Nuestro destino sudamericano

En el encuentro que tiene lugar en Cusco, Sudamérica está a las puertas de consagrar su unión y ello —que materializa una vieja idea— vale mucho más porque será base del único porvenir común posible

Escribe: Rafael Bielsa. Ministro de Relaciones Exteriores de Argentina
Fuente: Clarín de Buenos Aires
Buenos Aires, 8 de diciembre de 2004


Son tantos y tan diferentes los factores que hacen de una idea un punto de inflexión histórico, que una ligera disquisición al respecto se llevaría todo el espacio de esta nota. Pero —sabemos— no hay historia sin una idea y una voluntad previas. Se ha escrito que la globalización no nos ha acercado, sino que nos ha hacinado. Si esto es así, es doblemente necesario separar lo que nos es entrañable de lo que no es amigable, y persistir en lo primero.

En el encuentro continental en el Cusco, Sudamérica puede estar a las puertas de consagrar su unión, y ello —que hoy es sólo materialización de una añosa idea—, vale mucho más porque será base de lo que se insinúa como el único porvenir común posible.

Cusco es digna casa para este logro. Fue capital del Incario, y el Incario fue el primer proyecto de unión de nuestra región, abortado por la Conquista cuando avanzaba en la ligazón de otros pueblos originarios con el sistema que se había articulado a lo largo de los Andes. La conquista y la colonización ibéricas fueron, a su dolorosa manera, otras formas de mantener unificada la América del Sur, aun bajo la dependencia de las metrópolis peninsulares. No evitó, sin embargo, que cuando nuestros pueblos se sintieron maduros para la vida independiente, la consagraran a sangre y fuego. El sueño emancipador de gigantes como Bolívar, San Martín, O''Higgins, Sucre y tantos otros parecía imposible en el comienzo y, pese a todo, probamos que podía ser vivido también en la vigilia.

El ideal bolivariano de la "nación de repúblicas" pareció perderse entre la maraña de espejismos que nos hicieron creer que nuestros países podrían tener destinos separados, a pesar de que las mejores voces americanas dieron la señal de alerta. Resuenan las palabras de Alberdi, de Bilbao, de Torres Caicedo, señalando empecinadamente que nuestro destino sólo podía ser común: hablamos idiomas tan cercanos como pueden serlo dos lenguas, rezamos a un mismo Dios y, por sobre todo, compartimos el más categórico de los imperativos, el geográfico.

No importa hacia dónde ponga proa la historia, mientras seamos, estaremos en esta región del mundo. Con el siglo XX hubo una nueva generación que nos pensó colectivamente; las conciencias que respondieron a la convocatoria arielista de Rodó reafirmaban que, sin importar en que confín de la región predicaban, su fe era la de la América del Sur. Y a la unión de la cultura agregaron la unidad de los legítimos intereses y afirmaron, como Manuel Ugarte o como Blanco Fombona, que también en ese plano nos era preciso ser uno.

La historia más reciente confirmó la razón de esas convicciones: la asociación de países en el Pacto Andino, que hoy ha dado lugar a la Comunidad Andina de Naciones, y la formación del Mercosur entre los países más australes de la región, son los antecedentes necesarios del paso que estamos a punto de dar.

El clima de entendimiento de nuestros países, hoy inmejorable, se sustenta en la paz y en la democracia impuestas como normas de la convivencia sudamericana pero, por sobre todo, porque enfrentamos el desafío común de supervivencia, una realidad que sólo podemos ignorar a nuestro exclusivo riesgo.

Hay infinidad de razones materiales para que, como argentinos y ciudadanos del Mercosur, tengamos el mayor interés en subrayar ciertas evidencias. Hace años que el Mercosur tiene acuerdos de libre comercio con Chile y con Bolivia; hace apenas un año que suscribió uno similar con Perú, y en octubre de 2004 se firmó en Montevideo un tratado con Venezuela, Colombia y Ecuador de modo tal que queda configurada una zona de libre comercio entre la Comunidad Andina y el Mercosur. Se crea así un mercado de 350 millones de habitantes, que será el quinto a nivel mundial. Los firmantes se han comprometido a que a corto plazo —en 2007— estará liberado el 90% del comercio de los países de la región, y que en 15 años la desgravación será total, con lo que todo producto sudamericano circulará sin trabas por nuestras vastas geografías.

Como prueba la historia, y con frecuencia algunos olvidan, todo andamiaje de prosperidad multinacional es tributario de la voluntad política y, sin ésta, queda esclavizado por la búsqueda de lucro de unos pocos, otro lujo que América del Sur no puede volver a darse. La alianza estratégica entre Brasil y la Argentina, netamente política en su origen de 1983 —los acuerdos Alfonsín-Sarney en Foz de Iguazú— es una prueba de esto: fue esa alianza la que hizo posible al Mercosur y no al revés.

Por eso es preciso —de cara al paso fundacional de la Unión Sudamericana— poner deliberadamente el énfasis en lo que de utópico, sí de utópico, y común a todos tiene este proyecto: la supervivencia cultural, el desarrollo y —en especial— la justicia social.

Porque aún soñamos sueños que parecen quebrados. Cuando los pueblos son capaces de hacer su vida en común la enriquecen, la hacen más digna, más justa y más libre. A los argentinos nos llaman las palabras que el Poema conjetural de Borges pone en boca de Narciso Laprida: "por fin me encuentro con mi destino sudamericano".