Las puertas del
infierno
Por Adalid Contreras Baspineiro
Sociólogo y comunicólogo boliviano,
Director General de la Comunidad Andina
Octubre de 2007
Todos los relatos
identifican el paraíso con la naturaleza
luminosa que funciona armónica generando
existencia en el planeta y vida eterna
en el cielo. En contrasentido, las
imágenes del infierno se describen como
un mar incandescente en las
profundidades de la tierra donde los
pecadores purgan sus desmanes. Estas
metáforas del mundo tienen su parte de
verdad y de mentira. La verdad, que la
naturaleza es una obra de relojería. La
mentira, que el infierno no está abajo,
sino aquí mismo, en la Tierra que usted
y yo habitamos.
En nuestro paraíso
cada día el sol nos regala sus rayos de
luz, y sabiamente Tierra y mares los
reciben y redistribuyen en las
cantidades que necesitan y devuelven los
que exceden su reproducción. La luz
solar que se recibe y con la que se hace
posible la existencia y convivencia de
los humanos, de los peces, de las
plantas, de los cerros y de los
animales, es más o menos del 70%. El
resto es devuelto a la atmósfera por las
nubes, por las partículas atmosféricas y
por las superficies de la tierra y del
océano que al calentarse emiten una
radiación térmica o un calor infrarrojo
que escapa hacia el espacio. Esto ayuda
a enfriar equilibradamente el planeta.
Hasta aquí todo bien
por obra y arte de la naturaleza. Pero
entra en acción la mano humana guiada
por el ideario de la competitividad y se
abren las puertas del infierno.
Científicos las descubrieron hace ya
mucho tiempo, y nunca se les hizo caso.
Fíjense que ya el 1827, el matemático
francés Joseph Fournier advierte sobre
el efecto invernadero producido por los
gases contaminantes que atrapan el calor
en la atmósfera causando el
recalentamiento de la Tierra. Estos
gases se interponen, retienen los rayos
que la Tierra y los mares le devuelven a
la atmósfera, actúan como reflectores y
los vuelven a depositar sobre la
superficie, devolviéndole más calor del
que necesitan.
Entre los principales
gases de efecto invernadero están el
dióxido de carbono o CO2 que se forma
por la combustión de petróleo, gasolina,
gas, diesel y carbón; el óxido nítrico
que se origina en la tala y quema de los
bosques y en el uso de fertilizantes; y
el gas metano que proviene de la
descomposición en los basurales. Obras
de una civilización egoísta engarzada en
el presente como único tiempo, y que
ignora las advertencias de los
científicos sobre el calentamiento
global, que es una emergencia planetaria
y la mayor amenaza que enfrenta la
humanidad, por lo que sus causas deben
ser atendidas por todas las naciones
para evitar más y peores catástrofes de
las que ya estamos sufriendo. Según el
Panel Intergubernamental del Cambio
Climático (IPCC), los gases invernadero
están en los niveles más altos de los
últimos 650.000 años.
Tendremos que
reflexionar sobre la responsabilidad de
las generaciones que han convertido los
relatos del paraíso en dramas del
infierno. Tendremos que reflexionar
sobre el aumento del CO2 en los últimos
200 años a un ritmo de ocho mil millones
de toneladas, de los cuales sólo dos mil
millones son absorbidos por los océanos
y los bosques, mientras que los
restantes seis mil millones se acumulan
en la atmósfera. ¿Es este el mundo que
queremos dejarle a nuestros hijos?, ¿o
tendremos que transformarlo compartiendo
con Al Gore que “el calentamiento
global no es un asunto político o
económico sino el mayor desafío moral
que enfrenta la civilización”?