Sebastián Alegrett en la CAN

Por José Antonio García Belaunde
Diario La República
Lima, 11 de agosto de 2002

Era abril de 1997 y se realizaba en Sucre, Bolivia, una cumbre andina a la que no asistía Alberto Fujimori, quien días antes había anunciado el retiro del Perú del Grupo Andino, como entonces se le llamaba. Era una cumbre importante. Un año antes en Trujillo, Perú, los presidentes habían transformado la institucionalidad del Pacto Andino creando la Comunidad Andina y reemplazando a la Junta del Acuerdo de Cartagena, un órgano técnico colegiado, por la Secretaría General.

Debía iniciarse una nueva etapa, con nuevas instituciones. Pero el malhadado anuncio de Fujimori parecía condenar al fracaso este esfuerzo de darle nuevo impulso a la integración. Los presidentes Gonzalo Sánchez de Losada (Bolivia), Ernesto Samper (Colombia), Fabián Alarcón (Ecuador) y Rafael Caldera (Venezuela) decidieron mantener vivo el sueño de Bolívar y convocaron para esta tarea inmensa a un hombre que ya había dado muestras de talento político, habilidad diplomática y solidez profesional, cuando dirigió el SELA en los años de la crisis de la deuda latinoamericana, Sebastián Alegrett.

A partir de ese momento Alegrett dedicó todos sus esfuerzos a impedir la salida del Perú de la Comunidad Andina. Intuyó rápidamente que Sánchez de Losada era el presidente con mayor capacidad de influir sobre Fujimori, en vista de que se había negado a soltar a los emerretistas presos en Bolivia, a cambio de la liberación de su Embajador en Lima, Jorge Gumucio, uno de los rehenes en la embajada del Japón.

Es así como realizó una suerte de alianza estratégica con el jefe de Estado boliviano, quien habló insistentemente con Fujimori, e incluso le envío una misión a nivel ministerial con propuestas concretas. En Lima estableció, también, su red a partir de la cual pudo plantear alternativas para la permanencia del Perú a aquellos que, como el ministro Gustavo Caillaux y altos funcionarios de la Cancillería, lealmente discrepaban de la decisión anunciada.

En este ejercicio de presentar soluciones, Alegrett fue audaz hasta lo inimaginable e inaceptable para los otros socios andinos, pero lo hacía con ánimo provocador, buscando reacciones que llevasen a todos a un punto de encuentro y equilibrio. Repetía, a manera de justificación, una frase feliz que se le había ocurrido: Comunidad Andina sin Perú es como ceviche sin rocoto.

Su esfuerzo e imaginación dieron resultados. El primero de agosto de ese año asumió la Secretaría General de la CAN y el Perú se reincorporaba a su espacio natural de integración. Quedaba, así, liquidada la opción anti-integracionista que desde 1992 alentaba el fujimorismo económico. Se había planteado que la integración era antitética con la inserción internacional. "Nos integramos al mundo", clamaban los dogmáticos.

Despejado el tema Perú, Alegrett pudo iniciar su período con mejores auspicios y ejercer el liderazgo para el que había sido llamado. Como era su costumbre, no entendió que esa función era la de un simple administrador burocrático. Se planteó metas a cual más ambiciosa. Convencido del símil entre un proceso de integración y la bicicleta, que si no avanza se cae, a cada reunión anual de los presidentes llegaba con nuevos objetivos.

Así logró que los andinos establecieran el año 2005 como la fecha límite para el establecimiento del mercado común: aquel espacio en donde transitarán libremente no solo los bienes, sino los servicios, los capitales y las personas. Avanzó propuestas que hoy son realidades, como el uso de los documentos nacionales de identidad para desplazarse por la sub-región.

Pero donde concentró sus esfuerzos fue en tener un nuevo Arancel Externo Común, en donde participaran todos los países. Este era indispensable para el proyecto de mercado común y urgente de cara a las negociaciones del ALCA. Lo recuerdo en su casa, en los últimos días de julio, ya muy débil, escribiendo una Carta a los Presidentes Andinos que se iban a reunir en Guayaquil, urgiéndoles adoptar este instrumento vital. Los presidentes andinos acordaron tenerlo antes de este 15 de octubre. Alegrett había ganado una nueva batalla, esta vez al borde de la muerte.

Como era un bolivariano serio, que conocía bien el pensamiento del Libertador y no recurría a citas manidas, creía firmemente en las posibilidades que a nuestros países les ofrece proyectarse comunitariamente en la escena internacional. Alentó desde la Secretaría la definición de una política exterior común. Tuvo claro que el desafío de la globalización requería unidades políticas más grandes, más sólidas, con mejor capacidad negociadora. Por ello su interés en el acuerdo CAN Mercosur y por asegurar una negociación conjunta del ALCA.

Celoso defensor de las responsabilidades que le imponía el Acuerdo de Cartagena, no dudó nunca en denunciar a los países que incumplían sus compromisos. Lo hacía con absoluta independencia y firmeza. Esta tarea nada fácil fue siempre mal comprendida ya sea por los gobiernos o por empresas que no gustaban de una autoridad supranacional. A escala menor, se repicaba aquí lo que ocurre frecuentemente en la Unión Europea, manifiesto desagrado por los fallos de la autoridad comunitaria, sin que ello lo intimidara.

El liderazgo que ejerció durante los cinco años que estuvo al frente de la CAN fue producto de sus convicciones y su coraje. O si se quiere de su libertad, que le hacía actuar sin condicionamiento alguno, personal o patriotero. No era prisionero de dogmas ni falsas lealtades. Siendo un venezolano cabal -y nadie lo podía dudar- había hecho una opción por América Latina y por la región andina. Esas eran sus patrias y ejercía su ciudadanía cada día. Lo hacía con inteligencia y sensibilidad, lo que le permitía una visión y comprensión exacta de nuestras realidades. Lo hacía también con osadía (fue el primero que, desde el SELA en los años 80, propuso establecer un límite al pago de la deuda de América Latina y afirmó la ruta ya esbozada por su antecesor y amigo Carlos Alzamora, de negociar en conjunto la deuda, frente al sindicato de los banqueros).

En el Perú, donde tantos y tan buenos amigos ha dejado, se le recordará además por el cariño que siempre mostró a su tierra y a sus hombres. Lo dijo muy bien el siete de julio, en el homenaje que los Cancilleres y los ministros de Comercio andinos le rindieron: "cuando uno conoce bien a los peruanos encontrará en ellos profundidad y solidez".

Sebastián Alegrett muere a los 60 años, con una obra de vida impresionante y con proyectos cuyo ejemplo debe servir para retomarlos allí donde él los deja. Hará mucha falta, qué duda cabe, a muchos. Lo extrañarán los suyos, pero no sólo ellos, también sus patrias, la chica y la grande, y quienes tuvimos la suerte grande de gozar de su bonhomía, de su talento, de su generosidad y de esa calidez franca que entregaba a sus amigos.