En los últimos meses
se han acelerado las negociaciones entre
la Comunidad Andina y el Mercosur para
la conclusión de un acuerdo de
preferencias arancelarias entre los dos
grupos regionales que armonice e
incremente las preferencia que
históricamente se concedieron los países
individualmente. Se trata de un
ejercicio importante, que debe ser visto
como una etapa en el proceso de
integración regional y que debe llevar
en los próximos años a la formación de
una zona de libre comercio que
englobaría prácticamente toda la América
del sur.
Esencialmente, el
ejercicio a que se dedican los
negociadores de los dos grupos de
naciones tiene que superar dos
dificultades. La primera está en el
volumen del trabajo: se trata, nada
menos, de recorrer toda la nomenclatura
arancelaria y establecer, línea por
línea, producto por producto, el nuevo
nivel preferencial que acordarán los dos
grupos. Trabajo para meses, para
sucesivas reuniones, que recién va
llegando a la mitad.
La segunda dificultad
está en que diferentes países, tanto de
la CAN como del Mercosur, tienen razones
para defender la situación actual, a la
vez de buscar un nuevo acuerdo. Los
países andinos en general gozan
actualmente de preferencias más amplias
en el Mercosur que lo que ocurre en la
situación recíproca. Otros países
podrían pensar que, que si ya gozan de
preferencias dentro de su propio grupo
-sea la CAN, sea el Mercosur-, no tienen
por qué compartir esas preferencias con
otros países del grupo. Pero estas son
ventajas aparentes y pequeñas.
Lo que debe buscar en
cambio de calidad en las relaciones
comerciales dentro de nuestra región. Al
bajarse las barreras al comercio
regional, se crea una situación nueva
que es beneficiosa para prácticamente
todos los sectores de la economía de los
países que integran: ganan los
exportadores, ganan los importadores y
gana los consumidores.
El ejemplo del
Mercosur en este sentido es expresivo.
En 1991, año en que fue creado el
Mercosur, el comercio entre los cuatro
países que lo componen- Brasil,
Argentina, Uruguay y Paraguay- llegaba a
poco más de 5 mil millones de dólares.
Hoy está en los 20 mil millones
aproximadamente. El comercio entre
Brasil y Argentina era, en 1991, de 3
mil millones de dólares. En 1997,
alcanzó a los 15 mil millones. Y sigue
creciendo: de 1996 para 1997 el
intercambio aumentó en un 25 por ciento.
Valga la observación
de que antes de la creación del Mercosur,
Brasil tenía un saldo comercial
favorable con sus actuales socios. Hoy
tiene un déficit comercial que llegó a
los 700 millones de dólares el año
pasado. ¿Cuál es la Conclusión? ¿La de
que la situación anterior nos era más
favorable? Al contrario: vale mucho más
un pequeño déficit en un comercio de 20
mil millones que un pequeño saldo en un
comercio de 5 mil millones. Como dije,
todos salen ganando: los exportadores,
los importadores, y los consumidores.
Creo que esa es la
perspectiva con la que se deben conducir
las negociaciones actuales y futuras
entre la Comunidad Andina y el Mercosur.
La capacidad de expansión de nuestro
comercio es enorme y los beneficios son
compartidos.
Además, el esfuerzo
de los vínculos económicos y la
creciente solidaridad objetiva que así
se genera son claramente beneficiosos
para la actuación internacional de la
región, que necesariamente deberá
buscar, en un futuro no muy distante,
formas ulteriores de integración y
liberalización comercial con otros
conglomerados de naciones que ya se
constituyeron y se organizaron, como el
NAFTA y la Unión Europea. Tendremos una
clara ventaja si negociamos con ellos
con nuestras cuentas arregladas.
La crisis financiera
internacional acentúa aún más la
conveniencia de un buen entendimiento
entre nuestros países. No se debe
desconocer que una base comercial
regional más amplia y más sólida produce
una considerable reducción de la
vulnerabilidad externa que hoy afecta a
toda nuestra región, sobre todo el área
financiera.