Discurso del Secretario General de la Comunidad Andina, Sebastián Alegrett, en el homenaje de despedida que le rindieron el Consejo Andino de Ministros de Relaciones Exteriores y la Comisión de la Comunidad Andina, asi como los señores cancilleres de Bolivia y Perú en representación de sus respectivos gobiernos

Lima, 7 de julio de 2002

Hace cinco años, en Bolivia, los Presidentes andinos, enfrentados a la eventualidad de una severa crisis originada por el anuncio del retiro del Perú, tuvieron a bien honrarme con la designación de Secretario General de la Comunidad Andina e inaugurar la nueva institucionalidad que un año antes había establecido el Protocolo de Trujillo.

Deseo expresar mi enorme gratitud a los señores Presidentes por haber depositado en mí, esa inmensa confianza que es uno de los motivos de legítimo orgullo que conservo.

En ese entonces, era mi profunda convicción que nuestro proceso integracionista no tendría sentido sin la participación del Perú. Consagré todos mis esfuerzos a revertir esta decisión inicial y tuve la inmensa satisfacción de iniciar mi período el mismo día que se aprobó la plena reincorporación del Perú a esta Comunidad.

Durante estos cinco años me propuse profundizar la integración, ampliar su agenda y fortalecer su proyección externa. Procuré, a la vez, que la Secretaría General se convirtiera en una institución moderna, ágil y eficiente que mereciera el respeto y la confianza de los Países Miembros.

No deja de ser una interesante paradoja que cinco años después, en la misma Bolivia, los Presidentes andinos se hayan comprometido a tener, ahora sí, un Arancel Externo Común en el que participarán todos los países. Falta, tan sólo, tener el coraje de cruzar el Rubicón para contar, lo antes posible, con nuestra unión aduanera, con nuestro espacio económico propio, que haga posible alcanzar el Mercado Común en el año 2005.

Igualmente satisfactorio ha sido comprobar que, día a día, la Comunidad Andina ha ido definiendo internacionalmente su perfil, a partir de lo cual le ha sido posible participar o negociar acuerdos comerciales y políticos de la mayor significación para el futuro de nuestros países.

Todo lo anterior no hubiera sido posible sin contar con la manifiesta voluntad política y el respaldo que reiteradamente mostraron los Gobiernos de los países miembros y, por cierto, sin la mística y dedicación de absolutamente todo el personal con quien he tenido el placer y privilegio de trabajar estos años. Por ello es que, al momento de concluir mis funciones, sólo tengo una palabra: ¡gracias!.

Gracias por la benevolencia y comprensión que tuvieron los Gobiernos conmigo en todo momento, pese a que no siempre les resultara fácil aceptar el celo que ponía, tanto en las iniciativas que asumía como en el ejercicio de mis competencias. Gracias también a mis colaboradores, generosos todos ellos en su entrega a la causa de la integración.

Gracias a mi querido amigo de tantos años, Gustavo Fernández, por el homenaje que a nombre del Consejo y de la Comisión me ha hecho y por la enaltecedora Condecoración que su Gobierno me otorga.

Gracias a Diego García Sayán, también muy dilecto amigo, cuyo Gobierno no ha querido verme partir de este hermoso país que nos acogió con calidez a Cristina y a mí, y en donde tejimos entrañables amistades, sin hacerme antes este honroso reconocimiento.

Gracias a todos ustedes por haber querido acompañarme en este momento que es de júbilo, como son todos los homenajes, y de tristeza, como son todas las partidas.