Discurso del Dr. Salvador Lluch, miembro fundador de la Junta del Acuerdo de Cartagena

Sesión inaugural de la XI Cumbre Presidencial Andina
26 de mayo de 1999

Para mí es un privilegio muy grande participar en los actos con que la Comunidad Andina conmemora los 30 años desde la firma del Acuerdo de Cartagena, germen de la sólida estructura institucional y política de la Comunidad. Aunque tuve el honor de ser, en representación de la República de Chile, uno de los signatarios del Acuerdo, y luego por seis años miembro de su primera Junta, debí sufrir la amargura de que, merced a una decisión impuesta, mi país dejara de pertenecer a él. Esta situación ambigua me hace valorar y agradecer doblemente a las Autoridades Andinas el que me hayan distinguido con la oportunidad de decir unas palabras en esta solemne sesión. Comprendo bien que, no obstante mi larga y leal entrega a los ideales comunes, esta designación tan honrosa es por sobre todo un gesto de amistad y acercamiento a mi país, gesto que sé que es sincera y debidamente apreciado , y por el cual les doy las más emocionadas gracias.

Me dirijo a esta dignísima asamblea con cierta dosis de angustia, porque pienso que de mi se espera que tienda una especie de puente entre esos dos lejanos días 26 de Mayo que Dios me ha permitido presenciar. Y como cada día cabe más historia en menos tiempo, tal empeño es muy difícil.-

1969, nuestro año de comienzo, fue aquel mismo en que el hombre llegó a la luna. Y esa aventura grandiosa está hoy casi olvidada.

¡ Después han cambiado tantas cosas! Se ha esfumado un sistema político de gran capacidad militar y científica , y que entonces, gracias a sus éxitos todavía recientes en tecnología del espacio, parecía destinado a ser actor principal de largo plazo en el juego planetario del poder.

El avance vertiginoso de las comunicaciones ha insertado en el seno mismo de los hogares la visión instantánea y golpeadora, casi viva, de lo que en cada minuto sucede en todo lugar del mundo.

La ciencia penetra de manera cada vez más profunda y aguzada en los fenómenos de la materia y de la vida y con ello transforma, con velocidad creciente, todos los modos de actuar, de hacer, de producir.

En el torbellino en que vivimos sumergidos, y que pone en jaque a estructuras y valores, resulta grato y tonificante encontrar islotes de permanencia, hechos e instituciones que ayuden al ser humano a ubicar un sistema de referencia que le permita afirmar sus propias raíces. Eso es lo que, emocionado y conmovido, encuentro hoy en este lugar y en esta fecha. Treinta años son un plazo harto largo en los asuntos humanos. Comprobar que después de transcurrido tal plazo los propósitos centrales de nuestro primitivo acuerdo no sólo se mantienen, sino que se afirman y adecúan ágilmente a las nuevas circunstancias, y se empinan en su alcance operativo, temporal y geográfico, me resulta sobrecogedor. Es como si la noble ciudad de Cartagena, que de nuevo nos acoge, le hubiera prestado a esta empresa, aquí nacida, algo de la solidez de sus murallas y del aplomo del fuerte de San Felipe. También, por cierto, algo de la cálida ternura con que la celebra, en bronce, el amor de su poeta predilecto.

Me impresiona esta constancia. Parece haber tareas, justamente las que más se relacionan con lo profundo del ser humano, para las cuales el tiempo mantiene su viejo ritmo y permite que generaciones sucesivas trabajen en una sola obra, siempre mejorada pero siempre la misma en su arquitectura básica. Y es sin duda el caso de ésta, que nació hace ya el tiempo de una generación y que hoy reencuentro renovada y crecida tanto en la abundancia de macizas realizaciones como de proyectos audaces.

