Discurso del Señor Presidente de la República de Bolivia, Hugo Banzer Suárez, ante la XI Reunión del Consejo Presidencial Andino

Cartagena de Indias, 26 de mayo de 1999

Aquí, hace 30 años, en esta histórica y bella ciudad de Cartagena, los países andinos decidimos conjugar nuestras aspiraciones, potenciar nuestras capacidades, reunir esfuerzos, concertar iniciativas y abandonar las políticas excluyentes, en suma, resolvimos iniciar la construcción de un destino común, de un ámbito de convergencia y solidaridad.

Lo hicimos para retornar a nuestras raíces profundas y recuperar el tiempo perdido. Para interpretar la vocación de los pueblos que representamos.

El camino transitado, la madurez integradora que fuimos adquiriendo y los resultados hasta ahora alcanzados, nos demuestran que optamos por una alternativa correcta. En ningún momento perdimos la fe, y quienes hoy celebramos este aniversario, nos mantuvimos firmes, asumiendo todos los retos, enfrentando los momentos difíciles, sin desmayar, como prueba de nuestra sincera convicción integracionista.

En un proceso de tres décadas hemos consolidado las afinidades esenciales que nos unen, pero, al mismo tiempo, han aflorado las diferencias. Y esto último quizá sea lo más positivo, porque esas diferencias no han detenido nuestra marcha conjunta, porque en la búsqueda de superarlas hemos fortalecido nuestra voluntad integradora y generado la pedagogía esencial para seguir avanzando.

Hace treinta años, permanecíamos cerrados, dentro de infranqueables fronteras nacionales, ignorando nuestras verdaderas posibilidades, ahondando la dependencia de nuestras economías respecto de los países de Ultramar.

La integración tuvo la virtud de hacer que redescubriéramos lo que siempre nos unió: la lucha por la libertad, los ideales de una patria grande, un mismo patrimonio cultural, necesidades similares, anhelos coincidentes.

En estas tres décadas hemos logrado configurar en el espacio andino un solo mercado para nuestras exportaciones con mayores niveles de valor agregado.

Practicando un regionalismo abierto, estamos protegiendo este espacio ampliado con una barrera arancelaria común que debe ser perfeccionada, pero que nos da ya la posibilidad de consolidar una Unión Aduanera.

El resultado de los esfuerzos realizados se traduce en cifras alentadoras: nuestro intercambio comercial ha crecido 48 veces desde que iniciamos el proceso, mientras que nuestras exportaciones al mundo, en este mismo período, se ha incrementado sólo 7 veces.

La inversión extranjera acumulada aumentó en 15 veces y la intracomunitaria en 47 veces, pero, además, nuestra población ha aumentado considerablemente. En 1970 contábamos con 55 millones de habitantes, hoy somos 109 millones de ciudadanos de la Comunidad Andina empeñados en construir el mismo futuro.

Nuestra presencia conjunta en el mundo va dejándose percibir paulatinamente. Hemos acumulado experiencias importantes de una acción coordinada tanto en el plano político como en el económico.

En estas tres décadas también hemos asimilado, con hechos concretos, la nueva realidad jurídica que emerge de la integración andina, la madurez alcanzada en este campo se expresa en el principio de supranacionalidad, que nos obliga a la aplicación automática de la normativa comunitaria, con preeminencia sobre nuestras legislaciones internas, estamos así abandonando las rigideces formales de conceptos que antes eran intocables.

Las funciones que hemos conferido al Tribunal de Justicia del Acuerdo de Cartagena, creado hace 20 años, garantizan que el orden jurídico comunitario sea una realidad que se consolida cada vez más.

Sin embargo, los resultados hasta ahora alcanzados no pueden conformarnos, son apenas indicios de lo que podemos lograr si superamos algunas diferencias, vencemos ciertas limitaciones, y ponemos en juego nuestras ventajas y capacidades.

