La tensión en el Mercosur: se mantienen
las diferentes visiones estratégicas
Los desafiantes objetivos de Brasil
Por Joaquín Morales Solá
Para LA NACION
Buenos Aires,
5 de mayo de 2005
Lula avanza sin exceso de retórica hacia
el liderazgo regional, pese al enojo del
gobierno de Kirchner
Brasil se ha propuesto ser en los
próximos años unos de los países más
importantes del mundo. Sus movimientos
internacionales están conducidos, todos,
hacia ese objetivo. Los Estados Unidos
acaban de darle la bienvenida como
potencial miembro de ese selecto club.
Lo ha hecho Condoleezza Rice durante la
semana última, y lo repitió Roger
Noriega anteayer. ¿Le gusta eso a la
Argentina? Seguramente no.
El disgusto se entronca con la historia.
Durante gran parte del siglo que
terminó, era la Argentina la que se
sentía dueña de ese destino, que hoy
Brasil enarbola con más realismo y menos
retórica. La Argentina no tuvo el
destino que imaginó. No es culpa de
ningún extraño. De todos modos, la
política tiene poca relación con los
gustos o los disgustos personales.
En los últimos días se han exhibido
argumentos de distinta calidad para
explicar la tensión con Brasil. A
algunos no vale la pena prestarles
atención. ¿Quién llegó primero a la
crisis de Ecuador? ¿Hizo bien Brasil en
concederle asilo político al ex
presidente ecuatoriano Lucio Gutiérrez
antes de consultarlo con la Argentina?
Las respuestas, cualesquiera que fueran,
son poco relevantes.
Hay otras cuestiones que son
particularmente significativas. Y la
primera de ellas es el Mercosur. Hace un
buen rato que Brasil y la Argentina no
discuten más que de los desequilibrios
de la balanza comercial. Un argentino
aseguraría que el país no puede tolerar
por mucho más tiempo un resultado
negativo de la balanza, como sucede
desde hace casi 20 meses. Un brasileño
replicaría que esa balanza tuvo
superávit para la Argentina durante gran
parte de los años 90.
La discusión revela, en todo caso, que
la experiencia del Mercosur (el más
avanzado proyecto de integración de
América latina) se agotó en los términos
en que está. Necesita de un paso al
frente o se convertirá, tarde o
temprano, en una módica unión aduanera.
Kirchner no carece de razón cuando
recela de la Comunidad Sudamericana de
Naciones. No es por la presencia de
Duhalde en ese proyecto meramente
declarativo. En todo caso, lo advierte a
Duhalde como un instrumento de la
política exterior brasileña, lejano de
la estrategia argentina.
Kirchner no fue a la inauguración de esa
Comunidad, no porque le sienten mal las
alturas, como pretextó, sino porque le
sienta mal el proyecto. Podría licuar al
Mercosur y resulta perfecto para la
estrategia brasileña de crear una
América latina sin México. Un vocero
brasileño señaló que una comunidad tan
vasta de naciones descarta cualquier
intención de liderazgo de Brasil: "¿Cómo
se gobierna semejante cantidad de
países?", preguntó. La dificultad es
cierta. Pero en Brasilia siguen hablando
de Sudamérica y no de América latina.
* * *
La Argentina sabe que no quiere una
rápida y fácil Comunidad Sudamericana de
Naciones, y está más segura de que no le
conviene tener a Brasil sentado para
siempre en el Consejo de Seguridad de
las Naciones Unidas. En las próximas
horas, el Gobierno recibirá un mensaje
de Brasil de que está dispuesto a usar
ese eventual sillón como una
representación de la región y no sólo
para satisfacer sus proyectos
nacionales. Brasil está convencido de
que ya cuenta con los votos necesarios
en la asamblea de las Naciones Unidas
para cumplir con ese objetivo.
A todo esto, ¿cómo sigue el Mercosur?
Brasil habla poco y nada del Mercosur.
¿Por qué negarlo? Pero la Argentina
podría insistir para discutir con Brasil
la integración energética y de
infraestructura, un acuerdo previsible
sobre el intercambio comercial y pactar
emprendimientos comunes sobre las
industrias nuclear y misilística. Podría
retomar la idea de un parlamento común
del Mercosur y plantear la necesidad de
la "soberanía compartida" que requiere
todo proyecto de integración. ¿No es
eso, acaso, lo que le dio vida
definitiva a la Unión Europea?
Pero, antes, debería preguntarles a sus
socios del Mercosur por qué Chile no es
miembro pleno, cuando lo es
naturalmente, y por qué nadie le
respondió todavía a México el pedido de
incorporación al Mercosur que el
presidente Vicente Fox hizo
personalmente hace casi un año.
Chile no quiere ser miembro pleno porque
nadie habla de cosas serias en el
Mercosur. Y Brasil -es cierto-no quiere
a México en el barrio. Es la Argentina
la que necesita a Chile y a México para
equilibrar la balanza política.
Washington pudo haberle dado la
bienvenida a Brasil al Consejo de
Seguridad de la ONU con sus últimas
declaraciones. O pudo, en cambio,
haberlo alentado en sus ambiciones
nacionales porque sabe que no podrá
ayudarlo a ingresar en el club más
selecto de la política internacional.
Sea como fuere, Brasil se ha reinstalado
como el interlocutor privilegiado de
Washington en la región. Es cierto
también que Brasil cumple sus promesas.
Prometió contenerlo al populista Hugo
Chávez y lo hizo. Desde que habló el
presidente Lula sobre el bullanguero
Chávez, éste se calló. El gobierno
argentino se comprometió a una
evanescente contención de Chávez, que
nunca se concretó en realidades
palpables.
¿Cómo negarles a los Estados Unidos el
derecho de elegir a sus aliados más
eficientes? ¿Cómo negarle a Brasil el
derecho de imaginarse con una presencia
internacional protagónica? ¿Cómo, cuando
es la Argentina la que se ausenta del
mundo y se encierra en sí misma? En el
mundo de hoy se está o no se está, y no
hay pataleta que reemplace luego a las
injustificadas ausencias del escenario
internacional.
Un país puede hacer muchas cosas. Pero
no puede darse el lujo de remedar la
rebeldía juvenil de mayo de 1968, que
sólo sabía lo que no quería.