“La Renovación del Compromiso Comunitario”
Palabras del Secretario General de la Comunidad Andina, Guillermo Fernández de Soto, con motivo de la celebración del XXXIV aniversario del Acuerdo de Cartagena.

Lima, 26 de mayo de 2003

Un día como hoy, hace 34 años, comenzó la integración andina.

Los dos presidentes que impulsaron este acuerdo, fueron –quizá sea bueno recordarlo—dos presidentes democráticos: el entonces presidente de Colombia, Carlos Lleras Restrepo, y el entonces presidente de Chile, don Eduardo Frei Montalva.

Eran viejos y curtidos guerreros políticos, pero habían hecho política siempre desde la democracia. Habían experimentado, además, que muchos de los problemas de sus países no se podían resolver dentro de estrechos marcos nacionales.

Soñaron entonces con un mercado común que los hiciera más grandes, menos vulnerables a los ciclos internacionales, capaces de proveer empleo estable a sus poblaciones.

Habían visto lo que el Plan Marshall, primero, y poco más tarde los acuerdos franco-alemanes del carbón y el acero, hicieron por Europa: un continente que ellos visitaron en ruinas, comenzaba a alzarse otra vez como una potencia.

Eran visionarios, pero al mismo tiempo conocían el pasado de sus países, y sabían por ello que, antes y después que cualquier tratado, la integración andina se fundaba en una realidad inmemorial. En estos territorios, los hombres han intercambiado cerámicas, textiles, ritos, canciones, desde el comienzo de los tiempos. Hay un “hecho” diferencial andino, como hay un “hecho” mediterráneo, o una realidad caribe.

Naturalmente, los paradigmas económicos de hace 34 años ya no son los nuestros. Muchas de las teorías que los economistas de entonces pregonaban, ya no están en boga. Pensaban, por ejemplo, que los mercados nacionales debían ser protegidos para que crecieran, antes de abrirse al mundo en competencia. En la economía global en la que estamos, muchos de sus instrumentos ya no son posibles.

Aunque esos instrumentos ya no sean los de nuestro tiempo, compartimos sus ideales. Esos hombres soñaban con un mundo mejor para la gente. Querían que América Latina contara en el concierto de las naciones. Creían que juntos, seríamos más que separados.

Al entrar ustedes a este edificio --cuyo estilo mismo, de austero concreto, recuerda los años sesenta-- han saludado la figura del Libertador Simón Bolívar, el hombre que vio cómo su sueño continental se desvaneció para dar paso a una fragmentación de las repúblicas. Los estadistas de hace 34 años querían rehacer el camino. Nosotros, hoy --aunque con otras teorías económicas, abiertos al mundo, sabiendo que lo que hace crecer a las naciones es el comercio entre ellas-- queremos también continuar ese camino de integración.

La integración, qué duda cabe, ya no es lo que era. A los veinte años de la firma del Acuerdo de Cartagena, en 1989, después de un largo período proteccionista, los presidentes andinos abrieron el comercio comunitario. Este aumentó en forma exponencial. Creció 50 veces en la última década. Pasó de 111 millones, a casi 6 mil millones de dólares.

Por momentos lo olvidamos, pero el comercio comunitario genera 600 mil puestos de trabajo. Algo más: casi todo el comercio entre los países andinos es de manufacturas. Tiene por ello un alto valor agregado.

Un informe muy reciente del Centro de Comercio Internacional dice que el comercio andino podría crecer a 9 mil millones de dólares en los próximos años. Esto significaría un crecimiento de 50% y representaría la creación de 300 mil nuevos puestos de trabajo en la región.

Ese intercambio significa el 12 por ciento de todo lo que exportamos. Ciertamente no es el mismo porcentaje que intercambian los europeos, cuyas economías son más sofisticadas y ricas. Pero es el mismo porcentaje de intercambio comunitario de los países del Mercosur.

