Para mí es un
privilegio muy grande participar en los
actos con que la Comunidad Andina
conmemora los 30 años desde la firma del
Acuerdo de Cartagena, germen de la
sólida estructura institucional y
política de la Comunidad. Aunque tuve el
honor de ser, en representación de la
República de Chile, uno de los
signatarios del Acuerdo, y luego por
seis años miembro de su primera Junta,
debí sufrir la amargura de que, merced a
una decisión impuesta, mi país dejara de
pertenecer a él. Esta situación ambigua
me hace valorar y agradecer doblemente a
las Autoridades Andinas el que me hayan
distinguido con la oportunidad de decir
unas palabras en esta solemne sesión.
Comprendo bien que, no obstante mi larga
y leal entrega a los ideales comunes,
esta designación tan honrosa es por
sobre todo un gesto de amistad y
acercamiento a mi país, gesto que sé que
es sincera y debidamente apreciado , y
por el cual les doy las más emocionadas
gracias.
Me dirijo a esta
dignísima asamblea con cierta dosis de
angustia, porque pienso que de mi se
espera que tienda una especie de puente
entre esos dos lejanos días 26 de Mayo
que Dios me ha permitido presenciar. Y
como cada día cabe más historia en menos
tiempo, tal empeño es muy difícil.-
1969, nuestro año de
comienzo, fue aquel mismo en que el
hombre llegó a la luna. Y esa aventura
grandiosa está hoy casi olvidada.
¡ Después han
cambiado tantas cosas! Se ha esfumado un
sistema político de gran capacidad
militar y científica , y que entonces,
gracias a sus éxitos todavía recientes
en tecnología del espacio, parecía
destinado a ser actor principal de largo
plazo en el juego planetario del poder.
El avance vertiginoso
de las comunicaciones ha insertado en el
seno mismo de los hogares la visión
instantánea y golpeadora, casi viva, de
lo que en cada minuto sucede en todo
lugar del mundo.
La ciencia penetra de
manera cada vez más profunda y aguzada
en los fenómenos de la materia y de la
vida y con ello transforma, con
velocidad creciente, todos los modos de
actuar, de hacer, de producir.
En el torbellino en
que vivimos sumergidos, y que pone en
jaque a estructuras y valores, resulta
grato y tonificante encontrar islotes de
permanencia, hechos e instituciones que
ayuden al ser humano a ubicar un sistema
de referencia que le permita afirmar sus
propias raíces. Eso es lo que,
emocionado y conmovido, encuentro hoy en
este lugar y en esta fecha. Treinta años
son un plazo harto largo en los asuntos
humanos. Comprobar que después de
transcurrido tal plazo los propósitos
centrales de nuestro primitivo acuerdo
no sólo se mantienen, sino que se
afirman y adecúan ágilmente a las nuevas
circunstancias, y se empinan en su
alcance operativo, temporal y
geográfico, me resulta sobrecogedor. Es
como si la noble ciudad de Cartagena,
que de nuevo nos acoge, le hubiera
prestado a esta empresa, aquí nacida,
algo de la solidez de sus murallas y del
aplomo del fuerte de San Felipe.
También, por cierto, algo de la cálida
ternura con que la celebra, en bronce,
el amor de su poeta predilecto.
Me impresiona esta
constancia. Parece haber tareas,
justamente las que más se relacionan con
lo profundo del ser humano, para las
cuales el tiempo mantiene su viejo ritmo
y permite que generaciones sucesivas
trabajen en una sola obra, siempre
mejorada pero siempre la misma en su
arquitectura básica. Y es sin duda el
caso de ésta, que nació hace ya el
tiempo de una generación y que hoy
reencuentro renovada y crecida tanto en
la abundancia de macizas realizaciones
como de proyectos audaces.
