Humberto Márquez
Fuente: Agencia IPS
Caracas, 6 de diciembre de 2004
La comunidad sudamericana que nacerá
esta semana en Ayacucho, Perú, aparece
como el programa de integración más
ambicioso de la región y despegará con
32 proyectos de infraestructura física
de más de 4.200 millones de dólares de
costo, a ejecutar en los próximos cinco
años.
El nuevo bloque reunirá a Argentina,
Brasil, Paraguay y Uruguay, que
conforman el Mercado Común del Sur (Mercosur),
a Bolivia, Colombia, Ecuador, Perú y
Venezuela, unidos en la Comunidad Andina
(CAN), junto con Chile, Guyana y
Surinam.
”Siempre previmos que esta comunidad
sudamericana sería un proceso de
convergencia gradual del grupo andino y
del Mercosur”, comentó a IPS el
secretario general de la CAN, Allan
Wagner.
”No podemos partir de cero cuando ya
tenemos bases sobre las cuales
construir”, añadió en referencia a la
agenda de trabajo de los presidentes o
representantes de gobierno en la
meridional ciudad peruana de Ayacucho,
donde se firmará el acta constitutiva de
la comunidad de países de América del
Sur, y en la cercana Cusco, donde se
realizará la cumbre.
Al dar ”el paso más importante de la
región para integrarse”, como definió a
la cumbre de este miércoles en Perú el
presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula
da Silva, los sudamericanos debatieron
sobre si crear una nueva estructura
institucional o reunir los esquemas de
integración regional que ya manejan, y
ésta última se impuso en sus
deliberaciones.
Hay consenso en que la nueva Comunidad
nacerá sobre tres pilares: definición de
políticas comunes ante organismos
multilaterales, integración de su
infraestructura física y convergencia
entre la CAN y el Mercosur.
”Un objetivo final, que ojalá se dé, en
el tiempo, son los Estados Unidos de
América del Sur”, dijo Wagner. ”Y no se
descarta que los grupos subregionales
pudieran fusionarse, pero en el
horizonte, ni siquiera en el mediano
plazo. Lo que está planteado ahora es un
proceso de convergencia de los dos
bloques más los otros tres países”,
insistió.
La unión o comunidad sudamericana es un
proyecto acariciado por centros de
pensamiento de la cancillería de Brasil,
como el Instituto Brasileño de
Relaciones Internacionales (IBRI), desde
que a fines del siglo XX ese país
abandonó la tesis de convertirse en una
potencia por su cuenta y activó junto a
sus vecinos el Mercosur.
En 2000, el entonces presidente Fernando
Henrique Cardoso aprovechó el quinto
centenario del descubrimiento de Brasil
por Pedro Alvares Cabral para reunir en
Brasilia a los 12 mandatarios de la
región e impulsar la Unión Sudamericana,
un objetivo sostenido por su sucesor
Lula desde su asunción en enero de 2003.
La comunidad sudamericana supone un
mercado gigantesco, con 17 millones de
kilómetros cuadrados de territorio y 350
millones de consumidores, un producto
bruto de 1.200 millones de dólares y
exportaciones por 190.000 millones de
dólares anuales.
Las reservas de petróleo, gas y
minerales pueden abastecer sus
industrias durante más de un siglo,
posee ocho millones de kilómetros
cuadrados de bosques, 27 por ciento del
agua dulce del planeta, comparte los dos
grandes océanos y puede exhibir
liderazgo mundial en biodiversidad y en
producción de alimentos.
”Sin embargo, y pese al interés
económico subyacente, lo determinante en
este proceso regional ha sido la
voluntad política, que es lo que debe
privar”, señaló a IPS el venezolano
Roberto Guarnieri, secretario permanente
del Sistema Económico Latinoamericano (SELA),
que reúne 25 estados de América Latina y
el Caribe.
Según Guarnieri, el bloque que nace en
Ayacucho ”necesitará de una entidad que
elabore programas y propuestas y
articule desde el punto de vista técnico
y administrativo los logros que se
consigan, como fue en el proceso europeo
la comisión ejecutiva, y para eso puede
servir como eje, y así lo proponemos, el
SELA”, con sede en Caracas.
