CAN-UE: ¿Hacia un
acuerdo de asociación?
La evolución, el
estado actual y las perspectivas de las
relaciones de la Comunidad Andina con la Unión
Europea
Por Gianpiero Leoncini
Analista peruano en tema de relaciones
internacionales
Marzo de 2002
INTRODUCCION: Un
proceso de integración a imagen y semejanza
del europeo
La Comunidad
Andina (CAN) y la Unión Europea (UE) se
encuentran entre las organizaciones
internacionales precursoras de la integración
regional: el tratado de Roma del 25 de marzo
de 1957 creó la Comunidad Económica Europea
(CEE), mientras que el acuerdo de Cartagena
del 26 de mayo de 1969 instituyó el Pacto
Andino. El creciente papel a nivel
internacional de estas entidades las convierte
necesariamente en actores de la política
mundial y, en particular, de las dinámicas de
cooperación Norte-Sur. Sin embargo, en un
inicio esto no parecía tan evidente: ambos
bloques priorizaban la protección de sus
economías y sólo desarrollaron los otros
aspectos de la integración en la medida que
fueron redefiniendo sus objetivos. Así, la
ayuda europea a América Latina recién comienza
a tomar forma hacia el final de los años
setenta y el primer acuerdo marco con el Pacto
Andino es firmado tan sólo en 1983.
En efecto, los
países miembros de la CEE asumieron ciertas
responsabilidades hacia las naciones
extrarregionales, decidiendo organizar de
manera conjunta una parte de la cooperación.
Los países andinos fueron agrupados con el
resto de países latinoamericanos y con los
países asiáticos, conformando el grupo "ALA"
(América Latina y Asia). A diferencia de los
países en desarrollo del Africa, el Caribe y
el Pacífico (los "ACP"), no tratan con la
Dirección General del Desarrollo de la
Comisión Europea, sino con la Dirección
General de Relaciones Exteriores. Dado que "la
Unión Europea desde hace tiempo ha
identificado en el acercamiento subregional la
manera más eficaz de enmarcar sus relaciones
con América Latina"1,
es natural que la CAN sea uno de los conjuntos
enfocados. Además, tratándose de un bloque
regional que la toma como modelo, se podría
esperar una relación de cooperación
privilegiada entre ambas regiones.
La CAN, por su
parte, cumple con todos los requisitos para
convertirse en un interlocutor válido. Si bien
es cierto no realizó muchos avances políticos
durante sus primeros años, el proceso de
integración conoció un renacer a partir de
1989 (aprobación del nuevo Plan Estratégico)
y, sobre todo, a partir de 1996 (firma del
Protocolo de Trujillo). Ahora los países
andinos cuentan con ambiciosos objetivos que
van más allá de completar una unión aduanera:
están desarrollando su cooperación política,
una nutrida agenda social y su política
exterior común. Dentro de esta última existe
una clara voluntad de reforzar el
multilateralismo en las relaciones
internacionales a través del establecimiento
de mecanismos de diálogo y la intensificación
de la cooperación con otros bloques regionales2.
Hay entonces una base sólida para lograr una
aproximación ventajosa con la Unión Europea.
Sin embargo, a
pesar de las aparentes condiciones favorables,
se pueden detectar numerosas insuficiencias en
las relaciones de la CAN con la UE. Este
artículo intentará reflejar la evolución de
dichas relaciones y cómo llegaron al presente
estado de apatía, a la vez de destacar el
potencial de un eventual acercamiento.
I. Evolución de
las relaciones de la Comunidad Andina con la
Unión Europea
Es evidente que
incluso antes de su creación ambas regiones se
relacionaban por medio del comercio. Se puede
entonces estudiar los diferentes aspectos de
las relaciones CAN-UE en orden cronológico,
comenzando por los intercambios comerciales,
siguiendo con la cooperación y, finalmente,
pasando al diálogo político.
A. Del comercio
asimétrico al sistema de preferencias
Conforme a las
características intrínsecas de los procesos de
integración, las relaciones económicas
precedieron a las relaciones políticas entre
ambos bloques. Desde un punto de vista
cuantitativo, entre 1969 y 1998 la tasa
promedio de crecimiento anual de las
exportaciones andinas hacia Europa fue de
6.5%, mientras que para las importaciones
dicha tasa llegó a 7.8%. Así, si en 1969 el
intercambio comercial entre ambas regiones
llegaba casi a los 2000 millones de dólares,
en 1998 alcanzaba más de 14000 millones. Hay
que resaltar que en trece oportunidades la
balanza comercial de los andinos con la UE
arrojó un excedente y en diecisiete, un
déficit.
