Los días en que la
política exterior era un coto cerrado
para los expertos o para los aficionados
han quedado atrás. En el tiempo en que
vivimos no sólo se desdibujan las
fronteras entre los países, también se
desdibujan las fronteras entre políticas
domésticas y políticas exteriores. De
modo que cuando se habla de política
exterior ya la cuestión no tiene nada
que ver con las imágenes de aquellos
personajes falsamente elegantes,
trajeados de frac y adornados de
condecoraciones.
La política exterior
ha dado un vuelco, se ha convertido en
política "doméstica" de los países. Cada
día es más política económica
internacional; por consiguiente, la
alienta el signo del pragmatismo, o
dicho con otras palabras, la dicta el
interés de las naciones vinculado a la
vida cotidiana de la gente. Esto tiene
mayor vigencia entre quienes forman
grupos o bloques económicos como la
Comunidad Andina de Naciones, como
Mercosur o el Alca, en este hemisferio.
En el terreno de la
economía y del comercio las líneas de
los países se trazan a largos plazos y
sólo así, -a través del diseño de
políticas con visión- pueden
consolidarse los procesos de
integración. Estos procesos están en el
orden del día porque constituyen la
alternativa más inteligente frente a las
grandes tendencias de la economía
mundial. Estar solos en esta época
equivale a enajenar todas las
posibilidades de desarrollo y supone
también correr riesgos indebidos. Si la
política exterior en nuestros días tiene
estas connotaciones, es lógico que su
trato sea un asunto particularmente
sensible a la hora del cambio de un
régimen político a otro o de una
administración a otra. Por consiguiente,
las señales deben ser claras desde el
primer momento.
Existiendo ya un
ministro designado de Relaciones
Exteriores es pertinente esperar que sea
él quien exprese las líneas generales
que van a orientar nuestras relaciones
con el mundo y, en particular, con los
países de la región, a partir de
febrero. De esta manera se evitan las
señales confusas e inconvenientes de
quienes se pueden considerar
"voluntarios", o adelantados, aquellos
que en el dialecto de la política, "se
quieren mostrar". Con la designación de
José Vicente Rangel como ministro de
Relaciones Exteriores se puede dar por
cerrado ese interregno peligroso de los
"voluntarios". Terminó el tiempo de las
"promociones" personales y debe
iniciarse el de la disciplina, el de la
coherencia y el de la interpretación
inteligente de los problemas del país.
Estas condiciones de
la política exterior son tanto más
necesarias cuanto se han diversificado
los factores que la ejecutan. Ya no está
sola en la escena la Cancillería. Al
ministerio de Industria y Comercio se le
han transferido diversas facultades,
marcando el paso de la tendencia
regional y mundial. Pero el titular del
Ministerio de Relaciones Exteriores es
el portavoz de la política exterior. Es,
por tanto, al canciller Rangel a quien
le corresponde ese papel. Es él también
el llamado a dialogar con los otros
factores de la política exterior que en
épocas pasadas eran los "convidados de
piedra".
Nos referimos al
sector de la economía privada, sin el
cual toda política económica exterior es
banal. La integración está dando
excelentes frutos; pero los está dando
como producto del esfuerzo del sector
privado, de las grandes, medianas o
pequeñas empresas binacionales que se
han ido formando en los últimos años,
consolidando la economía de nuestros
países y abriendo nuevas perspectivas
para los intercambios, el bienestar, la
creación de empleo, la expansión de
mercados.
Conviene definir (o
redefinir, si fuere el caso) las
opciones. La Comunidad Andina de
Naciones ha sido una de las metas de la
integración y sus frutos son apreciables
cuando se analizan sus cifras. Su
secretario general es un venezolano
reconocido, Sebastián Alegrett. Del
análisis y del diálogo entre los
factores que cuentan en estos procesos
deben obtenerse las definiciones y las
orientaciones en nuestras relaciones con
el mundo exterior, el regional en primer
lugar, los asuntos que tienen que ver
con los diferentes esquemas de
integración y, naturalmente, las
cuestiones eminentemente políticas. Sin
rendirle pleitesía a la globalización,
es necesario reconocer las tendencias
hacia la multilateralidad que
caracterizan las relaciones mundiales.
De ahí que sea imperativo la
profesionalización del servicio exterior
y la exigencia cada vez más severa de
las condiciones personales e
intelectuales de quienes nos representan
ante los diversos organismos del sistema
de la ONU.