La integración de Sudamérica

Por Miguel Vega Alvear
Presidente Cámara Binacional de Comercio e Integración Perú-Brasil
El Comercio de Perú
Lima, 18 de setiembre de 2005

El mundo se encuentra en un proceso de grandes cambios, no solo por el acelerado desarrollo de la innovación y la tecnología dentro de una creciente globalización, sino por la trascendente participación en la economía mundial de China e India, hasta hace poco vistas por analistas por el tamaño de sus poblaciones y no necesariamente por el poder y competitividad de sus producciones industriales .

Dicho fenómeno, ha puesto a la Cuenca del Pacífico en el centro de la atención internacional, debido a que hoy día el 56% del comercio mundial se produce en la cuenca y en ella habita el 52% de la población del planeta. Ante dicha realidad, ninguna nación industrializada del mundo, o quien aspire a serlo, puede estar fuera de dicho escenario.

El Perú es el único país de la Comunidad Andina, miembro de APEC, de la Cuenca del Pacífico, con plenos deberes y derechos de participación en un mercado que al 2020 deberá facilitar el libre intercambio, sin aranceles, de bienes y servicios entre las naciones integrantes. Asimismo, nuestro país ha disminuido su proceso de industrialización en las últimas décadas, descendiendo el sector manufacturero de contribuir con el 25% del PBI y el 50% de los impuestos en la década del 70, para hoy día representar el 16% del PBI y confrontar una confusa informalidad que merma la actividad formal manufacturera, que sigue siendo el medio más eficaz que tenemos para responder al desafío del empleo.

Nuestro país tiene un serio problema social interno, que se traduce en la crisis que vivimos. Nuestras estadísticas revelan que el 50% de la población se encuentra por debajo de los indicadores internacionales de pobreza, a la vez que una accidentada geografía mantiene un desequilibrio territorial, no corregido, que hace mantener una injusta desigualdad social, a las poblaciones alejadas de las ciudades de la costa, donde se registra un mayor desarrollo relativo en comparación con las otras regiones del país. Casi la totalidad de la población en pobreza está en los territorios principalmente rurales, desconectados del engranaje económico del país.

El censo de 1940 estaba representado por una pirámide en la que la base (70%) era población rural y el vértice (30%) población urbana. Ahora, en el 2005, la pirámide está invertida, ya que el 70% es urbana y el 30% es rural. No hay inversión industrial suficiente porque no hay mercado interno. La inversión agroindustrial y textilera es la que se dedica a la exportación. No hay mercado interno porque el sector rural está inmerso en los indicadores de pobreza. El 25% de la población del Perú en extrema pobreza, es básicamente la rural andina y los suburbios urbanos, sin luz ni agua, de la costa.

Frente a esa realidad la ecuación es entendible. Si levantamos al sector rural, elevamos el ingreso de un 30% de la población económicamente activa. De ser así, estaríamos afianzando el mercado interno que facilite la inversión industrial. Obvio, si la agricultura y la industria invierten y crecen, el comercio, la construcción, los servicios, el turismo también, y con ello dinamizamos los sectores del país que más crecen como la minería, energía, pesca y exportaciones, porque la rueda de la economía giraría en la ruta correcta y a una velocidad mayor.

Esta misma ecuación se da a nivel regional, ya que la Comunidad Andina deberá concluir a fin de año la liberación del comercio recíproco y comenzar la negociación con el Mercosur para lograr la apertura comercial de Sudamérica. Lo anterior significa que para competir industrialmente en forma exitosa en el Nafta, la Unión Europea o Cuenca del Pacífico, debemos tener una plataforma de mercado ampliado, que solo la integración sudamericana nos puede dar.

Llevamos casi 50 años de marchas y contramarchas en la integración comercial latinoamericana, donde los aranceles han sido el Eje de la negociación, olvidando incluso la distorsión que las tasas de cambio e interés de nuestras monedas, han sido las grandes desequilibradoras de dicha negociación. Nuestro tiempo ha girado alrededor de la disputa de porciones de mercado que nos hemos pretendido arranchar entre sí. Sin embargo, delante de nuestros ojos, ha estado siempre a nuestra disposición, la posibilidad de que los factores de la producción (energía, mano de obra, recursos internos, capitales, tecnología, transportes, telecomunicaciones, etc.) puedan ser integrados en un contexto sudamericano, al concordar la libre circulación de los mismos entre nuestros países.

Está muy cerca de nosotros, uniendo el Mercosur y la Comunidad Andina, formar no solo una integración comercial arancelaria sudamericana, sino una integración económica de factores de producción, para que con una infraestructura común, vial, ferroviaria, energética, portuaria y de telecomunicaciones, unamos capitales, mano de obra, recursos, con convenios para evitar la doble tributación y protección de inversiones, etc., para que personas, bienes y servicios circulemos entre Sudamérica, sin pasaporte, sin aduanas, homologando los títulos universitarios, intercambiando alumnos y así uniendo lo mejor de Argentina, Brasil, Perú, Chile, Colombia, Ecuador, Venezuela, Bolivia, Paraguay, Uruguay y Guyanas, logremos forjar multinacionales sudamericanas, para exportar a un mundo que cada día se abre competitivamente más, gracias a la globalización comercial.