El 27 de mayo se
cumplirán los 30 años del Acuerdo de
Cartagena. Hoy lleva el nombre de la
Comunidad Andina, que no sólo ha
sobrevivido a varias crisis, el retiro
de Chile, desencuentros fronterizos
entre sus integrantes, sino que se
apresta a emprender etapas nuevas, con
instrumentos más a tono con los
imperativos de un contexto regional y
global más complejo.
Como remate de un
intercambio de opiniones a nivel de
delegados gubernamentales y de expertos
independientes, Sebastián Alegrett,
dinámico e imaginativo secretario de la
Comunidad Andina, nos ha convocado en
Lima, esta semana, a un grupo de ex
ministros e internacionalistas de los
cinco países, para reflexionar, en
profundidad y con autonomía de vuelo
mental, sobre el destino de la
organización. Sobre el audaz proyecto de
acordar las bases para una política
exterior común, procurando aclimatar lo
que los europeos vienen plasmando con
los acuerdos de Maastricht y de
Amsterdam.
Conducir una política
exterior común supone un gran esfuerzo,
ingresar en una fase más implicativa,
que combina integración y concertación,
con elementos políticos y económicos,
trascendiendo el predominio del libre
comercio, aunque parten de su
consolidación. Al lado del desarrollo
implica la seguridad colectiva.
Plasmar una política
exterior común no es fácil ni puede
improvisarse; requiere una voluntad
política de los Estados definida y
coherente. Un reforzamiento de la
entidad integracionista, de los
gobiernos y los nuevos actores, como los
empresarios, la sociedad civil, que
comparten la escena. Se penetra en la
zona de lo supranacional despegando de
lo meramente internacional. Es decir, en
las tendencias dominantes más modernas,
para el siglo XXI. Supone crear espacios
de cooperación nuevos, acumular los que
se han forjado en treinta años. El hecho
mismo de que se estén planteando
Bolivia, Colombia, Ecuador, Perú y
Venezuela un anteproyecto de política
exterior común es, tal vez, la
demostración más nítida de la viabilidad
andina. De su vocación expansiva y de
consolidación. Radica en elementos
combinados, que se interalimentan.
Gradualidad, integridad, coherencia,
complementariedad, flexibilidad,
subsidiariedad, son sus grandes pilares.
Reposa en la
consolidación de una cierta idea andina,
de una identidad. Tendrá que ensamblarse
con la latinoamericana, la
interamericana y la misma
iberoamericana. No puede reducirse a una
estructura formal o a especulación
aislada de expertos dirigentes y
burócratas. Se necesita una mística,
movilizar a las gentes para respaldarla.
El balance histórico, de costos y
beneficios de la integración, resulta
favorable. No hay reservas fuertes, pero
tampoco certezas estratégicas; por eso
las incertidumbres se refugian en la
noción real y mítica a la vez de la
soberanía. El primer esfuerzo tendrá que
ser demostrar que la integración supone
no una pérdida sino una ampliación,
menos teoría ineficaz, en la
globalización y los regionalismos. Más
hechos concretos.
El epicentro de la
crisis está situado en la región andina
precisamente. Sería miope desconocer
amenazas nuevas, como el narcotráfico,
la guerrilla, la recesión,
inestabilidades e inequidades,
corrupción, crecimiento lento.
Identificar una política común frente al
desafío y proceder mancomunadamente es
una comprobación de lucidez histórica
que debemos a nuestros pueblos.
A sabiendas de que
solo puede lograrse paso a paso, con una
geoestrategia que coloque el énfasis en
lo concreto, con una intersolidaridad
que nos convoque por encima de cosas
subalternas.
Tal vez con una
agenda mínima común y comenzar a andar
un nuevo tramo histórico, permitirán ir
moldeando, con paciencia, un programa
máximo común. Pero el gran paso deberá
darse el 27 de mayo para conmemorar la
creación del que fuera Grupo Andino y se
proyecta ahora con renovadas metas y
objetivos.