Brasilia y el ex presidente argentino
Eduardo Duhalde (2002-2003), titular de
la comisión de representantes
permanentes del Mercosur y gran animador
del proyecto sudamericano, propusieron
inicialmente establecer una estructura
propia para la comunidad sudamericana,
pero la idea se ha desvanecido en las
reuniones preparatorias.
De cualquier manera será preciso un
mecanismo de seguimiento palmo a palmo
de las directrices que se adopten en
Cusco, en particular de los programas de
infraestructura.
Wagner recordó que existen 350 proyectos
de infraestructura (carreteras, puentes,
ferrovías, puertos, aeropuertos,
telecomunicaciones) para fortalecer diez
ejes de integración entre países y
regiones sudamericanas, en la llamada
Iniciativa para la Integración de la
Infraestructura Regional Sudamerciana (IIRSA).
Un estudio del IBRI en 2000 mostró que
al menos la mitad de esos proyectos
tocaban directamente a Brasil y
requerían casi 200.000 millones de
dólares para su desarrollo. Del plan
IIRSA se escogieron 32 proyectos cuya
ejecución consumirá más de 4.200
millones de dólares y para los cuales la
naciente comunidad sudamericana buscará
financiamiento multilateral.
”Son proyectos-ancla, a desarrollar en
cinco años y escogidos por su capacidad
de servir no sólo como corredores entre
zonas sino como vías de desarrollo de
áreas fronterizas que han sido de las
más pobres y marginadas en nuestros
países”, subrayó Wagner.
El canciller brasileño Celso Amorim dijo
recientemente que la diferencia entre
América del Norte y del Sur se debe en
buena medida a la infraestructura.
”América del Norte es desde el siglo XIX
un continente integrado. Nosotros recién
lo estamos haciendo ahora. Esa
diferencia Atlántico-Pacífico, que para
América del Norte no existe, para
nosotros es dramática, porque debemos
atravesar los Andes o el Amazonas”,
indicó.
Por la comunidad sudamericana apuestan
con fervor Argentina, Brasil y Venezuela
--cuyo presidente Hugo Chávez pide desde
integrar las industrias petroleras hasta
una alianza militar del Atlántico Sur--
y con menos entusiasmo Chile, Colombia y
Uruguay, aunque este último país dará un
giro a favor de la integración cuando el
izquierdista Tabaré Vázquez sustituya en
marzo como presidente al conservador
Jorge Batlle.
Colombia ha fungido de aliado político y
comercial de Washington en la región, y
Chile muestra precaución.
”Nada nos gustaría más que marchar en
dirección a la unidad sudamericana, pero
lo peor que podemos hacer es pedirle a
un niño, apenas preparado atléticamente,
que corra una maratón”, advirtió Osvaldo
Rosales, director de relaciones
económicas internacionales en la
cancillería chilena.
Otro foco de atención ha sido si se
blindará la región como una unidad
económica y política en desmedro del
resto de América Latina, lo que
descartan de plano expertos como Wagner.
”México y los países centroamericanos
están en proceso de asociarse al
Mercosur”, recordó Wagner, y la última
cumbre presidencial andina, en julio,
”ordenó desarrollar una asociación con
México y América Central.
”Así como México decidió incorporarse en
el Tratado de Libre Comercio (de América
del Norte) con Estados Unidos y Canadá,
asumiendo sus necesidades, ahora no hay
razón para pensar que el fomento de la
unión sudamericana signifique dejar de
lado a mexicanos, centroamericanos y
caribeños”, según Wagner.
En su opinión, lo que ocurre es que
”recuperamos la noción de una América
Latina integrada, después que hace 30
años esa propuesta se fragmentó en
varios procesos regionales. Ahora
volvemos a la vieja noción, por la vía
de convergencia de esquemas
subregionales y en un contexto de
globalización”. (FIN/2004)