Política exterior común andina

Por Héctor Charry Samper
El Tiempo
Santafé de Bogotá - Colombia
11 de febrero de 1999
 

El 27 de mayo se cumplirán los 30 años del Acuerdo de Cartagena. Hoy lleva el nombre de la Comunidad Andina, que no sólo ha sobrevivido a varias crisis, el retiro de Chile, desencuentros fronterizos entre sus integrantes, sino que se apresta a emprender etapas nuevas, con instrumentos más a tono con los imperativos de un contexto regional y global más complejo.

Como remate de un intercambio de opiniones a nivel de delegados gubernamentales y de expertos independientes, Sebastián Alegrett, dinámico e imaginativo secretario de la Comunidad Andina, nos ha convocado en Lima, esta semana, a un grupo de ex ministros e internacionalistas de los cinco países, para reflexionar, en profundidad y con autonomía de vuelo mental, sobre el destino de la organización. Sobre el audaz proyecto de acordar las bases para una política exterior común, procurando aclimatar lo que los europeos vienen plasmando con los acuerdos de Maastricht y de Amsterdam.

Conducir una política exterior común supone un gran esfuerzo, ingresar en una fase más implicativa, que combina integración y concertación, con elementos políticos y económicos, trascendiendo el predominio del libre comercio, aunque parten de su consolidación. Al lado del desarrollo implica la seguridad colectiva.

Plasmar una política exterior común no es fácil ni puede improvisarse; requiere una voluntad política de los Estados definida y coherente. Un reforzamiento de la entidad integracionista, de los gobiernos y los nuevos actores, como los empresarios, la sociedad civil, que comparten la escena. Se penetra en la zona de lo supranacional despegando de lo meramente internacional. Es decir, en las tendencias dominantes más modernas, para el siglo XXI. Supone crear espacios de cooperación nuevos, acumular los que se han forjado en treinta años. El hecho mismo de que se estén planteando Bolivia, Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela un anteproyecto de política exterior común es, tal vez, la demostración más nítida de la viabilidad andina. De su vocación expansiva y de consolidación. Radica en elementos combinados, que se interalimentan. Gradualidad, integridad, coherencia, complementariedad, flexibilidad, subsidiariedad, son sus grandes pilares.

Reposa en la consolidación de una cierta idea andina, de una identidad. Tendrá que ensamblarse con la latinoamericana, la interamericana y la misma iberoamericana. No puede reducirse a una estructura formal o a especulación aislada de expertos dirigentes y burócratas. Se necesita una mística, movilizar a las gentes para respaldarla. El balance histórico, de costos y beneficios de la integración, resulta favorable. No hay reservas fuertes, pero tampoco certezas estratégicas; por eso las incertidumbres se refugian en la noción real y mítica a la vez de la soberanía. El primer esfuerzo tendrá que ser demostrar que la integración supone no una pérdida sino una ampliación, menos teoría ineficaz, en la globalización y los regionalismos. Más hechos concretos.

El epicentro de la crisis está situado en la región andina precisamente. Sería miope desconocer amenazas nuevas, como el narcotráfico, la guerrilla, la recesión, inestabilidades e inequidades, corrupción, crecimiento lento. Identificar una política común frente al desafío y proceder mancomunadamente es una comprobación de lucidez histórica que debemos a nuestros pueblos.

A sabiendas de que solo puede lograrse paso a paso, con una geoestrategia que coloque el énfasis en lo concreto, con una intersolidaridad que nos convoque por encima de cosas subalternas.

Tal vez con una agenda mínima común y comenzar a andar un nuevo tramo histórico, permitirán ir moldeando, con paciencia, un programa máximo común. Pero el gran paso deberá darse el 27 de mayo para conmemorar la creación del que fuera Grupo Andino y se proyecta ahora con renovadas metas y objetivos.