Finalmente, es importante subrayar el
crecimiento de la inversión europea en los
países andinos: de 225 millones de dólares en
1990 se pasó a más de 2000 millones en 1997
(cifra que no ha sido superada hasta hoy)3.
La connotación
positiva de estas cifras no puede esconder
algunos desequilibrios notorios. Mientras que
la UE es el segundo socio comercial de la CAN,
ésta no representa más que el 0.8% del
comercio europeo. Asimismo, es conveniente
precisar que a lo largo de los últimos diez
años el peso comercial de la UE en la CAN no
ha dejado de disminuir: Europa fue el destino
del 10% de sus exportaciones y el origen del
16% de sus importaciones el año 2000, contra
18% y 21%, respectivamente, en 1990.
Las
desigualdades se agudizan cuando se procede a
analizar el aspecto cualitativo. No podemos
olvidar que, en un inicio, una de las razones
para la creación del Pacto Andino fue la
posibilidad de implementar una estrategia
común de substitución de importaciones a fin
de transformar la estructura del comercio de
sus miembros. Al final de los años sesenta
esta mantenía esencialmente el formato
colonial, caracterizado por la exportación de
materias primas y la importación de productos
manufacturados – saliendo beneficiados los
países desarrollados. Hoy en día no se puede
hablar de una modificación estructural
substancial al menos en lo referente al
comercio con Europa. Por un lado, según las
estadísticas de NANDINA, la CAN exportó el año
2000 2434 tipos de productos hacia la UE,
mientras que esta cifra alcanzó los 5812 tipos
de productos en el sentido contrario. Por otro
lado, estos productos fueron esencialmente
materias primas en el caso de la CAN y
productos manufacturados en el caso de la UE.
Además, la oferta andina se concentra en un
puñado de productos primarios: en 1998, el
café, el carbón, el plátano, el petróleo y el
oro representaron el 56% del valor de sus
exportaciones; en cambio, la oferta europea
fue mucho más diversa ya que los cinco
primeros productos sólo representaron el 9%
del valor total4.
En ese contexto
de comercio asimétrico, el otorgamiento del
Sistema Generalizado de Preferencias (SGP)
estaba dirigido a contribuir al despegue de
las exportaciones andinas así como a su
diversificación. Dicho sistema, aprobado por
el Consejo Europeo para los países andinos el
13 de diciembre de 1990, elimina
unilateralmente los aranceles que la UE
imponía a casi todos los productos
industriales y a numerosos productos primarios
provenientes de la subregión andina.
Introducido a fin de abrir mercados a la
economía lícita que perdía terreno ante el
avance de la economía ilícita de la droga, el
SGP andino era inicialmente más generoso que
el que se le aplicaba a los otros
beneficiarios de dicho régimen, ya que tenía
un mayor margen de preferencia y las
condiciones para mantenerlo eran menos
exigentes. Es muy probable que haya
contribuido al fuerte incremento de las
exportaciones andinas hacia Europa entre 1993
y 1996, cuando estas registraron un aumento de
983 millones de dólares5.
Sin embargo, el
efecto del SGP conoce ciertos límites. En
primer lugar, cabe mencionar que la
liberalización del comercio en el marco de la
Organización Mundial del Comercio (OMC)
conllevó a una reducción del margen de
preferencia andino, puesto que la UE se vio
obligada a reducir sus aranceles. En segundo
lugar, se debe tener en cuenta que el SGP
cubre tan sólo el 23% de las exportaciones
andinas, porcentaje que disminuye
constantemente. En tercer lugar, no podemos
ignorar el hecho que cuando los mercados
emergentes enfrentaron la crisis de 1997-98
las exportaciones de la CAN sufrieron una
fuerte caída y, desde entonces, no han podido
recuperar el nivel de 1996. Finalmente, el
carácter temporal del SGP no brinda las
garantías de largo plazo que necesitan las
empresas para invertir: en efecto, además de
ser propuesto para periodos de diez años, el
régimen fue modificado en 1994, 1998 y sobre
todo el año pasado. En la segunda parte de
este informe veremos en detalle los problemas
ligados a la última renovación del SGP y sus
consecuencias sobre las relaciones de la CAN
con la UE.