El primitivo acuerdo ya era ambicioso. Siempre se enunció que la intención de unirse buscaba generar una mayor capacidad de acción para ponerla al servicio de nuestros pueblos, de su vida, de su calidad de vida. No eran solo expresiones declarativas. El concreto ánimo de hacer se ilustra con fuerza por el hecho de que el propio Acuerdo de Cartagena fue precedido en más de un año por el Convenio Constitutivo de la Corporación Andina de Fomento, prevista como su brazo ejecutor y financiero y convertida hoy en una dinámica entidad cuya labor rebalsa los límites de la subregión cuando contribuye a llevar al Brasil la energía eléctrica de Venezuela y el gas natural de Bolivia.

El imponente conjunto de actividades e instituciones que forman hoy el Sistema Andino de Integración, en cuya cúspide actúan personalmente los Jefes de Estado, es una demostración de voluntad política y ánimo operativo que se corresponde bien con la interpretación más optimista de las vigorosas concepciones iniciales. Pero, para relacionar debidamente los dos extremos de este soberbio arco de treinta años, creo preciso subrayar tres aspectos de los tantos que los unen, los tres aspectos que se constituyen en las características distintivas propias del proceso andino.

Está ante todo el propósito de equidad, que lo preside todo. Se construye la cooperación activa en la busca del desarrollo equilibrado y armónico, el fortalecimiento de la solidaridad subregional y la reducción de la diferencia de desarrollo entre los países miembros.

Luego encontramos la vocación regional. Se pretende que el proceso andino facilite estructurar la integración latinoamericana. Que esta afirmación no se queda en lo declarativo lo demuestran, entre otras cosas, los proyectos de la CAF a los que acabo de referirme y la generosa apertura hacia el ámbito regional del que fue hasta hace poco el exitoso Fondo Andino de Reserva.

Por último está la dimensión humana. Se persigue definir políticas sociales orientadas a elevar la calidad de vida y mejorar el acceso de los diversos grupos sociales a los beneficios del desarrollo. Y también aquí hay actividades de gran alcance, entre las que me limito a mencionar ahora los Convenios Andrés Bello en educación e Hipólito Unanue en asuntos de salud.

En nuestros días y en nuestro continente son muchas las iniciativas de apertura comercial que se autocalifican de integración. Ninguna otra tiene la vocación solidaria y humanista de la Comunidad Andina. Y es esta vocación, ratificada y sostenida, la que explica su rara vitalidad, que le ha permitido superar con éxito situaciones de gravedad tan extrema que hiceron temer por su misma permanencia.

En buena forma y buen momento celebra sus treinta años esta agrupación entrañable. Es una época de renovación intensa, una de esas etapas de transición que en los limitados precedentes históricos - marejadas modestas entre períodos de larga calma - hicieron reconsiderar lo antiguo y atreverse a abrir nuevas ventanas de orientación sin tener para ello datos previos. Hoy, la transformación es abrumadora y, como nunca antes, como el presente se siente dudoso, tendemos a mirar hacia adelante con cierta temerosa desconfianza.

Sin embargo, nunca como ahora ha sido tanto lo posible.

Leí hace algún tiempo unas líneas de Manuel Lesterner, por entonces director del programa "Ciencia y Sociedad" de la Universidad de Harvard. Se pregunta, en uno de sus libros:

¿Porqué, si disponemos de una enorme capacidad científica y técnica, incomparablemente mayor a la que ninguna generación ha tenido antes en la historia?

¿por qué si disponemos de equipos refinadísimos, de enorme capacidad de control y análisis?

¿ porqué no somos capaces de cambiar nuestras expectativas y adecuarlas al nuevo potencial y no conformarnos con proyectar nuestros deseos y esperanzas tomando como sola referencia un pasado que casi no tendrá nada en común con el futuro que ya vemos abrirse?

Pensé que mencionar ahora esta reflexión exigente podía constituir un buen mensaje de este hombre de ayer a los que aquí construyen el mañana. ¡Que Dios los ayude a seguir rompiendo límites!

Gracias por haberme escuchado.