¿Integración comercial sin integración física?

Por Marcelo Halperin, LA NACION
Investigador del Instituto de Integración Latinoamericana de la Universidad Nacional de la Plata.
Buenos Aires, 11 de enero de 2005

Durante largo tiempo los analistas latinoamericanos aceptaron una especie de brecha conceptual entre las cuestiones de integración comercial y las de integración física. Tal deslinde tuvo cierta justificación, pero en nuestros días obstaculiza la comprensión de los problemas regionales, en especial si se considera que la profundización de la integración latinoamericana parece depender, lisa y llanamente, de una mayor integración física.

Desde la perspectiva comercialista, estamos desbordados por la contradicción entre el ensalzamiento de la integración y los regateos y conflictos comerciales que protagonizan los mismos gobiernos que enarbolan aquellas verborrágicas proclamas.

Entretanto, van prosperando las negociaciones y la suscripción de acuerdos de libre comercio entre países de la región y los países más poderosos del planeta. ¿Cómo explicarlo? ¿Acaso la integración latinoamericana ya fue barrida por la globalización y sólo persiste una rémora discursiva?

Las apariencias refuerzan esta conjetura dada la disparidad de criterios para negociar acuerdos comerciales: las tratativas entre países latinoamericanos están plagadas de fórmulas destinadas a escamotear el acceso a los mercados, en tanto las negociaciones con países industrializados llegan a las instancias definitorias con llamativa ligereza.

Los ideales de integración latinoamericana están en pie. Pero bajo las condiciones actuales, las preferencias comerciales requieren una integración física que las sustente. La economía globalizada desarrolla redes de comunicación instantánea, así como de procesamiento y transporte de bienes (procedimientos, vehículos, vías e instalaciones) que conectan a las sociedades centrales, a éstas con las periféricas, y por último y de manera muy limitada a las periféricas entre sí.

Sin sentido

Las insuficiencias estructurales que aislan a cada país en desarrollo de sus vecinos, y la simultánea internacionalización de algunos segmentos de mercado en todos ellos coinciden para que muchas preferencias comerciales intralatinoamericanas pierdan sentido. En efecto, las preferencias no interesan porque no pueden ser aprovechadas, o bien las carencias de infraestructura facilitan triangulaciones comerciales de muy difícil verificación y neutralización.

Ha pasado el tiempo de los emprendimientos gigantescos que ignoran las necesidades y posibilidades de los mercados. Asistimos a una nueva concepción, motorizada por la llamada "Iniciativa para la integración de la infraestructura regional sudamericana" (Iirsa) surgida del consenso entre doce Estados sudamericanos. El territorio regional se organizó desde una visión de ejes de integración y desarrollo que permite vincular los proyectos con la funcionalidad logística de las inversiones.

Cuatro de esas líneas de trabajo tienen directa ingerencia sobre la inserción regional de la Argentina: los ejes Mercosur-Chile, de la hidrovía Paraná-Paraguay, de Capricornio y del Sur. Coincidentemente, al firmar un mapa en el que se identifican 31 proyectos de integración física y suscribir la Declaración de Cuzco el 8 de diciembre pasado, los presidentes llamaron a la conformación de la Comunidad Sudamericana de Naciones, entendida como una convergencia de integración física y económica. ¿Sabremos aceptar semejante desafío?