B. Una
cooperación a distintos niveles
Si el comercio
sirvió naturalmente de primer vínculo, la
Comunidad Andina y la Unión Europea
prosiguieron su acercamiento gracias a la
cooperación. Como se ha dicho, la ayuda
técnica y financiera europea destinada a los
países de América Latina comienza a ponerse en
práctica al final de los años setenta. La UE
canaliza su ayuda para América Latina y Asia
mediante el programa "PED-ALA", pero las
relaciones de estos países con la UE se
formalizan a través de acuerdos bilaterales de
cooperación económica y comercial. En lo
concerniente a los miembros de la CAN, la
primera declaración común a ambas partes data
del 5 de mayo de 1980 y el primer acuerdo de
cooperación, llamado acuerdo de "segunda
generación", de 1983. A estas alturas es
conveniente distinguir los tres niveles de
ayuda otorgados por la UE. Primeramente,
existe una ayuda de la Comisión dirigida a
América Latina en su conjunto. Luego están los
proyectos que favorecen a la zona andina pero
que mantienen una ejecución bilateral.
Finalmente, hay una ayuda que contribuye
directamente al esfuerzo de integración
regional. Vamos a interesarnos más
detalladamente en esta última.
Al momento de la
firma del acuerdo de 1983, este tipo de
cooperación era prematuro. En primer lugar se
debe notar que los firmantes fueron la CEE,
por un lado, y el Pacto Andino más sus cinco
Países Miembros, por el otro. En segundo
lugar, es bien sabido que los años ochenta no
fueron muy fructuosos para la integración
andina, al punto que se temió la disolución
del Acuerdo. Bajo estas condiciones, a las
cuales debemos agregar las importantes
desigualdades al interior de la subregión en
materia de desarrollo económico, resultaba
mucho más práctico cooperar por separado con
cada país. De hecho, los proyectos de la
época, que priorizaban el desarrollo rural, la
agricultura, la salud y la educación, entre
otros, correspondían al nivel de desarrollo
del beneficiario (por ejemplo, se podía llevar
a cabo un proyecto sobre educación básica en
Bolivia y más bien uno sobre formación técnica
en Venezuela).
El nuevo
contexto internacional de los años noventa
ofreció a ambas partes la oportunidad de
replantear sus relaciones de cooperación
gracias a un acuerdo de "tercera generación"
que continúa en vigor hoy en día. Dicho
acuerdo, firmado el 26 de junio de 1992, se
basa en "el respeto de los principios
democráticos y los derechos humanos" (Artículo
1) y tiene por objetivos principales dar un
nuevo impulso a la "cooperación en materia de
comercio, inversiones, financiamiento y
tecnologías" así como "promover el
fortalecimiento y la consolidación del proceso
de integración subregional andino" (Artículo
2). Empero, debemos mencionar que mientras
veintiséis artículos del acuerdo atañen al
primer gran objetivo, solamente el Artículo 26
se refiere al segundo, el cual es sobre todo
evocado en los considerandos. La repartición
de los fondos europeos destinados a la zona
andina refleja este desequilibrio puesto que,
durante el periodo 1992-2001, el 95% de los
fondos se dirigieron a la cooperación
bilateral (casi un tercio al tema a la moda de
la "gobernabilidad"). En cambio la Comunidad
Andina, desde que se llama así, ha debido
contentarse con cerca de 6 millones de euros
al año afectados a proyectos que aún no han
sido concretados (los detallaremos en la
segunda parte de este informe).
Es conveniente
mencionar que el acuerdo de cooperación prevé
un mecanismo de seguimiento consistente en la
reunión, cada cierto tiempo, de una Comisión
Mixta y de subcomisiones de la ciencia y la
tecnología y de la cooperación industrial y
comercial. La Comisión Mixta examina el
contexto de ambos procesos de integración,
revisa el estado de las relaciones económicas,
comerciales y de cooperación entre ambas
partes y permite el intercambio de puntos de
vista sobre sus prioridades respectivas. Las
últimas sesiones tuvieron lugar el 19 de
febrero de 1999 en Cartagena de Indias y el 3
de diciembre de 2001 en Bruselas, por quinta y
sexta vez desde 1983. Los trascendidos de
estas reuniones dejan constancia de una
insatisfacción compartida que no aparece en
actas: la frialdad europea, la falta de
iniciativas andinas y los pocos resultados
concretos figuran entre las quejas recogidas.