Esto me lleva a una reflexión de carácter estratégico. La Comunidad Andina unida a un Mercosur renovado, representa 1 millón de millones de producto bruto. Un mercado de más de 400 millones de personas. Tiene casi un tercio de la biodiversidad del planeta. Casi un cuarto del agua dulce del mundo. Somos una de las grandes plataformas continentales, en un mundo que hoy parece tan sorprendentemente unipolar, pero que tal vez en unos 30 años, con la fuerza de la Unión Europea, y la decisiva emergencia de China e India, será otra vez un mundo multipolar.

Es todo esto, el lugar de nuestros países en el mundo en este nuevo siglo, no unos simples porcentajes de aranceles lo que está en juego.

En muy poco tiempo, los aranceles dejarán de ser una referencia fundamental en el comercio mundial.

Lo que está en discusión, por tanto, es algo mucho más profundo, complejo, decisivo. Es, nada menos, qué tipo de inserción internacional deberán tener nuestros países en la arquitectura económica y política que recién comienza a diseñarse.

Lo que hagamos, o dejemos de hacer, en los próximos 2 años, tendrá una repercusión decisiva en el siguiente medio siglo.

Desde que asumí la Secretaría General, señalé que había que “sincerar” la integración. Decirnos, simplemente, la verdad.

Enfrentamos, sin duda, algunos problemas. La última década dejó algunos resultados buenos en América Latina, pero también muchos resultados preocupantes. Se paró la inflación, pero el crecimiento latinoamericano fue muy modesto, incapaz de absorber el desempleo y reducir verdaderamente la pobreza. El número de pobres aumentó. La protección al empleo cayó. La educación, la llave maestra de la competitividad, tampoco mejoró sustancialmente. Son todos hechos que tenemos que integrar a nuestra reflexión.

Asimismo, a veces notamos que hay divergencias en las políticas de los gobiernos.

El punto más serio en discusión es nuestra relación con los grandes bloques económicos y, específicamente, nuestra relación con los Estados Unidos, el principal socio comercial de los países andinos.

En el centro de esa discusión está el Area de Libre Comercio de las Américas (ALCA), un tema que no es tan sencillo como algunos suponen.

¿Habrá verdaderamente ALCA, en las fechas originalmente previstas? Si el ALCA se convierte en un largo proceso por etapas, como todo parece indicarlo, ¿debemos buscar un acuerdo de libre comercio con Estados Unidos, a cualquier precio?

¿Negociamos mejor juntos, en “convoy”, según la feliz expresión de Enrique Iglesias cuando visitó hace poco esta sede? ¿O lo hacemos solos?

Respecto del ALCA, o de los acuerdos bilaterales, o de la suma de acuerdos grupales que lo reemplacen, si éste va a ser el caso, ¿Hemos hecho bien los números? ¿Sabemos con claridad qué sectores ganarán y cuáles perderán? ¿Serán más lo que ganen que los pierdan? ¿Crecerá la producción doméstica de valor agregado, o sólo ciertos sectores, ligados predominantemente a los recursos naturales, y lo que crecerá más bien será la brecha comercial? Si éste fuera el resultado, al menos en el corto plazo, ¿podrá el crecimiento eventual de los servicios absorber esa brecha? ¿Permitirá este acuerdo un desarrollo equilibrado, o confinará a la región a ser un proveedor permanente de materias primas, en una especialización algo regresiva en la división internacional del trabajo?

Son todas preguntas claves que tenemos que examinar en profundidad, sin velos ideológicos de ningún signo que ocultan siempre la comprensión de la realidad.

Nada de esto, quiero ser enfático, significa creer que se puede volver al pasado de la protección arancelaria, al espejismo de un mercado común cerrado y pequeño, a desconocer que la globalización, como el sol, no puede taparse con la mano. La vocación económica andina tiene que ser: hacer nuestro el mundo ancho y ajeno.

Por eso, ante la posibilidad que el ALCA no se concrete antes que expire el Acuerdo del ATPDEA –un acuerdo, dicho sea de paso, que se logró, porque los países andinos negociaron unidos-- propuse, ya en noviembre del año pasado, un acuerdo marco con los Estados Unidos, que sirva como un instrumento intermedio entre el fin del ATPDEA y el inicio del ALCA.

Ese acuerdo marco permitiría que los países “desembarquen”, cada uno a su ritmo, unos más rápido y otros acaso más despacio, y facilitaría que los más lentos no “amarren” a los que quieran avanzar a una mayor velocidad. Entre tanto negociamos los grandes acuerdos con terceros.

