En la cumbre de
Brasilia, que el 1 de septiembre reunió
a 12 presidentes suramericanos, se habló
de la identidad suramericana, más como
un deseo que como una realidad.
En esta parte del
hemisferio tenemos y así se dijo,
contigüidad geográfica, valores comunes,
una agenda compartida, problemas
similares, historias repetidas, retos
compartidos, pero no una identidad.
No nos sentimos
suramericanos y el individualismo y las
nacionalidades, han impedido proyectos
conjuntos, que de haberlos adelantado
con perseverancia, nos hubieran dado una
voz y una personalidad, que nos tendrían
colocados como región, en la comunidad
internacional.
Por eso vale la pena
destacar la intención de los
mandatarios, de convertir a los doce
países en una comunidad pujante y con
identidad propia. La tarea es compleja y
ambiciosa.
Ella impone la
consolidación de los sistemas
democráticos, una paz sustentada en la
superación de las injusticias sociales,
el compromiso indeclinable de proteger y
afianzar los derechos humanos, la
solución pacífica de las controversias y
el crecimiento de las economías.
Esto último debe
asegurarse en la cooperación, la
integración económica, la protección al
medio ambiente y en un plan de acción
que nos permita insertarnos con éxito en
la globalización para poder disfrutar,
asimilándolas, de las nuevas
tecnologías, de la información y del
conocimiento.
Tenemos a nuestro
haber por lo menos cuatro décadas de
intentos integracionistas y aún estamos
lejos de poder mostrar una región
integrada, armónica y fortalecida.
Lo que ha predominado
son los esquemas subregionales y los
convenios bilaterales y multilaterales.
De ahí que la intención de articular y
hacer converger los diferentes procesos
integracionistas, sea no solamente
buena, sino necesaria.
Particularmente ahora
cuando estamos a cinco años de la puesta
en marcha de la zona hemisférica de
libre comercio o Alca.
La negociación que se
acordó y que debe iniciarse en forma
inmediata, para que el Mercosur y la
Comunidad Andina establezcan antes del 1
de enero del año 2002, una Zona de Libre
Comercio inspirada en los principios del
"regionalismo abierto", va en la
dirección correcta y por tal motivo
esperamos que los gobiernos no fracasen
y que la retórica de integración se
convierta en una realidad.
De esa zona
suramericana no puede estar ausente
Chile y tampoco Guyana y Surinam, que
aunque tardíamente, ya fueron invitados
a unirse en el proyecto suramericano,
que debe articularse, en su momento, con
México, Centroamérica y el Caribe.
No podemos reducir
todo al comercio y a los negocios. El
concepto de integración es más amplio.
La infraestructura
física en las áreas de energía,
telecomunicaciones, carreteras, ríos y
el aire, que haga fluir el transporte de
mercancías y personas, es vital para
apuntalar el sueño suramericano.
Afortunadamente el
Banco Interamericano de Desarrollo -BID-
y la Corporación Andina de Fomento -CAF-
están comprometidos para que el sueño se
realice.
Ojalá que la
Declaración de Brasilia no se quede,
como tantas, en pura palabrería.