Por otra parte,
es importante recordar que a partir de 1993 la
UE ha favorecido nuevas formas de cooperación
a nivel de América Latina en su conjunto, las
cuales se traducen en diversos programas. El
más importante de estos es sin duda "AL-INVEST",
cuyo objetivo consiste en financiar encuentros
entre las empresas de ambas regiones a fin de
contribuir a su internacionalización y a la
transferencia de tecnologías. Las empresas
andinas han salido beneficiadas
específicamente a través de la organización
conjunta – ya que existe un operador andino:
los "eurocentros" – de un foro euro-andino en
Londres en mayo de 1998 y de un encuentro
multisectorial "AL-Partenariat" en Guayaquil
en junio de 2001. Otros programas de menor
envergadura son "ALURE" (que pronto culmina)
en el sector energético, "URB-AL" para la
cooperación descentralizada y "ALFA" para los
intercambios universitarios; aunque los Países
Miembros los aprovecharon, la CAN no jugó
ningún papel. Finalmente, es necesario
mencionar a "@LIS"6,
nuevo programa sobre el desarrollo de la
sociedad de la información en América Latina
que prevé la puesta en marcha de un diálogo
institucional y la ejecución de proyectos
piloto. Esta mega-operación de 85 millones de
euros será inaugurada oficialmente en abril de
2002; le fue presentada a los países andinos
durante la última reunión de la Comisión
Mixta.
C. Los
mecanismos de diálogo político
Ultima etapa del
acercamiento entre la CAN y la UE, el diálogo
político puede ser visto como la consagración
del relacionamiento progresivo entre dos
bloques regionales que avanzan en la
integración. Para la CAN se trata de un
instrumento esencial de la Política Exterior
Común, mientras que para la UE forma parte de
la Política Exterior y de Seguridad Común, es
decir del "segundo pilar" del Tratado. La
Declaración de Roma del 30 de junio de 1996
instituye el diálogo político; allí se refleja
la intención de brindarle una perspectiva de
largo plazo y un vasto alcance a las
relaciones entre las partes. Con este fin es
creado un mecanismo de diálogo a tres niveles:
en primer lugar, las cumbres presidenciales;
en segundo lugar, encuentros periódicos de los
ministros de relaciones exteriores y, en
tercer lugar, reuniones alrededor de un tema
motivadas por las circunstancias.
Este mecanismo
ha funcionado satisfactoriamente en la medida
que los encuentros de alto nivel se han
multiplicado en el transcurso de los últimos
cuatro años: los jefes de Estado y de gobierno
se reunieron en Río en junio de 1999 en el
marco de la cumbre UE, América Latina y el
Caribe; posteriormente los ministros de
relaciones exteriores debatieron en Vilamoura
en febrero de 2000, en Santiago en marzo de
2001 y en Nueva York en noviembre del mismo
año (al margen de las reuniones ministeriales
UE-Grupo de Río para las dos primeras y de la
Asamblea General de Naciones Unidas para la
tercera). Sin embargo, a juzgar por los
comunicados de prensa publicados luego de
estas reuniones, las partes se contentaron con
evocar temas generales (democracia, libre
comercio) y con echar un vistazo a las crisis
en la zona andina (reemplazo de Mahuad en
Ecuador, elecciones presidenciales en Perú,
proceso de paz en Colombia). La insistencia de
los ministros andinos con el propósito de
iniciar las negociaciones hacia un acuerdo "de
asociación" y el apoyo a la lucha conjunta
contra las drogas constituyen las únicas
excepciones notorias.
El tema de la
lucha contra las drogas, de una importancia
capital para los países andinos, conforma
precisamente el otro aspecto del diálogo
político. Este se basa en tres acuerdos
concluidos durante la segunda mitad de los
noventa: el del 26 de setiembre de 1995 – el
principal – que instituye el diálogo
"especializado", el del 18 de diciembre del
mismo año sobre control de precursores
químicos y el del 12 de febrero de 1998 sobre
asistencia técnica. Cabe resaltar que la CAN
es la única entidad que se beneficia de este
trato fundamentado en dos principios
claramente establecidos: la "responsabilidad
compartida" (Declaración de Cochabamba, abril
de 1996) y la "lucha integral".
Los acuerdos han
originado cuatro reuniones de alto nivel en
materia de drogas, tres reuniones sobre el
control de precursores químicos y un encuentro
técnico sobre armonización de legislaciones
(Lisboa, 4-6 de octubre de 2000).
Lamentablemente no se pueden exhibir muchos
resultados. Si nos fijamos por ejemplo en la
cuarta reunión de alto nivel en materia de
drogas, que tuvo lugar en Lima los días 29 y
30 de marzo de 2000, podemos constatar que las
partes se dedicaron principalmente a
intercambiar información sobre los diversos
aspectos del problema sin tomar medidas
concretas. Dicho sea de paso, la UE prevé una
acción a nivel regional solamente en lo
referente a armonización de legislaciones,
lavado de dinero y control de precursores7,
mientras que la mayor parte de su ayuda se
mantiene en un marco bilateral (casi 70
millones de euros para financiar proyectos de
desarrollo alternativo en Bolivia, Perú y
Colombia).
