Aquí, hace 30 años,
en esta histórica y bella ciudad de
Cartagena, los países andinos decidimos
conjugar nuestras aspiraciones,
potenciar nuestras capacidades, reunir
esfuerzos, concertar iniciativas y
abandonar las políticas excluyentes, en
suma, resolvimos iniciar la construcción
de un destino común, de un ámbito de
convergencia y solidaridad.
Lo hicimos para
retornar a nuestras raíces profundas y
recuperar el tiempo perdido. Para
interpretar la vocación de los pueblos
que representamos.
El camino transitado,
la madurez integradora que fuimos
adquiriendo y los resultados hasta ahora
alcanzados, nos demuestran que optamos
por una alternativa correcta. En ningún
momento perdimos la fe, y quienes hoy
celebramos este aniversario, nos
mantuvimos firmes, asumiendo todos los
retos, enfrentando los momentos
difíciles, sin desmayar, como prueba de
nuestra sincera convicción
integracionista.
En un proceso de tres
décadas hemos consolidado las afinidades
esenciales que nos unen, pero, al mismo
tiempo, han aflorado las diferencias. Y
esto último quizá sea lo más positivo,
porque esas diferencias no han detenido
nuestra marcha conjunta, porque en la
búsqueda de superarlas hemos fortalecido
nuestra voluntad integradora y generado
la pedagogía esencial para seguir
avanzando.
Hace treinta años,
permanecíamos cerrados, dentro de
infranqueables fronteras nacionales,
ignorando nuestras verdaderas
posibilidades, ahondando la dependencia
de nuestras economías respecto de los
países de Ultramar.
La integración tuvo
la virtud de hacer que redescubriéramos
lo que siempre nos unió: la lucha por la
libertad, los ideales de una patria
grande, un mismo patrimonio cultural,
necesidades similares, anhelos
coincidentes.
En estas tres décadas
hemos logrado configurar en el espacio
andino un solo mercado para nuestras
exportaciones con mayores niveles de
valor agregado.
Practicando un
regionalismo abierto, estamos
protegiendo este espacio ampliado con
una barrera arancelaria común que debe
ser perfeccionada, pero que nos da ya la
posibilidad de consolidar una Unión
Aduanera.
El resultado de los
esfuerzos realizados se traduce en
cifras alentadoras: nuestro intercambio
comercial ha crecido 48 veces desde que
iniciamos el proceso, mientras que
nuestras exportaciones al mundo, en este
mismo período, se ha incrementado sólo 7
veces.
La inversión
extranjera acumulada aumentó en 15 veces
y la intracomunitaria en 47 veces, pero,
además, nuestra población ha aumentado
considerablemente. En 1970 contábamos
con 55 millones de habitantes, hoy somos
109 millones de ciudadanos de la
Comunidad Andina empeñados en construir
el mismo futuro.
Nuestra presencia
conjunta en el mundo va dejándose
percibir paulatinamente. Hemos acumulado
experiencias importantes de una acción
coordinada tanto en el plano político
como en el económico.
En estas tres décadas
también hemos asimilado, con hechos
concretos, la nueva realidad jurídica
que emerge de la integración andina, la
madurez alcanzada en este campo se
expresa en el principio de
supranacionalidad, que nos obliga a la
aplicación automática de la normativa
comunitaria, con preeminencia sobre
nuestras legislaciones internas, estamos
así abandonando las rigideces formales
de conceptos que antes eran intocables.
Las funciones que
hemos conferido al Tribunal de Justicia
del Acuerdo de Cartagena, creado hace 20
años, garantizan que el orden jurídico
comunitario sea una realidad que se
consolida cada vez más.
Sin embargo, los
resultados hasta ahora alcanzados no
pueden conformarnos, son apenas indicios
de lo que podemos lograr si superamos
algunas diferencias, vencemos ciertas
limitaciones, y ponemos en juego
nuestras ventajas y capacidades.
En tal perspectiva,
no podemos seguir soslayando las
acciones que nos conduzcan a establecer
el mercado común andino, en el espacio
ampliado que hoy funciona para el
comercio de bienes deben circular,
también, sin barreras, las personas y
capitales.
