Hablemos de UNASUR
Por Juan Francisco
Rojas Penso
Venezuela Analítica
18 de junio de
2007
En la Cumbre
Energética celebrada el pasado mes de
abril en Margarita, comenzó a perfilarse
la hoja de ruta que habrán de recorrer
los gobiernos de los doce países
Sudamericanos para la conformación de la
Unión de Naciones de América del Sur.
Los primeros pasos ya fueron dados con
la designación del Ex Presidente
ecuatoriano, Rodrigo Borjas, como
Secretario Permanente; en tanto que
pronto deberá ser convocado el Consejo
de Representantes Gubernamentales, con
el propósito de iniciar las
negociaciones orientadas a la
estructuración del Tratado de creación
de UNASUR. Esa compleja tarea es,
precisamente, lo que motiva este nuevo
trabajo sobre esta materia, al igual que
lo hiciera mi colega y amigo, Oscar
Hernández.
La negociación de un
Tratado, como es de suponerse,
representa un gran desafío para las
personas encargadas de desarrollarlas;
ese desafío será aún mayor, en la medida
en que sea necesario consensuar
criterios en torno al tratamiento de
problemas que son comunes y que exigen
una respuesta conjunta por parte de doce
países cuyas sociedades se caracterizan
por una muy alta heterogeneidad, no solo
de origen y costumbres, sino por su
composición étnica, sus expresiones
culturales –incluyendo las lingüísticas-
y que cuentan con gobiernos,
democráticos sí, pero con orientaciones
políticas no necesariamente coincidentes
entre si.
Reconocida esa
condicionante de las negociaciones,
aunque superable, igualmente, por la
voluntad política que anima a los
gobiernos, UNASUR deberá constituirse en
un movimiento múltiple y flexible capaz
de atender conjuntamente requerimientos
de distinta naturaleza, para lo cual
tendrá que dotarse a las instancias
institucionales que se generen en su
entorno, de un conjunto de instrumentos
y mecanismos que les permitan dar
respuestas oportunas a las exigencias de
los países participantes. Ese
movimiento, para tener viabilidad,
deberá fundarse sobre la bases de varios
principios, siendo el rector de ellos,
la solidaridad acompañada de la equidad,
la cooperación, la complementariedad, el
respeto a la soberanía y a la
autodeterminación de los pueblos.
La consideración de
estos principios en el Tratado marcará
la pauta para el diseño de los
mecanismos e instrumentos que deberán
ser puestos en práctica, de manera tal
que los beneficios derivados de la Unión
puedan permear a todos los estratos de
las sociedades y no limitarse al reparto
inequitativo de los subsidios
tributarios y aduaneros a favor de las
empresas transnacionales y las
burguesías nacionales, como ha sucedido
con los esquemas de integración
ensayados hasta ahora. En consecuencia,
el instrumental de UNASUR dependerá,
fundamentalmente, de la solidez de la
voluntad de los estados y de las
sociedades involucradas de acometer un
amplio esquema de cooperación en una
diversidad de ámbitos que sienten las
bases de una verdadera interrelación, a
distintas velocidades, conforme a las
capacidades de cada uno de los países
participantes.
La multifuncionalidad
derivada del desarrollo de acciones en
diversos sectores, le concederá el
carácter político inherente a todo
proceso unitario. Contrario a lo
sucedido en el pasado, en UNASUR los
aspectos comerciales serán la fuerza
resultante del esquema de cooperación
que se establezca y no el elemento
rector del proceso como se concibió
tradicionalmente. A partir de esa
concepción, queda develado el sendero
hacia la adopción de los criterios para
orientar el establecimiento de este
nuevo esquema.
Un proceso entendido
de esa forma, obliga a priorizar tres
ámbitos de acción como ejes de su
proyección en el mediano y largo plazo:
El primero, y fundamental, es el social.
Si efectivamente se pretende que la
unidad regional contribuya eficazmente a
potenciar los esfuerzos nacionales
desplegados para promover la inclusión
social, será necesario prever que el
esquema de cooperación se caracterice
por tener como sujeto y objeto de todo
su desenvolvimiento al ser humano. Por
tanto, la salud, la educación y la
cultura tendrán que constituirse en las
materias determinantes del movimiento
unitario de la región.