II. Estado
actual y perspectivas de las relaciones de la
CAN con la UE
A primera vista,
el balance de la evolución de las relaciones
de la Comunidad Andina con la Unión Europea
puede parecer positivo. Sin embargo las
apariencias engañan: en este momento del lado
andino prima la insatisfacción y del lado
europeo, la apatía.
A. Retrasos y
fricciones
Con el objeto de
evaluar el estado actual de las relaciones
entre ambos bloques es conveniente revisar
primero los proyectos en curso, que ilustran
concretamente lo que se está haciendo. En su
documento de orientaciones plurianuales sobre
la CAN de octubre de 1998, la Dirección
general de relaciones exteriores de la
Comisión Europea señala que su ayuda regional
responde a las demandas de los beneficiarios,
al "principio de subsidiariedad" y al objetivo
de lograr un impacto real sobre la
integración. Para ello se propone apoyar el
fortalecimiento institucional de la CAN;
dinamizar el comercio y el desarrollo
económico; preservar los recursos naturales y
luchar contra las drogas. El primer problema
con respecto a estas loables intenciones
consiste en la incomodidad generada por la
lentitud en la puesta en marcha de todo
proyecto de cooperación europeo. En efecto,
entre el momento de la identificación del
proyecto y la realización de la licitación –
pasando por la propuesta de financiamiento, la
aprobación del comité PED-ALA y la firma del
convenio de financiamiento – es necesario
prever unos tres años. Se trata de un proceso
ineludible pero que suscita inconvenientes de
orden práctico. El segundo problema es de
fondo, puesto que los objetivos expuestos por
la UE no corresponden ni a la cantidad, ni a
las características de los proyectos en curso.
Para comenzar,
debemos subrayar que un sólo proyecto se
encuentra en plena ejecución. Se trata de "GRANADUA",
que apunta al fortalecimiento de la unión
aduanera de la CAN. Firmado en 1996, se
beneficia con cerca de 1.9 millones de euros
de contribución europea. Luego podemos
mencionar otros dos proyectos favorables a la
construcción del mercado común andino que se
encuentran todavía en la etapa de las
licitaciones: el programa de asistencia
técnica sobre normas de calidad (previsto
desde 1996 con un aporte europeo de 2.3
millones de euros) y la armonización de las
reglas de competencia (acordado el año 2000
por 2 millones de euros). Aparte de ellos, una
contribución europea de 2.8 millones de euros
para el mejoramiento del eje vial
Guayaquil-Piura (consecuencia del acuerdo de
paz entre Ecuador y Perú) constituye un
importante aporte a la integración pero que
concierne solamente a dos países. Asimismo, el
proyecto de 15 millones de euros para reforzar
la seguridad aérea es ejecutado por separado
con cada País Miembro. Queda claro entonces
que la cooperación europea no está a la altura
de sus ambiciones.
El proyecto de
realización de un "estudio sobre el estado
actual y las perspectivas de las relaciones
económicas y comerciales entre la Comunidad
Andina y la Unión Europea" merece un párrafo
aparte. Dicho proyecto es el resultado de un
compromiso alcanzado en Vilamoura en febrero
de 2000 mediante el cual se da curso a la
iniciativa andina del año anterior en el
sentido de iniciar negociaciones para un
acuerdo de asociación. En efecto, se espera
que, con los resultados del estudio a la mano,
se pueda decidir sobre la factibilidad de este
tipo de acuerdo. Sus términos de referencia
fueron acordados en Santiago en marzo de 2001
y el acuerdo de cooperación técnica fue
firmado en Lima el 21 de noviembre del mismo
año (la contribución europea es de 500 000
euros). El estudio será presentado en Madrid,
en mayo próximo, con ocasión de la cumbre UE,
América Latina y el Caribe.
Ello no debe
hacernos perder de vista el acuerdo de
asociación en sí. Más allá de los proyectos de
cooperación, que sólo constituyen un aspecto
de las relaciones entre ambos bloques, hace
falta tener en cuenta que todos los esfuerzos
de la CAN en su política hacia la UE están
dirigidos a obtener la firma de un acuerdo
similar al que la UE ya firmó con México y
viene negociando con Chile y el MERCOSUR.