El primitivo acuerdo
ya era ambicioso. Siempre se enunció que
la intención de unirse buscaba generar
una mayor capacidad de acción para
ponerla al servicio de nuestros pueblos,
de su vida, de su calidad de vida. No
eran solo expresiones declarativas. El
concreto ánimo de hacer se ilustra con
fuerza por el hecho de que el propio
Acuerdo de Cartagena fue precedido en
más de un año por el Convenio
Constitutivo de la Corporación Andina de
Fomento, prevista como su brazo ejecutor
y financiero y convertida hoy en una
dinámica entidad cuya labor rebalsa los
límites de la subregión cuando
contribuye a llevar al Brasil la energía
eléctrica de Venezuela y el gas natural
de Bolivia.
El imponente conjunto
de actividades e instituciones que
forman hoy el Sistema Andino de
Integración, en cuya cúspide actúan
personalmente los Jefes de Estado, es
una demostración de voluntad política y
ánimo operativo que se corresponde bien
con la interpretación más optimista de
las vigorosas concepciones iniciales.
Pero, para relacionar debidamente los
dos extremos de este soberbio arco de
treinta años, creo preciso subrayar tres
aspectos de los tantos que los unen, los
tres aspectos que se constituyen en las
características distintivas propias del
proceso andino.
Está ante todo el
propósito de equidad, que lo preside
todo. Se construye la cooperación activa
en la busca del desarrollo equilibrado y
armónico, el fortalecimiento de la
solidaridad subregional y la reducción
de la diferencia de desarrollo entre los
países miembros.
Luego encontramos la
vocación regional. Se pretende que el
proceso andino facilite estructurar la
integración latinoamericana. Que esta
afirmación no se queda en lo declarativo
lo demuestran, entre otras cosas, los
proyectos de la CAF a los que acabo de
referirme y la generosa apertura hacia
el ámbito regional del que fue hasta
hace poco el exitoso Fondo Andino de
Reserva.
Por último está la
dimensión humana. Se persigue definir
políticas sociales orientadas a elevar
la calidad de vida y mejorar el acceso
de los diversos grupos sociales a los
beneficios del desarrollo. Y también
aquí hay actividades de gran alcance,
entre las que me limito a mencionar
ahora los Convenios Andrés Bello en
educación e Hipólito Unanue en asuntos
de salud.
En nuestros días y en
nuestro continente son muchas las
iniciativas de apertura comercial que se
autocalifican de integración. Ninguna
otra tiene la vocación solidaria y
humanista de la Comunidad Andina. Y es
esta vocación, ratificada y sostenida,
la que explica su rara vitalidad, que le
ha permitido superar con éxito
situaciones de gravedad tan extrema que
hiceron temer por su misma permanencia.
En buena forma y buen
momento celebra sus treinta años esta
agrupación entrañable. Es una época de
renovación intensa, una de esas etapas
de transición que en los limitados
precedentes históricos - marejadas
modestas entre períodos de larga calma -
hicieron reconsiderar lo antiguo y
atreverse a abrir nuevas ventanas de
orientación sin tener para ello datos
previos. Hoy, la transformación es
abrumadora y, como nunca antes, como el
presente se siente dudoso, tendemos a
mirar hacia adelante con cierta temerosa
desconfianza.
Sin embargo, nunca
como ahora ha sido tanto lo posible.
Leí hace algún tiempo
unas líneas de Manuel Lesterner, por
entonces director del programa "Ciencia
y Sociedad" de la Universidad de Harvard.
Se pregunta, en uno de sus libros:
¿Porqué, si
disponemos de una enorme capacidad
científica y técnica, incomparablemente
mayor a la que ninguna generación ha
tenido antes en la historia?
¿por qué si
disponemos de equipos refinadísimos, de
enorme capacidad de control y análisis?
¿ porqué no somos
capaces de cambiar nuestras expectativas
y adecuarlas al nuevo potencial y no
conformarnos con proyectar nuestros
deseos y esperanzas tomando como sola
referencia un pasado que casi no tendrá
nada en común con el futuro que ya vemos
abrirse?
Pensé que mencionar
ahora esta reflexión exigente podía
constituir un buen mensaje de este
hombre de ayer a los que aquí construyen
el mañana. ¡Que Dios los ayude a seguir
rompiendo límites!
Gracias por haberme escuchado.