Discurso del Secretario General de la Comunidad Andina, Sebastián Alegrett, con motivo del XXXII aniversario de la suscripción del Acuerdo de Cartagena

Lima, 28 de mayo de 2001

En 1997, ratificado el Protocolo de Trujillo entró en vigencia la nueva institucionalidad de la Comunidad Andina y tuve el honor de asumir la Secretaría General que reemplazaba con todos sus atributos y competencias a la antigua Junta del Acuerdo de Cartagena.

En estos casi cuatro años, es la primera vez que tenemos el privilegio de recibir, honrados y complacidos, al Presidente del Perú. Su visita, con motivo de este aniversario, es una manifestación clara del compromiso adoptado por su Gobierno con la integración andina, la cual se ha convertido en un pilar fundamental de su política exterior.

La participación del Perú, en la persona del Presidente del Consejo de Ministros y Canciller de la República, don Javier Pérez de Cuéllar, ha sido decisiva en el impulso político necesario para retomar la profundización de nuestro proceso y transformarlo en un interlocutor de peso en los diversos escenarios de negociación internacional actualmente en curso.

Fue muy importante en ese sentido, la iniciativa del señor Canciller del Perú de convocar a una Reunión Extraordinaria del Consejo de Cancilleres en marzo último que permitió examinar con amplísima libertad y en profundidad, los temas que estaban dificultando nuestra indispensable cohesión política. Posteriormente, la reunión de Presidentes andinos en Cartagena de Indias, sirvió para demostrar, una vez más, la gran capacidad concertadora del Perú y de su ilustre Canciller.

Bien sabe usted, señor Presidente, que la integración es un proceso que nace de una firme voluntad política. En el caso andino, este aserto es mucho más dramático si se quiere. A diferencia de otros procesos de integración y, pese a compartir una misma lengua y los fundamentos de una cultura común, nunca hubo un relacionamiento importante entre nuestros países en términos económicos o comerciales. Rescataron nuestros Presidentes, y entre ellos el Arq. Fernando Belaúnde, quien suscribió la Declaración de Bogotá de 1966 - antecedente directo del Acuerdo de Cartagena - un mandato de la historia que nos había legado con su visión genial el Libertador Simón Bolívar.

Hemos perseverado en este esfuerzo por treinta y dos años, con marchas y contramarchas. Estas últimas debidas, por una parte, a la vulnerabilidad de nuestras economías frente a los choques externos. Por la otra, a circunstancias políticas internas que han sufrido nuestros países como consecuencia de la ruptura del orden constitucional en algunos de ellos. Hechos de esta naturaleza explican el proceso de retiro de Chile del Pacto Andino que se inició en septiembre de 1973 y culminó tres años más tarde. De igual manera, explican el distanciamiento del Perú de la integración subregional a raíz del auto-golpe de 1992. La actitud de ese gobierno frente a la integración se tornó pasiva, cuando no reticente y hasta podría decirse hostil. No fue sino hasta junio de 1997, cuando el retiro del Perú parecía inminente, que se logró impedir su separación de nuestra comunidad de naciones.

Durante los años en que el Perú se mantuvo distanciado del proceso de integración, dejó de aplicar el Programa de Liberación y no adoptó el Arancel Externo Común. Este rezago le impidió al país beneficiarse del mercado ampliado y de las otras ventajas del proceso que contribuían a inducir el desarrollo y las exportaciones de productos distintos a los del sector primario.

La consecuencia de esos hechos explica por qué las exportaciones del Perú a la subregión andina representaban el año pasado apenas un 6,6% del total, porcentaje muy inferior a las del resto de los países andinos. Esto, pese a que ese año las exportaciones peruanas a la subregión andina crecieron en un 29%, frente a un 14% de crecimiento de sus exportaciones totales al mundo. Aún así el área andina es, como zona económica, el tercer mercado del país luego del TLC (NAFTA) y de la Unión Europea, superando ampliamente lo exportado al Mercosur o a países vecinos como Chile.

Otro tanto puede decirse del lado de las importaciones, en el que la Comunidad Andina figura como segundo proveedor del Perú, luego del TLC (NAFTA) y con gran ventaja respecto de la Unión Europea, Mercosur y Chile.

Ahora, con este renacimiento democrático que usted mejor que nadie encarna, Señor Presidente, ¿qué podemos esperar si no un Perú activo y participativo, que contribuya a dinamizar nuestra integración?