En tal perspectiva, no podemos seguir soslayando las acciones que nos conduzcan a establecer el mercado común andino, en el espacio ampliado que hoy funciona para el comercio de bienes deben circular, también, sin barreras, las personas y capitales.

La armonización de las políticas monetarias, cambiarias y fiscales es otra condición si queremos perfeccionar los instrumentos comerciales que hemos venido adoptando. Igualmente, debemos propiciar la convergencia de las políticas económicas, para enfrentar la incertidumbre que provoca el comportamiento financiero internacional.

La estabilidad macroeconómica en términos concertados es una condición indispensable para propiciar nuestro crecimiento, garantizar la competitividad de nuestras producciones e impulsar un desarrollo equilibrado.

Al mismo tiempo tenemos que perfeccionar las instituciones encargadas de dar impulso permanente al avance de la integración subregional.

Nuestros pueblos no están contentos. Es cierto que sus expectativas han ido más allá de los resultados que hemos logrado. Y ha llegado el momento para acortar la distancia entre los logros y las demandas.

Han pasado tres décadas, y no tenemos otros treinta años para ensayar políticas y acciones el tiempo por venir no admitirá nuevas postergaciones ni actitudes vacilantes. Los pueblos que representamos reclaman resultados tangibles hechos cada vez más concretos que despejen todas las dudas.

Las cifras están ahí y nos muestran un saldo positivo. Pero la verdadera integración no concluye en el intercambio libre de sienes y servicios, de capitales y personas. Tenemos que ser más audaces, nuestro objetivo histórico es la comunidad de pueblos, la patria de naciones. Y esa meta supone construir entre todos un ámbito ampliado de concertación, de iniciativas y de grandes soluciones. Tenemos que coadyuvar solidariamente a que todos los países que conforman este gran proyecto tengan las mismas oportunidades de vinculación física que les aseguren competitividad. Bolivia, lamentablemente, no goza de ese beneficio, sigue alejada de las rutas oceánicas. Queremos consolidar un mercado ampliado. Yo propongo una vez más crear un espacio ampliado donde circulen también, libremente, las propuestas y las ideas, las iniciativas de diálogo para resolver los grandes problemas que todavía se oponen a una integración plena.

Señores presidentes:

No obstante los avances que podemos apreciar, las circunstancias tan complejas en las que vivimos, la velocidad vertiginosa de los cambios, los efectos de la globalización que nos desbordan, son factores que exigen mayor prontitud en nuestras decisiones.

Pese a los indicadores ascendentes del comercio intrarregional y de las inversiones, adquiere impostergable atención la agenda social.

Y sobre este punto cabe ampliar algunas reflexiones. El proceso integracionista, todos los sabemos, no es un fin en si mismo, sino un medio eficiente para promover el desarrollo.

Sabemos también que para ello es indispensable eliminar barreras y hacer de los intereses individuales un todo compatible. Pero no se trata solamente de identificar aquello que nos vincula. La tarea es más vasta. Se trata de construir las coincidencias, sin pausa, todos los días.

Al propio tiempo, es preciso que le demos un sentido sostenible a ese empeño. Por eso cobra prioridad la agenda social, porque lo que estamos buscando con ese crecimiento es una opción de vida cualitativamente mejor para nuestras poblaciones. Para quienes, ojalá que más pronto que tarde, se constituyan en ciudadanos de la unión andina.

No debemos olvidar, ni un solo momento, que los conflictos sociales, tienen su origen en la falta de empleo, de salud y de educación. En las postergaciones que dividen a nuestras sociedades y fragmentan la solidaridad.

Estas metas son hoy en día más difíciles de alcanzar aisladamente, cuando nos enfrentamos a un mundo en el que las pautas del crecimiento están dadas por actores de grandes conglomerados financieros. La economía internacional está a merced de corporaciones que no tienen, obviamente, compromiso alguno con la distribución de los ingresos ni con las exigencias sociales. Nos preocupa enormemente que, por efecto de este fenómeno los estados pierdan autonomía real para adoptar sin interferencias extrañas. Las decisiones que hacen al destino de sus pueblos.

