Unasur: una extravagancia bolivariana
Por Alejandro
Deustua, internacionalista
Gestión de Perú
Lima, 20 de abril de 2007
Quienes, en el 2004, opinamos que la
creación de la Comunidad Suramericana de
Naciones era una iniciativa diplomática
sin adecuado fundamento de integración,
no nos equivocamos. Hoy, en Venezuela,
en el marco de una cumbre sectorial y
por iniciativa probablemente
“bolivariana”, los asistentes han
acordado otra extravagante evolución: la
creación de la Unión de Naciones
Suramericanas (Unasur) que reemplazará a
la CSN.
Como muestra adicional de este abuso de
la diplomacia de gran diseño, los
asistentes a la cumbre venezolana han
decidido anunciar el bautismo de tal
institución, sin haber dado a conocer su
proceso de gestación. Y hasta le han
otorgado sede (Quito) sin contar con
documento constitutivo alguno (éste se
acordará recién en una reunión en
Colombia).
El extraordinario apresuramiento en la
creación de este nuevo régimen, cuya
materia de gobierno aún se desconoce,
evidencia una alarmante falta de
seriedad en quienes han contribuido
establecerlo cuando la fragmentación
prevalece en la región. Y señala también
la clamorosa incapacidad de buena parte
de los gobernantes suramericanos a
denegar al probable gran articulador
(Venezuela) la materialización de tan
imprudente emprendimiento (el Brasil
apenas ha mostrado dudas sobre la
creación de un inefable Banco del Sur).
El adjetivo no puede ser más preciso, en
tanto, la Unasur parece ser más el
resultado de un juego de poder
suramericano que de su grado de
cohesión. Así, si el término “comunidad”
ya era impropio para definir una región
en la que el consenso sobre principios
básicos se ha erosionado peligrosamente
(el caso de la democracia representativa
y hasta de la economía de mercado), el
término “unión” en el marco de un fuerte
disenso sobre la orientación estratégica
del área aparece como un espejismo
deleznable, si no fuera porque anuncia
mayor vulnerabilidad.
Además del antiimperialismo, esta
caprichosa fantasía surge quizás del
intento de no quedar rezagados, digamos,
frente a Europa (que transitó de una
Comunidad a una Unión Europea). Para
realizarlo, los suramericanos,
“bolivarianamente” liderados, desean
intentar nuevamente esa emulación, sin
transitar por la consolidación de la
zona de libre comercio suramericana, la
unión aduanera respectiva, el mercado
común indispensable y la unión económica
consecuente. En lugar de surcar por este
proceso, nuestros presidentes, incapaces
de desencantar al señor Chávez, han
decidido saltar de una incipiente zona
de libre comercio a una pretensión de
unión política.
No es ésta una afirmación
tecnocráticamente procesalista. Es una
imputación más grave. La Unasur pretende
definir en la región un escenario
inexistente y consolidar un liderazgo
perverso que, además de antisistémico,
plantea la desaparición de los magros
procesos subregionales de integración,
cuyo empantanamiento nuestros países
desean superar. Si éste es el nuevo
disfraz político con que Suramérica
quiere cubrir su contenciosa realidad,
ciertamente ello no servirá para mejorar
la cohesión regional, ni para fortalecer
el proceso de inserción externa ni para
revitalizar nuestra capacidad
negociadora.
Por lo demás, la coyuntura en que se
presenta este experimento no puede ser
más impertinente. Si consideramos que en
el 2008 el Perú debe albergar la quinta
cumbre entre la América Latina y el
Caribe y la Unión Europea, la creación
del Unasur sólo incrementará las dudas
sobre la capacidad de representación
suramericana.
Y las dudas se transforman en abierta
disonancia, cuando la columna vertebral
del proceso de cumbres regionales,
originado en el 2000 (el programa de
infraestructura IIRSA), ni siquiera es
destacada. O cuando las complicaciones
de la convergencia entre los miembros de
la CAN y del Mercosur no son atendidas.
Por lo demás, la disfuncionalidad del
Unasur se agravará si el señor Chávez, a
caballo de su proyecto “bolivariano” y
de un antiimperialismo que desprecia los
TLC con Estados Unidos, da por enterrado
el proceso de integración andino, justo
cuando la CAN intenta inaugurar el
proceso de negociación de un acuerdo de
asociación y de libre comercio con la
Unión Europea. Chávez agrava esa
situación en momento en que los andinos,
incapaces de establecer una unión
aduanera, tratan de acordar a un
sucedáneo ad hoc denominado “punto
inicial de desgravación”.
Finalmente, como muestra anticipada de
su inutilidad, debe recordarse que la
Unasur nace en el ámbito de una cumbre
energética que no ha producido un solo
resultado sobre el mejor acceso a los
recursos del sector, sobre su desarrollo
y seguridad o sobre el incremento de
captación de inversión privada ad hoc.
Es más, tras documentos finales que
registran el elogio de una iniciativa
pública desmerecida, por la ausencia de
preocupación, por la inversión privada,
se esconde una contienda de poder que
pretendió legitimar un cártel de
productores de gas, un conflicto entre
productores de petróleo y de
biocombustible y una fricción
geopolítica, entre los que requieren de
una participación activa en la región de
Estados Unidos y los que la rechazan.
No es éste tipo de integración que la
región reclama. Los suramericanos
deseamos el proceso progresivo, serio y
enriquecedor, un verdadero mercado
común, de una comunidad política que
respete los valores liberales y una
región adecuadamente insertada en el
mundo. Suramérica no está para más
extravagancias diplomáticas. Y menos las
de origen “bolivariano”.