En el
proceso global, la política exterior se
ejecuta en un entorno nacional y mundial
en constante transformación. Viejos
paradigmas de la política internacional
no están más en vigencia. En este nuevo
escenario global, más descentralizado y
competitivo, los estados, como las
empresas, poseen estrategias que
combinan la rentabilidad en el corto
plazo y obtención de mayor poder en el
largo plazo. Los estados se organizan en
agrupaciones regionales, las grandes
empresas tienden a la fusión. La
ampliación de la Unión Europea es el
mejor ejemplo.
América
Latina no es una excepción. La Comunidad
del Caribe y Centroamérica han logrado
ya una cohesión bastante eficaz. En
forma creciente, son actores
diferenciados en la política regional y
mundial. Curiosamente, el eslabón menos
articulado de América Latina ha sido
Sudamérica, disgregada en la Comunidad
Andina y el Mercosur, ambas agrupaciones
con una débil proyección externa común.
Desde el
inicio de la década del 90, la mayoría
de los países latinoamericanos optó por
una vinculación individual, de corte
radial, en sus relaciones externas. La
experiencia ha demostrado el error de
esta estrategia. Hoy, luego de la década
perdida, de la comprobada insuficiencia
del Consenso de Washington para crear
estabilidad macroeconómica,
transformación productiva, equidad
social y democracia gobernable;
Sudamérica vuelve los ojos a sí misma y
percibe sus propias fuerzas para
enfrentar mejor los desafíos del proceso
global.
El 8 de
diciembre se formará, en el Cusco, la
Comunidad Sudamericana de Naciones.
Es la
culminación de un proceso de
convergencia entre la Comunidad Andina y
el Mercosur. Y con la dinámica economía
de Chile y con una saludable apertura
hacia Guyana y Surinam. No se trata de
un voluntarismo político que quiera
arrastrar hacia adelante la integración
económica. Ese fue el intento fallido de
la Alalc en 1960. Es un proyecto
distinto. Se asienta en procesos y
acuerdos económicos previos. En los
acuerdos de libre comercio pactados
recientemente. En los 30 mil millones de
dólares del comercio regional
sudamericano. En la fortaleza de sus
instituciones financieras, cuyas
operaciones superan a las provenientes
de las agencias de desarrollo extra
regionales. En el libre tránsito de
personas al interior de Mercosur y en el
espacio andino.
La
Comunidad Sudamericana de Naciones surge
con una visión no burocrática de la
política, más bien con un enfoque
sociológico de la unidad y convergencia
regional.
El espacio
integrado sudamericano comprenderá 17
millones de kilómetros cuadrados. Un PBI
de US$971 mil millones de dólares. Mayor
que el de Canadá o el correspondiente a
la Asean. Una población de más de 361
millones de habitantes y exportaciones
que superan los US$180 mil millones de
dólares. Pasa a constituirse en la
segunda agrupación más importante de la
economía mundial.
Pero no se
trata solamente de un proyecto de
integración económica. Incluye una
opción de integración energética y de
comunicaciones a través de los ejes
viales de la Iirsa o de acuerdos
bilaterales, como el que han hecho
realidad el Perú y el Brasil para unir
el Atlántico y el Pacífico.
Todo ello
es importante. Quizá histórico. Pero su
mayor significado es político. Luego de
180 años de intentos y frustraciones se
hace realidad la Unión Sudamericana. Se
supera una lógica falsamente excluyente
entre el panamericanismo y la identidad
propia. Será un factor de mayor
equilibrio, beneficio mutuo y eficacia
en las relaciones interamericanas.
Cambiará el patrón de las relaciones de
América Latina hacia adentro y hacia
fuera.
Para el
Perú es la realización de uno de los
objetivos estratégicos de su política
exterior.
Constituye
una síntesis entre el idealismo
solidario, que inspiró a Torre Tagle la
convocatoria de los congresos americanos
de 1847 y 1864, y el realismo
constructivista de su actual diplomacia
nacional.