Día a día nuestra Comunidad Andina madura y se afirma en un desarrollo compartido en lo económico, social y político, con equidad y sentido de realidad. El único "ismo", como elemento gramatical compositivo, que practicamos es el de "regionalismo abierto", distinguiéndonos de todo extremo político y económico como el "proteccionismo" o el "neoliberalismo".

Nuestra Unión Aduanera no se aplica todavía plenamente. Bolivia tiene un trato especial y el Perú no participa de este instrumento tarifario. Sin embargo, el libre comercio subregional registra una notable expansión, sustentada en la solidez jurídica de la normativa comunitaria, y puede alcanzar este año los seis mil millones de dólares. El noventa por ciento de ese comercio es de productos de alto valor agregado. Hemos multiplicado nuestras inversiones, el transporte terrestre y marítimo, y las frecuencias de comunicaciones aéreas y telefónicas.

El Consejo Presidencial Andino se ha propuesto ahora la tarea de concretar para el año 2005 un Mercado Común. Será ese el espacio andino para la libre circulación de los bienes, los servicios y los capitales y las personas. Ya hemos orientado con sentido prioritario las tareas de la Secretaría General para el logro de ese ambicioso objetivo.

Por lo pronto, se han presentado a los gobiernos cuatro propuestas para su decisión, con ocasión, de la próxima Reunión Ordinaria del Consejo Presidencial Andino. Dos de ellas, las relativas a la Libre Circulación de Personas y a las Políticas de Integración y Desarrollo Fronterizo, muestran avances significativos y serán próximamente consideradas por el Consejo de Cancilleres. Las otras dos, a ser acordadas por la Comisión, tratan de la Política Agrícola Común Andina y de un nuevo Arancel Externo Común que permita cimentar sobre bases modernas y más adecuadas nuestra Unión Aduanera.

En relación con este último aspecto, se han propuesto niveles de protección más bajos que los actuales y se reduce considerablemente la dispersión tarifaria, con lo cual se estimula la productividad y se favorece la competitividad de la producción subregional, tanto en los propios como en terceros mercados. Esta versión renovada de instrumento arancelario facilitará su adopción por parte de Bolivia, y del Perú en particular, en virtud de los lineamientos seguidos en su reciente reforma arancelaria.

Pero al tiempo en que profundizamos nuestra integración hemos sabido responder a los desafíos de la globalización. Atrás quedaron las concepciones de un proceso cerrado y autosuficiente. Hemos sido capaces de articular posiciones comunes y definir vocerías únicas en negociaciones internacionales. Las más importantes y urgentes son las del Mercosur y la del Area de Libre Comercio de las Américas (ALCA).

Un proceso de integración no sólo puede comprender los temas económicos y comerciales. Tiene una dimensión política y una dimensión social. En la dimensión política, hemos sido capaces de definir una agenda de Política Exterior Común que nos va a permitir proyectarnos comunitariamente en la escena internacional y participar así del debate de los grandes temas que afectan la vida de las naciones.

Mas aún, rescatando antecedentes propios, hemos puesto en vigencia una Cláusula Democrática que compromete a la Comunidad Andina con la vigencia de la democracia y el estado de derecho.

Si algo nos ha faltado en la integración ha sido la concreción de este esfuerzo en sólidos y efectivos vínculos de cooperación para acometer seriamente las demandas sociales de nuestros pueblos. La integración tiene como objetivo mejorar la calidad de vida de los pueblos y esa tarea implica que definamos una agenda social con claras prioridades.

Pero además, debemos superar el déficit de participación en el proceso andino. La integración no sólo implica la participación activa de gobiernos o de empresarios, comprende a toda la sociedad. Es nuestra tarea desarrollar los mecanismos que permitan a los hombres y a las mujeres de las naciones andinas encontrar en la integración un medio para la mejor realización de sus proyectos de vida.

He aquí señor Presidente, en breve síntesis, lo que hemos logrado y lo que tenemos por delante. Lo avanzado es realmente importante, pese a críticas y frustraciones muchas veces exageradas. Pero nos queda por delante una tarea inmensa. Debemos tener un mercado común, debemos mantener nuestra cohesión política para insertarnos en las condiciones más favorables posibles en este fenómeno llamado globalización, debemos enfrentar las demandas sociales cada día más urgentes de nuestros pueblos y debemos asegurar la participación de los ciudadanos en la integración. Sólo así podremos sentir que estamos cumpliendo con el mandato de la historia y con el sueño unitario del Libertador.