La armonización de
las políticas monetarias, cambiarias y
fiscales es otra condición si queremos
perfeccionar los instrumentos
comerciales que hemos venido adoptando.
Igualmente, debemos propiciar la
convergencia de las políticas
económicas, para enfrentar la
incertidumbre que provoca el
comportamiento financiero internacional.
La estabilidad
macroeconómica en términos concertados
es una condición indispensable para
propiciar nuestro crecimiento,
garantizar la competitividad de nuestras
producciones e impulsar un desarrollo
equilibrado.
Al mismo tiempo
tenemos que perfeccionar las
instituciones encargadas de dar impulso
permanente al avance de la integración
subregional.
Nuestros pueblos no
están contentos. Es cierto que sus
expectativas han ido más allá de los
resultados que hemos logrado. Y ha
llegado el momento para acortar la
distancia entre los logros y las
demandas.
Han pasado tres
décadas, y no tenemos otros treinta años
para ensayar políticas y acciones el
tiempo por venir no admitirá nuevas
postergaciones ni actitudes vacilantes.
Los pueblos que representamos reclaman
resultados tangibles hechos cada vez más
concretos que despejen todas las dudas.
Las cifras están ahí
y nos muestran un saldo positivo. Pero
la verdadera integración no concluye en
el intercambio libre de sienes y
servicios, de capitales y personas.
Tenemos que ser más audaces, nuestro
objetivo histórico es la comunidad de
pueblos, la patria de naciones. Y esa
meta supone construir entre todos un
ámbito ampliado de concertación, de
iniciativas y de grandes soluciones.
Tenemos que coadyuvar solidariamente a
que todos los países que conforman este
gran proyecto tengan las mismas
oportunidades de vinculación física que
les aseguren competitividad. Bolivia,
lamentablemente, no goza de ese
beneficio, sigue alejada de las rutas
oceánicas. Queremos consolidar un
mercado ampliado. Yo propongo una vez
más crear un espacio ampliado donde
circulen también, libremente, las
propuestas y las ideas, las iniciativas
de diálogo para resolver los grandes
problemas que todavía se oponen a una
integración plena.
Señores presidentes:
No obstante los
avances que podemos apreciar, las
circunstancias tan complejas en las que
vivimos, la velocidad vertiginosa de los
cambios, los efectos de la globalización
que nos desbordan, son factores que
exigen mayor prontitud en nuestras
decisiones.
Pese a los
indicadores ascendentes del comercio
intrarregional y de las inversiones,
adquiere impostergable atención la
agenda social.
Y sobre este punto
cabe ampliar algunas reflexiones. El
proceso integracionista, todos los
sabemos, no es un fin en si mismo, sino
un medio eficiente para promover el
desarrollo.
Sabemos también que
para ello es indispensable eliminar
barreras y hacer de los intereses
individuales un todo compatible. Pero no
se trata solamente de identificar
aquello que nos vincula. La tarea es más
vasta. Se trata de construir las
coincidencias, sin pausa, todos los
días.
Al propio tiempo, es
preciso que le demos un sentido
sostenible a ese empeño. Por eso cobra
prioridad la agenda social, porque lo
que estamos buscando con ese crecimiento
es una opción de vida cualitativamente
mejor para nuestras poblaciones. Para
quienes, ojalá que más pronto que tarde,
se constituyan en ciudadanos de la unión
andina.
No debemos olvidar,
ni un solo momento, que los conflictos
sociales, tienen su origen en la falta
de empleo, de salud y de educación. En
las postergaciones que dividen a
nuestras sociedades y fragmentan la
solidaridad.
Estas metas son hoy
en día más difíciles de alcanzar
aisladamente, cuando nos enfrentamos a
un mundo en el que las pautas del
crecimiento están dadas por actores de
grandes conglomerados financieros. La
economía internacional está a merced de
corporaciones que no tienen, obviamente,
compromiso alguno con la distribución de
los ingresos ni con las exigencias
sociales. Nos preocupa enormemente que,
por efecto de este fenómeno los estados
pierdan autonomía real para adoptar sin
interferencias extrañas. Las decisiones
que hacen al destino de sus pueblos.
