Creemos necesario mirar con mucha
atención la real necesidad y
conveniencia del proyecto de la
Comunidad Sudamericana de Naciones,
sobre la que debatirán en pocos días más
los presidentes en Cochabamba.
Surgida en el Cuzco en la cumbre
presidencial de 2004, cabe recordar que
en aquella ocasión algunos de los
presidentes y sus cancillerías no
estaban demasiado convencidos de la idea
de crear un nuevo referente, al punto
que en lugar de firmarse esa vez un
documento constitutivo fundacional como
estaba previsto, se suscribió solamente
una declaración, con muchos matices. La
preocupación de varios países, Chile
incluido, se centró, entre otras cosas,
en la ya excesiva y cara proliferación
de organismos y proyectos de
integración.
Obviamente, no estamos en contra de la
integración -muy por el contrario, somos
integracionistas de siempre- pero lo que
queremos es que avance el proceso y no
se complejice aún más, por lo que
conviene hacer algunas consideraciones
para aportar al debate.
Años atrás, un ex canciller argentino
escribió respecto de la CSN que “la
semántica es muy importante”, porque
estamos hablando de una comunidad
“sudamericana”, que por definición deja
fuera a México, la primera economía de
la región, y Centroamérica, zona
emergente, estabilizada, que avanza en
su integración, y estratégica entre
otras cosas por el Canal de Panamá.
Ante esto, la pregunta que cabe hacerse,
especialmente en Chile, es si tiene
sentido la creación de un esquema de
integración que se propone jugar en las
ligas mayores de la política y el
comercio mundial, sin el concurso de un
actor como México, que ha dado varias
muestras de su voluntad de asociarse a
nosotros pidiendo su ingreso al
MERCOSUR, a la CAN, que tiene un Acuerdo
de Asociación con la UE y Japón, un
tratado de asociación estratégica con
Chile, y ha puesto en marcha el Plan
Puebla-Panamá de integración física al
que ya ha adherido, con buen ojo,
Colombia.
¿Por qué no orientar este esfuerzo y
voluntad política hacia una Comunidad
Latinoamericana? El argumento es que
México ya pertenece a otro esquema, optó
por el NAFTA, con lo que se alejó de
América latina. Pero, aparte de las
reiteradas manifestaciones mexicanas
sobre su “latinoamericanidad”, de la que
nadie podría dudar, quizás la mejor
respuesta que se ha escuchado, sea la de
que no vemos motivo para empujar a
México a los brazos de Estados Unidos,
en lugar de abrir los nuestros para que
siga con nosotros.
Otro elemento a tener en cuenta es la
indiscutible diversidad de la región y
de la arquitectura de la integración. La
existencia de la CAN y del MERCOSUR es
la expresión más clara de que los
esquemas uniformadores no funcionan
entre nosotros. La ALALC y el ALCA
fracasaron por las iguales razones:
trataron de homologar irreductibles
realidades distintas, creando
institucionalidades y agendas forzadas,
que eran respondidas con la retórica
integracionista porque siempre es
incorrecto no adherir a los llamados
bolivarianos, pero con clara conciencia
de la imposibilidad real de llegar a
concreciones.
El riesgo de este proyecto está en que
nuevamente sustituyamos las
“solidaridades concretas” por la
retórica, no nos atrevamos a contradecir
la tendencia y terminemos creando más
instituciones, reuniones y cumbres,
cuando ya tenemos un sistema constituido
por la ALADI en el marco del Tratado de
Montevideo de 1980, con la CAN, el
MERCOSUR, Chile y México, al que pueden
adherir el SICA y el CARICOM, y así
estaríamos todos incluidos desde
nuestras especificidades, pero
convergentes en una comunidad de
comunidades latinoamericana.