Desde la perspectiva andina, este acuerdo de
"cuarta generación" remplazaría al de 1992 en
reconocimiento a los progresos alcanzados en
el proceso de integración subregional. Así se
podría conseguir un mejoramiento integral de
las relaciones entre ambas regiones, ya que el
objetivo es poder avanzar en todos los frentes
(el Consejo Presidencial Andino ha definido
cuatro "pilares": el diálogo político, el
acceso al mercado único europeo, el acuerdo
marco de cooperación y el diálogo
especializado en materia de drogas) y no
conformarse con una simple modificación de los
términos de la cooperación. Se puede entonces
afirmar que la CAN busca forjar una alianza
estratégica con Europa, tanto por su condición
de modelo en lo que a integracional regional
se refiere, como por su potencial para hacerle
contrapeso a la presencia estadounidense en
Sudamérica.
El comercio
constituiría, desde luego, el aspecto
principal de toda eventual negociación. En
este campo el objetivo de los países andinos
consiste en mejorar el acceso de sus productos
al mercado único europeo a través de la
disminución de los obstáculos técnicos al
comercio (en particular las medidas sanitarias
y fitosanitarias), pero sin abrir
completamente su propio mercado a las
exportaciones europeas. Se deduce entonces que
la CAN desea que el SGP se mantenga hasta la
hipotética firma de un acuerdo de asociación
que permita un trato diferenciado en función
del nivel de desarrollo de cada país de la
zona andina. Si los europeos, por su parte,
acogiesen favorablemente un acuerdo que les
facilite el acceso al mercado andino, la
Dirección General de Relaciones Exteriores
objetaría el respeto de las asimetrías y
exigiría reciprocidad. Dado el nivel de
desigualdad económica entre ambas regiones,
esta exigencia equivaldría a rechazar
cualquier posibilidad de acuerdo a mediano
plazo. La UE se vale de las reglas de la OMC
para justificar su pedido de reciprocidad; sin
embargo, debemos notar que estas no son tan
claras con respecto a este tema y parecen más
bien favorecer la posición andina (la
Declaración de Doha de noviembre de 2001 prevé
un "trato especial y diferenciado").
De cualquier
forma, se trata de un punto de controversia
capital: si Europa pospone el inicio de
negociaciones dirigidas a la firma de un
acuerdo de asociación, estaría al mismo tiempo
negando la posibilidad de crearle un marco
bilateral a sus relaciones con la CAN y
haciendo prevalecer el unilateralismo. En
efecto, la aprobación, el 10 de diciembre de
2001, del nuevo reglamento del SGP implica que
el otorgamiento unilateral de preferencias
seguirá siendo el instrumento privilegiado en
dichas relaciones. Con el nuevo reglamento la
Comisión Europea quiso integrar en un sólo
texto los diversos sistemas de preferencias
aplicados a sus socios en vías de desarrollo.
Al hacerlo, modificó el régimen que
beneficiaba hasta entonces a los países
andinos: por un lado, ahora se requieren
ciertas condiciones en materia de performance
comercial y sectorial 8
(Artículo 12), lo que reduce el nivel de
beneficio potencial del SGP andino; por otro
lado, nuevas exigencias en materia de respeto
de las normas de la Organización Internacional
del Trabajo (OIT) y de protección del
medioambiente han sido establecidas (Artículo
10). En cuanto a estas últimas, la Comisión ha
pretendido demostrar que se trata de un
mecanismo de cooperación y no de un
condicionamiento. Si bien es cierto estas
exigencias no constituyen un condicionamiento
en el sentido estricto (su violación durante
el periodo 2001-04 no ocasionará la suspensión
de las preferencias), de todos modos
influenciarán la decisión de prorrogar o no el
régimen hasta el 2014.
Ante un hecho
prácticamente consumado, la CAN mostró
claramente su desacuerdo ya que considera que
el plazo fijado para la evaluación es
demasiado corto, que el reglamento sólo
debería aplicársele a los sectores que se
benefician con el SGP y que, en todo caso,
estas exigencias no tienen razón de ser puesto
que las preferencias se otorgan a cambio de
los esfuerzos realizados en la lucha
antidrogas y no en el campo social ni en el
medioambiental9.