La gran tarea actual es lo que hemos llamado la segunda generación de políticas, orientadas a hacer de los países andinos más relevantes y competitivos en la economía mundial. Esa agenda, que tiene un carácter multidimensional, requiere políticas de convergencia.

Lo que la Secretaría General quiere estimular es la profundización del mercado andino, y esas políticas de convergencia en áreas que acerquen a los países para que se encuentren en una banda común en todos los sectores.

La nueva agenda social, atada indisolublemente a la gobernabilidad; los aspectos macroecónomicos --especialmente en el tema de los tipos de cambio que tanta preocupación nos causan--; así como las políticas educativas y las de ciencia y tecnología, entre otras transformaciones productivas, es lo que requerimos para estar preparados al gran Acuerdo de Libre Comercio de las Américas.

Ya esas convergencias están produciendo resultados impresionantes. En diciembre, establecimos la interconexión eléctrica entre los países andinos. Beneficiará a todos, pero los dos países más inmediatamente beneficiados han sido Colombia y Ecuador. Desde marzo de este año Colombia está recibiendo 316 mil dólares diarios, lo que significa 115 millones de dólares al año, mientras que Ecuador ahorrará 74 millones de dólares. Todos ganan: los ingresos del Estado, las empresas involucradas en el negocio eléctrico, y los usuarios que pagarán cada vez menos por la electricidad. Todo esto, por una norma creada por esta comunidad.

La Secretaría General quiere ser algo más que un mero receptor de mandatos de los gobiernos. No puede aspirar a cumplir un papel tan amplio como el de la Comisión Europea, que tanto ha hecho por un tema que también debería ser central entre nosotros, que es el de la cohesión regional, porque no tenemos simplemente los recursos para hacerlo.

Nuestra eventual integración al ALCA, a diferencia de la integración a Europa de sus países más pobres, en nuestro caso será sin fondos de cohesión. Como he dicho coloquialmente, sin “anestesia”.

Por ello, aspiramos a defender el acervo comunitario de lo que ya hemos obtenido, y a ser un centro activo, emisor de ideas e iniciativas.

Una última reflexión. Esta organización sigue siendo importante porque los nuevos problemas que tenemos, son problemas que no pueden ser afrontados por cada uno de los países individualmente. Son realidades que “perforan” las fronteras, que “migran” y que, en consecuencia, requieren de una plataforma institucional común.

La defensa de la democracia y los derechos humanos, la lucha contra la droga y el terrorismo, la protección de la biodiversidad andina, la defensa y promoción de la amazonía, las políticas de desarme y la construcción de una zona de seguridad regional, la creación de un mercado laboral flexible y unificado, el libre tránsito de los ciudadanos, todos esos problemas son comunitarios. Ese es el desafío de nuestra política externa común.

La defensa de esta plataforma andina, en esta nueva dimensión estratégica, en nada entorpece que un país busque y use otras plataformas, bilaterales o multinacionales. En el mundo global en que vivimos, todo agrega, nada resta. Pero, dado que es un mundo fragmentado, el “convoy” ayuda.

El mundo que surgió de la postguerra, a mediados del siglo pasado, fue más eficiente que otros porque se apoyó en una arquitectura multilateral, que reposaba en organizaciones supranacionales. Por razones tanto políticas como económicas, necesitamos preservarla con las modernizaciones necesarias.

La integración andina ha sido, es y seguirá siendo sólo lo que sus gobiernos y sociedades quieran. Si hay voluntad de asociación, mucho es lo que podemos hacer. Pero necesitamos que todos estemos convencidos de la relevancia de organismos supranacionales como el nuestro.

Este es el llamado que compartí, al celebrarse los 34 años de la integración andina, con los Presidentes en nuestro reciente encuentro de Cusco. El proceso de integración tiene que estar más cerca de las expectativas y realidades del ciudadano andino, cuyo bienestar constituye el propósito final de nuestras acciones. Tenemos que renovar el compromiso comunitario, para que el futuro no se nos escape.

Muchas gracias.