la tentación autocrática
recurrente la que ha empobrecido a las
sociedades. Por ello es importante
asegurar, como dice este autor, que el
método democrático se vuelve una
costumbre y pueda durar en el tiempo.
Ello es
una responsabilidad nuestra, que exige
un compromiso sostenido y profundo, que
no podemos transferir a nadie.
De allí
que no debiéramos aceptar el argumento
de que la globalización nos trae
aparejada la democratización de las
sociedades. Lo que ha traído la
globalización es una conciencia muy
clara de los derechos civiles, de la
democracia como forma de gobierno que
protege esos derechos, y la presencia de
nuevos actores en la escena
internacional orientando su actividad
ahí donde la democracia y el estado de
derecho estén amenazados o
definitivamente no tengan vigencia.
Detrás de
esas percepciones se encuentran
igualmente los interrogantes sobre la
globalización, las preguntas alrededor
de sus desbalances y asimetrías. Las
interpretaciones sobre los contrastes
que está generando ese proceso.
Uno de
esos contrastes se observa en la
desregulación de ciertos sectores como
el comercial y financiero, frente a la
tendencia a crear un sistema político de
gobernabilidad global. Este sistema, a
su turno, genera tensiones a los Estados
y su soberanía, como instancia necesaria
para la construcción de la democracia,
la consolidación de la identidad
nacional y la protección de los
ciudadanos. Un reto clave reside, pues,
en la concepción y el papel del Estado
en un escenario en el que soplan los
vientos de la globalización.
Existen,
por otra parte, fuerzas transnacionales
descontroladas que, aprovechando la
ausencia de reglas, se han convertido en
un factor desestabilizador de la
globalización y, por supuesto, de
Nuestras Democracias. Se hace necesario
por lo tanto dar una dimensión
internacional a la justicia,
fortalecerla, para doblegar los factores
de criminalidad que, como en el caso del
terrorismo, han generado profundos
efectos perturbadores. El crimen
internacional se ha incubado en la
desregulación de la globalización y el
debilitamiento de los Estados.
Paradójicamente estas fuerzas
radicalizadas realizan sus tenebrosos
actos apoyándose en el proceso de la
globalización. Operan sin tener en
cuenta las fronteras o la nacionalidad
de las víctimas y están utilizando
sofisticadas redes mundiales
financieras, técnicas y de inteligencia.
Una de sus
manifestaciones más preocupantes, es su
vínculo con el contrabando de armas, el
problema mundial de las drogas ilícitas,
el lavado de dinero, el tráfico de
materiales nucleares, químicos y
biológicos.
Igualmente, la realidad internacional de
hoy es que también nos encontramos con
organizaciones no estatales que son
capaces de articularse
internacionalmente y por consiguiente,
de tener una capacidad de influencia
importante en la toma de decisiones.
Pero su misión no puede ser
exclusivamente proponer consensos, su
obligación es pactar, para permitir que
las soluciones se desarrollen en
beneficio de la consolidación
democrática.
Por ello
he reclamado regular la globalización
para que sea gobernable, y aplicar el
principio de la responsabilidad
compartida para combatir con éxito estos
fenómenos que tienen alcance mundial.
Será por lo mismo necesario estudiar con
urgencia las características de esta era
que ha comenzado, cuando concluyó la
transición de la postguerra fría, y se
ha iniciado uno de los riesgos
insospechados, aún sin reglas ni
controles, que podríamos definir
aventuradamente como “la paz fría”. Este
es el siglo XXI que empezamos a recorrer
y que dista mucho de los siglos
anteriores.
Señor
Presidente, señoras y señores, debo
confesar con tristeza que nuestro
proceso de integración adolece de un
déficit democrático. Ha sido y sigue
siendo tarea y responsabilidad casi
exclusivamente de nuestros gobiernos. La
participación ciudadana ha estado
limitada a una contribución restringida
de grupos empresariales y de grupos
laborales. Sorprende por eso que el
ideal de la integración aliente todavía
en los ciudadanos andinos. Ellos creen
en el ideal bolivariano como camino de
paz y de desarrollo de nuestros pueblos.
Nos corresponde a nosotros satisfacer
ese ideal asegurando que los beneficios
que se deriven de nuestros afanes
integracionistas alcancen a los
ciudadanos andinos.
Pero mayor
reto aún, es el buscar mecanismos para
una participación plural y democrática
de la sociedad civil organizada en
nuestro proceso de integración. Debemos
esforzarnos por sumar a la conciencia
nacional de nuestros pueblos la
conciencia de pertenencia a una
comunidad mayor. Una conciencia
comunitaria que enriquezca la conciencia
nacional. En esa perspectiva, la
pertenencia andina debe significar el
goce de un espacio libre de fronteras y
trabas, la identidad de una cultura
común y el ejercicio de una democracia
plena y compartida por todos.
Muchas
gracias.
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