Unión Sudamericana de Naciones: desafíos
y oportunidades
Por Uziel Nogueira, Economista BID-INTAL
*
Junio 2008
Los Jefes de Estado y de Gobierno de los
12 países sudamericanos -Argentina,
Bolivia, Brasil, Chile, Colombia,
Ecuador, Guyana, Paraguay, Perú,
Surinam, Uruguay y Venezuela- firmaron
el 23 de mayo en Brasilia, el tratado
constitutivo de la Unión Sudamericana de
Naciones (UNASUR). El tratado es el
resultado de un trabajo diplomático que
llevaron adelante conjuntamente los
países signatarios a partir de las
Declaraciones de Cusco (8 de diciembre
de 2004), Brasilia (30 de setiembre de
2005) y Cochabamba (9 de diciembre de
2006).
Si bien esta serie de eventos
constituyen los antecedentes inmediatos
de la nueva entidad regional, la misma
tiene su origen en la Reunión de
Presidentes de América del Sur que tuvo
lugar durante el año 2000 también en
Brasilia. La UNASUR tiene como objetivo
construir un espacio de integración y
unión en el ámbito cultural, social,
económico y político, priorizando el
diálogo político y la articulación de
políticas sociales, educativas,
energéticas, infraestructurales,
financieras y medioambientales. Un
detalle muy importante para destacar es
la participación por primera vez en un
esquema de integración sudamericano, de
Guyana y Surinam, ex colonias de Gran
Bretaña y Holanda, respectivamente.
La aparición del nuevo esquema de
integración trae consigo desafíos y
oportunidades. El primer desafío está
relacionado con su coexistencia con dos
esquemas de integración ya establecidos
-la Comunidad Andina de Naciones (CAN) y
el Mercado Común del Sur (MERCOSUR)- que
tienen normas y procedimientos propios,
tanto en materia jurídica como económica
y comercial. Armonizar los
procedimientos de la nueva organización
con las pre-existentes tomará un
considerable tiempo y esfuerzo.
La CAN es una unión aduanera que fue
concebida en la década de 1960, cuando
la integración europea era el modelo a
ser imitado. A su vez, el MERCOSUR
-también un proyecto de unión aduanera-
surge en la década de 1990, cuando el
modelo norteamericano de integración vía
tratados de comercio preferencial se
constituyó en el paradigma del NAFTA e
influenció la nueva generación de
acuerdos comerciales a nivel
hemisférico. La UNASUR podrá absorber
gradualmente en su desarrollo
institucional las estructuras existentes
de los dos esquemas de integración
(incluyendo también las burocracias). No
obstante, debe mencionarse que el
sistema intergubernamental fue
preservado en el diseño institucional de
la UNASUR, en detrimento de la
supranacionalidad que ha prevalecido
históricamente en la experiencia
europea.
El segundo desafío es de orden
financiero, recursos humanos y
prioridades. La UNASUR estará
compitiendo con la CAN y el MERCOSUR por
escasos recursos financieros y
gerenciales. Incluso los países más
prósperos de la región -como Argentina,
Brasil, Chile y Venezuela- sufren
restricciones de orden financiero y la
falta de funcionarios especializados en
temas de integración para cumplir con la
misión de la nueva integración. A su
vez, la restricción financiera y de
recursos humanos calificados determina
que cada país tenga que revisar sus
prioridades en relación a la nueva
organización. De esta manera, es muy
probable que con excepción de Brasil
-principal impulsor de la UNASUR-, los
demás socios del MERCOSUR tengan como
prioridad la solución de los problemas
del bloque en detrimento de la nueva
organización. Algo similar podría
también ocurrir en el ámbito de la CAN.
Por el lado de las oportunidades, la
nueva organización generó un bien
público que beneficia a los doce países
miembros a partir de la propuesta
brasileña de creación del Consejo
Sudamericano de Defensa. El objetivo del
Consejo -aceptado por la mayoría de los
países- es generar un espacio de debate
en el área de seguridad y defensa,
evitando situaciones que potencialmente
puedan generar conflictos como la
ocurrida recientemente entre Colombia,
Ecuador y Venezuela. En tal sentido,
cabe señalar que la ausencia de
conflictos bélicos ha sido una de las
ventajas comparativas intangibles más
fuertes de América del Sur para atraer
Inversiones Extranjeras Directas (IED) y
promover la integración económica.
Los beneficios que se podrían obtener en
los próximos años son considerables. En
primer lugar, se establece un mecanismo
interesante para apoyar el proceso de
unión de los países sudamericanos,
sustentado por una infraestructura
regional y la integración
económico-comercial. En este sentido, se
debe mencionar que el trabajo realizado
por el BID a través de la Iniciativa
para la Integración de la
Infraestructura Regional
(IIRSA)
ocupa un rol central tanto en el
fortalecimiento de la integración
sudamericana como en la construcción de
economías más prósperas que fortalezcan
el proceso democrático y el combate
efectivo a la pobreza y la desigualdad
social.
El tratado recientemente firmado busca
recuperar el ideal europeo de
integración solidaria, eliminando
progresivamente las asimetrías
económicas existentes entre los doce
países, de manera que las economías más
pequeñas y más pobres puedan ser
relativamente más beneficiadas. La
experiencia de la reciente creación del
Fondo para la Convergencia Estructural
del MERCOSUR (FOCEM) ofrece un modelo
que podría ser aprovechado.
En segundo lugar, genera una nueva
entidad geopolítica en una parte del
mundo en la que existen vastas reservas
de recursos naturales, tales como
minerales, agua, tierras cultivables y
energía. Esta dotación de recursos
naturales -apoyada por una
infraestructura de primer nivel y
explotada por recursos humanos bien
entrenados- puede tornarse en una de las
más importantes áreas económicas en un
mundo globalizado que consume grandes
cantidades de alimentos, materia prima y
energía. El caso del petróleo es
bastante ilustrativo. Si fuesen
comprobadas las reservas brasileñas “off
shore” -que podrían superar los 50.000
millones de barriles- las reservas
combinadas de Brasil y Venezuela serán
superiores a las de Arabia Saudita,
estimadas en 250.000 millones de
barriles. A su vez, grandes reservas y
producción de petróleo, gas natural,
hidroelectricidad y biocombustible,
permitirán una sólida integración
energética regional con beneficios para
los doce países, principalmente a los
importadores de energía como Chile,
Paraguay, Uruguay, Surinam y Guyana.
En conclusión, la UNASUR puede tornarse
en un importante instrumento que
viabilice el proceso de integración
económica y la unión entre los doce
países de la región. La integración
regional -acompañada por políticas
socioeconómicas sustentables en cada
país- podrá traer prosperidad para
todos, especialmente para los países más
pobres. Por otro lado, el principal
desafío será construir una organización
regional eficiente, en una región en la
cual predominan las instituciones
nacionales frágiles.
Este artículo fue publicado
en la Columna de Análisis de la Carta Mensual INTAL
142, Boletín de difusión
*
uzieln@iadb.org