Siguiendo una directriz del Consejo
Presidencial Andino, diversas instancias
multiplicaron las gestiones dirigidas a
modificar el proyecto de reglamento: cartas a
la Comisión y al Consejo Europeo; visita
oficial, el 30 de octubre de 2001, del
Presidente del Consejo Andino de Ministros de
Relaciones Exteriores; finalmente reunión en
Nueva York, unos días después, con la Troika
Europea. En esa ocasión los ministros de
relaciones exteriores de la CAN escucharon de
boca del propio Comisario Patten que la UE no
alteraría su "mecanismo de cooperación" y
pretendía mantener sus relaciones con los
instrumentos actualmente en vigor. En total,
los malentendidos con respecto al acuerdo de
asociación y a la renovación del SGP
contrariaron a la Comunidad Andina.
B. Reformas y
potencial
El estado actual
de las relaciones CAN-UE no puede ser
calificado como óptimo aún si la Comisión
Europea parece satisfecha. Los problemas de
forma ligados a la eficiencia de la ayuda
europea – que no fueron ajenos a la caída de
la Comisión Santer – están siendo parcialmente
resueltos gracias a la creación, en enero de
2001, de la agencia "Europaid". Esta reforma
pretende, en particular, acortar el largo
proceso de puesta en marcha de los proyectos
de cooperación y aproximar su ejecución del
lugar de los hechos. En efecto, las labores
serán divididas de manera tal que se
transfiere toda la parte operativa al país
beneficiario, dejando en Bruselas sólo las
grandes decisiones estratégicas y financieras.
Entonces, de ahora en adelante serán las
delegaciones europeas las que se encargarán de
las licitaciones, etapa ineludible que siempre
se llevaba a cabo en Bruselas, así como del
seguimiento y clausura de los proyectos. Con
este fin se ha previsto que, a corto plazo,
unos 600 funcionarios de Europaid sean mutados
a las delegaciones para que se encarguen
localmente de la cooperación.
La reforma va a
permitir sin duda que se reduzcan los retrasos
y que se aproveche la experiencia de las
embajadas españolas y francesas, que llevan
muchos años cooperando con la subregión. Sin
embargo, nada de ello resolverá el problema de
fondo de las relaciones de la CAN con la UE.
Por más que la Dirección General de Relaciones
Exteriores presente pronto un nuevo documento
de estrategia regional, el malestar andino
persistirá mientras predomine la sensación que
la CAN es considerada tan sólo como la
beneficiaria de un puñado de proyectos de
mediana coherencia y no como un verdadero
socio. Esta fue la impresión que dejó la
última reunión de la Comisión Mixta en
diciembre, donde los representantes de la CAN
constataron que su organización no recibía un
trato acorde con su nivel. Por ejemplo, los
europeos prácticamente impusieron un proyecto
sobre prevención de catástrofes naturales por
un total de 1.8 millones de euros que los
andinos nunca pidieron y que tiene poco que
ver con el objetivo de establecer una zona de
paz (el otro proyecto propuesto, sobre
estadísticas sectoriales y con un aporte de 5
millones de euros, sí fue bien recibido).
En realidad,
ambas partes son conscientes de la causa del
malentendido, que es la prioridad otorgada por
la UE a su cooperación con Europa del Este y
con los países ACP. Sería tal vez adecuado que
Bruselas lo diga sin ambigüedades, ya que
corre el riesgo de contradecirse. Tal el caso
cuando algún funcionario de Europaid comentaba
que no se ayudaría más a las instituciones de
la integración andina porque estas ya eran lo
suficientemente sólidas, mientras que un
responsable de la Dirección General de
Relaciones Exteriores criticaba, por el
contrario, la supuesta falta de credibilidad y
los retrasos del proceso de integración (dicho
sea de paso, resulta asombroso que esta
Dirección general no haya cambiado el
apelativo "Pacto Andino" para designar la
unidad encargada de las relaciones con la
Comunidad Andina).
La aparente
falta de interés de la UE en la CAN es el
resultado de una elección que puede ser
calificada de legítima dentro de la conducción
de su política exterior. Nos contentaremos
aquí con subrayar que una relación más
estrecha entre ambos bloques y una cooperación
en calidad de socios es compatible tanto con
los intereses europeos como con la identidad
de la que quieren dotar a su acción exterior.
En primer lugar, como ya se ha dicho, la UE
constituye un modelo de integración regional
para la subregión andina, por lo que existe la
posibilidad de compartir valores y ejercer
influencia (y en este punto no debería quedar
lugar para la duda: la CAN ha avanzado mucho
más que el MERCOSUR en materia de
integración). En segundo lugar, al momento en
que se realizan las negociaciones con vistas a
la creación del Area de Libre Comercio de las
Américas (ALCA), el interés económico de la UE
está en impedir que los Estados Unidos se
apoderen de los emergentes mercados
latinoamericanos, más aún cuando los andinos
buscan precisamente tal contrapeso. En el
mismo orden de ideas, se puede afirmar que los
países andinos esperan poder contar con Europa
ahora que la presencia estadounidense se hace
sentir con mayor vigor en el contexto de la
lucha contra el narcoterrorismo.