En un mundo
globalizado las grandes corporaciones,
por su propia naturaleza, adecúan su
accionar a lo que dictan los balances de
sus operaciones, el rendimiento de sus
capitales, mientras que la obligación de
nuestros gobiernos es promover con
equidad el desarrollo humano.
Frente a estos
múltiples desafíos la respuesta debe ser
contundente.
Debemos fortalecer y
consolidar nuestra integración, proceso
sobre cuyos efectos sí podemos actuar.
Señores presidentes:
La celebración del 30
aniversario de la Comunidad Andina ha
constituido una ocasión inmejorable para
que fijemos un nuevo punto de partida.
Después de cada década dimos pagos
trascendentales. Nos encontramos en los
umbrales de un nuevo milenio. La
transición no puede ser encarada
rutinariamente, no sería admisible ir al
encuentro del siguiente siglo motivados
solamente por el impulso de las
experiencias que hemos acumulado en
estas tres décadas.
El desafío es
diferente. Tenemos que afianzar y
vigorizar nuestra voluntad de seguir
cada día más unidos. Una Comunidad de
intereses sólo se construye poniéndola
por encima de las aspiraciones
individuales; con amplitud de miras.
Nuestra presencia
conjunta en el contexto regional e
internacional debe ser privilegiada en
la nueva década de vida de la Comunidad
Andina que hoy iniciamos. Es en esa
lógica que acabamos de aprobar los
lineamientos de la política exterior
comunitaria. Es un paso trascendental.
Tal vez hoy todavía no lo veamos así.
Pero estoy seguro que con el andar del
tiempo, esta decisión nos hará cada vez
más importantes en el concierto
internacional, negociando como bloque
político, actuando con voz propia,
defendiendo un espacio común.
En esa proyección,
creemos que debe conferirse máxima
prioridad a las acciones que fomenten la
integración sudamericana. La base está
en la aproximación creciente entre la
Comunidad Andina y el MERCOSUR.
El futuro de la
integración regional no está sólo en los
instrumentos, está fundamentalmente en
nuestras convicciones, en los ideales
que compartimos, en los corazones de más
de cien millones de ciudadanos que
desean cobijarse bajo una misma patria
engrandecida.
Estimados Presidentes de la Comunidad
Andina:
He constatado con
alegría el día de ayer que estamos
comenzando a buscar nuestro futuro por
rutas nuevas, más amplias, cuando, por
primera vez, en estos treinta años, en
el seno del Consejo Presidencial Andino
se habló de incluir en la Agenda Andina
el tema de la reintegración marítima de
Bolivia. Agradezco sinceramente ese
gesto y, muy fraternalmente, al estimado
Presidente de Venezuela, Hugo Chávez,
por haber promovido esa propuesta, que
significa un nuevo hito en nuestra vida
comunitaria. Un cambio fundamental,
repito, en el enfoque sobre el futuro de
la integración subregional, más allá de
la generosa propuesta sobre una cuestión
vital para mi país, al margen de si ella
es o no concretada en esta oportunidad.
El asunto ya está planteado para ser
tratado en una Cumbre Extraordinaria, ha
ingresado formalmente a nuestras
preocupaciones comunes, y no se puede
volver atrás. Queda el valioso
antecedente y refleja una mentalidad
distinta, audaz y constructiva, liberada
de egoísmos con una nación hermana,
Bolivia, que siempre ha estado dispuesta
a contribuir al creciente entendimiento
entre todas las naciones.
Al terminar estas
palabras, quiero expresarles que para
Bolivia la integración trasciende los
objetivos comerciales y de la
complementación económica entre nuestros
países.
Constituye la
herramienta irremplazable para edificar
el porvenir de nuestras naciones, dentro
de un marco de convivencia fundada en la
equidad, la paz y la democracia.
Señores Presidentes:
En este escenario de
festejos y de decisiones trascendentales
quiero renovar y ratificar la voluntad y
la vocación integracionista que ha
caracterizado a Bolivia a lo largo de su
historia. A la hija predilecta, que nace
de los sueños integradores del
Libertador Bolívar.
Muchas gracias