¿Hacia una vía bilateral?
Las razones de
un acuerdo marco de la Comunidad Andina
con los Estados Unidos.
Por
Guillermo Fernández de Soto,
Secretario General de la Comunidad
Andina
Diario La República
Bogotá, 19 de mayo de 2003
En la
actualidad parecen existir percepciones
encontradas en las naciones andinas,
frente a la posibilidad de que el ALCA
se retrase en su cronograma o se reduzca
en sus alcances en una primera etapa.
Esta confusión ocurre fundamentalmente
como consecuencia de la solicitud de un
grupo de países latinoamericanos, para
que durante la fase inicial del Acuerdo
se excluyan algunos temas como los
referidos a los servicios, las compras
públicas y las inversiones. Debo admitir
que las señales en este sentido aún no
son muy precisas.
Por eso
resulta natural la preocupación de
algunos naciones de la subregión que ven
cómo empieza a agotarse el período de
las preferencias arancelarias obtenidas
en el marco del ATPDEA sin que aún
comiencen las negociaciones sustantivas
del ALCA. Por tal razón, Colombia y
Perú, principalmente, han anunciado su
interés en avanzar en forma rápida en un
tratado bilateral con los Estados
Unidos, con base en la experiencia
seguida por Chile, un país que logró
acuerdos sustanciales de libre comercio
después de 12 años de profundas e
intensas negociaciones.
Si bien
esta preocupación es legítima, varias de
las afirmaciones que se han hecho en las
últimas semanas para justificar esta
opción, resultan a mi juicio un tanto
apresuradas. Y a ellas quiero referirme
de manera breve, pero ilustrativa.
Se ha
argumentado que existe interés del
gobierno norteamericano de explorar las
negociaciones bilaterales y tratar de
avanzar en esta dirección, como “única
vía” para neutralizar los riesgos de un
eventual aplazamiento del cronograma del
ALCA. Sin embargo, mis conversaciones de
hace unas semanas con la oficina del
Representante Comercial de los Estados
Unidos, me dejaron la impresión
contraria. Y así fue ratificado en la
reunión que recientemente sostuvieron
los presidentes George Bush y Alvaro
Uribe en la ciudad Washington. Estados
Unidos tiene una clara intención de
fortalecer las negociaciones a través
del ALCA y, a mi juicio, esta es una
consecuencia directa, entre otras
razones, de la puesta en marcha del
sistema de vocerías únicas para los
bloques regionales de América Latina
(Comunidad Andina, Mercado Común
Centroamericano, Mercosur) que, dentro
del pragmatismo que caracteriza a la
Oficina del Representante Comercial, ha
sido vista como una fórmula efectiva de
aproximación con nuestras naciones.
Con
similar criterio, la Unión Europea en
las recientes negociaciones de Bruselas,
en torno a la cooperación y el diálogo
político con la Comunidad Andina - que
tuve oportunidad de presidir en compañía
del Comisario Chris Patten -, se
pronunció sobre la necesidad de que los
países de la subregión actuaran de
manera conjunta en estas aproximaciones.
Allí, por cierto, logramos un importante
avance al ratificar nuestro propósito de
continuar en la tarea de consolidar la
Unión Aduanera andina como paso previo a
un acuerdo de asociación con el bloque
europeo.
Se señala,
así mismo, con inusitada frecuencia, que
un punto de partida debería ser el
acuerdo que se logró entre los Estados
Unidos y Chile por tratarse del camino
más expedito para resolver la actual
encrucijada en que se encuentran las
negociaciones hemisféricas. Estas
apreciaciones, sin embargo, se
fundamentan en un nuevo error de
apreciación. Chile presenta unas
condiciones que le dan gran
particularidad a su aproximación con los
Estados Unidos y a otros bloques
comerciales con los cuales ha logrado
acuerdos. Se trata de un país con una
estructura productiva y comercial muy
diferente a la de los cinco países
andinos que, además, ha adoptado una
estrategia de acercamientos bilaterales
en sus negociaciones internacionales,
fundamentado en la fortaleza de su
sector agro-industrial. Una estrategia
como esta, labrada durante doce años,
bajo condiciones particulares, con todo
un proceso de formación de negociadores
y un “lobbying” persistente en
Washington, resulta muy difícil de
replicar por otros países en una
aventura bilateral de corto plazo.
Algunos
diplomáticos de nuestros países han ido
más allá en días recientes, al señalar
que la fórmula bilateral nos permitiría
aislarnos de los resultados de las
negociaciones de la ronda Doha de la
Organización Mundial del Comercio (OMC),
alrededor de los subsidios agrícolas.
Según este argumento, a través de la
fórmula bilateral, los países en
desarrollo podrían obtener acuerdos
directos sin los riesgos que entraña la
vía multilateral. De nuevo estas
opiniones omiten un hecho que bien cabe
resaltar. La OMC es entre los organismos
del sistema multilateral el que ostenta
una mayor democracia en sus
deliberaciones. Cada miembro, sin
importar su tamaño o capacidad
productiva, tiene derecho a un voto y
sus decisiones se adoptan por consenso.
Por tal razón, resultaría inexplicable
que algunos países andinos terminaran
entregando en forma bilateral aquello
que aún no han negociado en el marco de
la ronda Doha.
Basado en
estas consideraciones, he venido
planteando en diversos foros y en los
espacios naturales de la integración
que, sin perjuicio de estos
acercamientos bilaterales, deberíamos
avanzar desde la plataforma de la
Comunidad Andina en un acuerdo marco con
los Estados Unidos que permita, en todo
caso, fortalecer de manera conjunta este
propósito. Y para ello tendríamos que
establecer unos criterios muy precisos
sobre aquellos aspectos de las
negociaciones que deben permanecer
dentro del ámbito común; aquellos que
debemos manejar de acuerdo con las
distintas velocidades de los países; y
aquellos que, definitivamente, no habría
ningún inconveniente que se abordaran de
una manera bilateral.
Como lo
han reconocido en diversas oportunidades
los negociadores de los países, el
actual proceso de acercamiento para una
zona de libre comercio hemisférico ha
permitido la valorización del patrimonio
común construido en la integración, en
aspectos sustantivos como el régimen de
intercambio de bienes, el régimen de
propiedad intelectual y la política
agraria.
Así que
contrario a lo que unos pocos piensan,
incluso la fórmula bilateral que algunos
países consideran como la única
alternativa, podría ser enriquecida si
las naciones andinas toman conciencia
del importante acervo común que hemos
construido a lo largo de 34 años de
integración, al término de los cuales
debo reconocer que aún tenemos grandes
desafíos por atender. Uno de ellos, sin
duda, es la respuesta a una pregunta
central: ¿qué es lo que cada gobierno
está haciendo como parte de la Comunidad
Andina y qué quiere obtener del proceso
de integración?