Además de ello,
resulta evidente que una política europea de
lucha contra las drogas tiene que tomar en
consideración el control de la producción. En
este sentido, una cooperación más estrecha con
la CAN – tres de cuyos miembros son los
primeros productores de cocaína a nivel
mundial – tiene que interesarle a la Unión
Europea. El diálogo especializado ya existe y
podría permitir que se alcance una mayor
eficiencia en la lucha conjunta contra este
flagelo. Lamentablemente, los europeos no
están satisfechos con los resultados del
diálogo sobre control de precursores químicos;
su falta de entusiasmo aparentemente originó
el aplazamiento de la reunión de alto nivel
programada para fines de enero último. En esta
ocasión, las autoridades andinas tenían la
intención de presentar a sus contrapartes los
nuevos planes operativos subregionales que
fueron puestos a punto en noviembre de 2001
como resultado de la aprobación del "Plan
Andino de Cooperación para la Lucha contra las
Drogas Ilícitas y Delitos Conexos"10.
Dichos planes abordan la necesaria
transferencia a nivel comunitario de algunos
programas de desarrollo alternativo y de la
búsqueda de fuentes de financiamiento
internacional: la UE seguramente habría estado
complacida.
Finalmente, dado
que la protección del medioambiente es una de
las prioridades de la UE, asociarse con la CAN
en este campo serviría para marcar su acción
exterior con su propio sello. Por añadidura,
un acercamiento sería ventajoso si se tiene en
cuenta que los países andinos poseen la mayor
biodiversidad del planeta y que podrían
aprovechar la valiosa experiencia europea en
materia de políticas de desarrollo sostenible11.
Queda claro entonces que el desarrollo de las
relaciones CAN-UE posee un innegable
potencial.
CONCLUSION: una
cuestión de prioridades
En resumen,
hemos visto que las relaciones de la Comunidad
Andina con la Unión Europea presentan las
siguientes características:
- Los
intercambios comerciales entre ambas
regiones son fuertemente determinados por el
otorgamiento unilateral del Sistema
Generalizado de Preferencias desde 1990. Su
última renovación desató serias objeciones
que no fueron tomadas en cuenta por la
Comisión Europea.
- La
cooperación se desarrolla en el marco del
acuerdo de "tercera generación" firmado en
1992. Los contados proyectos destinados a
contribuir directamente con el proceso de
integración regional han tenido hasta hoy
repercusiones limitadas debido a la lentitud
de su puesta en marcha.
- El diálogo
político institucionalizado entre las partes
ha sido fluido desde 1996, pero ha brindado
pocos resultados concretos. Asimismo, el
diálogo especializado en materia de lucha
conjunta contra las drogas parece estancado.
La UE da la
impresión de contentarse con el estado actual
de las relaciones, mientras que la CAN se ha
fijado como claro objetivo el inicio de
negociaciones conducientes a la firma de un
acuerdo de asociación. Por tanto, las malas
señales provenientes de Bruselas han generado
cierta insatisfacción: en efecto, no se le
está dando el trato apropiado a una
organización que viene consolidando la
integración subregional.
Las prioridades
geográficas de la política de cooperación
internacional de la Comisión Europea explican
en gran parte su falta de interés en un
acercamiento con los países andinos. Sin
embargo, hemos demostrado que existen áreas
estratégicas como la economía, la lucha contra
las drogas o el medioambiente donde una
cooperación más estrecha le podría ser
provechosa. Toda posibilidad de acercamiento
dependerá en buena medida de su evaluación de
la importancia de este potencial.
El éxito
alcanzado en la reciente cumbre de Santa Cruz
en enero de 2002 ha confirmado la firme
voluntad política de los cinco Países Miembros
de la Comunidad Andina de consolidar el
proceso de integración. Otra manera que tienen
para influenciar un cambio de actitud en la UE
es a través de países como España – durante
cuya presidencia parece despertarse un mayor
interés hacia América Latina – o Francia – que
es el país que apoya más decididamente la
integración andina –, quienes podrían apostar
por el acuerdo de asociación con ocasión de la
próxima cumbre UE, América Latina y el Caribe.
1.
Comisión Europea, Comunidad Andina:
orientaciones plurianuales indicativas,
octubre de 1998.
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