En un mundo globalizado las grandes corporaciones, por su propia naturaleza, adecúan su accionar a lo que dictan los balances de sus operaciones, el rendimiento de sus capitales, mientras que la obligación de nuestros gobiernos es promover con equidad el desarrollo humano.

Frente a estos múltiples desafíos la respuesta debe ser contundente.

Debemos fortalecer y consolidar nuestra integración, proceso sobre cuyos efectos sí podemos actuar.

Señores presidentes:

La celebración del 30 aniversario de la Comunidad Andina ha constituido una ocasión inmejorable para que fijemos un nuevo punto de partida. Después de cada década dimos pagos trascendentales. Nos encontramos en los umbrales de un nuevo milenio. La transición no puede ser encarada rutinariamente, no sería admisible ir al encuentro del siguiente siglo motivados solamente por el impulso de las experiencias que hemos acumulado en estas tres décadas.

El desafío es diferente. Tenemos que afianzar y vigorizar nuestra voluntad de seguir cada día más unidos. Una Comunidad de intereses sólo se construye poniéndola por encima de las aspiraciones individuales; con amplitud de miras.

Nuestra presencia conjunta en el contexto regional e internacional debe ser privilegiada en la nueva década de vida de la Comunidad Andina que hoy iniciamos. Es en esa lógica que acabamos de aprobar los lineamientos de la política exterior comunitaria. Es un paso trascendental. Tal vez hoy todavía no lo veamos así. Pero estoy seguro que con el andar del tiempo, esta decisión nos hará cada vez más importantes en el concierto internacional, negociando como bloque político, actuando con voz propia, defendiendo un espacio común.

En esa proyección, creemos que debe conferirse máxima prioridad a las acciones que fomenten la integración sudamericana. La base está en la aproximación creciente entre la Comunidad Andina y el MERCOSUR.

El futuro de la integración regional no está sólo en los instrumentos, está fundamentalmente en nuestras convicciones, en los ideales que compartimos, en los corazones de más de cien millones de ciudadanos que desean cobijarse bajo una misma patria engrandecida.

Estimados Presidentes de la Comunidad Andina:

He constatado con alegría el día de ayer que estamos comenzando a buscar nuestro futuro por rutas nuevas, más amplias, cuando, por primera vez, en estos treinta años, en el seno del Consejo Presidencial Andino se habló de incluir en la Agenda Andina el tema de la reintegración marítima de Bolivia. Agradezco sinceramente ese gesto y, muy fraternalmente, al estimado Presidente de Venezuela, Hugo Chávez, por haber promovido esa propuesta, que significa un nuevo hito en nuestra vida comunitaria. Un cambio fundamental, repito, en el enfoque sobre el futuro de la integración subregional, más allá de la generosa propuesta sobre una cuestión vital para mi país, al margen de si ella es o no concretada en esta oportunidad. El asunto ya está planteado para ser tratado en una Cumbre Extraordinaria, ha ingresado formalmente a nuestras preocupaciones comunes, y no se puede volver atrás. Queda el valioso antecedente y refleja una mentalidad distinta, audaz y constructiva, liberada de egoísmos con una nación hermana, Bolivia, que siempre ha estado dispuesta a contribuir al creciente entendimiento entre todas las naciones.

Al terminar estas palabras, quiero expresarles que para Bolivia la integración trasciende los objetivos comerciales y de la complementación económica entre nuestros países.

Constituye la herramienta irremplazable para edificar el porvenir de nuestras naciones, dentro de un marco de convivencia fundada en la equidad, la paz y la democracia.

Señores Presidentes:

En este escenario de festejos y de decisiones trascendentales quiero renovar y ratificar la voluntad y la vocación integracionista que ha caracterizado a Bolivia a lo largo de su historia. A la hija predilecta, que nace de los sueños integradores del Libertador Bolívar.

Muchas gracias