En el plano
económico, la prioridad será la de
acometer aquellas acciones que,
progresivamente, conduzcan a reducir las
heterogeneidades de las economías
nacionales, para lo cual será
fundamental el uso intensivo, extensivo
y racional de los recursos naturales
disponibles en la región. De esta manera
se podrá promover una efectiva
complementariedad entre las economías
nacionales sustentable en el tiempo. Esa
sustentabilidad deberá manifestarte en
dos aspectos básico para el desarrollo
de la región: la garantía de
disponibilidad de esos recursos en
condiciones de equidad para todos los
países, por una parte; y la preservación
y conservación del medio ambiente, por
la otra.
El tercer ámbito
radica en los mecanismos para establecer
una efectiva cooperación política que, a
su vez, deberá proyectarse en dos planos
convergentes entre sí y que conjugados
con los anteriores signen el perfil de
la entidad suramericana como sujeto
actuante en el contexto internacional.
Esa cooperación política requerirá, en
plano interno, la instrumentación de
políticas tendentes a actualizar el
concepto de seguridad y defensa de la
región, así como para contribuir a
superar, o postergar definitivamente,
algunas hipótesis de conflictos aún
latentes en la zona.
Complementariamente, exige la previsión
para adoptar una política exterior
común, con la finalidad de orientar la
acción externa conjunta.
Ahora bien, la
viabilidad de todo ello podrá
cristalizar en la medida que el Tratado
prevea, por una parte, un adecuado
tratamiento a las asimetrías de
desarrollo que separan a los países.
Para esos efectos será indispensable
decidir, primero, en torno al ámbito
geográfico que abarcará ese tratamiento;
y, segundo, la forma que adoptará el
esquema de cooperación para hacerlo
efectivo. Sobre este último aspecto, no
podría ignorarse la experiencia
acumulada en el marco de los esfuerzos
de integración llevados a cabo en la
región. La consideración de las
asimetrías no podrá limitarse al
establecimiento de plazos diferenciales
para el cumplimiento de compromisos,
como tampoco podrá simplificarse a
través de un programa de apoyo
desarticulado de las políticas
nacionales de desarrollo global o
regional según corresponda.
Por otra parte, es
requisito indispensable involucrar a la
totalidad de los grupos sociales en el
desarrollo del movimiento. Ya no se
trataría de los tradicionales esquemas
de participación empresarial y laboral
que se han instrumentado en los acuerdos
de integración conocidos hasta ahora,
sino de vincular a las poblaciones, en
sus diversos estamentos, en el debate,
la ejecución y beneficios de los
programas que se desarrollen, que
verdaderamente se sean copartícipes del
movimiento unitario. Ello implicará
prever mecanismos no solo centralizados,
sino que deberán preverse instrumentos
que atiendan diversos requerimientos en
zonas geográficas adecuadamente
delimitadas.
No sería completo el
análisis si no se consideran dos
aspectos de vital importancia para
asegurar el normal funcionamiento de
UNASUR: El primero se refiere a la
vinculación entre ella y los procesos de
integración de carácter bilateral o
subregional vigentes en la región, en
especial, en lo relacionado con el
intercambio de bienes y servicios, así
como el libre tránsito de los factores
de producción. Recurrentemente se han
constatado los obstáculos que se
enfrentan para multilateralizar esos
procesos, lo cual parecería indicar la
necesidad de mantener esos procesos
hasta tanto y en cuanto sean absorbidos
por la dinámica del nuevo movimiento; en
tanto que éste podría, en forma
progresiva, asumir el rol negociador
para el establecimiento de compromisos
en algunas materias, sobre todo, en
aquellas vinculadas con las áreas
sociales.
El otro tema que
deberá ser considerado de manera
especial es el de la vinculación de
Guyana y Surinam con las demás naciones.
Como lo mencionamos al comienzo, las
sociedades sudamericanas se caracterizan
por su heterogeneidad, lo cual cobra
especial relevancia al incorporar en el
análisis las sociedades de esos dos
países que, adicionalmente, rigen su
actividad económica bajo la normativa de
la Comunidad del Caribe (CARICOM),
proceso en el cual no participa ningún
otro de la zona.
Como puede
apreciarse, el Consejo de Representantes
Gubernamentales tendrá ante sí un reto
de gran envergadura, aunque el mayor
desafío será el de responder a las
expectativas que se han generado en las
poblaciones con la creación de este
movimiento unitario de Sudamérica. Para
el cumplimiento de su cometido, deberán
contar con el total respaldo y confianza
de los Jefes de Estado para arribar a un
consenso que atienda cabalmente las
necesidades de las grandes mayorías
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