Por Edmundo
González Urrutia
El Nacional de Venezuela
Caracas, 17 de julio de 2004
En el contexto de la XV Cumbre
Presidencial Andina, celebrada
recientemente en Ecuador, se adoptaron
dos importantes decisiones en el ámbito
de la seguridad que ponen de manifiesto
los avances que se han alcanzado en el
plano de la cooperación política entre
los países que integran la Comunidad
Andina de Naciones.
La primera de éstas tiene que ver con el
Establecimiento y Desarrollo de la Zona
de Paz Andina (ZPA) –en línea con lo ya
existente a escala suramericana-, como
un área libre de armas nucleares,
químicas y biológicas donde deberán
desarrollarse las condiciones necesarias
a fin de que los conflictos se resuelvan
por la vía pacífica, de acuerdo con las
normas y principios del derecho
internacional, así como desde una
concepción democrática, cooperativa y no
ofensiva de la seguridad como lo
estipula el propio texto de la
Declaración.
Ciertamente se trata de un concepto que
ha venido desarrollándose en el tiempo,
y cuyo antecedente más remoto podría
situarse en la resolución conocida como
de “Zona de Paz y Cooperación del
Atlántico Sur”, aprobada en el marco de
la ONU en pleno auge de la Guerra Fría.
Ya en el plano regional se pueden
advertir otras experiencias vinculadas
con este tema como, por ejemplo, la
Declaración del Mercosur, Bolivia y
Chile para la formación de una Zona de
Paz y libre de armas de destrucción
masiva, suscrita en Argentina en 1998,
la Declaración de Zona de Paz
Suramericana adoptada en la II Reunión
de Presidentes de América del Sur en
julio de 2002 en Guayaquil y, en el caso
que nos ocupa, la Declaración de San
Francisco de Quito para el
Establecimiento y Desarrollo de la Zona
de Paz Andina.
Una primera constatación que surge al
tratar esta materia es la revalorización
que se hace del concepto de seguridad.
Sin embargo, algunas voces han advertido
acerca de las experiencias poco
alentadoras registradas en el pasado. Al
mismo tiempo hay quienes examinan los
desafíos que comporta este ejercicio de
construir una zona de paz justamente en
momentos en que nuestros países
atraviesan serios conflictos internos y
subsisten señales de precariedad
democrática, inequidad, pobreza y
exclusión social.
La ZPA trasciende la dimensión
estratégico-militar de la Zona de Paz y
Cooperación Suramericana al incorporar
aspectos relacionados con el desarrollo
económico y social, la creación de
condiciones para el fortalecimiento de
la democracia, entre otros temas. Los
países andinos intentan darle así una
visión integral y multidimensional al
concepto de la seguridad, acorde con los
desafíos y oportunidades de la actual
realidad política internacional.
Otro rasgo novedoso de esta iniciativa
es el enfoque gradual y participativo
que apunta a promover la incorporación
no sólo de los gobiernos sino también de
los distintos actores de la sociedad,
incluyendo a los partidos políticos,
organizaciones no gubernamentales y a la
opinión pública en general en este
proceso de cooperación e integración
política.
Desde esta perspectiva, la ZPA se
sustenta en la necesidad de crear
condiciones de estabilidad institucional
y solución negociada de conflictos que
contribuyan al desarrollo sostenible y
al bienestar de las sociedades
involucradas.
Por otra parte, en el plano político, la
ZPA se inscribe en los valores y
principios de las sociedades
democráticas y en la plena vigencia del
Estado de Derecho, el respeto de los
derechos humanos y la búsqueda de la
justicia social.
La segunda iniciativa, y que representa
un avance en el proceso de la
integración política, es la adopción de
unos “Lineamientos de Política de
Seguridad Externa Común” con vistas a
prevenir y enfrentar las amenazas a la
seguridad, al tiempo de desarrollar y
consolidar la ZPA.
Desde esta perspectiva, las
características de la “Seguridad” parten
de la premisa de que es un bien público,
multidimensional y esencialmente
preventivo, donde el sujeto central de
dicha estrategia debe ser ante todo el
ciudadano.
La decisión adoptada establece los
objetivos, criterios, mecanismos
institucionales, instrumentos
operativos, modalidades de acción y
agenda que regirá la formulación y
aplicación de la política de seguridad
común andina y, a fin de cuentas, lo que
de ello habrá de traducirse en cuanto a
una profundización de la integración
política en al ámbito andino.
Todo lo anterior pudiera lucir
declarativo y retórico, o simplemente
como un ejercicio de buena voluntad para
el análisis de algunos especialistas.
Sin embargo, las asechanzas a la
seguridad regional son tan reales que
bien vale la pena intentarlo. Sin duda
que la ejecución de un compromiso de
esta naturaleza requiere ante nada de
una voluntad que no puede estar menos
que a tono con la dimensión misma de los
desafíos.